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martes, 1 de diciembre de 2015

Cuando llegas a esa edad en la que podrías ser la madre de la mayoría

Ya he hablado de los cambios físicos que sufrimos todos aquellos que traspasamos la temida barrera de los 40.

Sin embargo no he dicho mucho sobre los cambios emocionales o mentales que suceden también una vez que la fatídica línea se ha dejado atrás.

Créeme, son los peores. 

La primera vez que con treinta y muchos tienes la extraña sensación de que podrías ser la madre del repartidor de Carrefour, pronto lo olvidas porque pasa a esa parte del cerebro de sensaciones raras no identificadas. No es hasta que entras de lleno en el cuarentañismo que empiezas a incorporar la sensación a tu día a día como algo natural. Lo cual no significa que te acostumbres a ello ni que no te entren ganas de cambiar de país cada vez que te pasa. Es jodidamente desagradable aunque, siguiendo la filosofía positiva de alguna de mis amigas que rondan los 50, diré que con el tiempo conseguiré darle la vuelta y verle el lado jocoso al asunto.

Vas a El Corte Inglés (sí, nosotros somos parte de su público objetivo) a comprar un móvil y te atiende un chavalín que gritaba desde el baño eso de "YA HE TERMINADO MAMIIIIIIIII", el mismo día en que tú te hacías la foto de la orla en la Uni.

En la consulta del ginecólogo te encuentras con una chiquilla tomando notas, que piensas que es la hija adolescente de la verdadera ginecóloga. Hasta que después de unas preguntillas te pone en esa postura tan cómoda y agradable, que nos encanta a las mujeres, y te mete mano.

Vas a clase de danza moderna y la profe no ha oído hablar nunca de Fama ni de Flashdance. A veces ni de UPA Dance. Es más, es que ella no había nacido cuando tú llegaste a Madrid a estudiar la carrera. Y como ve que la media de edad ronda los taitantos, se dedica a montar una coreografía de tres pasos ridículamente fáciles, a ser posible latinos, para que parezca que haces algo, sin hacer mucho, y no te de un telele ahí en medio. A ver qué va a hacer la pobre si se le cae una "señora" al suelo.

Si se te ocurre apuntarte a un curso para renovar conocimientos, e incluso rejuvenecer cuerpo y mente, no sólo te vas a encontrar con que todos los alumnos votan desde hace pocos años. Lo peor es que eres mayor que cualquiera de los profes, alguno de los cuales estaba en plena edad del pavo cuando tú fuiste madre "precoz" a los treinta.

Podrías ser la madre del dependiente de Mc Donalds, de los profes de extraescolares (y algunos maestros), de la farmacéutica, de las cajeras del super (no de las del Día), de los becarios de la oficina, de las chicas que atienden en las tiendas de Amancio, de algunos empleados de bancos, de la peluquera, la esteticista, la mujer que te ayuda en casa, el operario del gas y muchos de los hijos de los vecinos que todavía creían en los Reyes cuando tú te mudaste aquí hace 12 años.

Y es que el tiempo, no es que pase volando, pasa a su ritmo, pero sin que nos demos cuenta, sin que apreciemos cómo nos va cambiando poco a poco y nos arrebata la infancia, la adolescencia, la juventud...y nos convierte en señores y señoras hechos y derechos, que diría mi abuela.

Señores y señoras que seguimos sintiéndonos mentalmente como cuando teníamos veinte o treinta. Señores y señoras que odiamos que nos llamen así o nos miren o traten diferente por la edad que tenemos. ¿En serio tú, que tienes 30 (o por ahí) crees que a ti esto no te pasará nunca? Más te vale que sí.

Lo de las canas, las arruguitas, el michelín y todo lo demás apenas importa si lo enfrentamos a esto otro. Tener cuarenta no es sinónimo de que todo lo bueno se acabó, eres un amargado laboral o has perdido toda capacidad de crear o innovar. Nada más lejos. 

Afortunadamente el cuidarse está de moda y ahora casi toda la gente de mi edad practica deporte. Al menos cuando voy al gimnasio no siento que pudiera ser la madre de todos mis compañeros. Aunque sí de algunos monitores. Todo hay que decirlo.




lunes, 20 de julio de 2015

Mamá, ¿qué son las drogas?


Si vienes aquí buscando sabios consejos sobre cómo evitar que tus hijos se droguen, beban o fumen como cosacos, estás de suerte. Quiero decir de mala suerte. Porque yo no te los voy a dar. No porque no quiera. Sino porque a día de hoy, soy yo la que los necesito y no la que los tiene.

Sabrás, si me lees de vez en cuando, que tengo una hija pre-adolescente. Y otra que, si bien sigue siendo muy pequeña, es un poco locatis. Ambas cosas me hacen tener pesadillas sobre futuros peligros en forma de pastillas de nombres imposibles, borracheras que se van de madre, olor a maría en la ropa y cosas mucho peores que ni me atrevo a enumerar.

Hasta ahora, todos mis recursos para evitar que cualquiera de estas pesadillas se convierta en realidad se resumen en dos puntos:

1/ Mi hija mayor es muy responsable y no creo que ella caiga nunca jamás.
2/ Mi hija pequeña es muy pequeña.

Mientras lo escribo, yo misma me doy cuenta de lo estúpido que suena.

Espera un momento... que me voy a hablar del tema con las dos y ahora vuelvo.

"Mamá, ¿y por qué si la droga es tan mala hay gente que la vende?", dice la mayor después de afirmar: " no necesito ninguna charla sobre drogas porque sé que nunca jamás en mi vida las voy a probar". 

¿Qué os dije? ;-)

Entonces le cuento a la mayor, mientras la peque escucha detrás de la puerta del baño, como quien no quiere la cosa, que las drogas tienen dos cosas que las caracterizan por encima de todo:

1/ Enganchan, "¿enganchan?", sí, eso quiere decir que llega un momento en que necesitas tomar de esa droga para seguir viviendo. "Entonces, si no las tomas, ¿te mueres?", bueno, no exactamente, te mueres antes si las sigues tomando, pero la persona que se está drogando cree que si no las toma se muere, siente como si se muere, es una necesidad muy fuerte, y es capaz de hacer muchas cosas malas para conseguir su dosis diaria. Más si se trata de drogas duras, como la cocaína, por ejemplo, menos si se trata de drogas blandas como el tabaco, que mata más lentamente o el alcohol. Éste último además, si te emborrachas, te hace vomitar o hacer muchas idioteces, y al día siguiente te sientes horrible por la resaca.

"Mamá, no lo entiendo, ¿por qué si son tan malas la gente las prueba?"

Precisamente esto enlaza con la segunda característica:

2/ Producen sensaciones agradables, aunque falsas, que a la gente le gustan. Te hacen sentir más alegre, más fuerte, más poderoso, más atractivo, más simpático, más cualquir cosa. Otras te hacen sentir cosas extrañas, como vivir dentro de una película de ciencia ficción, o como que puedes volar y cosas así. El tabaco, por ejemplo, que no es una droga dura, te hace sentir mayor cuando eres un niño. Una cosa bastante estupida por otra parte. 

"¿Y no se puede probar una vez y después nunca más?" Aquí trago saliva a la vez que mastico las palabras que salían de mi cerebro y que al final, se quedan sin salir de la boca: "nooooooooooo, no se puede bajo ningún concepto, está prohibido terminantemente, si las pruebas se te saldrán los ojos de las órbitas y se te pondrá el pelo verde vómito". En lugar de eso digo lo siguiente:

Se puede, pero es mejor no tentar a la suerte, si te gusta mucho y repites corres el riesgo de volverte adicto y eso es lo peor que puede pasarte porque dejas de ser tú y te conviertes en otra cosa. Ya no puedes hacer todo aquello que te gusta hacer porque toda tu vida es la droga, y empiezas a volverte tarumba, la cabeza no te funciona bien y el resto del cuerpo también se ve afectado. Eres capaz de robar, engañar, matar incluso.

La otra sale del baño en ese momento y pregunta, "¿pero mamá, qué es las drogas?". Las drogas son muy malas hija, como el tabaco. "No voy a fumar nunca". "Mamá, no bebas más vino, que también es drogas que te he oído". Lo que bebo es cerveza en realidad. Y el alcohol, si es a poquitas dosis, y lo tomas cuando ya eres mayor, no es malo, al menos el vino y la cerveza, o al menos no tan malo como el resto de drogas, que no habría que probar nunca, porque todo lo que puedes perder si te enganchas no compensa nunca lo que puedas ganar. 

Lo siento, he tenido que dejar para otro día los valores terapéuticos de la marihuana. Creo que con la información que ya tienen en sus cabecitas es suficiente por hoy.

Sin proponerlo, al final he tenido mi primera charla seria sobre drogas y espero que no sea la última. Es lo que más pánico me da de todo lo que se me avecina. Y la mejor forma de vencer el miedo es mirándole de cara.

martes, 5 de mayo de 2015

La madre que la parió

Hay expresiones delicadas que cuesta sacar de la boca. La mayoría de las veces se quedan a medio camino entre el cerebro y la voz. Como esa de "trabajar como un negro" o "es que me pone negra". O "madre no hay más que una". Son cosas que se dicen sin pensar y que, cuando las oigo, a mí me dan por pensar, y mucho. Sobre todo cuando, refiriéndome a mi hija pequeña, a la que adoptamos con cinco meses, se me escapa un "la madre que te..." Casi nunca termino la frase, o la digo muy bajito, para mis adentros. Porque me produce la sensación de estar diciendo algo que no debo, como cuando era pequeña y se me escapaba un taco enorme delante de mis padres. Sabía que no debía decirlo aunque no tenía claro por qué.

La madre que la parió es la madre biológica de mi hija. Esto, que es una verdad como el Taj Majal, no significa que sea su madre verdadera. Pues las dos, ella y yo, somos sus madres, ninguna es de mentira. Ninguna es un cuento inventado, aunque tengamos que fantasear sobre su historia a falta de datos. Y ella, esté donde esté, tambien imaginará cosas para completar los huecos que le faltan. Aunque en su caso sí que tiene a su disposición información sobre la niña y nosotros, quizá no haya querido saber más. Ojos que no ven, corazón que inventa.

El Día de la Madre, desde hace seis años, tiene para mí un significado más allá de mi propia maternidad y mi condición de hija. Es un día en que pienso mucho en su otra madre. Dónde estará, qué hará, pensará, vestirá, comerá. ¿Sufrirá? En nuestro mundo occidental no concebimos la renuncia a un hijo sin estar unida al dolor y la culpa. En África puede que sea diferente, o no. Imagino. Pienso. Creo. Pienso. Construyo una vida imaginaria para responder a las preguntas para las que tal vez jamás logre respuestas.

Mientras, mi hija adoptiva, mi hija sin más, mi hija de verdad, piensa también con su mentalidad de niña que no llega a los siete años. Y se hace sus propias preguntas, con sus propias no respuestas. ¿Por qué tengo otra madre y otro padre en un sitio tan lejos? ¿Por qué no se quedaron conmigo? ¿Tendré hermanos en Etiopía? ¿Abuelos y primos? ¿Cómo será mi mamá de allí, será guapa? ¿Tendrá el pelo largo como a mí me gusta? ¿Por qué no puedo verlos? 

Así que yo tengo dos frentes abiertos. Mis dudas y las suyas. Las mías quedan en mi cabeza la mayoría de las veces, hablo poco de ellas. Las suyas piden a gritos las respuestas. Lo cual está bien, que pregunte, que verbalice, que grite.

Aquí estamos y estaremos para intentar proporcionarle, al menos, el consuelo de escucharla y el cariño que tanto necesita.

jueves, 19 de septiembre de 2013

AZ de la maternidad. Con N de Nunca

Nunca te irás de mi lado
Aunque te vayas
Aunque te lleven
Aunque no estés

Nunca dejaré de quererte
Aunque me olvidaras, que no,
Aunque me dejaras, que no
Aunque no quieras que te quiera

Nunca olvidaré
Mis manos en tu cara
Tu sonrisa de luz
Tu abrazo cálido
Tu estar siempre ahí

Nunca pasaré página
Curaré la herida
Te guardaré en un baúl

No, nunca, nadie, jamás

Podrá quitarme todo lo que vivimos

Ni siquiera ella

Ni siquiera la mar

jueves, 12 de septiembre de 2013

AZ de la Maternidad. Con L de Luz

La letra L es una gran letra. Por ella comienza el nombre de mis dos hijas. De haber tenido un niño, se hubiera llamado Leo (antes de que Pe lo pusiera de moda, que conste).

Además, la elegancia de la ele se deja ver en palabras como Libertad, Letras, Luna, Literatura, Lecho, Laberinto y, por supuesto, Luz. Sí, sé que también encontramos la L en conceptos que parecen a priori menos poéticos, como lorzas, pero como dice mi amiga Bea con mucha gracia, la lorza es bella.

En un principio quise dedicar este post de la ELE a mis dos hijas, hablando de ellas, de cómo son, de cómo sienten, de por qué son tan especiales. Como eso casi me obligaba a decir sus nombres, he preferido la palabra LUZ, que es una palabra que me encanta, tanto por su sonoridad como por todo lo que lleva implícito. Y porque tengo debilidad por las palabras cortas y que lleven Z, H, Ñ. Rarita que es una.


Cuando un bebé nace se dice que su madre "da a luz" o que le "alumbra". Por lo tanto, la luz está en el origen mismo de la maternidad. Aunque yo misma me sintiera madre cuando estaba embarazada (también cuando esperaba a mi L.E.), en realidad aún no lo era de forma, digamos, oficial. Siempre me ha gustado esta acepción del verbo en español. Parir o "to give birth" en inglés no tienen ese matiz tan sugerente que sí tiene el "dar a luz", o darlo al mundo que dicen también los portugueses, que transmite el sentimiento de que algo muy importante está pasando cuando nace un niño.

Así que, desde que ese momento llega a la vida de las madres, aparte de sentirnos como si nos hubiera pasado por encima una apisonadora, el concepto de luz y luminosidad cambia totalmente en nuestras vidas. Es algo que siempre decimos que no se puede describir con palabras, aunque parezcamos cansinas de tanto repetirlo. Y como las letras no nos alcanzan, utilizamos las metáforas. Por eso decimos cosas como por ejemplo:

> Mis hijas son mis soles...
> ...Están llenas de luz
> ...Me iluminan con su sonrisa
>... Son la luz de mis días

Y cursiladas de este tipo.

Nos encanta decir que ellos son quienes nos iluminan en el camino, quienes nos insuflan la energía necesaria para vivir el día a día, para lidiar con las pequeñas y grandes dificultades que nos encontramos cada uno. Sí, las madres (y algunos padres) somos así de cursis y, por qué no decirlo, un pelín "repelentes", soy consciente. Como diría a mi madre, a mi no me da 'cuidao' (a mí no me importa) decirlo las veces que haga falta. Digan lo que digan. Por mis hijas mato y digo cursiladas, con un par.

Más de una vez he sido capaz de reirme a carcajadas en medio de uno de esos días horripilantes en los que se te sale el malrollismo por las orejas. He podido encontrar bajo las piedras más pesadas motivos de sobra para relativizar, avanzar, continuar, crecer. He sabido salir de situaciones complicadas y me he superado a mí misma cientos de veces. Y sigo haciéndolo. Y no sólo por darles ejemplo, sino porque ellas me motivan y me inspiran (ya lo dije en la I de inspiración).

Ellas son mucho más que esa luz que necesito para no tropezarme y darme golpes por las esquinas. Son generadoras de la energía que por mí misma me cuesta mucho conseguir. Curioso que a veces también sienta que son las que me absorben esa energía y me dejan aplanada como los dibujos animados de los 80. Contradicciones de la maternidad.

Ellas están llenas de luz. Cada una a su manera. La luz de L. es una luz blanca y radiante. La de L.E. es una luz multicolor. Ambas son buena gente, cariñosas, listas, divertidas, generosas, dispuestas a darlo todo por un ratito con su mamá o su papá (y por jugar con el iPad).

Si no hubiera sido madre, seguro que hubiera encontrado otras formas de que mi vida tuviera sentido. No voy a decir esa frase manida de que no he encontrado valor en mi vida hasta que no han llegado. Porque no es cierto. Parece que entonces si no eres madre o padre no merece la pena vivir y eso es absurdo, injusto y falso. La vida merece la pena por sí misma. Hay tanto y tanto que disfrutar, que sentir, que vivir.

Eso sí, ahora que las tengo, no podría imaginarme la vida sin ellas aquí. Sin sus luces y sus sombras. No las de ellas, que son cuasi perfectas, jeje, sino las de la maternidad, de las que ya conté algo hace un tiempo.


Las luces son luces porque hay sombras y oscuridad. Y yo sé que con ellas a mi lado la oscuridad desaparece al poco tiempo o, al menos, se oculta lo suficiente para poder VER lo que necesito ver sin encender ninguna bombilla.

jueves, 5 de septiembre de 2013

AZ de la maternidad: con K de ...

Cuando te vi por primera vez sentí el peso de kilogramos de amor que me invadían el cuerpo. Desde ese momento supe que te seguiría allá donde fueras. En vida, aunque marchases a miles de kilómetros, más allá de Kamchatka. O tuviera que atravesar el desierto del Kilimanjaro. Y más allá de la vida, con mi ka siempre cerca, para darte la mano si cayeras. Tus risas me contagiaron de kilovatios de ganas de vivir. De vivir contigo todas las cosas. De repente los martes podían ser un kermés de emociones. Por ti me convertí en kamikaze de sueños, en atrapadora de instantes, en abrazadora. Es sólo ver un gesto tuyo y sé cómo te sientes. Es sólo ver un gesto mío y saberlo tú. No sé si fui otra antes o muchas. No sé nada de eso que llaman karma. Sólo que si existe, quiero volver a ser tu madre una y otra vez. 

Dedicado a mis dos soles

martes, 20 de agosto de 2013

Nostalgia



Al pasar por su cuarto vi la puerta entreabierta y un par de sandalias pequeñas tiradas en el suelo con despreocupación. Había visto su calzado desperdigado por las distintas estancias de la casa en infinidad de ocasiones. Aquella mañana, sin embargo, mis ojos se quedaron clavados en esa imagen mientras algo muy parecido a la nostalgia empezaba a invadirme sin compasión.

Veía sus pies del treinta y su cuerpo, el más pequeño de la casa, a pesar de que su magnitud  supera todos los percentiles del mundo blanco. Tiene cuatro años ya, casi cinco. O cuatro años todavía, según se mire. Si echo la vista atrás soy consciente de que un día fue diminuta, aunque yo sólo pueda intuirlo pues la conocí cuando ya era una criatura que llevaba, más o menos, cinco meses en el mundo. Me voy a remirar las fotos y descubro que un día no tuvo pelo o sólo tenía unas escuetas anillas que prometían una poblada melena ensortijada. Que tomaba bibes y llevaba chupete. Que sus pies eran de un número 16 ó 17. Que llevaba ropa de 6 a 9 meses. Que iba conmigo apretujada en el foulard que un día me regalaron mis amigos y que tanta ilusión me hizo. Que pronto empezó a crecer mucho más rápido que cualquier niño de su edad y la ropa heredada de su hermana le quedaba estrecha y corta.

El tiempo vuela. 

Mi hija mayor está cerca de cumplir una década y se acerca a esa adolescencia que tanto temo. Aún tengo la suerte de disfrutar de su inocencia y su mente infantil, pero sé que el tiempo se está agotando. Si me retrotraigo a la época en la que era un bebé, se me pone un nudo en el estómago aún mayor. 

No sé muy bien por qué me sucede esto ya que en estos momentos me siento feliz por recuperar parte de mis espacios de libertad perdidos con la maternidad y que tanto ansiaba volver a disfrutar.

Es como echarlas de menos antes de tiempo. Una especie de nostalgia del futuro. Empiezo a darme cuenta de que voy a añorar tanto a mis niñas que no sé si seré capaz de soportarlo. Sus voces infantiles, sus risas descontroladas, sus preguntas, sus juegos y hasta sus llantos cuando se caen o se han hecho una de esas heridas que se curan con una tirita de animales. 

Poco a poco la ropa del armario va cambiando de talla. Mientras  su infancia se desdibuja.
Y esa imagen que ahora veo cada mañana de los zapatos de L.E. se borrará de mi vista como lo hizo la de los zapatos de L. 

Esa será la señal de que su infancia se ha ido para no volver.
Deseo con todas mis fuerzas que en un rincón de sus cuerpecitos sigan manteniendo para siempre un hueco para las niñas que, todavía, son.





miércoles, 31 de julio de 2013

Sombras de la maternidad adoptiva

Cuando una empieza a caminar por el sendero de la maternidad adoptiva, una vez que ya ha experimentado en sus carnes la maternidad biológica, puede creer que ya lo sabe todo de maternidad.

De adopción no sabe un carajo, por mucho que haya buceado en internet y leído pilas de libros sobre el tema. Pero de maternidad, de maternidad cree ilusamente que sí.

Una llega confiada a la primera charla sobre adopción internacional en los servicios sociales de su Comunidad Autónoma y lo primero que le sueltan es: "la mayoría de niños adoptables tienen una familia, no son húerfanos".

Toma ya. ¿En qué mundo de yupi vivía yo que no me imaginaba esto? Y entonces, una que tiene fritas a sus neuronas de tanto que piensa, empieza a darle al coco. ¿Tiene familia? ¿Cómo se come eso? ¿Y por qué motivos entonces ese niño pasa a ser adoptado por otra familia? Pues mira. Hay varias opciones, todas igual de chungas. Bueno, igual de chungas no, seamos justos. Unas más que otras.

Los padres pueden no tener dinero para cuidarle. Y no hablo de no llegar a fin de mes. Hablo de no llegar a fin de día. Hablo de gente que ¿sobrevive? con menos de un euro al día. Hablo de la más angustiosa de las situaciones posibles. Quizá hablo de familias que tienen otros muchos hijos y que deciden renunciar a uno o varios de ellos para intentar que sobrevivan. Y entonces, una puede pensar...¿Y por qué no les ayudamos para que se queden con sus hijos y pasamos de adoptar? Pues mira, porque no es fácil. Porque eso de enviar dinero a una familia de otro país a miles de kilómetros del tuyo no es tan sencillo como hacer una transferencia al banco de turno y que ellos saquen el dinero en el cajero. Porque, aunque así fuera, nadie te asegura que ese dinero realmente llegue a los niños y no se gaste en otras cuestiones. Porque no existen protocolos que garanticen que esta forma de actuar va a servir realmente para el loable objetivo de evitar que una familia "abandone" a su hijo. Porque nadie puede firmar un papel que diga que esos padres no van a abandonarle de todas formas. Porque la vida es compleja, dura, difícil, y no se puede explicar en un post.

Los padres pueden estar enfermos. De sida, probable. Pero puede ser de otras muchas cosas. Una enfermedad en un país del llamado Tercer Mundo no es como una enfermedad aquí. Esto todos lo tenemos claro, ¿verdad?

La madre puede ser una niña. Violada o no. Que se siente incapaz de cuidar de un niño. Y el padre ser desconocido o estar en paradero desconocido. También puede ser que la madre haya muerto y el padre no pueda o quiera encargarse.

Los padres pueden maltratar al niño. Así, sin más.

Los padres pueden estar en la cárcel. O ser drogadictos. O alcohólicos. O todo a la vez.

O simplemente, puede ser tan duro que, como ocurre aquí (cada vez más frecuentemente) se abandone al niño a su suerte de manera inexplicable. De forma anónima. En la calle mismamente. Las razones del alma son poderosas y no seré yo quien juzgue sin saber.

Todas estas circunstancias, sin contar las ilegales que no voy a tratar en este post, pueden llevar a un niño a ser adoptable. Habrá más, ahora no se me ocurren. Y para que realmente se produzca una adopción, tiene que haber un paso previo. O que los padres renuncien a la patria potestad o que las autoridades competentes se la retiren. En ambos casos cabe la posibilidad de que otros familiares acepten ocuparse del niño o niña. En Etiopía me han contado que existen casos de estos en los que el niño "adoptado" por los familiares es el que peor parado sale de toda la casa, el que peor viste, el que peor come, el que menos oportunidades tiene. Confío en que esto no sea así de forma mayoritaria. Aunque los datos están ahí. Sé de gente que los ha comprobado sobre el terreno.

Si a pesar de todo esto, una decide seguir con este peso a la espalda, con esta piedra en la mochila que será la que luego llevará tu hijo, entonces le acecharán otras sombras como las que cuento a continuación:

1. ¿Serás capaz de querer a una persona que no es de tu sangre como un hijo? ¿Serás capaz aunque no haya salido de tu vientre, no lleve tus genes, no se parezca a nadie de tu familia y llegue a ti con tres años?. Para quien no esté familiarizado con la adopción, decir que cuando te dan la "idoneidad" para ser padre o madre, se establece un rango de edad que deberá tener el niño en función de la tuya propia y la de tus hijos previos. En nuestro caso era de 0 a 3 años.

2. ¿Serás capaz de aguantar que te asignen un niño feo? ¿Serás tan frívola como para que una cosa así te afecte? He de decir que la práctica de Mundiadopta, la ECAI con la que gestionamos el proceso, de proyectar a los futuros papás una retahíla de fotos de etiopes de todos los colores, edades, rasgos y complexiones es totalmente recomendable y terapéutica. Cuando vi aquello me sentí tan feliz... porque todos aquellos rostros me parecieron tan bellos...que cogí fuerzas para lo que había de venir. Aún así, ese miedo se mantuvo ahí agazapado a lo largo del tiempo.

3. ¿Serás capaz de querer a tu hijo adoptivo como quieres al biológico? ¿Será capaz tu pareja? ¿Serán capaces los demás familiares?

4. ¿Serás capaz de estar a la altura, de establecer el vínculo, de consolarle, de acompañarle en su dolor de niño abandonado sin convertirle en víctima, de fomentar su autoestima?

5. ¿Serás capaz de conseguir que los demás entiendan su historia, sus necesidades, sus circunstancias?

6. ¿Serás capaz de enfrentarte al racismo y la estupidez humana con coraje?

7. ¿Serás capaz de vivir con el hecho de llamar la atención continuamente por tener un hijo o hija negros siendo blanca?

8. ¿Serás capaz de convivir con su historia previa, sea cual sea? ¿Serás capaz de conformarte con que no haya ninguna historia conocida?

9. ¿Serás capaz de aguantarlo todo, sea lo que sea, incluso frases hirientes como la de "tú no eres mi madre"?

10. ¿Serías capaz de abandonarle de nuevo? Sí, aunque parezca un sinsentido, hay familias adoptivas que renuncian a sus hijos por motivos diversos y que se me escapan. De nuevo, no quiero juzgar.

Hoy puedo decir con orgullo y bien alto que superé todas (o casi) estas sombras funestas de esa maternidad diferente que es la adopción.

La parte buena es que no tuve tiempo de pensar en las otras. Las que me persiguieron con mi maternidad biológica, muchas de las cuales han expresado tan bien otras mamás que participan en la iniciativa de Marta de Mà a má, pell a pell, cor amb cor.

Gracias Marta por la iniciativa. Encantada de participar.

jueves, 25 de julio de 2013

Cosas que mis hijas dirán que decía su madre

El otro día escuché una voz familiar que decía: "ni jo ni ja" y me entró el pánico. Resulta que era yo hablándole a mis hijas. Soltando una de esas frases de mi madre que aborrecí cuando era niña y que ahora yo misma repetía enfadada a las mías sin ninguna vergüenza. ¿Cómo podía estar pasándome esto?

Y en esas que un pensamiento me llevó al otro y me di cuenta de que, no sólo salían de mi boca frases heredadas de mi infancia, sino que había creado un lenguaje propio que en el futuro mis herederas podían evocar en un blog y transmitirlo vía interplanetaria a otras galaxias. Porque seguro que en veinte años todos viajamos en naves espaciales y nos vamos de vacaciones a otros mundos. Fijo que sí.

Así que he decidido hacer acopio de todas ellas para reflexionar sobre el tema, suprimir o modificar las más feas, bajar la frecuencia de las cansinas e insistir con las buenas. Todo para que en el más allá los extraterrestres me vean como una madre modelo.

Allá vamos...

Las feas

> Chicasssssss no empecemos. Chicasssss ya vale. CHICASSSSSSSSSS. YA ESTÁ BIEN.

Mejor si digo:  chicas, ¿sabéis una cosa? me encanta cuando no os enfadáis y me entristece cuando peleáis. ¿Creéis que sería posible intentar llevaros bien hoy? A lo mejor podemos jugar un rato juntas después si todas estamos contentas.

> Se acabó lo que se daba, no quiero saber nada más sobre el tema.

Mejor si digo: me gustaría que me contárais cada una qué ha pasado y luego vemos cuál es la mejor forma de solucionarlo.

> Vais a conseguir que me enfade y no quiero.

Mejor si digo: sé que estáis cansadas (enfadadas, aburridas, nerviosas) y yo también estoy un poco cansada. ¿Qué tal si cantamos un poco para relajarnos?

> ¿Dónde están vuestros zapatos? Me duele la boca de deciros que no vayáis descalzas.

Mejor si : se ponen unos calcetines especiales de estar por casa que les sirvan para no hacerse daño ni resbalar y que sean cómodos.

> No quiero ver más juguetes encima de la mesa.

Mejor si digo: chicas, cuando terminéis de jugar por favor llevar los juguetes de nuevo a vuestro cuarto. Así podréis volver a traer otros juguetes mañana.

> ¿Cómo es posible que acabe de barrer y ya lo tengáis todo lleno de papelitos?

Mejor si digo: por favor, recoged esos papelitos en esta caja y tirarlos a la basura. ¿Os apetece aprender a barrer?

> Ni se te ocurra volver a pegar, gritar, dar un portazo, tirar eso al suelo otra vez.

Mejor si: escribimos las normas de la casa en un cartel enorme con dibujos y cada vez que se incumpla una norma se dibuja una cara triste o sonriente si se cumple. Quien consiga 5 ó 10 sonrientes se lleva un premio (jugar toda la tarde con mamá/papá en exclusiva o algo similar).

Las cansinas

> Chicas, a hacer un pis antes de salir de casa, vamos.

> ¿Lo tenéis todo preparado? ¿Zapatos, mochilas, abrigo, almuerzo?

> Después de cenar a la cama de cabeza que mañana hay que madrugar.

> El pijama se dobla y se guarda.

> La ropa no se deja tirada en el suelo del baño.

> Los zapatos no se dejan en el salón.

> Hay que comer fruta.

> Portaos bien chicas y ayudad en todo lo que podáis (cuando se quedan en casa de alguien).

Las buenas

> Os quiero mucho mucho mucho muchísimo.

> Eres la niña de cuatro años más guapa del mundo. Eres la niña de nueve años más guapa del mundo.

> Qué listas que sois.

> Vaya dibujos más chulos que hacéis.

> Olé niñas, muy bien hecho.

> Muchas gracias cariño, eres un sol. Ven que te dé un beso.

> Qué tengáis muy buen día princesas.

> No te preocupes, todo va a salir bien.

> Contadme, ¿qué tal ha ido el día corazones?

> Buenas noches, que tengáis dulces sueños.

PD. Vale, chicas, ya sé que no he dicho nada de los tacos, es que está feo dejarlo por escrito, ¿me entendéis no?

L. y L.E.: vale mami, pues entonces deja de decir todo eso que dices cuando vamos en el coche o si no, luego no te quejes de que nosotras lo digamos también, ¿eh?

miércoles, 10 de julio de 2013

AZ de la maternidad. J de Jarana

Pasar la noche de jarana significa algo muy distinto antes de ser madre y después, a no ser que seas una de esas mujeres afortunadas, o quizá no tanto, que pueden permitirse vivir de jarana per secula seculorum. Esas divinas de la realeza, la farándula, la nobleza o la socialité. Esas féminas recién paridas que salen del hospital con los vaqueros ceñidos y el taconazo de doce centímetros y que al mes siguiente ya están en Ibiza o el Caribe luciendo bikini de tiras y si se puede con un maromo distinto al papá de la criatura. Viviendo la vida loca.

Confieso que a veces las envidié, sobre todo cuando el primer mes de mi maternidad me pasaba las horas con una beba que lloraba cada dos por tres, en un tercero sin ascensor, intentando sin éxito la lactancia, con un Marío que llegaba pasadas las ocho a casa y sin poder despegarme de ella ni para ir al excusado. Las envidiaba sí, sólo un poquito vamos, tampoco te creas. Ah, y se me olvidaba, con una tripa rara, como de piel destensada y blandiblú, que no me quité en años. Como para no pecar deseando la vida de las muy.

Pasar la noche de jarana tras dar a luz consistía en pasar la noche en blanco porque la nena berreaba y no eras capaz de calmarla o, simplemente, porque tenías que darle de comer cada poco y cambiarle el pañal (y el body y pijama y sábanas si tenías un pelín de mala suerte). Después, la jarana se debía a los terrores nocturnos y pesadillas varias que nos cortaron el sueño durante años. Cuando decidíamos colechar por puro cansancio, las patadas convertían nuestras noches en auténticos festivales llenos energía y buenrollismo fraternal. Asisto ojiplática al descubrimiento de personas que colechan por y con placer. No sabes cómo me hubiera gustado sentir ese estado de bienestar que dicen profesar. Otro motivo para sentir envidia, no sé ya si sana.

Tampoco es que yo estuviera todo el día de juerga en mi vida previa a la maternidad, vamos a ser sinceros. Cierto que en mi época universitaria cerré muchos locales y fui a trabajar de empalmada varias veces, vale. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo hacía porque no me molaba irme sola a casa y esperaba a que alguna de mis amigas me acompañara. Vamos, que a mí dormir me gusta mucho muchísimo y las noches de jarana no tanto.

Ahora, no te miento, donde se ponga un gin tonic en una terracita madrileña a la luz de la luna que se quiten las noches amenizadas con el llanto de un bebé. Lo siento, esto es así. No lo puedo evitar, por mucho que adore a mis hijas...me quedo con el concepto de jarana tal y como mi mente lo conocía en mi ya lejana, vida sin niñas.



miércoles, 3 de julio de 2013

AZ de la maternidad. I de Inspiración.



La I de Inspiración por L.
La INSPIRACIÓN con mayúsculas llegó a mi vida al ser madre.

Estoy segura de que no hace falta ser madre para ser tocado por su varita como tampoco las mujeres no madres se libran de las heridas. A veces siento que mis reflexiones sobre la maternidad excluyen a otras mujeres que no han tenido hijos y no es así. Sólo trato de exponer mi visión personal alrededor del hecho de ser madre. Sin valorar la de otros. Así de sencillo.

Como decía, la musa vino a mí al quedarme embarazada, después de muchos años sin hablarnos ni querer saber nada la una de la otra. Confieso que era una relación desigual, de esas en las que uno da más que el otro. Yo estaba en desventaja porque la quería con toda mi alma y ella me ignoraba por completo. Vamos, no es que diéramos una más y otra menos, es que ella no me daba nada de nada.

Al saber que estaba esperando un bebé, me compré un cuaderno y me propuse rellenarlo con mis pensamientos sobre ese momento especial de mi vida. Fue mi primer “blog” que nunca publiqué al mundo.

A partir de ahí, cuando la niña tenía poco más de un año, empecé con los talleres de escritura. Primero, gracias a mi amiga T., que me introdujo en la Asociación Colegial de Escritores. Los lunes, después de trabajar, me iba al centro de Madrid y, tras una hora de atasco, llegaba siempre tarde a aquella sala fría y desangelada de La enana marrón. Ahí me quedaba absorta, con la boca abierta de escuchar a escritores y poetas de los grandes y no tanto. Y de escuchar a los compañeros, todos ellos a años luz de una humilde servidora. Tanto que creo que sólo conseguí  leer en voz alta uno de mis relatos en aquellos días.

Después de aquel taller, vino el de Fuentetaja. Un curso online que me dio herramientas para abrir la caja de la creatividad que necesitaba para ponerme en marcha. Tras él, me apunté al Hotel Kafka y tuve mi actuación estelar nada más llegar.

Más o menos por aquellas fechas, decidimos emprender una nueva aventura. La adopción llegaba a nuestras vidas, primero como una ilusión, después como una ILUSIÓN y una REALIDAD. Entró con fuerza desde el día que nos presentamos con cara de bobos en la reunión informativa de la Comunidad de Madrid, primer paso para adoptar. Y desde ahí, todo un viaje precioso que narré con todo lujo de detalles. La musa se instaló en mi vida de forma casi permanente y fue una compañera ideal de aquel tiempo.

Casi a la vez, nació El arte es libre, mi otro hijo de la blogosfera, con mi amiga Cristina, autora de los dibujos. Se nos ocurrió unir nuestras pasiones creativas en un único espacio. Y, aunque no hemos seguido un ritmo constante, es un proyecto al que tengo gran cariño y que siempre me he resistido a abandonar. Hasta publicamos dos libros, de edición limitada, uno de dos ejemplares y otro de cinco. Cris, te debo un poema, lo sé ;-)

Cuando llegó L.E. la musa me abandonó. Me dejó tirada como se deja la ropa en el suelo de la habitación al llegar de una noche de juerga. Dejé el blog de la adopción, los relatos que escribía fuera, el blog de El arte… No era capaz de escribir de nada en ninguna parte.

Pero el gusanillo seguía ahí. Dormitando cual oso en invierno.

En septiembre de 2012 decidió despertarse y volver al mundo. La inspiración comenzó a dejar algunas palabras con sentido en el blog de poemas. Y después, me llevó a comenzar este otro en el que escribo.


¿Qué es lo que me impulsó a seguir adelante y no desfallecer en el camino? La inspiración que encuentro al mirar a mis hijas y al escuchar sus risas, por supuesto. Pero voy más allá. Ellas fueron el detonante. La energía me ha venido de mí misma, de bucear en mí para conocerme mejor y darme cuenta de quién soy realmente y de qué quiero en esta vida. Para descubrir lo mejor de mí y sacarlo fuera, para mostrarme al mundo con mi mejor vestido y mejorar cada día en la parte no tan buena, los puntos de mejora. 

El conocimiento interior es tremendamente apasionante e ilusionante. Un camino de que estoy recorriendo con la mejor compañía. Algo de lo que a lo mejor, hablo algún día, en este blog o en otro. Nunca se sabe por dónde te va a llevar la vida.