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lunes, 7 de diciembre de 2015

Mi vida cada vez se parece más a la del conejo de Alicia en El País de las Maravillas

Llego tarde, ¡llego taaaarrrrrrdeeeee!


Excepto por mi aspecto humano, y porque no voy gritando mi falta de puntualidad a los cuatro vientos, cada vez me parezco más al animalito que Alicia veía correr en su onírica historia.

No es que me haya convertido en una maleducada que se dedica a hacer esperar a los demás en sus citas, o se levanta con el tiempo pegado al trasero antes de ir cada día a la oficina.

Lo que pasa es que vivo en un estado de ansiedad pre traumática permanente. Que me perdonen los médicos, psicólogos y demás por atreverme a inventarme nuevos sindromes.

Me paso el día en un sin vivir perpétuo, tratando de encajar las múltiples actividades que invaden mi rutina con la precisión de un cirujano, con tal de llegar no ya a todo, sino a los mínimos imprescindibles. Lo básico para que mi familia no muera de inanición, mis jefes me sigan sin incluir en una lista de reducción de costes y mis amigos no se olviden de mí al organizar la fiesta de Navidad de cada año. Aunque pensándolo bien...

Una vez que lo básico está cubierto, intento ir un poco más allá, como por ejemplo, visitando la peluquería una vez al mes para cubrir mis canas. También considero fundamental hacer ejercicio, a ser posible con un precalentamiento inicial y unos estiramientos finales. Si no pasa lo que pasa y al día siguiente te encuentras con una contractura del tamaño de un dragón, que te escupe fuego en el cuello mientras se ríe en tu cara de tu amor por el fitness.

En ocasiones también leo libros. Unas cosas rectangulares con páginas en papel y letras impresas que te hacen olvidar el mundanal ruido (y el ruido de las obras del vecino, que me tiene frita). Y muy de cuando en cuando, escribo, siempre que consigo robarle horas al descanso homologado y recomendado por la OMS y los fabricantes de colchones, que son muy cool y escriben contenidos en redes sociales para conseguir engueichment.

Y esto no es así por voluntad propia. Es más una cuestión de pura supervivencia e ingeniería logística. También de sentido común. Si quiero comer, tengo que ir al super y luego cocinar. O bien gastarme un pastizal en comer todos los días fuera de casa. Lo cual se aleja de ese poco común sentido y de mi realidad nominal.

Si quiero que mis hijas se labren un futuro (que curiosa expresion esa de labrarse el porvenir) las tengo que llevar al cole (obviando la parte legal del asunto) y luego apoyarlas en sus deberes y después acercarlas a sus actividades extraescolares para que hagan algo de deporte, lo mínimo recomendado por la Asociación de Pediatría. O de esparcimiento mental, tan necesario.

De jugar con ellas o contarles cuentos no hablamos. Este es un tema que me duele más que la contractura, pero que por pura salud mental he tenido que esconder en el cajón, al fondo a la derecha. Lo sacaré con el cambio de armario o cuando Rajoy implemente la jornada de 26 horas diarias. Porque dicen que va a volver a ganar el señor. "Mira mamá, el abuelo está en el iPad", no hija, es el Presidente del Gobierno. Ahhhhhh.

Cosas como hablar con mi pareja, ver una serie juntos, y hacer otras cosas, juntos o separados, son para nota. Y cada vez se van quedando más atrás en la carrera por llegar a la meta de las diez de la noche. Ese punto de inflexión en el que las ojeras llegan hasta la comisura de los labios, los dolorcillos varios empiezan a chillar que ya no te quieren aguantar más y la mente está tan frita como las salchichas de pavo que te han apañado la cena a pesar de que la carne procesada es el demonio.

¿Llego o no llego? Llego porque malo sería que no. ¿En qué estado? Ah amiga, eso mejor no te lo cuento, porque ya te lo imaginas.

Yo no concilio porque conciliar es una palabra que sugiere paz y equilibrio. Lo mío es más parecido a una guerra sin cuartel, a una carrera sin final donde la vida me arrastra de un lugar a otro sin dejarme tiempo para respirar.

¿Soluciones? No las veo a corto plazo. Pero sueño, porque eso también lo hago, en una cabaña en la montaña a la que retirarme a escribir, beber cerveza y consumir alimentos cultivados en el huerto. El del vecino, se entiende. A mí no me engañan más. Que con la supuesta liberación femenina, esa en la que la mujer ya ha conseguido casi todo lo que necesitaba en la vida, porque se parte los cuernos para currar y ganar dinero que gastarse en el Black Friday, he tenido suficiente.

Yo si me voy al campo es para la vida contemplativa. He dicho.







martes, 29 de septiembre de 2015

Cosas que me hubiera gustado tener


Dinero para comprar chuches en el quiosco de Lachica, una señora muy mayor, o al menos muy arrugada, que regentaba uno de los negocios más golosos para los ojos de un niño de los 70 y 80. Tenia una amiga a la que sus abuelos le daban la paga casi diaria, una amiga con la que iba de casa al cole y del cole a casa de forma habitual. Ella solía gastarse los dineros en aquel lugar. Jamás compartía su botín.

También quise siempre tener un hermano mayor, todo será porque los tuve pequeños. Y una hermana pequeña. Creía que tener un hermano mayor era como tener el primo de Zumosol sólo que mucho mejor. Todo el día en casa sólo para mí. Y que con una hermana pequeña podría jugar a las muñecas y a las profesoras mandando yo todo el rato. Me gustaba mucho eso de llevar la voz cantante.

Quise, cómo no, tener mi propio amor de Verano (Azul). Mi propio Javi particular. No llegué nunca a eso porque la mayor parte de estíos de mi infancia sucedieron en mi barrio de los inviernos. Y allí no había nadie del que enamorarse en verano, todo el mundo se iba a la playa.

Me hubiera encantado ir a un concierto de Hombres G cuando era adolescente y no me dejaron. Después acabaron cayéndome mal, hasta que resucitaron al calor de la moda vintage y eso me hizo mirarles con ternura. La que da mirar hacia tus trece años con una mezcla entre vergüenza ajena y nostalgia.

Hubiera querido el desparpajo de una de esa chicas populares que hablaban mucho y no se cortaban por nada, que iban por la vida sin que nadie pareciera turbarles lo más mínimo, sin miedo, sin preguntas. Con el tiempo descubrí que todas ellas tuvieron un destino más bien poco afortunado, que jamás querría para mí.

Hubiera querido tener un primer amor verdadero para siempre jamás. Creía en los cuentos de hadas y por eso me di varios tortazos contra mí misma. Afortunadamente el tiempo te hace descubrir que los cuentos que no hablan de hadas, ni de príncipes, ni de reinos, son infinitamente mejores.

Quería con todas mis fuerzas conseguir un trabajo mientras estudiaba la carrera. Lo conseguí en cuarto curso, me pagaban una miseria y me levantaba a las 5:30. ¿Valió la pena? Decididamente no creo que tanto esfuerzo me sirviera para mucho más que para enseñarme lo sacrificada y perra que es la vida adulta. 

Quise vivir en Australia.

Recorrer el mundo en caravana.

Ganar el Premio Planeta a los veintipocos.

Ser bailarina.

Trabajar en la ONU.

Vivir junto al mar.

Algunas de estas cosas ya no podré tenerlas. Otras nunca se sabe. 

¿Te has parado a pensar en esas cosas que te hubiera gustado tener a ti?











martes, 28 de julio de 2015

Trucos para combatir el estrés y vivir más a gusto que un arbusto


Vaya por delante que este post me lo estoy diciendo a mí misma en voz alta. Se trata de un post de auto-ayuda en el más puro sentido del término. Porque no voy a engañarme ni a engañarte: el estrés es mi asignatura pendiente, mi talón de Aquiles, mi piedra en el zapato y mi muro particular.

 Ah, ¿qué el tuyo también? Pues vamos a allá.

1/ Imagina que estás delante de la pantalla de tu ordenador y que empiezan a entrar mensajes de email, todos urgentes, todos para ayer, algunos con reprimendas incluidas, otros más largos que un día haciendo dieta...A la vez el whatsapp echa humo y el chat corporativo levanta ventanas en tu pantalla como setas...¿Qué haces?



Tienes dos opciones:

A/ Tomártelo todo a la tremenda, despotricar por lo bajini mientras tus compañeros de oficina te miran por el rabillo de ojo, empezar a responder a los mails con un previo "te vas a cagar...", ignorar los mensajes de chat y apagar el teléfono. Resultado: el cortisol, esa cosa fea que nos sube cuando estamos a punto de estallar, se apodera de nuestras arterias y nos sentimos con ganas de gritar a todo quisqui, por gatito mono de facebook que sea.


B/ Pasar de todo, en plan como si fueras una celebrity (borde) y se acercara a ti un pringado como tú o yo a pedirte un autógrafo. Primero te levantas del asiento, y te das un paseo largo, a ser posible al aire libre. Vete a fumar aunque no fumes. No, no te digo que te enciendas uno, sólo que hagas lo que hacen los que fuman, salir a la calle. Luego te pillas algo de la máquina: un café de esos con cucarachas (parece que no pero quitan el sueño, no sé si por la cafeína o por los inquilinos), un té aguado, una coca cola, una bolsa de guarrerías, un bollo repleto de grasas trans, cuantas más, mejor.

Para los lectores sanos (alguno habrá), les recomiendo unas cuantas vueltas a la manzana, unos estiramientos en la sala de reuniones, si no tienes gimnasio, y unas respiraciones de esas de pilates, que te dejan como nuevo.

Mientras vuelves a tu sitio, sonríe, sonríe mucho, de forma que los que te vean por el camino crean que te has vuelto un poco majareta.

Cuando llegues a tu asiento, sales del gestor de correo y sigues trabajando con tus cosas, que seguro que tienes algo más que hacer que atender el correo, ¿recuerdas? De paso el chat corporativo, asociado al mail, también se cierra. Silencias el whatsapp. Te pones unos cascos y te conectas a una emisora de radio, Spotify o, en su defecto, música que tengas en tu disco duro o tu móvil.

Qué gusto ¿eh?


Para casos extremos de querer tirarse por la ventana o insultar al jefe y/o compañeros por email (jamás lo hagas, relee siempre los mails antes de enviar), lo mejor es irse a casa. Dolor de cabeza extremo, lumbago, malestar general... todo vale con tal de no suicidarte profesionalmente o que te dé un verdadero parraque.

Al día siguiente, con calma, vas leyendo los correos, primero los cortos (benditos mails cortos) y dejas para el final las biblias, las cuales deberían prohibirse por ley. Sólo la primera hora desde que llegas. Después vuelves a desconectar el correo para volver a ello a la hora de comer y a última hora de la tarde. No more.

2/ Vas en el coche, sin niños, sola o solo con tu musiquita. De repente un atasco. No llegas ni de broma a esa reunión con el cliente. Respira. Respira otra vez. Suelta algún taco si quieres, que no hay niños, pero sólo uno, no te acostumbres. Llamas al cliente, con el manos libres, para avisar. Y te relajas. Disfruta de la música o del programa que te gusta. Observa a los demás conductores e intenta imaginarte sus vidas. Ponles motes. Aprovecha para hacer esas llamadas pendientes, siempre que estés parado y usando el manos libres, of course, no voy yo a hora a recomendar cosas ilegales o peligrosas. Soy una mujer de bien. 

                     

Repasa mentalmente la lista de la compra que harás por la tarde. Haz planes para el finde. Imagina lo que le hubieras dicho a la mala pécora de la vecina cuando te pregunto si volvías a estar embarazada (cuando en ese momento tenías la regla). O, en caso de que seas hombre, vete maquinando respuestas ingeniosas para cuando tu cuñado te diga la típica bromita dominguera.  Menos maquillarte o peinarte, haz cualquier cosa, sobre todo si eres tío. La raya del ojo sólo le queda bien a Floki, el de los Vikings, y porque es eso un viking y su papel en la serie es dar miedo.



2.1/Vas en el coche y no te encuentras un atasco, sino un montón de gilipollas que te pitan porque tú vas a 90 en una carretera de 70 y ellos quieren ir a 120. O te adelantan por la derecha. O salen de una rotonda desde el centro y sin avisar. Ese tipo de cosas tan chulas. Mi primera reacción es llamarles de todo. Aunque sé que es mucho mejor pensar: "¿de qué me sirve gritar aparte de para que me suba el cortisol otra vez?. Alguien me contó que existía una clase de personas de una cultura lejana (por no meter la pata no nombraré ninguna) que nunca se estresan conduciendo. Como saben que no pueden hacer nada por cambiar la conducta del incívico, simplemente se relajan y sonríen. ¿Imposible? inténtalo.

3/Estás en casa. Por fin. Entras y saludas a tu pareja, si la tienes. A tus hijos, si los tienes. Si no tienes ninguna de las dos cosas sáltate este punto.

Y tras el besito de hola ¿qué tal? tus hijas empiezan una discusión porque la una le ha dado a la otra un manotazo sin querer, o le ha cogido el lápiz sin permiso, o quiere ver otro canal, o la otra la ha llamado tonta, o es que papá le ha dicho que lo ha hecho muy bien y a mí no. Mientras tratas de acordar con tu marido cuál es la cena sana más rápida que se puede hacer con los ingredientes que hay en casa y que tienen un sabor y color pasables. A ser posible que a las niñas les guste. Preferiblemente que no coincida con lo que ellas comieron en el cole o lo que cenamos la noche anterior. Esta conversación se mantiene andando de una habitación a otra, viendo como cada armario está abierto (como siempre), las luces se mantienen encendidas en cada habitación sin nadie dentro (habitual) y hay miles de cositas extrañas desperdigadas por el suelo, conviviendo en armonía con las pelusas gigantes de Madrid. El perro, al fondo, ladra como loco.

En ese momento lo mejor en hacerse la mochila y salir huyendo. 


No muy lejos claro, no estoy invitando a nadie a abandonar a su familia ni mucho menos (sólo un ratito). Huyendo de camino a la piscina (me lo ha mandado el médico), al gimnasio (necesito hacer ejercicio), a clases de corte y confección (así ahorramos en ropa), a correr (me viene bien para relajar), al bar a tomar cañas (necesito relacionarme)... Busca tu excusa y sal. Vete. Desaparece. Evidentemente os tenéis que turnar en el noble oficio del escaqueo. Una tú y otra yo. Y por supuesto esto no va a ser así cada día, no se trata de hacer apología de la soltería, porque como estarás más relajada/o habrá días en que la armonía invadirá tu hogar, y todos juntos haréis cosas divertidas, como salir a dar un paseo y coger flores silvestres o piedras del camino, jugar a hacer el cabra, leer cuentos, ver películas y por supuesto charlar. Eso es fundamental en cualquier casa. 

4/Estás en la cama. Tienes un sueño de muerte pero nada, que no te duermes. Das una vuelta y otra. Te levantas al baño. Bebes agua. Te acuestas. Enciendes el iPad y miras el periódico que leíste hace media hora, por si ha pasado algo urgente, eso que ponen arriba con un botón rojo que parece que algo va a estallar aunque la mayoría de veces son estupideces. Te vas a Twitter y lees todas las tonterías que todos los tontos del mundo publicamos ahí. Vas a Facebook y haces otro tanto. Escribes tu estado: "Tengo insomnio". Alguien te contesta: "bienvenido al club". Tu cabeza va a mil por hora: se me ha olvidado contestar el mail a fulanito, mañana acabaré el informe que me pidió menganito, tengo que pedir tutoría en el cole para la pequeña, que no se me olvide que el jueves tengo dentista con la mayor. Ostras!! La ropa, se me ha olvidado tenderla. Te levantas y la tiendes. No, es broma. No te levantas. Pero piensas todo el rato: "me tengo que levantar, me tengo que levantar". Un mosquito. ¿qué hora será? seguro que las 2 de la mañana, me quedan 5 horas de sueño. No era un mosquito. ¡Son dos! Una niña se levanta y te dice: "he tenido una pesadilla".

Solución: darte a las drogas. 

No, en serio, para esto aún no he encontrado nada que me funcione, aparte de un lumbago que me llevó a tomar Diazepam bajo prescripción médica. 

Creo firmemente que si se practican las cosas que menciono en los puntos anteriores, el cuarto está chupado. Duermes como un bendito, porque:

> Las cosas del trabajo no te van a afectar. Cada vez que algo te altere, tú abstráete y piensa que nada tiene tanta importancia (¿acaso te acuerdas por qué estabas estresado en el trabajo hace un año?).

> Lo que pasa en la carretera con el resto de conductores es incontrolable, ¿para qué sufrir?

> La rutina diaria se lleva mejor con un poco de tiempo para uno mismo y si es haciendo deporte, mucho mejor. Vale, lo de las cañas también mola.

No he descubierto América (ni Colón tampoco), lo sé, pero estas cosas que parecen de perogrullo ayudan de verdad de la buena.

Te lo dice una que las ha vivido todas y cada una. Me lo digo a mí misma para ver si me acuerdo de ello cada día.

¿Qué trucos tienes tú para vencer al estrés?








viernes, 17 de julio de 2015

Agobio aquí, agobio allá


Primero me agobio porque tengo que ir al cole y tengo que hacer deberes. Y porque mi madre me regaña continuamente por esto o aquello. Y mi padre, justo en esos momentos en los que tiene su cara más seria, me tiene que dar permiso para ir a aquel sitio o a éste.

Después me agobio porque estoy muy delgada y no tengo tetas, ni culo, ni caderas. Mis amigas empiezan a llevar vaqueros y sujetador, y ropa chula mientras yo aún tengo que ponerme, a la fuerza, esos odiosos vestidos de lazo. Lo que son las cosas, ¿verdad? Si hubiera sabido lo que estaba por venir...

Luego me agobio porque llego al instituto, tras 10 años en un colegio de monjas, donde empiezo a convivir con chicos que no son mis hermanos. Que son guapos o feos, bordes o pesados. Pero eso da igual. Lo que importa es gustarles, caerles bien, ser popular. Y me salen los granos, y tengo que estudiar un huevo, y que si este chaval me mira y el otro no. Y que si salgo con uno, me enamoro como una pava y me deja tirada. Y soy popular, desde el lado que no quiero. Soy la empollona.

Tengo que elegir carrera, mi futuro está en juego. Quiero ser periodista pero en Murcia no se puede estudiar esto. De repente mi padre me hace el mejor regalo de mi vida cuando decide pagarme los estudios en Madrid. Pero claro, hay que hacer la selectividad. Y más agobio. ¿Aprobaré? ¿Me dará la nota? ¿Me aceptarán en la Universidad de Madrid? Apruebo, me da la nota, me aceptan. Y Madrid me apetece mucho y a la vez me da miedo, mucho también. Un temor que dura unos meses, para pasar a convertirse en pasión.

Entonces me agobio por no querer irme una vez termine la carrera. Ponte a buscar trabajo, trabaja por dos duros y aguanta lo que te echen. Y entre tanto, más amoríos y desamores. Que si no llego a fin de mes y no quiero pedirle más dinero a papá. Estábamos en crisis. La del 93. Me río yo ahora de aquella crisis. Y un poco más tarde, tras varios amores fallidos, llega la ansiedad por encontrar el amor verdadero, que parece no querer pararse en mi puerta. Y luego el agobio de no querer perderlo. Para seguir con el de "tengo que comprar una casa" porque los precios nunca bajarán.


Se me ocurre entonces decir que sí a una propuesta de matrimonio, de esas románticas con anillo y todo. Una vez casada ante Dios y ante los hombres, me meto a reformar la casa hipotecada a 25 años. Debo conseguir, a la vez, mejorar en el trabajo o, al menos, no perder el que tengo, no salir de la rueda, no quedarme en el paro. Por más que el destino, el azar o todo a la vez se empeñen en lo contrario. Finalmente salgo airosa y el paro me roza mientras decide pasar de largo.

Me quedo embarazada. ¿Será buen momento? ¿Seré buena madre? ¿Cómo se es madre? Ay, qué agobio. Y a qué guardería la llevo y cuántas horas y cómo lo compagino con todo lo demás. Reduzco mi jornada laboral porque me "ofrecen" una bajada de puesto. Se ve que la maternidad te vuelve medio idiota para según qué jefes. Me putean un poco mientras clamo que no podrán conmigo cual mujer coraje. Al final sobrevivo, como la Gaynor, corriendo a todas partes, aunque para mi cuerpo se quedan las lágrimas tragadas en aquellos días, al sentirme más sola que la una en aquella oficina llena de gente demasiado joven y con cero empatía para entender la maternidad. ¿Concilia qué?

Tengo que buscar cole y me recorro medio Madrid en busca del mejor. Al final todo era más fácil de lo que pensaba. El del del barrio era la opción más adecuada, a falta de posibles para acceder a los top 10, que por supuesto visité uno a uno.

Quiero tener otro hijo...quiero adoptar...decido adoptar y complicar un poco más las cosas de lo que ya estaban de por sí. Ahora el agobio es la espera y la incertidumbre...que finalmente llegan a su fin.

Después aparecen en escena los malabarismos de tener dos hijas, un marido, un trabajo nuevo, una casa hipotecada y un perro. Los viajes de trabajo, la crisis que nos da de lleno. El no llegar, el no saber cada mes de dónde saldrá la pasta para pagar al banco, al cole, a las compañías de suministros, a las petroleras. Vendemos un coche por dos duros para pagar un mes de hipoteca. Así de chungo fue todo. Y, cual aves fénix, resurgimos de nuevo.


A trancas y barrancas lidiamos con la mala vida del autónomo, la de mi partneire, que se reinventa y se multiplica a sí mismo para conseguir ingresos regulares cada mes. Rezando porque no nos llegue un día un ERE, en este caso a mi persona, y nos dé una paliza que nos deje tiesos. Por los pelos y sin saberlo escapo de uno, al cambiar a mi puesto actual. A veces creo en cosas. No sé si en dioses.

Me despierto una mañana de octubre y tengo 40 aunque el número se me atraganta con el café. Sigo creyendo que tengo 30, 31 a lo sumo. Mi cara y mi cuerpo no están de acuerdo con esto. Y así sigo, peleando con ellos desde entonces, a ver quien gana la partida. Me debato entre comprarme todas las cremas de la farmacia o dejarme las canas y tirar el peso por la ventana.



 ¿Para cúando esa fase que dicen de paz interior en la que no necesitas la aprobación de nadie, sabes decir que no bien alto y te la trae al pairo cualquier intento de parecer más joven, delgada o simpática? Que no digo yo que quiera convertirme en una loca que va por la vida hecha unos zorros y gruñendo a la gente. Eso no. Sólo pido algo intermedio. Algo que me quite al menos un 30% del agobio que arrastro en la mochila. ¿Un 20% dices? Venga, te lo compro.


martes, 23 de diciembre de 2014

25 cosas sobre las que reflexionar en Navidad



No soy yo de hacer grandes balances ni, sobre todo, de hacer lista de propósitos para el nuevo año. Prefiero tomarme la vida como venga e ir dando pequeños pasitos para lograr objetivos o metas que normalmente llevo por dentro.

Sin embargo las reglas están para romperlas. Esta mañana, cuando desperté antes de tiempo por el ruido de los cacharros en la cocina, me topé con este post de mi admirada Maïder Tomasena, y no pude evitar ponerme a escribir.

Aquí va mi lista de esas 25 cosas sobre las que reflexionar esta Navidad. ¿Te animas con la tuya?

  1. ¿Cuáles son las 3 grandes lecciones que te ha dado este año la vida?

No merece la pena estresarse por trabajo (ni por nada)
Puedo con más de lo que creo
Si algo no te hace sentir bien, cámbialo.

2. ¿Qué te hubiera gustado hacer más y qué menos?

Me hubiera gustado preocuparme menos por dinero y me hubiera encantado leer y escribir más.

3. ¿Si tu 2014 hubiera sido una canción cuál habrías escogido?

Shake it off, Taylor Swift.

4. ¿Crees que has manejado de forma correcta el estrés?

No, no lo he hecho bien, aunque al menos soy consciente de ello e intento hacerlo mejor.

5. ¿Cuál ha sido tu mayor pérdida de tiempo?

Gestionar el correo electrónico.

6. Escribe una nota de prensa anunciando el mejor momento de tu 2014. Cuenta por qué este evento es de interés para otros y por qué deberían cubrirlo.

No voy a escribir la nota, sólo remitir al post donde cuento el momentazo del año, lo más importante que me ha pasado.

7. ¿Cuál es la decisión que más te ha costado tomar?

Dejar el pilates.

8. El ayuntamiento de tu localidad te ha nombrado “persona del año” ¿Por qué?

Porque he luchado como una jabata con el inglés y he ganado la batalla.

9. Describe el mayor reto que has tenido que superar este año, ¿cómo te has sentido?

Precisamente el del inglés. Es mi idioma en el trabajo y me ha costado mucho sentirme suelta con él. 

10. Define el mayor logro que has conseguido en estos últimos doce meses.

El diagnóstico de la endo.

11. Imagina cómo serás tú con 80 años ¿qué te dirías a ti mismo?

¡Qué coño!

12. ¿De qué maneras has ayudado a otras personas?

He ayudado en el trabajo a muchas personas y en casa a mis hijas, con los deberes, con sus conflictos, escuchándoles e intentando decirles cosas que les ayuden a gestionarlos.

He sido oreja siempre que he podido con los demás.

13. Escribe una historia basada en el título de tu canción favorita.

Esta la dejaré para otro post.

14. ¿Cómo era el plato que mejor has cocinado este año?

El caldero murciano. Arroz cocinado con pescado y servido con ali-oli.

15. ¿Cuál ha sido el mejor vino que has degustado?

No recuerdo los nombres pero cualquiera de los que he tomado en Francia.

16. ¿Cuál ha sido tu libro favorito y el peor que has leído?

El mejor, El jilguero, de Donna Tartt. El peor, uno sobre alimentación y vida saludable cuyo título no recuerdo.

17. ¿Cuál ha sido la palabra que más has utilizado este año y por cuál la sustituirás en 2015?

La que más OK.

La sustituiría por: no.

18. Describe tu momento perfecto de ocio en familia o entre amigos un día de lluvia.

Sofá, manta, peli familiar, palomitas.

19. Eres un superhéroe. ¿Qué poderes tienes y cómo los utilizarías?

Tengo el poder de quitarles a mis hijas las penas y los momentos rabieta y por supuesto de limpiar la casa en un segundo con una varita y dejar la ropa limpia y planchada.

20. Define tus 3 objetivos personales y profesionales para el próximo año.

-> Reírme más.

-> Tomarte todo con calma.

-> Más creatividad.

21. Planea una o varias escapadas para el 2015 y describe qué es lo que te gustaría hacer.

Mérida: ver la parte romana en compañía de mi querida amiga cacereña.

Disneyland París: disfrutar con la emocion de mis hijas.

Sevilla: recorrer la ciudad y degustar tapas de la mano de mi compi de trabajo.

Londres: escapada con mi marido en plan novios (esta es la que más difícil veo, por no decir imposible).

Estocolmo o Copenhague: un finde largo con amigas. Quiero ver arte y pasear por sus calles.

Cualquier lugar de verano donde pasar unos días con mis padres y mi hermano, cuñada y sobrinas. 

22. ¿Qué habrías hecho este año de forma diferente? ¿Por qué?

Tomarme la vida tan en serio. Por razones obvias.

23. ¿Cuáles son los hábitos saludables de vida que quieres añadir a tu rutina el próximo año?

-> Comer cada vez más productos ecológicos.

-> Ir más a la piscina y a hacer senderismo.

-> Hacer deporte 4 veces por semana (ahora sólo dos).

-> Comer menos harinas y lácteos y más fruta. 

24. ¿Cuál va a ser tu frase para este nuevo año?

Vive la vida.

25. Imagínate que hoy es 31 de diciembre de 2015, ¿cuáles han sido los mayores objetivos que has conseguido alcanzar? Defínelos.

-> Terminar de escribir el relato que empecé aquí y publicarlo.

-> Haber disfrutado de la vida.

-> Haber mejorado mi casa (pintura y alguna otra cosilla)

-> Ahorrar...( si hago todas esas escapadas lo veo crudo)


miércoles, 2 de octubre de 2013

Uno de esos días

Hoy es unodeesosdías tontos en los que la rutina te mata
En los que nada te consuela y todo se te hace un mundo
Sin que te haya ocurrido nada especial a lo que echar la culpa del desasosiego
Sin que intervengan las hormonas ni la mala suerte ni la lluvia
Sin que nadie te haya dicho algo feo 
ni hayas tenido que enfrentarte a grandes problemas
Sin que hayas reñido con alguien cercano o lejano

Hoy, como otras veces, vi venir que era unodeesosdías
En los que ni fu ni fa
En los que no apetece seguir en la rueda
En los que quieres olvidarte de todo
En los que no puedes olvidarte de nada

Sí, unodeesos días chungos
En los que saldrías corriendo
Gritarías por el balcón
Te meterías en la cama a las 9
Dejarías todo para mañana

O pasado

Te acurrucarías en la cama y dejarías pasar el tiempo
Sin hacer nada

De nada

domingo, 8 de septiembre de 2013

Diez cosas que no dejo de preguntarme





Hoy tengo un día tonto. Es domingo por la tarde. Con eso ya lo he dicho todo.


Intento escribir algo interesante para el blog. Lo único que me viene a la cabeza son cosas como que tengo que planchar 10 kilos de ropa o que debería pensar en pintar mi habitación un día de estos.

Entre tanto pensamiento divertido se me cuelan las típicas dudas existenciales con las que una suele convivir a diario. Lo bueno es que, aunque no consigo respuestas, las dudas van cambiando y animando de esta forma mi rutina mental.

Lo malo es que se van acumulando. Y no sé cuánto volumen de vacilaciones podrá aguantar mi cerebro. Me consuela saber que las cabezas sólo estallan de forma metafórica.

Las voy a contar para ver si alguien tiene a bien arrojarme algo de luz al respecto. Algunas cuestiones son más elevadas, otras son tontás. Mi mente es así, fluctuante, inquieta y global:

> ¿Con qué objetivo mi país se empeña en presentarse a concursos en los que siempre pierde (dinero, prestigio, ilusiones)? Véase Madrid 2012, 2016 y 2020, Eurovisión, las siete maravillas del mundo, Miss Mundo y Miss Universo. Y menos mal que ya no puedo nombrar aquí los Mundiales de Fútbol...

> ¿Se puede permitir que un Gobierno masacre a su pueblo con bombas y fusiles pero no con armas químicas? ¿Es más lícito lo primero que lo segundo? El Gobierno sirio lleva machacando a su gente desde hace más de dos años de forma brutal. Pero ahora es cuando EEUU pretende intervenir por considerar inaceptable el uso de los gases. Algo no encaja. Si de verdad la ONU sirviera para algo y hubiera intervenido para frenar esta sangría y lo hubiera conseguido… Sí, sé que no es tan sencillo, que no puedo ser tan inocente de pensar que los conflictos de este tipo se pueden arreglar por la vía diplomática. Hay industrias muy poderosas en juego. Las mismas que, curiosamente, harían su agosto sí se produce un ataque internacional.

> ¿Por qué los libros de texto cuestan por niño cantidades indecentes y además cambian cada año para que no se nos ocurra cometer el cuasi delito de pasarlos de los niños mayores a los pequeños? El motivo lo sé, el poder de la industria editorial con el beneplácito de los gobiernos, a los que importa poco o nada que muchas familias lo pasemos mal este mes del año para llegar al final sin comernos las uñas de primer plato y que otras, directamente no lleguen ni al principio.

> ¿Cómo se hacen las estadísticas del paro? Dicen que en agosto bajó en 31 personas... El mundo publica sus nombres y apellidos...conozco a una persona que dejó el paro el pasado mes y que no aparece. ¿Fallo técnico? En cualquier caso, ¿cómo no se les cae la cara de vergüenza a ciertas personas que airean a los cuatro vientos esa paupérrima cifra como un éxito sin precedentes?

> ¿Por qué si eres autónomo y estás pagando religiosamente todos los meses un dineral por cotizar no tienes derecho a paro o baja por enfermedad y te queda una pensión ridícula? Que nadie me diga que sí tienen esos derechos y que pueden cobrar más de pensión porque no me vale. Los requisitos a cumplir y/o el aumento de la cuota son tan exigentes, que están al alcance de muy pocos.

> ¿Cuándo la gente dejará de hablar a gritos, recogerá las cacas de su perro y se abstendrá de dar de comer a los animales en los zoos?

> ¿Quién tuvo la genial idea de emitir las películas dobladas en las televisiones de España? Y en esta línea … ¿los políticos que nos representan en el extranjero no tienen tiempo y dinero para contratar profesores de inglés One To One? ¿Ni siquiera el presi?

> ¿Podrá alguna serie de TV superar a Breaking Bad? Opinión totalmente personal y subjetiva. A mucha gente le parecerá un bodrio.

> ¿Me llegará esa cosa que llaman crisis de los 40? Ni está ni se la espera.

> ¿Inventará alguien por fin la plancha robot o la 'secadancha'?

Sigue siendo domingo por la tarde.

Ya queda muy poco para la noche.

El lunes me acecha.

El cole, la ofi, los tuppers.

Estamos de vuelta.




lunes, 2 de septiembre de 2013

El viaje

                                      

Preparar las maletas. Cada vez más vacías para viajar ligeros, como me gusta. Para volver llenos de instantes, de sensaciones, de recuerdos como tatuajes. Cerrar las puertas. De las habitaciones. De la casa. Del coche. Poner rumbo al norte. Subir el volumen de la música y tararear. Jugar a los personajes y al veo veo. A descubrir formas en las nubes. Responder al cuánto falta unas 37 veces. Parar a mitad del camino. Mirar el reloj. Sentir ansiedad por la llegada. Ver el cartel del pueblo y gritar ya estamos aquí. Explorar el terreno y la casa. Respirar y oler a granja. Rellenar los armarios vacíos. Salir corriendo a la aventura. Tanto por conocer. La carretera está adornada de verdes de intensidad variable y casitas como de cuento. De vez en cuando nos sorprende una de ellas por su fuerte color azul o fucsia que parece que acabará de ser pintada en un cuadro al óleo. El paisaje es espectacular, abrumador a veces. La naturaleza se mezcla con las poblaciones de manera indisoluble. Todos los rincones merecen ser fotografiados. Todos. De repente aparece el mar bañado por la lluvia enfurecida y entramos deprisa al coche de nuevo hacia cualquier otro lugar del mapa. No hay prisa. No hay planes. No hay rutinas. Cada día es un regalo que estrujamos hasta dejar vacío. Santillana del Mar, Suances, Liérganes, Cabárceno, Liencres, Santander, Comillas, San Vicente de la Barquera. Zoo, parque natural, mar, chocolate con churros, pinturas rupestres, calles adoquinadas, ríos y puentes, ventanas plagadas de flores, belleza, libertad. Ohana. Poner cara y ojos y manos y voz por fin. Abrazos y besos. Conversaciones infinitas. Mariposas azules. Despedidas. Juegos de cartas, acostarse a las tantas. Recogidas. Maletas. Y cuatrocientos kilómetros de vuelta. Septiembre.

                                        

martes, 20 de agosto de 2013

Nostalgia



Al pasar por su cuarto vi la puerta entreabierta y un par de sandalias pequeñas tiradas en el suelo con despreocupación. Había visto su calzado desperdigado por las distintas estancias de la casa en infinidad de ocasiones. Aquella mañana, sin embargo, mis ojos se quedaron clavados en esa imagen mientras algo muy parecido a la nostalgia empezaba a invadirme sin compasión.

Veía sus pies del treinta y su cuerpo, el más pequeño de la casa, a pesar de que su magnitud  supera todos los percentiles del mundo blanco. Tiene cuatro años ya, casi cinco. O cuatro años todavía, según se mire. Si echo la vista atrás soy consciente de que un día fue diminuta, aunque yo sólo pueda intuirlo pues la conocí cuando ya era una criatura que llevaba, más o menos, cinco meses en el mundo. Me voy a remirar las fotos y descubro que un día no tuvo pelo o sólo tenía unas escuetas anillas que prometían una poblada melena ensortijada. Que tomaba bibes y llevaba chupete. Que sus pies eran de un número 16 ó 17. Que llevaba ropa de 6 a 9 meses. Que iba conmigo apretujada en el foulard que un día me regalaron mis amigos y que tanta ilusión me hizo. Que pronto empezó a crecer mucho más rápido que cualquier niño de su edad y la ropa heredada de su hermana le quedaba estrecha y corta.

El tiempo vuela. 

Mi hija mayor está cerca de cumplir una década y se acerca a esa adolescencia que tanto temo. Aún tengo la suerte de disfrutar de su inocencia y su mente infantil, pero sé que el tiempo se está agotando. Si me retrotraigo a la época en la que era un bebé, se me pone un nudo en el estómago aún mayor. 

No sé muy bien por qué me sucede esto ya que en estos momentos me siento feliz por recuperar parte de mis espacios de libertad perdidos con la maternidad y que tanto ansiaba volver a disfrutar.

Es como echarlas de menos antes de tiempo. Una especie de nostalgia del futuro. Empiezo a darme cuenta de que voy a añorar tanto a mis niñas que no sé si seré capaz de soportarlo. Sus voces infantiles, sus risas descontroladas, sus preguntas, sus juegos y hasta sus llantos cuando se caen o se han hecho una de esas heridas que se curan con una tirita de animales. 

Poco a poco la ropa del armario va cambiando de talla. Mientras  su infancia se desdibuja.
Y esa imagen que ahora veo cada mañana de los zapatos de L.E. se borrará de mi vista como lo hizo la de los zapatos de L. 

Esa será la señal de que su infancia se ha ido para no volver.
Deseo con todas mis fuerzas que en un rincón de sus cuerpecitos sigan manteniendo para siempre un hueco para las niñas que, todavía, son.





domingo, 18 de agosto de 2013

Pereza

Suena el despertador a las ocho. Quiero salir a caminar por la playa y me da hasta pereza buscar el móvil para apagar el desagradable sonido Marimba. Le doy al botón posponer y me doy la vuelta. Repito esto cuatro veces más y me levanto a regañadientes antes de que marío empiece a jurar en hebreo.

Bajo a la cocina y veo con desilusión que no queda café de ayer y me toca poner la cafetera. Esfuerzo sobrehumano. No me apetece. Pero la acabo poniendo cuando me doy cuenta de que estoy dormida de pie. Tirar el café usado, limpiar el filtro y rellenarlo con nuevo café se me aparecen como tareas que requieren una alta sobrecarga intelectual.

Desayuno tranquilamente en la terraza mientras leo revistas del año 2011. Es lo que tiene la crisis que ya ni al kiosko vamos. A pesar de que ya he leído los artículos varias veces, me regodeo en ellos porque no me apetece levantarme para ponerme en marcha. Reviso whatsapp, twitter, facebook...El País, El Mundo y las estadísticas de Blogger. Van siendo más de las 9 y el sol empieza a picar un poco. Sólo de pensar lo que me espera se me quitan las ganas de tener ganas.

Me armo de valor, me pongo las gafas de sol y me enchufo los auriculares. Venga, que luego te vas a sentir mejor. Un poco de automotivación.

Una hora y unos cuantos especímenes playeros después regreso a casa. 

Es el momento ideal para relajarse en la playa. Si no fuera por la pereza que me da cambiarme de ropa, recopilar todos los bártulos, preparar a las niñas, echarnos la crema solar, beber agua y todos esos menesteres pre playa tan amenos y que tanto me gustan. 

Por fin estamos frente al mar. Tengo un libro en la bolsa esperándome. Primero voy a tomar el sol un rato y si acaso ya luego. El agua está buena, me dicen. Aún así me hago la remolona. Acabaré remojándome a punto de irnos. Cojo el móvil de nuevo, reviso el correo. Todo promociones. Venga va. Voy a abrir el libro. Las niñas juegan entre risas y construyen volcanes y muros, castillos y naves. El tiempo pasa al ritmo de las olas que repiten su canción sin aburrirse.

Qué pocas ganas de volver a casa. Otra vez a recoger todo. Otra vez a quitarse la arena y la sal. 

¿Qué dices? ¿Qué hay que ir a comprar? Ay mija, qué perezón. Pues me voy así, tal cual, con estos pelos y estas pintas.

Volvemos. Me entra la gran duda entre tumbarme en el sofá o en la cama. Tal vez me siente de nuevo en la terraza. Tal vez vuelva a intentarlo con el libro o mejor, voy a revisar el móvil.

Llega la hora de poner la mesa. Comer. Otra vez.

Luego recoger y fregar. Qué sueño.

Nos vamos a echar un siesta para recuperar fuerzas. Cómo me gusta esa sensación de cerrar los ojos mientras el libro se me cae encima.

Al despertar, paseíto cerca del mar o charleta familiar o juego de cartas. Qué estrés. Qué mala vida.

Tras una cena frugal, de nuevo un paseo tranquilo. O tal vez no. 

Qué el día ha sido duro.

Mañana Dios dirá.