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miércoles, 26 de agosto de 2015

La infancia



Cuando yo era pequeña los bocadillos de mortadela sabían a gloria bendita, con aquel pan de viena y ese tomatico restregao. Sabían a viernes de verano por la tarde, cuando nos dejaban salir a cenar a la fresca. Todos los niños en las escaleras que daban a los porches de las casas, sentados en hilera y hablando con la boca llena.

Las noches olían a los jazmines de la casa del maestro, un señor muy serio y muy culto que estaba casado con una maestra. Eran felices y tuvieron seis hijos. Eran los únicos con estudios en aquel micro vecindario de ocho viviendas, junto con el que luego sería mi profe de mates en BUP.

Cuatro casas a un lado, de dos plantas, otras cuatro casas enfrente, y en medio unos pocos metros cuadrados peatonales. Aunque de vez en cuando, un coche de gitanos pasaba por allí sin más, porque le apetecía, rugiendo el motor de forma feroz, mientras nosotros, los pequeños, corríamos a escondernos en los portales. Los mayores se enfadaban mucho.

La verdad es que fea no era Sabrina, las cosas como son

Un espacio donde jugábamos al pillao, el escondite, el cabreo, las Nancys, el pañuelo, el elástico, Los Ángeles de Charlie... Yo siempre era Sabrina, la más fea, porque mis primas eran muy mandonas y nunca me dejaban ser la guapa morena de pelo largo. Mis tíos y mis primos vivían en una punta de la calle y nosotros en la otra. Mi tía murió muy joven. Un cáncer de mama se la llevó por delante con apenas 33 años, dejando tres hijos de 11, 8 y 6 años. Era hermana de mi padre. Me enteré de todo con 8 años, en una tienda de refrescos en la playa de Los Alcázares, donde pasaba unas semanas con mis abuelos, porque dejamos a deber un envase de cerveza y, cuando fui a pagarlo, la tendera reconoció el apellido de mi padre en la esquela. Los abuelos paternos de mis primos se mudaron a vivir con ellos. Y su vida cambió para siempre. La mía quedó marcada por ese recuerdo de la tienda de refrescos, la tendera y las lágrimas.

Los gitanos vivían junto a nosotros porque un alcalde de la época los desalojó de no sé qué poblado y los llevó a nuestro barrio, supongo que para que convivieran con los payos. ¡Me pegaban cada susto! Venían detrás de mí corriendo diciendo cosas terribles, hasta que lograba que mi madre abriera la puerta de atrás (la de delante sólo se abría en ocasiones especiales) y entraba despavorida en casa. Ellos se reían.

Cuando yo era niña sólo había un tipo de patatas en el supermercado y los helados no se vendían por cajas. Cuando mi madre estaba de buen humor, nos compraba monas rellenas de barra de turrón helado de la panadería de Adolfo. En invierno me dejaba gastarme 25 pesetas (¿o eran 15?) en un donut o similar cuando iba a hacer los recados.

Íbamos andando al colegio que estaba a un kilómetro de casa y volvíamos igual. Sin padres, ni abuelos, ni cuidadoras de otros países. No había juegos ni tiempo compartido con papá y mamá, más allá del tiempo de la comida y la cena, que eran sagrados. Los deberes los hacíamos en soledad o en academias, con profesor particular si suspendías alguna. Las madres no daban abrazos y los padres no te contaban cuentos antes de dormir. Pero sí te daban un beso de buenas noches.

Cuando yo iba al cole, y aún no habíamos entrado en la UE, sólo había dibujos los sábados y domingos de 15:30 a 16:00 y, de vez en cuando, daban unos pocos sueltos entre programa y programa. Mis favoritos eran los de Super Ratón. Los viernes de invierno veíamos el Un, dos, tres en familia comiendo pipas.

Mi abuela llamaba por teléfono todos los sábados y a mí me encantaba cogerlo, ese góndola rojo del salón, y escuchar "hola preciosa", las dos mejores palabras de la semana.

Y entonces mi madre me acompañaba a mitad de camino de su casa, y ella, mi abuelica querida, salía a buscarme, y yo iba con ella a pasar el día, a veces todo el fin de semana. Y jugaba a mil cosas con mi prima, o no jugaba a nada porque tenía un libro o un tebeo super interesante entre manos. Cortaba el pelo a mis muñecas. Escuchaba cuentos en el viejo radio casette, siempre los mismos, una y otra vez. Desayunaba torrás hechas en la lumbre, con aceite y azúcar, tortas fritas o buñuelos. Siempre comía patatas fritas.



Y esa bolsa de gusanitos Risi, de a duro, guardada en un cajón del aparador del salón, que siempre crujía al abrirlo, comprada cada semana sin falta, una para cada uno de sus nietos, en la tienda de ultramarinos de toda la vida, la tienda de Emilio, que Dios tenga en su seno.






martes, 20 de agosto de 2013

Nostalgia



Al pasar por su cuarto vi la puerta entreabierta y un par de sandalias pequeñas tiradas en el suelo con despreocupación. Había visto su calzado desperdigado por las distintas estancias de la casa en infinidad de ocasiones. Aquella mañana, sin embargo, mis ojos se quedaron clavados en esa imagen mientras algo muy parecido a la nostalgia empezaba a invadirme sin compasión.

Veía sus pies del treinta y su cuerpo, el más pequeño de la casa, a pesar de que su magnitud  supera todos los percentiles del mundo blanco. Tiene cuatro años ya, casi cinco. O cuatro años todavía, según se mire. Si echo la vista atrás soy consciente de que un día fue diminuta, aunque yo sólo pueda intuirlo pues la conocí cuando ya era una criatura que llevaba, más o menos, cinco meses en el mundo. Me voy a remirar las fotos y descubro que un día no tuvo pelo o sólo tenía unas escuetas anillas que prometían una poblada melena ensortijada. Que tomaba bibes y llevaba chupete. Que sus pies eran de un número 16 ó 17. Que llevaba ropa de 6 a 9 meses. Que iba conmigo apretujada en el foulard que un día me regalaron mis amigos y que tanta ilusión me hizo. Que pronto empezó a crecer mucho más rápido que cualquier niño de su edad y la ropa heredada de su hermana le quedaba estrecha y corta.

El tiempo vuela. 

Mi hija mayor está cerca de cumplir una década y se acerca a esa adolescencia que tanto temo. Aún tengo la suerte de disfrutar de su inocencia y su mente infantil, pero sé que el tiempo se está agotando. Si me retrotraigo a la época en la que era un bebé, se me pone un nudo en el estómago aún mayor. 

No sé muy bien por qué me sucede esto ya que en estos momentos me siento feliz por recuperar parte de mis espacios de libertad perdidos con la maternidad y que tanto ansiaba volver a disfrutar.

Es como echarlas de menos antes de tiempo. Una especie de nostalgia del futuro. Empiezo a darme cuenta de que voy a añorar tanto a mis niñas que no sé si seré capaz de soportarlo. Sus voces infantiles, sus risas descontroladas, sus preguntas, sus juegos y hasta sus llantos cuando se caen o se han hecho una de esas heridas que se curan con una tirita de animales. 

Poco a poco la ropa del armario va cambiando de talla. Mientras  su infancia se desdibuja.
Y esa imagen que ahora veo cada mañana de los zapatos de L.E. se borrará de mi vista como lo hizo la de los zapatos de L. 

Esa será la señal de que su infancia se ha ido para no volver.
Deseo con todas mis fuerzas que en un rincón de sus cuerpecitos sigan manteniendo para siempre un hueco para las niñas que, todavía, son.





martes, 11 de junio de 2013

La princesa que quiere llevar pantalones

Ella con mamá el día de su quinto cumpleaños
Hoy no es su cumpleaños, ni mañana. Aún quedan muchos meses para eso. Cuando lo sea, cumplirá diez años en este mundo y yo llevaré diez años siendo madre.

Hoy no se gradúa en infantil o en primaria. Tampoco ha ganado ningún concurso ni le han dado un premio por las notas. No es el día del baile de fin de curso ni participa en ninguna exhibición.

Hoy no es lo que llamaríamos un día especial.

Sin embargo, hoy me apetece hablar de ella.

Porque cada día que pasa siento que se hace más grande. En el sentido literal y en el figurado. Cada vez me cuesta más ayudarla a hacerse la coleta. Al mismo tiempo, la veo crecer como persona en cada gesto o palabra que dice.

Hay días que siento ganas de abrazarla y quedarme junto a ella todo el día y, a la vez, sé que hacer eso es cada día menos posible.  A cada rato está más cerca el momento en que vuele sola. Y eso me produce un tremendo desasosiego y un no sé qué en el estómago que me aturde.

Si no supiera que la perfección no existe, diría que ella es perfecta. Porque sus imperfecciones, sus pequeñas debilidades, la hacen todavía mejor.

Ella es, sobre todo, una buena persona. Con un corazón gigante que da sin esperar a cambio.Da sin asegurarse de si el otro lo merece o no. Le sale de dentro. Siempre pensando en todos y cada uno, sufriendo porque los demás no sufran. A veces me da lecciones de generosidad que me dejan clavada. “Mamá, tenemos que llevarle un disfraz a A. para el baile porque se le había olvidado que era mañana”. “Mamá, quiero tener una foto con L. porque no va a ir al campamento y así me acuerdo de ella esos días”. “No importa mamá, yo le doy mi globo a L.E. no lo necesito”.  “Vamos a llevar estos juguetes a los niños que no tienen”. “Mamá, no te preocupes, yo te dejo dinero para pagar la hipoteca”.

Ella es inteligente y curiosa hasta la médula. Desde que empezó a hablar con poco más de un año, no ha dejado de preguntarse cosas. Una pena no haber hecho acopio de sus pensamientos en voz alta. Esa caja para guardar las frases de tu hijo que Contras y pros proponía hace poco en su blog me hubiera venido genial. Un día me sorprende diciendo que no entiende la infinitud del universo y al siguiente me dice que se está retando a sí misma al ajedrez jugando entre sus dos manos, por probar a ver qué pasa.

Siempre ha tenido unas notas excelentes y lo mejor es que tiene un alto afán de superación. No soporta sacar notas más bajas de 8, como yo cuando era como ella. Es perfeccionista hasta decir basta. Lo cual no me gusta, porque significa que lo va a pasar mal de forma innecesaria. Ahí tenemos un agreste camino que recorrer juntas.

Ella es creativa. Le encanta dibujar y hacer cosas con las manos. Está siempre imaginando nuevas manualidades para agasajar a sus amigos o familia. En un cumpleaños conjunto de cinco o seis niños de su clase, creo que cumplían 7 años, les hizo a cada uno de los homenajeados un regalo personalizado. Cuando va a la biblioteca, le gusta ir a la sección de mayores, a coger libros para aprender a dibujar o hacer papiroflexia.

Ella adora leer y mira que nos costó que le gustara. Al principio, acostumbrada a su cuento diario de boca de su padre o mía, no quería oír hablar del tema. Hasta que con paciencia y los sabios consejos de otras mamás amigas, conseguimos que se enganchara a las historias. Acaba  de terminar El principito y dice que su libro favorito es La historia interminable. Y yo feliz.

Ella quiere a su hermana con locura. “Mamá, la semana que me voy de campamento sé que L.E. me va a echar mucho de menos, así que no me importa que os vayáis sin mí al Parque de Atracciones o a otro sitio divertido para que ella lo pase mejor”.  Le cuenta cuentos que se inventa antes de dormir mientras que la otra locatis, que no puede parar quieta, le interrumpe cada segundo para llamar su atención. Juega a los juegos de pequeños y ve pelis de pequeños por ella. Le regala muñecas y juguetes porque ve que tiene más, como toda primogénita que se precie. Es capaz de renunciar a un dulce o un helado que le apetece porque sólo queda uno. O de dejarle su única goma de borrar aunque tenga que levantarse cada dos por tres a cogerla mientras hace los deberes.

A veces se siente un poco madre de la peque, como buena hermana mayor. Intentamos que no se sienta con tamaña responsabilidad sin embargo, no lo puede evitar. ¿Por qué será que los hermanos mayores solemos ser tan “asquerosamente” responsables? Como madre suya que soy, me encanta que sea así porque me evita muchos quebraderos de cabeza. Como persona, sé lo que se sufre al ser como es. Siempre queriendo cumplir con todo y con todos. A riesgo de olvidarse de uno mismo.

Ella es alegre y optimista. Con el tiempo ha perdido parte de esa felicidad innata que tenía con menos edad. Es inevitable que al descubrir cosas feas de la vida uno deje el estado de regocijo perenne. No está todo el día y a todas horas con la sonrisa puesta, entre otras cosas porque tiene un poco de mal genio que intenta corregir a toda costa. No obstante, se esfuerza por poner a mal tiempo buena cara y por tomarse la vida con humor.

Ella es nostálgica y sensible. De vez en cuando tiene días tontos, en los que está triste sin saber por qué y me plantea cuestiones que rayan en lo místico como qué hacen los muertos en el cielo todo el día y cosas así. Cuando tiene uno de esos días, lo mejor es dejarla hablar y llorar en libertad. Escuchar y comprender. Y decir lo que haya que decir, sin pretender que oculte sus sentimientos o los disfrace de falsa alegría.

Ella es una chica a la que le gustan las cosas de chica. También las de chico. Se queja de que sus amigos no la dejan jugar al fútbol. Prefiere llevar pantalones y zapatillas a vestidos. A la vez que le chifla disfrazarse con mi ropa y mis tacones.  Y se pintarrajea en el baño con su hermana como una puerta. Cuando cumplió cinco años me dijo: "mamá, he decidido que ya no quiero ser princesa, ahora quiero ser exploradora". Ahora dice que de mayor quiere ser ilustradora, arqueóloga o astrónoma. Ahí es nada.

Ella es muchas cosas que no sé. Ella será muchas otras que nunca sabré. Un misterio, con sus secretos, sus vivencias que no viviré y sus pensamientos que no escucharé. Al fin y al cabo las madres no lo sabemos todo, aunque lo disimulemos muy bien.

No hace falta que diga que la quiero tropecientos millones, ¿ o sí?

domingo, 9 de junio de 2013

La escritura y yo





Nota: esta redacción fue uno de los trabajos del curso que hice con Eloy Tizón en Hotel Kafka en 2007 y que no recordaba haber escrito. Me ha gustado reencontrarme con ello.


                                                  COLECCIÓN DE MOMENTOS

Me gusta escribir en cuadernos pequeños que no ocupen mucho espacio en el bolso. Las hojas tienen que ser blancas, como mucho beige, sin rayas ni cuadrículas. Siempre a lápiz, tal y como lo hacía a los cuatro años en las libretas Rubio. Los lápices son perfectos para los primeros bocetos. No conllevan la permanencia del bolígrafo, el rotulador o la pluma. Necesito las gomas de borrar, a ser posible Milán, que dejan menos marca. Así puedo reescribir sin ensuciar, eliminar lo que no me sirve sin empañar el resto. Odio los tachones, delatores de incertidumbre y equívocos. Aun así a veces no me queda más remedio que usarlos. Las frases que me molestan en una historia son como las personas que me han decepcionado, prefiero descartarlas para siempre. Es complicado este desprendimiento. Porque, al igual que los tachones acaparan la atención en el papel, hay momentos que se agazapan muy adentro y se empeñan en sorprenderte a las cuatro de la mañana en plena fase REM.

Escribir, en cierto modo, forma parte de ese proceso de desprendimiento. Cada palabra en el papel aligera el peso de la tristeza, te hace inmune al desengaño, te alivia del insomnio y las pesadillas. Al mismo tiempo escribir es una carga pesada, una hoja en blanco que se te echa encima y te aplasta, el desasosiego permanente, la inspiración que se ríe en tu cara y se va con otro, dejándote desolado en medio de una noche donde el viento frío se escucha detrás de la ventana.

Me recuerdo cuando era niña inventándome a mí misma por las mañanas. Mi rutina tenía un tono entre el gris y el amarillo, como le ocurre al cielo de la ciudad donde nací cuando amenaza la gota fría. Era tan aburrido ser yo, que imaginaba otras niñas para ser, y jugaba a vivir su vida, me trasladaba a los mundos maravillosos de los cuentos que devoraba en cualquier rincón,  atravesaba el espejo que había frente a mi cama, conocía a seres de lo más estrambótico y divertido y me sucedían todo tipo de aventuras imaginables. En aquella época escribía sólo en mi mente. Pocas veces me atreví a dejar testimonio de mis fantasías, a excepción de las redacciones del colegio.

Con los años me llegó mi primer arrebato de poeta adolescente. La rabia que sentí aquel día al  darme cuenta de que el amor no es eterno, de que las promesas de los demás se pueden incumplir, de que no iba a poder soportar tanto vacío. Las manos se deslizaban sin control por el cuaderno. Era como si vomitase cada palabra, la garganta me dolía, sentía una enorme angustia, que me impedía cualquier otra tarea diferente a la escritura.

Desde entonces siento la necesidad de escribir. Es algo que sé que tengo que hacer. Voy en busca de palabras capaces de expresar lo que me pasa por dentro, como una forma de sacar algo bueno de lo que me disgusta, de gritar, de hacerme fuerte, de embellecer lo cotidiano.

Aunque en realidad, más que ir detrás de las palabras, tengo que reconocer que la pereza me obliga a quedarme esperando a que esas palabras me encuentren a mí. A que se me aparezcan en cualquier parte. En las conversaciones de los desconocidos, en las miradas perdidas de la gente a las ocho de la mañana del lunes, en el movimiento del tren cuando me regreso a casa, en las ciudades que nunca he visitado.

Cada vez que un trozo de historia me viene a la mente, la reflejo en alguna de las múltiples libretas que me acompañan. La mayoría se quedan en nada, en piezas sin encajar, en lo que pudo ser y nunca será. Las otras son casi siempre poemas, escritos a mano de un tirón y después meditados, corregidos y mejorados en una pantalla de ordenador.

Me gusta lo breve y misterioso, el decir sin desvelar, la ambigüedad de la poesía. Me alucina la musicalidad de las palabras, la multiplicidad de significados encerrados en los versos, las imágenes inesperadas, la experimentación, la capacidad de condensación de la buena poesía. Ese es mi destino y mi lenguaje, hacia el que aspiro y en el que ando metida hasta los huesos, al que no soy capaz de renunciar cuando emborrono cuadernos y servilletas. El que intento trasladar a todas las historias que me salen y el culpable de que gaste tantas gomas de borrar hasta que decido colocar el punto y final.





domingo, 10 de marzo de 2013

Juegos de la infancia

Ayer jugué por primera vez al Cluedo. Me llamaréis rarita por eso. "¿Y tú qué infancia has tenido?". Me llegan las voces...



La verdad es que mi infancia fue un poco escasa de recursos, por llamarlo de alguna manera. Ahora sé cosas que entonces no sabía. Como que mis padres no tenían un duro en aquellos 70 y primeros de los 80, que me río yo de la crisis de ahora (bueno, no me río, porque esta crisis se ha llevado para'lante mucha economía, la de mis padres incluida). Y lamentaba mi mala suerte por no tener dinero para comprar golosinas en el kiosko de La Chica (una señora con más años que matusalén a la que apodaron así desde que era realmente "chica") que estaba de camino a mi cole de monjas, al que iba cada día andando con una amiga. Cada día caminábamos un kilómetro de ida y otro de vuelta, desde que yo tenía seis o siete años. Entonces no hacía había doble fila a la puerta de mi cole. Simplemente no había madres con carné, porque eran las madres las que llevaban a sus hijos al asilo, nombre por el que también se conocía a mi cole de monjas, pues durante años alojó en sus dependencias un mini asilo de ancianos. No había madres motorizadas excepto la madre de Mamen y poco más, que cada día subía su super coche familiar a la acera para dejar a su prole. Mi compañera de viaje a la escuela sí que tenía pasta para comprarse guarrerías, y yo la miraba con envidia mientras devoraba sus nubes y sus regalices sin decir un mísero "¿quieres?". No recuerdo que lo dijera nunca. Vete a saber. La memoria es caprichosa. Lo mismo no quiero acordarme.


Que me desvío, había venido aquí a hablar de mis juegos? Pues eso, que como en mi casa no había dineros, me divertía  únicamente con mi apreciado Monopoly (que me parecía lo más de lo más pero realmente era un auténtico tostón) y los juegos reunidos Geyper. A propósito de ello, ¿alguien consiguió jugar a algo más aparte del parchís y la oca? . Además jugaba a los juegos de los demás, mis primos y mis amigos, que tampoco es que nadaran en la abundancia.


Aparte, vamos a ser sinceros, entonces lo que molaba era salir a la calle y hincharte a saltar a la comba y al elástico (goma para los de Madrid) o jugar a las Nancys o al pille o al escondite. Como encima en Murcia hacia siempre un sol espléndido y nada de frío, ¿para qué íbamos a encerrarnos en casa de nadie con lo bien que se estaba fuera? Además, antes no se podía ir a jugar a las casas de otros, que se manchaban y las madres entraban en cólera. Qué pena me da que mis hijas ahora no tengan esta opción de jugar en la calle (y de paso no poner la casa patas arriba cada vez que vienen invitados) o la tengan pero supeditada a : 1/ que un adulto las acompañe, 2/ que no llueva o haga un frío de muerte, 3/ que a ese adulto no le den sarpullidos al oir hablar del parque.

Ayer llovía, como lleva haciéndolo por Madrid toda la semana pasada y se espera que ésta. Así que, como los Reyes Magos le dejaron a Lucía un Cluedo, aprovechamos para disfrutar como enanos descubriendo asesinos, armas y lugares del crimen. Desde que le dieron el regalo hace siete días (fueron unos reyes de efecto retardado) nos ha estado pidiendo que jugáramos con ella. Me resistía, más que nada porque siempre lo pide a las horas y días más poco apropiados, veáse un martes a las 8 de la tarde y cosas así. Así que le prometí que del domingo no pasaba

Y luego me alegré mucho del rato que pasamos. En realidad me encantan estos juegos de toda la vida aunque a veces sea reacia a reconocerlo. Es como volver a ser un niño sólo que "más mejor". No me pongo a saltar al elástico porque una ya no tiene los huesos para fiestas. Que si no...

P.E. (pregunta existencial) ¿por qué la gente nunca responde a la totalidad de los correos que le envías sino sólo a una parte? curioso...

sábado, 16 de febrero de 2013

Enamoramientos

Cuando tienes ocho o nueve años y te enamoras por primera vez, en realidad ¿estás realmente enamorado o crees que lo estás?

Recuerdo que cuando (a long time ago) yo tenía esa linda edad creía estar enamorada hasta las trancas de un zagal muy guapetón de mi misma edad. Y realmente estaba convencida de estarlo. Supongo que tenía una idea del amor basada en los libros de cuentos de los hermanos Grimm y similares, y de las pelis de dibujos de entonces. Vamos, que tenía una idea del amor un tanto infantil y estereotipada. Cuando uno se hace adulto y pierde la mirada de la infancia, entonces se piensa que lo sabe todo y que uno jamás puede enamorarse con 8 años porque no tiene ni idea de las cosas de la vida. ¿Quién de nosotros tiene razón, el niño o el adulto?

Volviendo a mis ocho años, aquella fue una época en la que llevaba esos horribles calcetines de perlé que te dejaban la piel marcada a fuego y que dolían mogollón, vestidos de nido de abeja y con lazo a la espalda, y el pelo repeinado con colonia. Al hacer mi primera comunión me regalaron un diario. Y como tenía miedo a que mi madre lo leyera y se enfadara conmigo, escribía en clave mis sentimientos de enamoramiento precoz: "hoy estoy muy feliz por eso que me ha pasado al salir del cole (traducción: me cruce con él por la calle y me dijo hola)", "hace muchos días que no pasa eso que quiero que pase (traducción: encontrarme con él casualmente en alguna parte). Nunca llegué más allá de eso, no fui capaz de expresarle abiertamente mis sentimientos, entre otras cosas porque creía que él estaba enamorado de mi prima, que siempre fue mucho más mona que yo. Ella apuntaba maneras de pibón desde pequeñaja, de manera que a su lado todas parecíamos el premio de consolación. Además, en aquella época y en un pueblo como el mío, encima yendo a un colegio de monjas, la posibilidad de que alguien del sexo femenino mostrarse algún tipo de acercamiento a alguien del sexo masculino era considerado algo parecido a un pecado capital.

De esta forma conseguí llegar a la adolescencia sin ninguna decepción amorosa de calado. Curiosamente ese amor infantil se convirtió en amor pavonil (por eso de la edad del pavo) y fue, para mi alborozo inicial, correspondido. Hasta que al chaval se le cruzó el cable de "qué guapo soy, puedo salir con todas las que quiera" y de "lo que más mola es salir con mis amigos" y me pegó el primer hachazo sentimental de mi vida. Luego la cosa se complicó y descomplicó nuevamente, y así anduvimos tres intensos años de amor va y amor viene, hasta que se rompió la cosa de forma definitiva. Pero todo esto forma parte de otra historia que en este momento no viene al caso.

Realmente lo que quería comentar es otra cosa. Resulta que el jueves pasado, San Valentín, asistí en la distancia al primer desengaño amoroso de un chavalín de 9 años amigo de mi hija que me dejó algo desolada. Al parecer, el muchacho se ha enamorado (o eso cree él) de una chiquita del cole de la misma edad. Y, muy valiente él, escribió una tarjeta de San Valentín para su amada. Como es un poco tímido, pidió a mi hija que le diera la postal a la niña de su parte ¿Y qué creéis que hizo ella al recibir la declaración de amor? La rompió sin leerla, con un par.

No sé qué motivos la impulsaron a hacer aquello. Quizá sabía de quién se trataba y le caía mal y quiso despreciarle de esa manera. Quizá estaba nerviosa y lo hizo sin pensar. Lo mismo creyó que era una broma de mi hija. Vete a saber. Sea como fuere, no pude evitar ponerme en la piel de ese niño y me entraron muchas ganas de llorar. Vaya tontería, ¿no? seguro que la cosa no fue para tanto, sólo fueron cosas de críos. Pero es que se me venían a la mente las cosas que yo sentía antes de los 10 años, la fuerza y sinceridad de los sentimientos, muchas veces ninguneados por los adultos, que no daban importancia a nuestras cosas porque los niños éramos entonces los últimos monos. Y esas cosas, la tristeza después de una regañina,  el miedo tras una pesadilla, la decepción cuando alguien nos despreciaba,  se quedan grabadas a fuego y te hacen la puñeta para el resto de tu vida.

Una de las amigas del niño, se le acercó y le dijo para darle ánimos: "no te preocupes, hay muchos peces en el agua", con esa sabiduría aprendida de escuchar a los mayores. Más de una vez me han
dicho la misma frase o yo la he dicho a alguien. Y realmente la frase es cierta, cada vez hay más peces por todos partes. Sólo que en ese momento de decepción, tú sólo ves un pez en el mar que se aleja de ti a toda velocidad para no caer en tus redes.

miércoles, 30 de enero de 2013

El maravilloso mundo del circo




El circo es un espectáculo que me fascina y horroriza al mismo tiempo. Reconozco que lo recordaba mucho más cutre de lo que me pareció esta última vez, cuando acudí con mis enanas a pasar la tarde del sábado. Iba llenita de prejuicios. Que si es horrible utilizar animales en los circos, que si esos trajes enseñando chichilla, que si esas cosas tan horteras que los vendedores ambulantes intentan colarte por una pasta, que si los payasos me dan más miedo que risa…

La realidad se impuso a lo imaginado y, contra todo pronóstico, pasamos una tarde fantástica, admirando el extraordinario esfuerzo físico y mental que realizan malabaristas, trapecistas, contorsionistas…contemplamos con terror cómo uno de los jóvenes y atrevidos muchachotes casi se cae a la pista tras hacer un ejercicio imposible, al saltar a una altura de 20 metros o más sobre su compañera. Ambos estaban de pie sobre una de esas cuerdas de funambulista. Sin red ni ná de ná, a pelo. El chaval logró agarrarse a la cuerda y volvió a subirse a ella en una pirueta que sólo pueden hacer los que se pasan el día haciendo abdominales y tienen unos 20 años. Mientras tanto, se me encogía el corazón y el estómago, me tapaba los ojos como si estuviera viendo una peli de miedo (con los dedos entreabiertos para ver sin ver) y Lucía me decía pasándome la mano por la espalda: “venga mamá, no te preocupes, que no va a pasarle nada”.

Lo mejor del circo es ver tantas historias de superación personal juntas, asistir al show del “más difícil todavía”, que te hace creer por un rato que es verdad eso del “nothing imposible”. Es el reto y el arte unidos, mezclados con un poquito de horterismo cierto, pero no por ello menos grande.

Lo peor es ver a perritos haciendo piruetas con elefantes. Por un lado alucinas con lo inteligentes que son estos bichos. Por otro lado piensas en lo que tienen que sufrir para llegar a hacer lo que hacen. Quiero pensar que sus entrenadores les quieren y tratan con cariño. Prefiero pensar bien.

Y por supuesto, ver las caras de flipadas de las peques es siempre una experiencia indescriptible. Su capacidad de asombro unida a su inocencia da pie a momentos “caídadebaba” totales.

viernes, 25 de enero de 2013

Juguetes


Imagen de Mark Nixon

Si eres un juguete con más de 5 años de antigüedad y no tienes la suerte de ser uno de los favoritos de tu niño, tienes los días contados. Si además tienes algún defecto, como un pelo engrifado o una pata rota, o se te han gastado las pilas, ¡cuidado! Tu final está próximo. Quizá sea hoy mismo. Cuando, además, nunca fuiste guapo, ni mono, ni suave, ni de un tamaño adecuado, no me explico cómo sigues aún en la casa que te acogió.

A no ser que seas tan ocurrente como yo, claro. Cuando veo que la mamá de mi dueña se levanta un sábado nerviosa y dice: “ahora mismo vamos a ponernos a tirar enredos de esta casa”, inmediatamente corro a esconderme en la parte más recóndita del armario o la caja donde en la que esté en ese momento.

Si tengo la mala suerte de que me han dejado tirado en el suelo, hago todo lo posible por ponerme delante de mi niña y mirarle con ojos de cordero degollado para que se niegue rotundamente a librarse de mí. Le hago llorar y gritar con la peor de sus rabietas, rogando a su mamá que no me tire, que me tiene mucho cariño, que nada será igual sin mí (vale, aquí me paso un poco).

La madre siempre se enfada y dice cosas como: “pero si hace años que no juegas con él”, o “nunca te ha gustado esa cosa tan fea”. Aún así, como es muy sentimental, por mucho que me consiga meter en la bolsa, acaba rescatándome en el último momento. Movida por un recuerdo infantil. Aquel día en que su propia madre tiró al contenedor, sin su conocimiento y sin preguntar, los tesoros que acumulaba en una pequeña caja de cartón. “Eso no era más que basura”, le dijo entonces. Lo que lloró la pobre.

miércoles, 16 de enero de 2013

La primera vez...que mi peque invita a una amiga del cole a casa


El lunes fue muy especial. L.E. llevaba pidiendo mucho tiempo que alguna amiguita del cole viniera a casa o que la dejáramos ir a ella a casa de alguna amiga. Por fin este lunes G. vino a jugar con ella. L.E. estaba muy nerviosa por tan magno acontecimiento. Lleva toda su vida viendo cómo las amigas de su hermana pasan tarde y noches en casa (bastante a menudo) y cómo la invitan a dormir y jugar en casa de otras niñas. Y ya tocaba. Creemos que ya es lo suficientemente mayor para empezar a hacerlo. No conocemos mucho a los padres de los niños de su clase. Esto nos impedía decidirnos a invitar, nos daba un poco de corte que nos dijeran que no.

Por otro lado, después de alguna experiencia anterior con niños demasiado traviesos, nos daba palo que el invitado comenzara a comportarse como los niños que salen en Supernanny y saliésemos escaldados. Pero no. Ha sido un buena experiencia, quitando la parte provocada por el estado de excitación de L.E., que le llevó a llorar unas cuantas veces más de lo deseable.

Espero que su amiga lo pasara bien a pesar de las lloreras y que acepte que la volvamos a invitar. La ilusión de nuestra peque era tan enorme que mereció la pena aguantar los llantos y mini-rabietas vespertinas. Acabó agotada y durmió como un lirón. Esto también ayuda.

Con este día, sumado a los dos cumpleaños infantiles del trimestre pasado a los que asistió, queda inaugurada la vida social de L.E. Tengo que hacerme a la idea.

martes, 8 de enero de 2013

Conversando con mis hijas


Mi danzarina está en esa edad en la que las personas decimos las cosas tal cual las sentimos, sin tapujos, y desde la inocencia más pura y divertida.

Que recuerde, en los últimos días nos han encadilando con unas cuantas de las suyas:

Mirando el típico cartel de prohibida la entrada a perros de una cafetería... "mira mamá, aquí dice que se prohíbe entrar caballos","no cariño, ahí dice que se prohíbe entrar perros", "bueno vale- responde ella- pero los caballos tampoco pueden pasar".


Ayer queriendo demostrar lo mucho que quiere a su hermana (y a sí misma): "soy la mejor del mundo pero a L también la quiero" mientras le da un achuchón a su hermana. Desde luego que se nos ha dado bien eso de fomentar su autoestima. Qué personaje.

L., como es tan rica y tan buena, le ha pedido a los Reyes que le hagan enfadarse menos y tener menos estrés y que todos los amigos y familia sean felices y tengan salud (todo eso antes de que nosotros escribiéramos nuestros deseos a los Reyes). ¿Menos estrés? Está claro de que nuestros hijos absorben todo lo que ven y escuchan en casa. Me tengo que revisar mi lenguaje y decir más veces palabras más optimistas, como alegría, relax y divertido. Esto no puede ser.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Mamá dibujada

Hoy es el día de la fiesta de Navidad de mi empresa. No toda la empresa pues somos unos 130.000, sino de mi departamento. Vamos unas treinta y pico personas. 

Para decorar la estancia donde comeremos y beberemos (siempre con moderación por supuesto, los organizadores del evento nos han pedido a los que tenemos hijos que les pidamos que nos dibujen trabajando.

El resultado de cómo me ven mis hijas está en estas imágenes. Me llama la atención que L.E. me vea los ojos a lo David Bowie y me encanta que las dos me dibujen sonriente y feliz. A veces les regaño tanto que me siento un poco Srta. Rottenmeier...



miércoles, 12 de diciembre de 2012

Visualización de un domingo de la infancia

Esta es la Semana de la Seguridad y la Salud en mi oficina. Nos están dando unas charlas y talleres muy interesantes sobre hábitos de vida saludable. Ayer estuve en dos de ellos. Como apenas tenemos trabajo en estos días :( aprovecho el tiempo y me apunto a todo lo que suena interesante y supone ocupar las horas en algo productivo.

Total, que hoy tocaba hablar de alimentación. La ponente era una psicóloga que no venía a "hablar sobre nutrientes sino sobre hábitos". Yo que pensaba que me iban a enseñar cuánto de hidratos y cuánto de proteínas y vitaminas tenía que tomar al día y esas cosas. Pues no, nada de eso. Se trataba de reflexionar sobre cómo, cuándo, cuánto, qué y por qué comemos.

En un momento dado nos ha pedido que cerráramos los ojos y volviéramos al pasado a una de nuestras comidas familiares. Hemos pensado en qué comíamos, en cuánta gente había en la mesa y quiénes eran, cuánta comida nos ponían en el plato, si había refrescos azucarados o no... Y he vuelto a la antigua casa de mi abuela Paca (mi querida abuela que aún vive gracias a Dios o a quién quiera que esté por ahí arriba) y mi abuelo Antonio, ya fallecido. He visto a mi bisabuela en su mesa de camilla, eternamente sentada, con la mirada perdida a causa de la ceguera. He visto a mis padres mucho más jóvenes que yo ahora mismo. A mi hermano mediano con 5 años y al pequeño de bebé. Yo tenía 9 y llevaba unas bermudas verdes de paño y un jersey beige que me gustaba mucho (no había vuelto a acordarme de ese jersey desde hace...no sé cuánto tiempo). Estaban todos mis tíos, incluso mi tío el que murió. Mis primos, los que habían nacido en aquel momento. Y me ha venido el aroma del cocido semanal, cocido murciano con pelotas, que sabía a gloria. Y he visto a mi abuela sirviendo los platos a todos y trajinando hasta el último minuto. Nunca se sentaba a comer hasta que los demás casi habíamos acabado. Ahora lo pienso y me digo: ¿cómo era capaz de cocinar cada semana para tropecientos y seguir tan contenta? ¡Los días que tengo invitados en mi casa (una o dos veces al año) me pongo de los nervios!

Han pasado unos 30 años de aquella imagen. Me he sentido extraña recordando todo de forma tan nítida y dándome cuenta de cómo ha cambiado todo desde entonces. La vida ahora es muy muy distinta. Ninguno de nosotros imaginábamos cómo sería hoy ni cómo era hace 10 años. Y no me refiero sólo a que ahora comemos peor porque vamos a toda prisa por la vida, que también. Da vértigo ver cómo puede girar tu vida 180 grados sin que te des cuenta.

La crisis, la maldita crisis. ¿Cuánto nos quedará?