miércoles, 31 de julio de 2013

Sombras de la maternidad adoptiva

Cuando una empieza a caminar por el sendero de la maternidad adoptiva, una vez que ya ha experimentado en sus carnes la maternidad biológica, puede creer que ya lo sabe todo de maternidad.

De adopción no sabe un carajo, por mucho que haya buceado en internet y leído pilas de libros sobre el tema. Pero de maternidad, de maternidad cree ilusamente que sí.

Una llega confiada a la primera charla sobre adopción internacional en los servicios sociales de su Comunidad Autónoma y lo primero que le sueltan es: "la mayoría de niños adoptables tienen una familia, no son húerfanos".

Toma ya. ¿En qué mundo de yupi vivía yo que no me imaginaba esto? Y entonces, una que tiene fritas a sus neuronas de tanto que piensa, empieza a darle al coco. ¿Tiene familia? ¿Cómo se come eso? ¿Y por qué motivos entonces ese niño pasa a ser adoptado por otra familia? Pues mira. Hay varias opciones, todas igual de chungas. Bueno, igual de chungas no, seamos justos. Unas más que otras.

Los padres pueden no tener dinero para cuidarle. Y no hablo de no llegar a fin de mes. Hablo de no llegar a fin de día. Hablo de gente que ¿sobrevive? con menos de un euro al día. Hablo de la más angustiosa de las situaciones posibles. Quizá hablo de familias que tienen otros muchos hijos y que deciden renunciar a uno o varios de ellos para intentar que sobrevivan. Y entonces, una puede pensar...¿Y por qué no les ayudamos para que se queden con sus hijos y pasamos de adoptar? Pues mira, porque no es fácil. Porque eso de enviar dinero a una familia de otro país a miles de kilómetros del tuyo no es tan sencillo como hacer una transferencia al banco de turno y que ellos saquen el dinero en el cajero. Porque, aunque así fuera, nadie te asegura que ese dinero realmente llegue a los niños y no se gaste en otras cuestiones. Porque no existen protocolos que garanticen que esta forma de actuar va a servir realmente para el loable objetivo de evitar que una familia "abandone" a su hijo. Porque nadie puede firmar un papel que diga que esos padres no van a abandonarle de todas formas. Porque la vida es compleja, dura, difícil, y no se puede explicar en un post.

Los padres pueden estar enfermos. De sida, probable. Pero puede ser de otras muchas cosas. Una enfermedad en un país del llamado Tercer Mundo no es como una enfermedad aquí. Esto todos lo tenemos claro, ¿verdad?

La madre puede ser una niña. Violada o no. Que se siente incapaz de cuidar de un niño. Y el padre ser desconocido o estar en paradero desconocido. También puede ser que la madre haya muerto y el padre no pueda o quiera encargarse.

Los padres pueden maltratar al niño. Así, sin más.

Los padres pueden estar en la cárcel. O ser drogadictos. O alcohólicos. O todo a la vez.

O simplemente, puede ser tan duro que, como ocurre aquí (cada vez más frecuentemente) se abandone al niño a su suerte de manera inexplicable. De forma anónima. En la calle mismamente. Las razones del alma son poderosas y no seré yo quien juzgue sin saber.

Todas estas circunstancias, sin contar las ilegales que no voy a tratar en este post, pueden llevar a un niño a ser adoptable. Habrá más, ahora no se me ocurren. Y para que realmente se produzca una adopción, tiene que haber un paso previo. O que los padres renuncien a la patria potestad o que las autoridades competentes se la retiren. En ambos casos cabe la posibilidad de que otros familiares acepten ocuparse del niño o niña. En Etiopía me han contado que existen casos de estos en los que el niño "adoptado" por los familiares es el que peor parado sale de toda la casa, el que peor viste, el que peor come, el que menos oportunidades tiene. Confío en que esto no sea así de forma mayoritaria. Aunque los datos están ahí. Sé de gente que los ha comprobado sobre el terreno.

Si a pesar de todo esto, una decide seguir con este peso a la espalda, con esta piedra en la mochila que será la que luego llevará tu hijo, entonces le acecharán otras sombras como las que cuento a continuación:

1. ¿Serás capaz de querer a una persona que no es de tu sangre como un hijo? ¿Serás capaz aunque no haya salido de tu vientre, no lleve tus genes, no se parezca a nadie de tu familia y llegue a ti con tres años?. Para quien no esté familiarizado con la adopción, decir que cuando te dan la "idoneidad" para ser padre o madre, se establece un rango de edad que deberá tener el niño en función de la tuya propia y la de tus hijos previos. En nuestro caso era de 0 a 3 años.

2. ¿Serás capaz de aguantar que te asignen un niño feo? ¿Serás tan frívola como para que una cosa así te afecte? He de decir que la práctica de Mundiadopta, la ECAI con la que gestionamos el proceso, de proyectar a los futuros papás una retahíla de fotos de etiopes de todos los colores, edades, rasgos y complexiones es totalmente recomendable y terapéutica. Cuando vi aquello me sentí tan feliz... porque todos aquellos rostros me parecieron tan bellos...que cogí fuerzas para lo que había de venir. Aún así, ese miedo se mantuvo ahí agazapado a lo largo del tiempo.

3. ¿Serás capaz de querer a tu hijo adoptivo como quieres al biológico? ¿Será capaz tu pareja? ¿Serán capaces los demás familiares?

4. ¿Serás capaz de estar a la altura, de establecer el vínculo, de consolarle, de acompañarle en su dolor de niño abandonado sin convertirle en víctima, de fomentar su autoestima?

5. ¿Serás capaz de conseguir que los demás entiendan su historia, sus necesidades, sus circunstancias?

6. ¿Serás capaz de enfrentarte al racismo y la estupidez humana con coraje?

7. ¿Serás capaz de vivir con el hecho de llamar la atención continuamente por tener un hijo o hija negros siendo blanca?

8. ¿Serás capaz de convivir con su historia previa, sea cual sea? ¿Serás capaz de conformarte con que no haya ninguna historia conocida?

9. ¿Serás capaz de aguantarlo todo, sea lo que sea, incluso frases hirientes como la de "tú no eres mi madre"?

10. ¿Serías capaz de abandonarle de nuevo? Sí, aunque parezca un sinsentido, hay familias adoptivas que renuncian a sus hijos por motivos diversos y que se me escapan. De nuevo, no quiero juzgar.

Hoy puedo decir con orgullo y bien alto que superé todas (o casi) estas sombras funestas de esa maternidad diferente que es la adopción.

La parte buena es que no tuve tiempo de pensar en las otras. Las que me persiguieron con mi maternidad biológica, muchas de las cuales han expresado tan bien otras mamás que participan en la iniciativa de Marta de Mà a má, pell a pell, cor amb cor.

Gracias Marta por la iniciativa. Encantada de participar.

martes, 30 de julio de 2013

Venga, date prisa, bolso cruel


Un día cualquiera por la tarde en la recepción de un centro médico privado. Hay cola. Sólo una recepcionista. Algunas personas sienten que su tarro de prisa está más lleno que el de los demás. A lo mejor porque los demás no dicen UF ni fruncen el ceño. Vete a saber. La cosa es que esas personas rebosantes de prisa siempre preguntan algo así como "¿sabes si esta cola es para todo?". Al recibir una respuesta afirmativa vuelven a decir UF y susurran algo ininteligible acerca de la falta de personal, con el paro que hay, con lo que tengo que hacer... La ley de Murphy no sé si lo dice, si no lo dice creo que debería. La respuesta a esa pregunta siempre será sí, a no ser que no tengas prisa.

Me toca mi turno al fin, ya llego tarde a mi cita. Abro el bolso, saco la cartera y miro en el lugar donde SIEMPRE dejo la tarjeta sanitaria. Horror. No está. Noto diez pares de ojos haciéndome pupita con su mirada de Tony Soprano. Busco en los bolsillos que hay dentro del bolso, busco en los bolsillos que hay fuera del bolso. Nada. Por fin la chica detrás del mostrador me dice que no hay problema, que no necesita la tarjeta. Me pregunto el motivo por el cual a esa muchacha de voz dulce y mirada cándida le gusta mortificar a los pacientes. Las apariencias me chulean.

Y mientras me acomodo en la sala de espera se me ocurre escribir un post acerca de situaciones similares a la vivida aquella tarde, en las que el agobio por no encontrar algo en el bolso me ha hecho perder minutos de vida. Buscando el móvil para anotar la idea en la aplicación de Notas, encuentro la tarjeta sanitaria. A buenas horas bonita.

Esta mañana leo un tuit buenísimo de Mamá en Alemania, que me da el impulso definitivo para redactar esta entrada:


Así que allá vamos, con otra de mis listillas:

1. En el súper. Vas sola, el carro está lleno. Tienes montones de cosas que colocar en la cinta. Tienes montones de cosas que guardar después en las bolsas (si es que no te las has dejado en el coche o en casa como suele pasarme a mí). Varias personas detrás de ti esperan impacientes a que te largues. Buscas la tarjeta. Bien, la tienes. Buscas el carné (¿por qué me piden el carné si tengo que teclear el PIN?). Bien, también lo tienes. Buscas los cupones descuento. No están. Ah, espera, sí qué están. Ah no, están caducados. ¡Un momento! Sabes que los tienes en alguna parte. Sin mirar a nadie a los ojos sigues obcecada en tu bolso. Ya, ya, aquí están por fin. Buscas la tarjeta de cliente, la que te da puntos para descuentos y que es imprescindible para que te los apliquen. No está. O está delante de ti pero NO LA VES. Dimites, te rindes, pagas religiosamente la cuenta completa sin descuentos y te piras echando leches antes de que el rayo exterminador del cliente que va detrás de ti te alcance de pleno.

2. En la oficina. Llegas un lunes tras un feliz (o no tanto) fin de semana de no madrugar, de creerte una persona libre, con todo el tiempo del mundo, sin obligaciones (ese finde has pasado de limpiar) y sin horarios. De repente recuerdas que necesitas una tarjeta para acceder al edificio. Buscas y rebuscas en el bolso, mientras la recepcionista te mira, sonriendo cual Monalisa, con cara de: "no la vas a encontrar, no te canses". Finalmente maldices tu manía de comprar bolsos enormes. Maldices también tu otra manía de sacar todo el peso del bolso el fin de semana. Y acabas claudicando y pidiendo la tarjeta provisional. Y consigues pasar el torno diez minutos tarde. Otra vez.

3. En el metro o el tren. No sueles ir en metro, por lo tanto no recuerdas nunca que hay que guardar el ticket para pasarlo en los tornos de salida. Así que, despreocupadamente dejas caer al susodicho en cualquier parte de tu bolso o te lo guardas de forma inconsciente en el bolsillo del pantalón o el abrigo. Haces tu viaje más o menos feliz, leyendo un libro, wasapeando o tuiteando tranquilamente (siento utilizar estos palabros). Llegas al destino. Trombas de personas se avalanzan hacia la salida sin importarles si tú prefieres tomártelo con calma e ir despacio. En un descuido, te ves corriendo como ellos sin saber el motivo. Llegas al torno y ves con terror como la gente saca su trocito de papel con raya negra y lo introduce en la ranura. Desconsolada te tiras al suelo y empiezas a sacar todo lo que llevas en tu preciado accesorio low cost. Móvil, cartera, gafas de sol, móvil del curro, recibos (miles), papeles que no puedes perder, carné de conducir, juguetes de las niñas, amuletos, monedillas, fundas de plástico que contuvieron un día la merienda de tus hijas...El ticket ha sido abducido. Estás a punto de llorar ante la mirada rottenmeiesca del empleado de la EMT (Empresa Municipal de Transportes de Madrid). Metes la mano en el bolsillo para sacar tú unico kleenex y ahí está el condenado, escondido entre los pliegues del tissue. La madre que lo parió.

4. En la tintorería. Tienes ese cartón revenido que te dieron en el Pleistoceno, cuando fuiste por primera vez al tinte a llevar algo tuyo y no de tu madre. Esa cosa a la que le ponen sellos y que cuando llevas tropecientos te dan un lavado gratis. Creo firmemente que tengo un duende en el bolso que me va borrando sellos conforme me los colocan porque jamás me ha salido gratis una limpieza en seco. Como siempre, has colocado el cartón en un lugar inequívoco, en el bolsillo de las tarjetas y cupones, donde sabes que no lo vas a perder. Lo que no sabes es que tampoco lo vas a encontrar. La tensión de tener a la tintorera delante, a la que has interrumpido su momento plancha, más sentir la presión del resto de clientes que van tras de ti, me obliga en más de una ocasión a renunciar a mi sellito bonito. Así que, entre el duende que me borra los sellos y el que me esconde el cartón, nunca lograré ahorrarme tener que buscar sudorosa la tarjeta y el carné en estos establecimientos.

5. En la autopista de peaje. Aquí tengo suerte, porque suelo ir acompañada, y cuando miro un momento en el bolso y no vislumbro la tarjeta, tiro de cartera de Marío, donde es infinitamente más sencillo encontrar las cosas. Está chupao vamos. Si alguna vez he deseado ser hombre, es para llevar carterita en lugar de bolsaco. Bueno, también por la facilidad de disfrutar del monte y el campo sin importar la ausencia de baños, pero ese es otro tema.

La combinación de bolsazo+prisas+colas es letal amiga mía.

Sube los niveles de cortisol, esa hormona tan mala y tan terrible que asciende al contacto con el estrés. Hace que se caiga el pelo. Puede provocar ataques de pánico. Aumenta la hipermetropía (acabas por no ver lo que tienes delante de tus ojos). Incrementa la ansiedad. Y da unos dolores de espalda que para qué.

Para ser feliz quiero una carterita, un bolsito o, mejor, un pantalón de esos llenos de bolsillos o un chaleco de fotógrafo.

Qué liberación.


lunes, 29 de julio de 2013

El poder de los introvertidos

Descubrí a Susan Cain por casualidad, en una de esas recomendaciones que hace You Tube o Amazon...no recuerdo bien cómo.

Me llamó poderosamente la atención el título de su libro, QUIET: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking (El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse).

Y después me conquistó con su charla en TED sobre el mismo tema.



Tanto que compré su libro para Kindle y ahora forma parte de la pila de lecturas de mi mesilla de noche (una más, My God).

Aún me queda mucho libro por leer y quizá cuando lo termine me dé por escribir una reseña.

De momento me apetece decir aquí unas cuantas cosas que me ha enseñado:

> Ser introvertido NO es algo malo aunque tenga mala prensa.

> Ser introvertido NO significa ser tímido ni tener miedo a tratar con la gente.

> Ser introvertido NO significa NO ser extrovertido, pues nadie es 100% ninguna de las dos cosas. Por eso es más correcto decir que alguien tiene tendencia a la introversión o a la extroversión.

> Si tienes tendencia a la introversión significa que prefieres el silencio como estímulo para sacar lo mejor de ti. No significa que quieras vivir en soledad o que no te guste la gente, sólo que en momentos de silencio eres capaz de trabajar, crear, pensar, aportar mucho más que en momentos de ruido y de mucha gente alrededor. Al igual que quien tiene tendencia a la extroversión saca lo mejor de sí mismo cuando está interactuando con gente.

> La sociedad actual fomenta y premia la extroversión en una falsa creencia de que es imprescindible para ser un líder hoy día. Gandhi, Obama y Einstein, todos introvertidos, son ejemplos de lo contrario.

> La persona que tiende a la introversión suele ser una excelente "escuchadora" mientras que la persona que tiende a la extroversión suele ser una excelente "habladora". En este mundo cada día se habla más y se escucha menos. Tal vez nos iría mejor si invirtiéramos la tendencia.

Cada vez estoy más convencida de que la empatía, valor de escasa implantación en la sociedad, resulta crucial en nuestras vidas. No sólo para llevarnos bien con nuestro entorno y vivir relaciones más plenas y felices, sino, yendo más allá, para construir una sociedad mejor, más tolerante, más respetuosa con el prójimo y más generosa.

La armonía, en definitiva, depende mucho de saber escuchar, de ponerse en los zapatos y en la piel de quien tenemos al lado.

Un poco de introversión no nos viene nada mal. ¿Hacemos la prueba?

domingo, 28 de julio de 2013

La economía del ego

El otro día Marío me envió un mail. Es algo que no tendría la mayor importancia si no fuera porque él es alérgico al correo electrónico. Por eso cuando lo recibí se me hicieron los ojos chiribitas y me dispuse a leerlo con fervor.

El mail tenía una línea y un enlace. Escueto. Eso sí, me encantó el contenido que me recomendaba. Un chiste de dibujantes como él que puede aplicarse sin duda alguna a blogueros como yo. 

Me hizo mucha gracia y por eso lo comparto aquí. Está sacado de la web Tutofruti. Si alguien de la web, el autor de la tira o quien sea piensa que no debería publicar esto aquí que me lo diga inmediatamente y lo retiro. Antes de que se enfade, decirle que me ha parecido buenísimo. Y que para ver algo hay que hacer clic en la imagen y le redirigirá a la web original.

viernes, 26 de julio de 2013

Llegó la hora de recoger y repartir premios

Lo sé, no tengo perdón.

Muchas de mis queridas colegas y amigas blogueras me han ido entregando premios en los últimos tiempos y yo los voy acumulando en una vitrina privada de mi memoria sin acceso al resto de la humanidad. Y ya me vale.

Ya va siendo hora de agradecer esos premios como Dios manda, recogerlos y entregarlos a otras personas.

Empezaré por el primero de todos, concedido por Olga de En Paro Biológico y que todavía nadie me había otorgado antes. Se trata del One Lovely Blog Award y consiste en contar siete cosas sobre mí. ¿Siete cosas sobre mí que no sepas ya? Difícil ;-) ¡Muchas gracias por el premio!


  • Mi color favorito es el rojo. También el azul verdoso de toda la vida y que ahora tiene otro nombre. Ah, y el azul eléctrico o klein. En realidad no sé elegir, me cuesta muchísimo tener favoritos.
  • Me encanta dormir aunque también acostarme tarde.
  • He sido pelirroja, morena, castaña y rubia, en diferentes tonalidades. Nunca me teñiría de rosa o azul.
  • Me hubiera encantado ser bailarina o bailaora. Adoro el flamenco y hasta tomé clases un tiempo.
  • De pequeña tenía miedo a los perros y decidí quitármelo de golpe teniendo uno.
  • De mayor quiero ser viajera.
  • Cada vez me da más pereza ir de compras.
Por cierto, que he visto este mismo premio por otros blogs y dicen que hay que contestar a unas preguntas y no decir siete cosas sobre una...creo que hay un pequeño lío con esto.

Olga también tuvo a bien concederme otro premio, el de los 7 pecados capitales de la lectura, que ya tenía y que puedes consultar aquí si tienes curiosidad. Gracias de nuevo niña.

Ahora le toca el turno a mi querídísima ohanera Verónica de Trimadre a los 30, archiconocida por su carnaval del AZ de la maternidad que tantas satisfacciones nos da a quienes tenemos el lujo de participar. ¡Muchas gracias linda! Ella me daba a elegir de entre varios premios y yo me voy a pedir el de Primavera que es el único que no tenía.



Así que allá voy, a responder las preguntas obligadas...

> Premio que más te ha gustado recibir: todos molan, sólo el hecho de que se acuerden de ti y te den la oportunidad de que te conozcan más...ya es mucho. Venga, va, voy a mojarme. El que más me gustó fue el de Felizmente premiado, creado por Felizmenteado.

> Regla en los premios que siempre falta: las reglas están para saltárselas ;-)

> Inventa un nuevo nombre para tu flor favorita: calariosalipana (cala, lirio, rosa, tulipán, no puedo elegir).

> Mineral que te asombra: el mármol, me alucinan las esculturas hechas con este tipo de roca.

> Argumento perfecto de un libro: cualquiera de novela negra.

> Valores que faltan en el mundo: empatía y tolerancia.

> Erradicarías: la crisis (no sólo la del mundo occidental).

> Razones por las que pasas el premio: para que otros lo disfruten también.

> Amistad bloguera lleva el nombre de: mis mamás de la adopción, en especial Merce, y mis blogueras Ohana: Nieves, Bea, Vero, Mª José, Diana, Pao, Carol... Y algunas de mis tuiteras y tuiteros favoritos que no nombro para no dejarme a nadie pues son muchos (no me lo perdonaría). Qué grande es Twitter.


Ahora voy con Noni de Con M de Mami y con Contras y pros, a recibir el Premio Dardos, que me gusta mucho porque se otorga a blogs que transmiten valores éticos, culturales y/o personales. ¿En serio mi blog lo merece? Me encanta. Muchísimas gracias a las dos.







Vayamos con mi Bea, de Bea mamá de dos, quien también me concedió el Primavera (ojalá hubiera sido el de novela, jajaja). Bea, mil gracias guapísima. Lo he contestado un poco más arriba ;-)

Y para terminar (espero por favor favore no haberme olvidado de nadie y si lo he hecho que levante la mano y lo remedio right now), la gran Pao de Muriel y yo (sí, ella no es Muriel, sino su preciosa hijita) me acaba de dar el Liebster Blog Award que me concedió mi querida Nieves de La morada de Nieves hace mucho. Creo que es el mismo o parecido aunque el logo es diferente. Vaya lío hay montado con los premios che.
Mis respuestas de entonces aquí.


Y al más puro estilo "me salto las normas" de los premios, he decidido concederlos todos a los mismos blogs. He intentado buscar entre mis últimas adquisiciones de blogs, muchos de ellos empezando ahora o que llevan poco tiempo. Espero que os gusten chicas, y si ya los tenéis no importa, unos cuantos más para añadir a vuestra lista:

In addition to Carol
La madre de la artista
La historia de Gabriele
Mi mamá me lima
Como veo la vida
Un abrazo especial
El humor de mamá


¡Feliz fin de semana!



 


El nudo

El titular impactó directo al estómago tras una noche de inquietud. Grandes letras negras sobre fondo blanco que hablaban de muertes, de muchas vidas cortadas. Hablaban de muertos que ayer eran vivos y de heridos que ayer estaban sanos. La mente se fue de inmediato a las historias. Las biografías, las familias, los amigos, los compañeros de trabajo, los compañeros de colegio, los vecinos del barrio. Las despedidas que no pudieron ser, las fiestas que no se podrán celebrar, los viajes que no se podrán hacer, los sueños que no se soñarán. El dolor, el daño, la tristeza infinita. El nudo se quedó ahí todo el día, cobijado en el vientre junto a los nudos pasados. Otros accidentes, otros sin sentido, otras desgracias de otros veranos y otros inviernos. ¿Por qué? ¿Quién ha sido? Se preguntan todos. ¿Encontrarán un culpable? ¿Servirá de algo? La rabia y el vacío infinito no se marcharán con un nombre a quien acusar, si es que existe, aunque sea del más allá.

Ojalá que jamás ocurrieran cosas así, ojalá el mundo fuera perfecto, ojalá no fuéramos humanos sino inmortales, ojalá pudiéramos volver atrás en el tiempo y que ese tren no saliera de la estación ayer, o saliera sin gente a bordo. Como el metro de Valencia, o el tren hacia Murcia de 2003, o el autobús de Ávila o...

Ojalá la vida fuera eterna.

Sí, sé que si lo fuera, la vida no sería posible, no tendría sentido.

Pero hoy sólo me apetece imaginar un mundo sin muerte.


(Este texto fue escrito el 25 de julio de 2013, día en el que despertamos con la noticia del accidente de tren en Santiago de Compostela. Necesitaba sacar lo que sentía en ese momento. Mi más sentido pésame a todos)



jueves, 25 de julio de 2013

Cosas que mis hijas dirán que decía su madre

El otro día escuché una voz familiar que decía: "ni jo ni ja" y me entró el pánico. Resulta que era yo hablándole a mis hijas. Soltando una de esas frases de mi madre que aborrecí cuando era niña y que ahora yo misma repetía enfadada a las mías sin ninguna vergüenza. ¿Cómo podía estar pasándome esto?

Y en esas que un pensamiento me llevó al otro y me di cuenta de que, no sólo salían de mi boca frases heredadas de mi infancia, sino que había creado un lenguaje propio que en el futuro mis herederas podían evocar en un blog y transmitirlo vía interplanetaria a otras galaxias. Porque seguro que en veinte años todos viajamos en naves espaciales y nos vamos de vacaciones a otros mundos. Fijo que sí.

Así que he decidido hacer acopio de todas ellas para reflexionar sobre el tema, suprimir o modificar las más feas, bajar la frecuencia de las cansinas e insistir con las buenas. Todo para que en el más allá los extraterrestres me vean como una madre modelo.

Allá vamos...

Las feas

> Chicasssssss no empecemos. Chicasssss ya vale. CHICASSSSSSSSSS. YA ESTÁ BIEN.

Mejor si digo:  chicas, ¿sabéis una cosa? me encanta cuando no os enfadáis y me entristece cuando peleáis. ¿Creéis que sería posible intentar llevaros bien hoy? A lo mejor podemos jugar un rato juntas después si todas estamos contentas.

> Se acabó lo que se daba, no quiero saber nada más sobre el tema.

Mejor si digo: me gustaría que me contárais cada una qué ha pasado y luego vemos cuál es la mejor forma de solucionarlo.

> Vais a conseguir que me enfade y no quiero.

Mejor si digo: sé que estáis cansadas (enfadadas, aburridas, nerviosas) y yo también estoy un poco cansada. ¿Qué tal si cantamos un poco para relajarnos?

> ¿Dónde están vuestros zapatos? Me duele la boca de deciros que no vayáis descalzas.

Mejor si : se ponen unos calcetines especiales de estar por casa que les sirvan para no hacerse daño ni resbalar y que sean cómodos.

> No quiero ver más juguetes encima de la mesa.

Mejor si digo: chicas, cuando terminéis de jugar por favor llevar los juguetes de nuevo a vuestro cuarto. Así podréis volver a traer otros juguetes mañana.

> ¿Cómo es posible que acabe de barrer y ya lo tengáis todo lleno de papelitos?

Mejor si digo: por favor, recoged esos papelitos en esta caja y tirarlos a la basura. ¿Os apetece aprender a barrer?

> Ni se te ocurra volver a pegar, gritar, dar un portazo, tirar eso al suelo otra vez.

Mejor si: escribimos las normas de la casa en un cartel enorme con dibujos y cada vez que se incumpla una norma se dibuja una cara triste o sonriente si se cumple. Quien consiga 5 ó 10 sonrientes se lleva un premio (jugar toda la tarde con mamá/papá en exclusiva o algo similar).

Las cansinas

> Chicas, a hacer un pis antes de salir de casa, vamos.

> ¿Lo tenéis todo preparado? ¿Zapatos, mochilas, abrigo, almuerzo?

> Después de cenar a la cama de cabeza que mañana hay que madrugar.

> El pijama se dobla y se guarda.

> La ropa no se deja tirada en el suelo del baño.

> Los zapatos no se dejan en el salón.

> Hay que comer fruta.

> Portaos bien chicas y ayudad en todo lo que podáis (cuando se quedan en casa de alguien).

Las buenas

> Os quiero mucho mucho mucho muchísimo.

> Eres la niña de cuatro años más guapa del mundo. Eres la niña de nueve años más guapa del mundo.

> Qué listas que sois.

> Vaya dibujos más chulos que hacéis.

> Olé niñas, muy bien hecho.

> Muchas gracias cariño, eres un sol. Ven que te dé un beso.

> Qué tengáis muy buen día princesas.

> No te preocupes, todo va a salir bien.

> Contadme, ¿qué tal ha ido el día corazones?

> Buenas noches, que tengáis dulces sueños.

PD. Vale, chicas, ya sé que no he dicho nada de los tacos, es que está feo dejarlo por escrito, ¿me entendéis no?

L. y L.E.: vale mami, pues entonces deja de decir todo eso que dices cuando vamos en el coche o si no, luego no te quejes de que nosotras lo digamos también, ¿eh?

martes, 23 de julio de 2013

Qué caló en París, mon dieu



                                    

El lunes hice un descubrimiento sorprendente. Pensé que no sería posible algo así. Que hubiera una parte de París que no me gustara. Jamás creí que diría algo como esto. Al igual que me ocurrió hace cuatro años con Nueva York. Cuando casi muero deshidratada en una misa gospel en pleno mes de agosto.  Son estas dos de mis ciudades favoritas. Y como tales, las tengo un poco idealizadas. Un "poco" es un eufemismo, ya que estoy segura de que mi idea de estas dos grandes urbes dista mucho de la realidad del día a día de quienes viven allí.

Pasear por la ribera del Sena puede ser una experiencia hermosa y llena de magia y romanticismo. O ser un auténtico infierno si le añadimos 35 grados húmedos a la sombra, las tres de la tarde en el reloj  y la ausencia asombrosa de una tecnología llamada aire acondicionado. Incapaz de atravesar el Pont Neuf, incapaz de pararme a curiosear en los puestos de revistas, libros y carteles antiguos, incapaz de acercarme a Notre Dame cuando la tenía a dos pasos, incapaz de seguir andando en medio de aquel maremagnum de coches, gente sudorosa como yo, aire caliente y una maleta con ruedas que me pareció la carga más pesada de mi vida. Me imaginaba la maleta como una metáfora de esa mochila llena de cosas que nos acabamos echando a la espalda en nuestro camino por este mundo  y que a veces nos resulta tan asfixiante. A punto estuve de abandonarla y seguir a paso ligero y libre. 

Anduve así unos veinte minutos que parecieron como veinte horas, ansiando beber un litro de coca cola de golpe con mucho hielo y conectarme a una wifi. Es lo que tiene ser adicta. No podía soportar estar allí y no poder comunicarme con Marío, con P., con C. y con mis queridas ohana. Ni contestar otros muchos mensajes recibidos llenos de energía y buena vibra (¿lo he dicho bien Pao?) por miedo a que Movistar prejubile a alguien con mi gasto en la tarifa de datos desde el extranjero.

 
                                   

Así que me senté en una de esas lindas terrazas llenas de guiris, como yo misma era ayer, que ofrecen wifi "gratis" a cambio de un refresco a precio de caviar iraní. Pero la wifi no quiso arrancar y me pasé media hora mirando ese símbolo de la rueda que se mueve en mi iPhone buscando la conexión, sin poder disfrutar de la vista ni del momento, porque además, notaba como las gotas de sudor me resbalaban por la espalda y el cansancio hacía mella en mi cuerpo de casi cuarenta. Para colmo, mis pobres pies estaban llenos de heriditas provocadas por unos tacones de diez centímetros que usé unas horas antes para la misión que tuve que cumplir por la mañana. De esto ya hablaré en otro momento.

Cuando recuperé el aliento decidí visitar el Centro Pompidou, que estaba cerca. Sin embargo, mis neuronas no estaban para muchos trotes y dada mi absurda manía de no preguntar a la gente porque odio parecer de guirilandia, me fui con mi mapa en mano (lo que demostraba a los cuatro vientos mi origen no nativo) a dar vueltas en círculo con mi maleta, mi cansancio y mi vestido pegado al cuerpo (no por ser ceñido, que conste). Cuando el sentido común vino a mí de nuevo, pregunté a un guardia de seguridad de Les Halles cómo salir de aquel laberinto en el que se había convertido mi soñado paseo parisino y me indicó que el Pompidou estaba delante de mis narices. Delante pero lejos, a unos 500 metros, que a mí y a mis pies nos parecieron cinco kilómetros. Cuando alcancé mi objetivo, y tras enseñar al señor de la puerta las bragas (no las puestas, ¿eh?) y todo lo demás que había en la maleta que me obligó a abrir por motivos de seguridad, sentí tanto placer al notar en la piel el aire acondicionado de París, que me senté a disfrutarlo un rato en el suelo, momento en el cual miré la hora y comprobé estupefacta que, o me iba en diez minutos a coger el tren al aeropuerto, o me quedaba en tierra.

Tiempo justo para visitar la librería del museo, comprar dos chorradas y salir escopetada hacia el RAR, que es el cercanías-metro de allí que me iba a llevar al Charles De Gaulle. 

El tren tardó media hora en llegar, tiempo de sobra para que mi mente calenturienta imaginara catástrofes sin fin. Una de ellas era ser aplastada por catervas de humanos que iban llegando al andén  con pocas ganas de dejar pasar delante a una pobre española con maleta a punto de perder un avión. Otra era llegar tarde al aeropuerto y tener que quedarme una noche en la terminal, acabando como Tom Hanks en aquella película de idéntico nombre. La peor de las pesadillas era tener que volver al hotel donde pasé la noche anterior, en el que por la mañana asistí a una verdadera batalla campal por el desayuno. Aquello no eran huéspedes, eran aves de rapiña disfrazadas. Mi reino por un pedazo pan, imploré al resignado camarero, y al final lo conseguí, aunque a punto estuve de llegar tarde a mi reunión por la cola en la máquina de café y la mala educación de quienes me ignoraron y se colaron sin piedad. Noooooooo. Me quedaba con la segunda opción. Al fin y al cabo el aeropuerto es bastante chulo y tienen cruasanes. Perdón, croissants.

Al final, cual japonés en Tokio en plena hora punta, logré un mini espacio en el tren que llegó justo en el momento límite. Una amable francesa me cedió su sitio al verme la cara de desesperación (¿o fue que me creyó vieja?). Menos mal, porque estaba peligrosamente pegada a un señor con tirantes y barrigota, quien sospechosamente se me iba acercando cada vez más. Y yo iba poniendo una postura cada poco más extraña y retorcida para evitar el contacto. Cuando me senté, en uno de esos asientos que van enfrentados a otros, la maleta apenas me dejaba sitio para las piernas, con lo que tuve que ir casi media hora haciendo de contorsionista y rompiéndome las caderas, notando de nuevo el sudor que me impedía cruzar mis extremidades con decoro.

Afortunadamente todo acabó en final feliz y pude embarcar sin problemas en mi vuelo de vuelta. Hasta disfruté de 15 valiosos minutos de wifi gratis. El paraíso para una communicator adicta.

Definitivamente, adoro París y Nueva York, siempre que sea otoño o primavera. Incluso aguanto la lluvia. Hasta la nieve. Pero la caló de ayer no, por favor. Fue superior a mis fuerzas. Acabé para el arrastre, hecha una piltrafa llegué a Barajas. Sedienta de agua y de internet pero, literalmente, con las pilas gastadas. Eso sí, la MISIÓN de la mañana salió cuasi redonda. El desenlace en próximas entregas. 

París bien vale un poco de Daikin. 


domingo, 21 de julio de 2013

Mini momento musical

Sé que esta canción que traigo hoy a este carnaval de emociones te parecerá extraña y que presumiblemente nada o poco tiene que ver con la temática de hoy, dedicada a la infancia, la nuestra o la de nuestros hijos.

Pues resulta que sí tiene que ver y mucho. Mi querida abuela adoraba a esta mujer, la gran Sara, a quien, como diría ella, que Dios tenga en la gloria. Y como yo a su vez adoraba, y adoro, a mi grand-mère, consecuentemente me gustaba todo lo que a ella.

Recuerdo a mi abuela cantándome esta canción, que representa lo que viene a ser la chulería madrileña. Y yo imitándola a ella y a Sara haciendo las delicias de todos lo adultos de alrededor.

Hoy escucho la letra y se me ponen los pelos como escarpias, esa es la verdad, pero entonces no entendía lo que decía y lo único que quería era disfrazarme con el pichi y la boina de marras.

Con el tiempo pienso que aquel gusto por este éxito de la época fue una especie de presagio de mi futura vida en Madrid y mi amor por esta ciudad.




sábado, 20 de julio de 2013

Sábado de sensaciones (IV)

Urbana

Santorini, Grecia, 2002. Una de las paradas de nuestra Honeymoon...


Instantes

Puesta de sol desde el crucero de la luna de miel.


Sonrisas

Felicidad con las vistas de Venecia desde el barco. Entonces era pelirroja, qué cosas.




jueves, 18 de julio de 2013

La cita



Las 9 en punto. Bien, tengo tiempo de sobra para relajarme. Ahora entro, me acerco al maitre y le digo que tengo una reserva para dos. Hey, casi no me doy cuenta y abro la puerta con la izquierda. Menos mal que he rectificado a tiempo. Ya he tenido bastante con el gato negro de antes.

En cuanto pida algo para beber, me acercaré al baño a retocarme el pelo. La dependienta me dijo que esta gomina era la mejor, pero no me fío. Era muy barata.

-       Buenas noches.
-       Buenas noches, tengo una mesa reservada, la que hay junto a la cortina blanca.
-       Sí, señor. ¿Su nombre?
-      

Qué bien huele este sitio, me recuerda a la cocina de mamá. Gracias señorita, muy amable. Me encantan las camareras de uniforme, con ese delantal a modo de falda de noche, el pelo limpio y alejado de la cara, tan elegantes y serviciales.

Fantástico, el papel de la carta es grueso y beige. Las letras son granate. La  combinación ideal.  Ya temía que me pasara como la vez anterior. Pero no, esta noche, todo está perfecto. La mejor ubicación, la iluminación en su punto justo, la temperatura agradable, el mantel impecable, la cristalería de lujo, las velas sin aroma y las flores alejadas de mí. Una de las cosas que más me gustan de este sitio es que no hacen preguntas. Cuando les recité mi lista de deseos al hacer la reserva, anotaron todo sin extrañeza y siguieron tratándome como si fuera una persona importante. Sí, señor, cómo no. Todo estará a su gusto la noche de su visita.

Las 9 y 10. Ojalá que no llegue antes de tiempo porque tengo que ir al baño y no quiero que piense que no estoy. Claro que digo yo que preguntará en la puerta. Sí, es lo más lógico, y le dirán que esta es la mesa y que puede esperar sentada a que regrese. Le ofrecerán algo de beber, con esa exquisita educación que caracteriza a este local, y ella pedirá seguramente agua mientras observa los detalles de la estancia. Los grandes cuadros del siglo XVIII, las lámparas de cristal tallado, las sillas estilo francés, la chimenea de mármol rosáceo, los altos techos con refinadas molduras. Es como la sala de baile del palacio de los cuentos. Quiero que se sienta como una princesa.

Una, dos y tres. Me levanto. Ay va, la hemos fastidiado, pero cómo puedo ser tan torpe,  ¡Dios mío!. No, ahora no, que está a punto de llegar.  Cuanto lo siento señor, ¿puedo ayudarle?, no se preocupe, ahora mismo lo limpio todo. El camarero se apresura nervioso a retirar los restos de la copa que acabo de tirar al suelo al enganchar mi chaqueta con la silla. Afortunadamente aún no había ningún líquido dentro.

Voy hacia el baño, o mejor dicho “les toilettes”, con mi frasco de gomina en el bolsillo interior de la chaqueta. Por el camino me fijo en la cocina, que se descubre nítidamente a través de un cristal. El chef dirige con sabiduría a su equipo, que trabaja con destreza y precisión cada uno de los platos. Es lo menos que esperaría de ellos teniendo en cuenta la cifra a la que ascenderá mi cuenta al final de la noche.

Los azulejos del baño relucen. Las toallas, perfectamente dobladas y colocadas sobre una cesta de mimbre, dejan en el aire restos de agua de lavanda. El jabón es fresco e hidratante. Mi pelo está en su sitio. No necesito utilizar el fijador. Ya son y cuarto. Falta poco para que aparezca.

De camino a la mesa se suceden en mi cabeza pensamientos horribles: ¿y si no aparece? ¿y si no le gusta el restaurante? . Me tomaré una de esas pastillas mágicas para tranquilizarme un poco. Es el peor momento para ponerme negativo.

Esa señora que acaba de entrar usa Chanel nº 5, un clásico, aunque quizá demasiado. Espero que ella lleve algo más discreto y moderno. La imagino vestida de traje de chaqueta de falda tubo hasta poco más de la rodilla, de un color oscuro, con camisa blanca y sin grandes joyas. Con el pelo recogido, como esa chica que acaba de entrar con su padre del brazo. Con poco maquillaje. Con tacones negros altos y bolso tipo cartera.

Me pregunto si el señor de la mesa del fondo esperará a alguien. Ya estaba aquí cuando yo llegué y sigue leyendo el periódico sin pedir ningún plato. Tampoco le han servido bebida alguna. Posiblemente haya quedado con un cliente. No sé por qué pero algo me dice que su intención es firmar esta noche un acuerdo importante. Lleva maletín y portátil. Y ese traje, a pesar de su corrección, no parece el más apropiado para una cita.

Y aquella mujer, parece que acaba de salir de la oficina y sin pasar por casa se ha presentado aquí. No deberían dejar pasar a las personas que no prestan un mínimo de atención a su imagen. Este sitio merece un poco más de respeto. Si no hubiera quedado con quien he quedado, iría a quejarme ahora mismo.

La pareja que tengo a lado lleva años casada, seguro. No se hablan. No se miran a los ojos. Él tendrá una amante probablemente. Ella dejó de trabajar para cuidar a los hijos y ahora no sabe como acabar con la farsa de su matrimonio, sin que peligre su cómoda y atareada vida de mantenida con tarjeta de crédito ilimitado.

Las 9 y media. A partir de ahora puede entrar en cualquier momento. Por fin. Llevo tanto tiempo esperando este encuentro. Podría ser el principio de una nueva vida, la que llevo tantos años persiguiendo.

La puerta suena. Unos tacones se oyen sobre la moqueta. Deber ser ella.

Es increíble. La miro y la remiro y cada vez me convenzo más de que he tenido una gran suerte. Así la había imaginado siempre. La madre de sus nietos, la esposa de su único hijo. A mí los niños no me van mucho pero es el deseo más grande de mamá desde que cumplí los treinta. Y no puedo negárselo. Sí, estoy seguro de que mamá la imaginaba así, tal cual es. Joven, discreta, bonita y dulce. Estoy deseando que se conozcan para confirmarlo. No puedo fallar de nuevo. Esta vez será la definitiva.

martes, 16 de julio de 2013

Papá olvida

Uno de los muchos libros que estoy leyendo ahora (sí, me gusta leer varios a la vez) es un famoso texto de liderazgo escrito en los años 30 del siglo pasado por Dale Carnegie, Cómo hacer amigos e influir sobre las personas. El título puede parecer algo que no es. No se trata de un libro para gente tímida que tiene miedo de interactuar con otros o para gente hosca sin amigos. Se trata de un magnífico texto que pone de manifiesto unas sencillas reglas para tener unas relaciones con los demás más fluidas y exitosas. A pesar de que fue escrito hace muchísimos años, creo que los que dice sigue vigente hoy día.

Aunque mi objetivo de hoy no es recomendarte que lo leas. Mi propósito es darte a conocer un texto precioso que incluye (quizá ya lo hayas leído antes). Desde luego para mí era desconocido. Es un pasaje escrito por W. Livingston Larned y se titula Papá Olvida. Para pensar largo y tendido:
    "Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida. He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
    Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

    Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: "¡Adiós, papito!" y yo fruncí el entrecejo y te respondí: "¡Ten erguidos los hombros!"

    Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.

    ¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. "¿Qué quieres ahora?" te dije bruscamente.

    Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar. Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidos por la escalera.

    Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.

    Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

    Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: "No es más que un niño, un niño pequeñito".

    Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado".

lunes, 15 de julio de 2013

Aventuras en Madrid (II)


Tras aquella fatídica noche salió el sol. La luz de Madrid se me apareció de golpe y la congoja se fue a un rincón. Contagiada del frenético ritmo de la gran ciudad, me dispuse a ir a la universidad por primera vez. Nunca había ido antes en Metro y recuerdo que me colé sin querer porque no había nadie en la taquilla ni máquinas dónde comprar el billete. Le pregunté a un señor que resultó estar enfadado con el sistema y el mundo y que me dijo que lo mejor era hacer como él. Así que yo, que nunca antes había hecho nada políticamente incorrecto, le seguí y avancé sin billete por el subsuelo madrileño.

Iba yo tan nerviosa como emocionada por empezar mi nueva vida como estudiante universitaria. Imaginando cómo serían las clases, los profes y, lo más importante, mis futuros compañeros de fatigas. Creando en mi mente un mundo futuro lleno de emocionantes cosas que aprender para llegar a ser uno de los periodistas al más puro estilo de los de la serie de Lou Grant

Llegué a la Facultad de Periodismo, esa mole enorme de hormigón que fue un proyecto para una cárcel de mujeres. Y me di con la puerta en las narices. Un cartel anunciaba que el primer día de clase era festivo. No recuerdo exactamente qué sucedió, el caso es que no tuve clase en toda esa semana. Así fue como me enteré que hasta después del puente de Pilar, la universidad seguía de veraneo. Algo que me pareció entonces muy extraño y molesto, dadas las ansias de empezar mi nueva vida. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a apreciarlo.

Lo triste fue que mi dieciocho cumpleaños lo pasé sola y monda en Madrid. Llovía sin parar y recuerdo que me fui a comprar libros de derecho con unas chicas de la residencia. Por hacer algo. Menudo aburrimiento mortal. Si aquello iba a ser mi vida universitaria, el futuro se presentaba negro e incierto. Afortunadamente, la lluvia no fue presagio de nada malo y en breve iba a estar tan contenta celebrando un botellón en el jardín de la facul.

Mi querida compi de habitación N. llegó con su entusiasmo y su sonrisa a poner fin a mi soledad de los primeros días. Entonces no sabía que nos haríamos inseparables y que nos convertiríamos en hermanas, de esas unidas por un hilo rojo invisible.

Después llegué por fin a la primera clase de periodismo, que ese año iba a ser en la facultad de Medicina por falta de sitio. Una de esas aulas magnas antiguas, en forma de anfiteatro, con bancos corridos de madera donde el culo se te quedaba hecho añicos cada tarde. Un lugar al que se llegaba por un sombrío pasillo del miedo, impregnado con el olor a formol que desprendían las salas de anatomía de aquella fábrica de futuros doctores.

Tampoco sabía que ese primer día me sentaría junto a la que iba a ser mi mejor amiga, P. y que pronto formaríamos un grupete majo de compañeros a los que nos bautizarían, a nuestro pesar, como los "sensación de vivir".

En los primeros dos meses de mi estancia en la ciudad, tuve que reprimir varias veces el deseo de comprar un billete de vuelta antes de tiempo. Me bastó ese tiempo para sentirme como pez en el agua en todos los ámbitos de mi vida. Bueno, no en todos, porque mi novio de la época dejó de llamarme y de escribirme y cada vez la relación se hacía más fría y distante. Eso era lo único que realmente me apenaba. Mientras tanto ahogaba mis desamores en múltiples fiestas y salidas por los bares de Moncloa, lugares donde bebíamos aquella asquerosa leche de pantera y bailábamos hasta el toque de queda de la resi.

No sólo fue la gente lo que me hizo querer a esta urbe como la quiero. Fue descubrir poco a poco sus tesoros. La Plaza Mayor y sus bocadillos de calamares, que años después tengo que decir que sobrevaloré. La belleza inconmesurable de El Retiro, el cual gana y gana año tras año. La Plaza de Oriente y los jardines de Sabatini, mucho más bonitos ahora que entonces. Recuerdo haber estado allí el día de la famosa Conferencia de Paz. En mi vida había visto tanta gente junta ni había asistido a un evento tan importante, que al final no sirvió de nada o sirvió de poco, pero en el que había puestas muy altas expectativas.

Me vienen a la memoria los antiguos establecimientos de Rodilla, tan auténticos, tan vintage, donde vendían la pasta para sandwiches a granel. También despachaban deliciosos fiambres y platos preparados. Y lo impersonal que es todo ahora, todo tan frío, tan fast food. Como también recuerdo la decepción al probar los pasteles de La menorquina. Ahí pude darle la razón a mi abuela. "Como los dulces de Murcia no hay otros, nena". Cierto es que el pastel que pedí no era de los más apetitosos y que lo mezclé con un poquito de nostalgia terruña. Qué decir de la comida de la residencia dónde vivía. ¿Por qué había yo despreciado durante tanto tiempo los guisos de mi madre? A partir de ahí me supieron a gloria bendita.

(Continuará)






domingo, 14 de julio de 2013

Las trenzas. Reto 150 palabras (mano, trenzas, suelo)


Lo que más le gusta del mundo es que su mamá le llene la cabeza de trenzas sujetas con gomas de colores. Le encanta porque puede por fin mover su pelo de un lado a otro, como hacen sus amigas o su hermana. Ella tiene el cabello afro y no le gusta nada que se vea tan corto como el de un chico. Así que aguanta horas sin moverse hasta conseguir su peinado favorito.

A veces se imagina que tiene una melena hasta el suelo, rubia y preciosa como la de Rapunzel, y que baila como ella por todo la casa sin que se enrede ni moleste. Y aparece el príncipe y le pega un saternazo y después se arrepiente y le da la mano para que se levante. Y juntos viajan por todo el reino en busca de los farolillos luminosos.

viernes, 12 de julio de 2013

Town of runners: campeones etíopes


Esta es una historia de runners. No va sobre la tendencia actual que ha enganchado a millones de personas en el mundo, y que ahora vemos en todas las revistas de moda. No va de runners que visten de Nike o de Decathlon. Ni de los que lo hacen para desestresarse tras un largo día de curro. Va de personas que corren para cambiar de vida, que persiguen un sueño que va más allá de ganar una medalla olímpica, si es que eso no es ya de por sí un SUEÑO en toda regla.

Es un documental sobre Bekoji, una pequeña aldea etíope, de la que han salido varias medallas olímpicas de atletismo en los últimos tiempos. Como no podía ser de otra manera, me ha emocionado la historia. Me imagino la motivación de todos esos niños, me pongo en su piel y sueño con que muchos de ellos consigan llegar los primeros a la meta.

Esto es lo que dicen del documental, que ha ganado varios premios internacionales, en su web:

"En Bekoji correr es una forma de vida. En los Juegos Olímpicos de Pequín, los atletas de esta comunidad ganaron las cuatro medallas de oro de las carreras de larga distancia, dinamitando las marcas de cualquier de los países más industrializados. El éxito de estos corredores ha hecho que los niños y jóvenes nacidos en Bekoji vean más cerca el sueño de vivir una vida mejor. Cada mañana, Alemi, Hawii y Biruk, tres chicas adolescentes, se entrenan junto con más de 200 niños y jóvenes bajo las órdenes de Sentayehu, el preparador físico que hay detrás de la mayor parte de los oros olímpicos ganados. Su objetivo: diferenciarse del equipo y llegar a competir internacionalmente. Un retrato de Etiopía visto a través de las esperanzas y aspiraciones de una generación decidida a construir un futuro mejor para ellos y para su país".

Para ver las salas y fechas donde se proyecta, consultar aquí. Una pena que a Madrid no llegue...

¡Feliz fin de semana!


miércoles, 10 de julio de 2013

AZ de la maternidad. J de Jarana

Pasar la noche de jarana significa algo muy distinto antes de ser madre y después, a no ser que seas una de esas mujeres afortunadas, o quizá no tanto, que pueden permitirse vivir de jarana per secula seculorum. Esas divinas de la realeza, la farándula, la nobleza o la socialité. Esas féminas recién paridas que salen del hospital con los vaqueros ceñidos y el taconazo de doce centímetros y que al mes siguiente ya están en Ibiza o el Caribe luciendo bikini de tiras y si se puede con un maromo distinto al papá de la criatura. Viviendo la vida loca.

Confieso que a veces las envidié, sobre todo cuando el primer mes de mi maternidad me pasaba las horas con una beba que lloraba cada dos por tres, en un tercero sin ascensor, intentando sin éxito la lactancia, con un Marío que llegaba pasadas las ocho a casa y sin poder despegarme de ella ni para ir al excusado. Las envidiaba sí, sólo un poquito vamos, tampoco te creas. Ah, y se me olvidaba, con una tripa rara, como de piel destensada y blandiblú, que no me quité en años. Como para no pecar deseando la vida de las muy.

Pasar la noche de jarana tras dar a luz consistía en pasar la noche en blanco porque la nena berreaba y no eras capaz de calmarla o, simplemente, porque tenías que darle de comer cada poco y cambiarle el pañal (y el body y pijama y sábanas si tenías un pelín de mala suerte). Después, la jarana se debía a los terrores nocturnos y pesadillas varias que nos cortaron el sueño durante años. Cuando decidíamos colechar por puro cansancio, las patadas convertían nuestras noches en auténticos festivales llenos energía y buenrollismo fraternal. Asisto ojiplática al descubrimiento de personas que colechan por y con placer. No sabes cómo me hubiera gustado sentir ese estado de bienestar que dicen profesar. Otro motivo para sentir envidia, no sé ya si sana.

Tampoco es que yo estuviera todo el día de juerga en mi vida previa a la maternidad, vamos a ser sinceros. Cierto que en mi época universitaria cerré muchos locales y fui a trabajar de empalmada varias veces, vale. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo hacía porque no me molaba irme sola a casa y esperaba a que alguna de mis amigas me acompañara. Vamos, que a mí dormir me gusta mucho muchísimo y las noches de jarana no tanto.

Ahora, no te miento, donde se ponga un gin tonic en una terracita madrileña a la luz de la luna que se quiten las noches amenizadas con el llanto de un bebé. Lo siento, esto es así. No lo puedo evitar, por mucho que adore a mis hijas...me quedo con el concepto de jarana tal y como mi mente lo conocía en mi ya lejana, vida sin niñas.



martes, 9 de julio de 2013

Sí y no: much more than I am

Soy una persona de sí pero no o de no pero sí. Esto no significa que no tenga personalidad o carácter. Es que es así como me ha hecho el mundo y mis padres, que digo yo que algo habrán influido.

Para mí no hay colores puros sino multitud de matices. Todo depende tanto ... de todo lo demás. Tampoco quiere esto decir que me guste quedarme en el punto medio y no mojarme. Sería lo fácil. A veces una se deja llevar por lo fácil, no te lo voy a negar, hasta que un día le da un calambrazo y se despierta. Me gusta esa sensación de la chispa que se enciende. A decir verdad me gusta más ese momento que ningún otro, el momento que precede a todo. Ya lo conté una vez por aquí.

Como decía, para mí nada es blanco ni negro, ni siquiera gris. Es más bien multicolor, de muchos tonos diferentes y de muchos grados de saturación en cada tono. Me gusta poner las cosas y las personas frente a su inverso de cara a quedarme con un punto intermedio. Como los personajes de moda de las series más exitosas. Ya no hay buenos y malos, sino héroes que a veces son villanos y malvados con su puntito de bondad. No es que tengamos un lado A y un lado B, es que tenemos tantos resquicios como letras tiene el abecedario. Ni siquiera nosotros conocemos muchos de ellos. Ni los conoceremos nunca.

Somos tan complejos como puede serlo un cerebro humano, lleno de misterios que la ciencia no logra descifrar. Sin embargo, vamos por la vida mostrando un abanico cerrado de esas caras nuestras, cada una con su nombre y apellidos, cada una con su etiqueta. Somos infinitos y nos creemos finitos. Nos han hecho creer que somos fulanito de tal, con equis años, de profesión no sé cuántos, de estado civil el que sea y madre o padre o ni madre ni padre de dos hijos, que vive en la calle pascual, le gusta hacer no se qué en su tiempo libre y no soporta ciertas cosas. En un momento nos hacen un retrato y nosotros nos lo creemos o elaboramos uno propio que poco o nada tiene que ver con ése.

Y así podemos pasarnos la vida. Pensando que somos alguien que no existe más que en la mente de unos pocos. O sabiendo que somos otro que no nos atrevemos a mostrar.

La suerte es que a veces nos llega el chispazo, el detonante, el rayito de luz. Y entonces empezamos a mirarnos a los ojos sin miedo, aguantando la mirada, elevando la barbilla como para salir guapos en la foto.

Así, metemos los temores en lo alto del armario, lo más a desmano posible, y empezamos a caminar libremente sin ocultar nada, convirtiéndonos en lo más parecido a nosotros mismos.

Somos mucho más de lo que somos. Soy mucho más de lo que soy. Much more than I am.



lunes, 8 de julio de 2013

Madrid, mi otra tierra




Cuando llegué a la capital del reino no tenía ni los dieciocho años cumplidos. Aterricé con la maleta a tope de ropa y de ilusiones más una máquina de escribir bajo el brazo. Máquina de las de toda la vida, no de las eléctricas, hoy en día una reliquia. También vine cargada de miedo y de tristeza por todo lo que dejaba lejos. Mi casa, mi familia, mis amigos, mi tierra y mi novio de aquel entonces.


Llegué de la mano de mis padres y en unas pocas horas me encontré sola y vacía en una habitación con vistas a la Plaza de España. Aquel lugar, un espacio con suelos que crujían, tres camas con sus armarios y baño en la puerta contigua, iba a ser mi hogar a partir de ese momento. Una residencia de estudiantes en pleno centro de Madrid.

Mis compañeras de cuarto no habían llegado todavía. Así que, cuando mis padres se marcharon de vuelta a casa, me sentí tremendamente sola y asustada. Escuchaba de fondo cómo iban llegando las veteranas a la residencia. Se decían todo el rato “¿Qué tal?” y nadie respondía a la pregunta. Me chocó mucho este dato. En mi pueblo, donde se pregunta “¿Cómo estás?”, estábamos acostumbrados a contestar. Más tarde descubrí que era una pregunta retórica.

Me metí el miedo en el bolso y bajé a la calle a comprar algo de cenar. Entré en el primer sitio que encontré, una pizzería muy conocida de la zona que hoy día ya no existe. Pedí la comida para llevar. La pizza, hecha en horno de leña y con una pinta estupenda, fue la peor pizza que probé jamás. Porque lloraba entre trozo y trozo y el nudo del estómago no me dejaba disfrutarla en paz.

En ese momento deseé con todas mis fuerzas coger el primer autobús o tren con destino Murcia y olvidarme de mi sueño de ser periodista. Aquella noche no tenía ni idea de que iba a vivir aquí durante veintidós largos años. No imaginaba que esta ciudad iba a ser mi casa y mi tierra también, el lugar donde conocería a mis mejores amigos, formaría mi propia familia y viviría tantos y tantos momentos de felicidad. En ese instante sólo quería volver a casa.

(Continuará)