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jueves, 7 de mayo de 2015

Un miércoles cualquiera de mi vida en imágenes

Me levanto y lo primero que necesito es desayunar porque estoy literalmente muerta de cansancio, ¿no se supone que una descansa por las noches? Quizá deba cambiar el colchón.,,

Casi siempre tomo lo mismo, café cortado y tostadas con aceite de oliva virgen extra. Y el iPad claro, que no falte.



Me gusta dejar toda la ropa preparada antes...



... de meterme a la ducha...


Un poco de maquillaje y peinado para no parecer un zombie. Que a partir de los 40 eso de la cara lavada va a ser que no favorece.


Partimos camino al cole las tres mujeres de la casa y esto es lo primero que vemos al salir del garaje cada día.


Llego a la ofi y aparco en mi plaza. Como no soy VIP, la plaza es al aire libre. Aunque para mí es un LUJAZO contar con ella porque me permite flexibilidad horaria y tranquilidad de espíritu para sobrevivir en ese inframundo de los polígonos industriales.


Entro a mi planta y doy un laaaaaaaargo paseo por los pasillos hasta llegar a mi sitio. Procurando no hacer mucho ruido con los tacones y dando los buenos días a la gente que me encuentro. A algunos tengo que gritárselo porque parece que no me oyen...Me gusta esa costumbre francesa de saludar a todo el mundo en el trabajo aunque no lo de los dos besos que se plantan todos diariamente.


Me siento y enciendo mi ordenador. ¡A trabajar!


En esta sala de reuniones paso la mayor parte de mi jornada, soy la eterna reunida, siempre de acá para allá transportando mi portátil. Al tener un puesto internacional y no tener contacto físico con mis colegas de trabajo o mi jefe, el teléfono es una de mis principales herramientas de trabajo, junto con la webex. La sala podría perfectamente llamarse como yo, es casi mía.


Tomo un café sobre las diez con una compañera. Un rato de charla junto con un poco de cafeína vienen fenomenal para aguantar el día... La taza de la foto no es mía aunque ilustra bastante bien lo que significan estos ratos de café en la oficina, ¿no crees?


Dos días a la semana voy al gimnasio que tenemos en la empresa (step, zumba o mantenimiento). Y dos días más voy a danza en el centro cultural del barrio (lo confieso, sólo llevo con este ritmo dos semanas, a ver lo que aguanto)


Luego como en casa, porque tengo la enorme suerte de poder hacer teletrabajo por las tardes. Eso sí, sola y monda. Aprovecho para mirar twitter y whatsapp.


Tras la comida, que suele ser bastante rápida, me pongo de nuevo a trabajar. Esta vez desde mi salón.


Salgo media hora a por las niñas al cole tres días por semana, y siempre pillo el semáforo en rojo.

 

Sigo currando hasta...nunca se sabe. Procuro parar sobre las siete aunque a veces la cosa puede alargarse, es la parte mala de trabajar desde casa. La buena es que cuando paro, ya estoy en casita :)

Home sweet home
Luego vienen deberes y kumon, baños de las nenas, poner la lavadora, hacer la cena y la comida del día siguiente. Una pequeña maratón diaria en la que participamos mi marido y yo codo con codo. O casi podría decir que él siempre hace más que yo. En mi casa somos muy modernos.



Mientras se hace la cena, las niñas juegan o ven la tele.


La cena es la única comida del día que hacemos todos juntos, en la cocina. Es cuando hablamos de cómo nos ha ido el día, sobre todo las niñas, que aprovechan para dar rienda suelta a su verborrea, la cual es bastante. Creo que a su padre le tenemos algo acorralado entre todas. 


Tras la cena y la correspondiente visita al baño para el lavado de dientes, las niñas van a dormir. Es el momento que más nos gusta del día porque la peque lee un rato conmigo, sin agobios ni correcciones, simplemente leyendo las dos, un rato cada una, por el placer de leer.



Y con la mayor tengo una pequeña charla donde se deja llevar y me habla de las cosas que le preocupan, de sus emociones, de sus sentimientos.



A veces nos saltamos un poco la rutina y jugamos un poco, nos hacemos cosquillas o hacemos un rato el tonto. Me encanta saltarme las normas.


Cuando ellas se duermen, llega nuestro turno. Estamos agotados pero por lo general nos gusta ver juntos algún capítulo de una serie. Otras veces él dibuja y yo escribo. Otras veces hablamos. Alguna que otra vez, todo esto a la vez.


Y para terminar, si no hemos caído rendidos antes...un poco de lectura. Últimamente leo dos páginas y me quedo KO. ¡Buenas noches!




miércoles, 2 de octubre de 2013

Uno de esos días

Hoy es unodeesosdías tontos en los que la rutina te mata
En los que nada te consuela y todo se te hace un mundo
Sin que te haya ocurrido nada especial a lo que echar la culpa del desasosiego
Sin que intervengan las hormonas ni la mala suerte ni la lluvia
Sin que nadie te haya dicho algo feo 
ni hayas tenido que enfrentarte a grandes problemas
Sin que hayas reñido con alguien cercano o lejano

Hoy, como otras veces, vi venir que era unodeesosdías
En los que ni fu ni fa
En los que no apetece seguir en la rueda
En los que quieres olvidarte de todo
En los que no puedes olvidarte de nada

Sí, unodeesos días chungos
En los que saldrías corriendo
Gritarías por el balcón
Te meterías en la cama a las 9
Dejarías todo para mañana

O pasado

Te acurrucarías en la cama y dejarías pasar el tiempo
Sin hacer nada

De nada

lunes, 2 de septiembre de 2013

El viaje

                                      

Preparar las maletas. Cada vez más vacías para viajar ligeros, como me gusta. Para volver llenos de instantes, de sensaciones, de recuerdos como tatuajes. Cerrar las puertas. De las habitaciones. De la casa. Del coche. Poner rumbo al norte. Subir el volumen de la música y tararear. Jugar a los personajes y al veo veo. A descubrir formas en las nubes. Responder al cuánto falta unas 37 veces. Parar a mitad del camino. Mirar el reloj. Sentir ansiedad por la llegada. Ver el cartel del pueblo y gritar ya estamos aquí. Explorar el terreno y la casa. Respirar y oler a granja. Rellenar los armarios vacíos. Salir corriendo a la aventura. Tanto por conocer. La carretera está adornada de verdes de intensidad variable y casitas como de cuento. De vez en cuando nos sorprende una de ellas por su fuerte color azul o fucsia que parece que acabará de ser pintada en un cuadro al óleo. El paisaje es espectacular, abrumador a veces. La naturaleza se mezcla con las poblaciones de manera indisoluble. Todos los rincones merecen ser fotografiados. Todos. De repente aparece el mar bañado por la lluvia enfurecida y entramos deprisa al coche de nuevo hacia cualquier otro lugar del mapa. No hay prisa. No hay planes. No hay rutinas. Cada día es un regalo que estrujamos hasta dejar vacío. Santillana del Mar, Suances, Liérganes, Cabárceno, Liencres, Santander, Comillas, San Vicente de la Barquera. Zoo, parque natural, mar, chocolate con churros, pinturas rupestres, calles adoquinadas, ríos y puentes, ventanas plagadas de flores, belleza, libertad. Ohana. Poner cara y ojos y manos y voz por fin. Abrazos y besos. Conversaciones infinitas. Mariposas azules. Despedidas. Juegos de cartas, acostarse a las tantas. Recogidas. Maletas. Y cuatrocientos kilómetros de vuelta. Septiembre.

                                        

domingo, 18 de agosto de 2013

Pereza

Suena el despertador a las ocho. Quiero salir a caminar por la playa y me da hasta pereza buscar el móvil para apagar el desagradable sonido Marimba. Le doy al botón posponer y me doy la vuelta. Repito esto cuatro veces más y me levanto a regañadientes antes de que marío empiece a jurar en hebreo.

Bajo a la cocina y veo con desilusión que no queda café de ayer y me toca poner la cafetera. Esfuerzo sobrehumano. No me apetece. Pero la acabo poniendo cuando me doy cuenta de que estoy dormida de pie. Tirar el café usado, limpiar el filtro y rellenarlo con nuevo café se me aparecen como tareas que requieren una alta sobrecarga intelectual.

Desayuno tranquilamente en la terraza mientras leo revistas del año 2011. Es lo que tiene la crisis que ya ni al kiosko vamos. A pesar de que ya he leído los artículos varias veces, me regodeo en ellos porque no me apetece levantarme para ponerme en marcha. Reviso whatsapp, twitter, facebook...El País, El Mundo y las estadísticas de Blogger. Van siendo más de las 9 y el sol empieza a picar un poco. Sólo de pensar lo que me espera se me quitan las ganas de tener ganas.

Me armo de valor, me pongo las gafas de sol y me enchufo los auriculares. Venga, que luego te vas a sentir mejor. Un poco de automotivación.

Una hora y unos cuantos especímenes playeros después regreso a casa. 

Es el momento ideal para relajarse en la playa. Si no fuera por la pereza que me da cambiarme de ropa, recopilar todos los bártulos, preparar a las niñas, echarnos la crema solar, beber agua y todos esos menesteres pre playa tan amenos y que tanto me gustan. 

Por fin estamos frente al mar. Tengo un libro en la bolsa esperándome. Primero voy a tomar el sol un rato y si acaso ya luego. El agua está buena, me dicen. Aún así me hago la remolona. Acabaré remojándome a punto de irnos. Cojo el móvil de nuevo, reviso el correo. Todo promociones. Venga va. Voy a abrir el libro. Las niñas juegan entre risas y construyen volcanes y muros, castillos y naves. El tiempo pasa al ritmo de las olas que repiten su canción sin aburrirse.

Qué pocas ganas de volver a casa. Otra vez a recoger todo. Otra vez a quitarse la arena y la sal. 

¿Qué dices? ¿Qué hay que ir a comprar? Ay mija, qué perezón. Pues me voy así, tal cual, con estos pelos y estas pintas.

Volvemos. Me entra la gran duda entre tumbarme en el sofá o en la cama. Tal vez me siente de nuevo en la terraza. Tal vez vuelva a intentarlo con el libro o mejor, voy a revisar el móvil.

Llega la hora de poner la mesa. Comer. Otra vez.

Luego recoger y fregar. Qué sueño.

Nos vamos a echar un siesta para recuperar fuerzas. Cómo me gusta esa sensación de cerrar los ojos mientras el libro se me cae encima.

Al despertar, paseíto cerca del mar o charleta familiar o juego de cartas. Qué estrés. Qué mala vida.

Tras una cena frugal, de nuevo un paseo tranquilo. O tal vez no. 

Qué el día ha sido duro.

Mañana Dios dirá.


viernes, 16 de agosto de 2013

Todo vale en vacaciones


Si te levantas un día del fin de semana y tienes que ir al centro de la ciudad a hacer recados, lo normal es que te vistas medio decente, con ropajes que tapen tus vergüenzas, e intentes conjuntar la parte de arriba con la de abajo, te peines un poco si sigues teniendo pelo y te calces algo cómodo que te permita caminar durante un rato sin desear estrangular al inventor de los tacones. Quién, como no podía ser de otra manera, fue un hombre (Luis XIV).

Si vas en coche, procuras respetar más o menos las normas de tráfico, parándote en semáforos rojos y señales de stop. Si vas en bici o en moto, intentas llevar más cuidado porque sabes que tu integridad física está en mayor peligro que la del resto de los conductores que te rodean. Si eres peatón, prefieres ir por la acera a pasear por la carretera y cositas así.

En cambio, si ese mismo día del fin de semana estás de vacaciones en la playa, la cosa cambia. Te pondrás lo primero que pilles en el armario, muchas veces arrugado porque en verano no se plancha. No te importará el uso de transparencias porque llevarás el bikini debajo. Y ya puestos, te verás tan sexy con ese vestido ibicenco que decidirás llevarlo también con ropa interior debajo, incluso te parecerá adecuado llevarlo con esa ropa color visón. Aunque seas una respetable madre de un bebé y ya no cumplas los 40. A lo Angeline Jolie. Bueno no, que ella lleva lencería de La Perla.

Si eres hombre te parecerá normal ir enseñando tu torso desnudo lleno de pelos a la humanidad. Porque hace calor y total, todo el mundo va así. Incluso si los pelos también pueblan tu espalda.

También creerás que no lavarte el pelo es bueno porque la sal te lo deja precioso y lucirás tu melena apelmazada con sombreros borsalinos o pamelas de paja compradas en el mercadillo. Tus pies lucirán cualquier cosa que te permita bajar a la playa y no quemarte en la arena, ya sean unas hawaianas temporada 2013 o unas cangrenjeras que los 70 que tu madre guardaba en un baúl. Ahora todo lo vintage mola mucho.

Cuando salgas a la compra en coche, indistintamente irás por un carril u otro porque como eres un poco guiri crees conducir por la izquierda como en UK. Pasarás siempre que puedas de los semáforos, stop y demás señales insidiosas. Luego aparcarás sobre cualquier trozo de tierra disponible, aunque sea una acera con Vado y la Guardia Civil pase por delante de ti. 

Si eres peatón, pasearás por cualquier lugar que encuentres a tu paso, no importa que sea un arcén en sentido idéntico al de los coches que tratarán de esquivarte mientras buscan en la guantera el disco de Camela que compraron en el bar de carretera aquel. 

Si vas en bici, irás haciendo carreras con los gualtrapas de los vehículos, sin luces ni chaleco fosforito por la noche. ¿Para qué? Estás en la playa y nunca pasa nada. 

Lo mejor de las vacaciones es la libertad. 

Me encanta.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Especímenes playeros (II)

Uno de los placeres de las vacaciones es levantarse temprano, si es posible tras haber dormido ocho horas, ponerse el pantalón corto y la camiseta, calzarse las deportivas y salir a caminar por la playa mientras se escucha música.

Es mi rato. Mi momento en soledad. Mi espacio para la meditación (más bien pseudomeditación, no se me enfade ningún entendido). Cuando se me ocurren las nuevas ideas para la vida. Para el nuevo curso que empieza. Como empezar a cocinar más sano, pintar la habitación, comprar algún mueble de Ikea o empezar a ahorrar para hacer un viaje de ensueño. 

Ayer disfruté de este placer mañanero. Disfruté sí, pero no precisamente en soledad.

Como se me pegaron un poco las sábanas, pude comprobar cómo decidimos calzarnos las zapatillas unos cientos de veraneantes más. Qué barbaridad, qué muchedumbre por el paseo y el carril bici. Tal era la variedad y cantidad de personajes que encontré a mi paso, que no pude resistirme a tomar nota de ciertos detalles a fin de redactar otra crónica playera.

Así, esta es una pequeña de lista de nuevos especímenes playeros:

- El deportista nato: puede ser hombre o mujer. Corre en soledad, a un ritmo constante y lento, para aguantar más. Tiene el cuerpo muy delgado (a veces exagerado) y muy musculado, tipo Madonna, no digo más. Nunca le verás con una camiseta de Gusanitos Risi o Contrucciones Hermanos Martínez. Se nota que las zapatillas cuestan más de 100 euros. A los que andamos nos miran como diciendo: "nunca llegaréis a nada".

- El matrimonio mayor que sigue enamorado. Caminan sin prisa y sin pausa, van cogidos de la mano. Con calzado cómodo y  ropa adecuada a su edad. Nada de hacer el ridículo con pantalones por la ingle y cosas así. Dan buen rollo. Se nota que disfrutan de la vida y de su compañía mutua. Quiero ser así de mayor.

- La madre y la hija horteras. Lo siento, esto es así. No se puede pretender salir a la calle puesto de pantalón corto de chándal por la rodilla, camiseta ajustada que muestra tres filas de michelines y camisa floreada abierta por encima, calcetín a media pierna, más riñonera, y pretender que no te llamen hortera. Señoras por favor, en el Decathlon hay ropa deportiva a precios populares. Y las camisas encima de la ropa, aunque estén de moda, no son lo más trendy para salir a hacer deporte.

- El (que se cree) guaperas. Señores, salir a pecho descubierto, máxime cuando tenemos unos abdominales curtidos en el bar de abajo y falta de depilar, con un mini short como única prenda que tape nuestras vergüenzas, no es sexy. Que vale que hacer calor, pero para eso está la playa. Lo suyo  tal vez sea la natación, ¿lo han pensado?

- La madre con el perro y el carrito de bebé. Va como zombie. Por su aspecto se la ve que no ha dormido mucho y que lleva ya varias horas en la calle. El bebé por fin se ha dormido. Una ligera sonrisa asoma en su rostro al saber que su churumbel no va a llorar por unos minutos. La miro con compasión y casi me dan ganas de decirle que abra un blog.

- La estilosa. Esta es como la madre perfecta de mi post anterior o la madre cañón que decía Paula en los comentarios. Parece salida de una revista Elle. Mallas por la rodilla negras y camiseta negra de un sola manga. Gafas de sol y visera. Zapatillas molonas. Es mi modelo a seguir para la siguiente temporada. 

Este año me conformo con los pantalones cortos de mi sobrina (ya me vale) y la camiseta con algún agujero que uso para hacer pilates. Las zapatillas las tengo ya unos 7 años, de esas para ir al gym. Y mi minibolso para meter el móvil. A veces me pongo una gorra de publicidad de mi padre color rojo.

En este momento debe haber alguien escribiendo un post sobre especímenes playeros hablando de mí. Como si lo viera.


martes, 13 de agosto de 2013

Especímenes playeros (I)

Paso gran parte del invierno añorando la playa, el ruido del mar, el viento en la cara, el agua salada en la piel, andar descalza por la orilla... Sin embargo, una vez que llevo más de veinticuatro horas aquí empiezo a verlo todo con otros ojos y me asalta la duda de por qué mi mente se empeña en dulcificar el recuerdo de mis días en la costa ¿Por qué?

Llevo aquí tres días y sólo he bajado hasta el mar dos mañanas. La primera estaba aún con el subidón del inicio de los días de asueto. Miraba extasiada el horizonte, los barquitos, las nenas haciendo castillos. Todo instante me parecía ideal para una foto. La frase que más repetía era "qué gusto, esto es vida". Tan obnubilada me encontraba que mis ojos estaban ciegos y sordos a los especímenes playeros de toda casta y condición que pueblan nuestro litoral mediterráneo. Hasta hoy.

Hoy lo he recordado todo de golpe. Eso que mi alma se empeña en olvidar cada septiembre por puro afán de superviviencia. Sabe que si no lo hace, el año siguiente lo pasaremos al calorcito de Madrid y ¿quién aguanta eso pudiendo disfrutar de la calidez murciana?

Así que he pensado que voy a utilizar este rinconcito mío para dibujar los diferentes tipos y tipas con los que me encuentro, a ver si alguien es capaz de decirme si es que yo tengo muy mala suerte o realmente se trata de modelos de personas preestablecidos que van incluidos con el pack de vacaciones playeras:

- El matrimonio con hijos que sólo se hablan si tienen algo que insultarse. El niño llama a la madre gilipollas y ella ni se inmuta. Le echa arena sin parar y ella ni le mira. Luego prueba con el padre, y lo deja tras su frase en la que dice que va a defecar sobre el rey o algo parecido. A cierta hora se marchan dejando tras de sí el enorme vacío de sus vidas.

- La familia completa y extensa (padres, madres, tíos, abuelo, sobrinos, hijos) que hablan con tus hijas a escondidas (las mujeres) y como no pueden evitar su ansia de cotilleo al no ver varón cerca se permiten hacerles preguntas a mi hija mayor del tipo: ¿tú también eres adoptada? y luego lo van contando a voz en grito como si tú no estuvieras ahí: "me ha dicho que ella es de Etiopía y la otra que ella no es adoptada, que ella es de su mamá". Como lo dudo señora, como dudo que mi hija haya dicho semejante cosa. Las dos son de su mamá y ellas lo saben perfectamente. Si quiere saber algo, pregúnteme a mí que ya veré yo si le respondo. Todos los años y casi me atrevo a decir que todos los días me encuentro a alguna variante de este espécimen en la playa. ¿Será su hábitat natural? Hace un par de años una petarda nada más conocerme me preguntó que cuánto me había costado mi hija.

- La parejita despreocupada, que bajan casi sin toalla a la playa, en bikini y bañador, sin un pareo ni camisetas ni nada, como diría mi madre, a cuerpo. Sólo llevan un paquete de tabaco con un billetito de 20 euros dentro para tomar el aperitivo en el chiringuito. Y sus hormonas revolucionadas. Envidiaca.

- La boda rociera, perdón, la familia gitana moderna. No son los que gritan en el mercadillo que quien no lleva bragas es porque quiere. Son un poco más sofisticados. Hablan empleando todas las palabras y sílabas y los niños no llevan mocos colgando (sé de lo que hablo, viví junto a una calle de gitanos hasta los 15 años). Lo único es que son muchos, muchísimos, y que se pasan el rato comiendo y bebiendo sin parar y tú mientras que te has olvidado la botella de agua para las niñas. Ays.

- La madre perfecta. Lleva la manicura y pedicura recientes. El pelo cuidado, sin el color pajizo que adquieren las mechas en verano. Viste uno de esos conjuntos a juego con el trikini de marca y calza unas estilosas sandalias de plástico. Sus gafas de sol y su sombrero le dan un aire distinguido y chic. Porta una de esas cestas de paja ibicencas, ideales para las mañanas de playa. Ni un gramo de celulitis, ni un granito en la cara, talla 38. Tiene dos hijos pequeños entre tres y cinco años, rubísimos y monísimos. Que se portan fenomenal mientras ella lee un libro. Después los tres se bañan un rato y juegan sin parar de reír en el agua. Llega el papá. Alto y atlético, morenazo. Les trae unos aperitivos a base de frutas y cereales. Los cuatro juntos hacen el castillo de arena más espectacular de toda la playa. 

¿Adivinas cual de los cinco especímenes es de ficción?

A ver mañana con qué me encuentro. Vivan las playas desiertas si es que existen.






martes, 30 de julio de 2013

Venga, date prisa, bolso cruel


Un día cualquiera por la tarde en la recepción de un centro médico privado. Hay cola. Sólo una recepcionista. Algunas personas sienten que su tarro de prisa está más lleno que el de los demás. A lo mejor porque los demás no dicen UF ni fruncen el ceño. Vete a saber. La cosa es que esas personas rebosantes de prisa siempre preguntan algo así como "¿sabes si esta cola es para todo?". Al recibir una respuesta afirmativa vuelven a decir UF y susurran algo ininteligible acerca de la falta de personal, con el paro que hay, con lo que tengo que hacer... La ley de Murphy no sé si lo dice, si no lo dice creo que debería. La respuesta a esa pregunta siempre será sí, a no ser que no tengas prisa.

Me toca mi turno al fin, ya llego tarde a mi cita. Abro el bolso, saco la cartera y miro en el lugar donde SIEMPRE dejo la tarjeta sanitaria. Horror. No está. Noto diez pares de ojos haciéndome pupita con su mirada de Tony Soprano. Busco en los bolsillos que hay dentro del bolso, busco en los bolsillos que hay fuera del bolso. Nada. Por fin la chica detrás del mostrador me dice que no hay problema, que no necesita la tarjeta. Me pregunto el motivo por el cual a esa muchacha de voz dulce y mirada cándida le gusta mortificar a los pacientes. Las apariencias me chulean.

Y mientras me acomodo en la sala de espera se me ocurre escribir un post acerca de situaciones similares a la vivida aquella tarde, en las que el agobio por no encontrar algo en el bolso me ha hecho perder minutos de vida. Buscando el móvil para anotar la idea en la aplicación de Notas, encuentro la tarjeta sanitaria. A buenas horas bonita.

Esta mañana leo un tuit buenísimo de Mamá en Alemania, que me da el impulso definitivo para redactar esta entrada:


Así que allá vamos, con otra de mis listillas:

1. En el súper. Vas sola, el carro está lleno. Tienes montones de cosas que colocar en la cinta. Tienes montones de cosas que guardar después en las bolsas (si es que no te las has dejado en el coche o en casa como suele pasarme a mí). Varias personas detrás de ti esperan impacientes a que te largues. Buscas la tarjeta. Bien, la tienes. Buscas el carné (¿por qué me piden el carné si tengo que teclear el PIN?). Bien, también lo tienes. Buscas los cupones descuento. No están. Ah, espera, sí qué están. Ah no, están caducados. ¡Un momento! Sabes que los tienes en alguna parte. Sin mirar a nadie a los ojos sigues obcecada en tu bolso. Ya, ya, aquí están por fin. Buscas la tarjeta de cliente, la que te da puntos para descuentos y que es imprescindible para que te los apliquen. No está. O está delante de ti pero NO LA VES. Dimites, te rindes, pagas religiosamente la cuenta completa sin descuentos y te piras echando leches antes de que el rayo exterminador del cliente que va detrás de ti te alcance de pleno.

2. En la oficina. Llegas un lunes tras un feliz (o no tanto) fin de semana de no madrugar, de creerte una persona libre, con todo el tiempo del mundo, sin obligaciones (ese finde has pasado de limpiar) y sin horarios. De repente recuerdas que necesitas una tarjeta para acceder al edificio. Buscas y rebuscas en el bolso, mientras la recepcionista te mira, sonriendo cual Monalisa, con cara de: "no la vas a encontrar, no te canses". Finalmente maldices tu manía de comprar bolsos enormes. Maldices también tu otra manía de sacar todo el peso del bolso el fin de semana. Y acabas claudicando y pidiendo la tarjeta provisional. Y consigues pasar el torno diez minutos tarde. Otra vez.

3. En el metro o el tren. No sueles ir en metro, por lo tanto no recuerdas nunca que hay que guardar el ticket para pasarlo en los tornos de salida. Así que, despreocupadamente dejas caer al susodicho en cualquier parte de tu bolso o te lo guardas de forma inconsciente en el bolsillo del pantalón o el abrigo. Haces tu viaje más o menos feliz, leyendo un libro, wasapeando o tuiteando tranquilamente (siento utilizar estos palabros). Llegas al destino. Trombas de personas se avalanzan hacia la salida sin importarles si tú prefieres tomártelo con calma e ir despacio. En un descuido, te ves corriendo como ellos sin saber el motivo. Llegas al torno y ves con terror como la gente saca su trocito de papel con raya negra y lo introduce en la ranura. Desconsolada te tiras al suelo y empiezas a sacar todo lo que llevas en tu preciado accesorio low cost. Móvil, cartera, gafas de sol, móvil del curro, recibos (miles), papeles que no puedes perder, carné de conducir, juguetes de las niñas, amuletos, monedillas, fundas de plástico que contuvieron un día la merienda de tus hijas...El ticket ha sido abducido. Estás a punto de llorar ante la mirada rottenmeiesca del empleado de la EMT (Empresa Municipal de Transportes de Madrid). Metes la mano en el bolsillo para sacar tú unico kleenex y ahí está el condenado, escondido entre los pliegues del tissue. La madre que lo parió.

4. En la tintorería. Tienes ese cartón revenido que te dieron en el Pleistoceno, cuando fuiste por primera vez al tinte a llevar algo tuyo y no de tu madre. Esa cosa a la que le ponen sellos y que cuando llevas tropecientos te dan un lavado gratis. Creo firmemente que tengo un duende en el bolso que me va borrando sellos conforme me los colocan porque jamás me ha salido gratis una limpieza en seco. Como siempre, has colocado el cartón en un lugar inequívoco, en el bolsillo de las tarjetas y cupones, donde sabes que no lo vas a perder. Lo que no sabes es que tampoco lo vas a encontrar. La tensión de tener a la tintorera delante, a la que has interrumpido su momento plancha, más sentir la presión del resto de clientes que van tras de ti, me obliga en más de una ocasión a renunciar a mi sellito bonito. Así que, entre el duende que me borra los sellos y el que me esconde el cartón, nunca lograré ahorrarme tener que buscar sudorosa la tarjeta y el carné en estos establecimientos.

5. En la autopista de peaje. Aquí tengo suerte, porque suelo ir acompañada, y cuando miro un momento en el bolso y no vislumbro la tarjeta, tiro de cartera de Marío, donde es infinitamente más sencillo encontrar las cosas. Está chupao vamos. Si alguna vez he deseado ser hombre, es para llevar carterita en lugar de bolsaco. Bueno, también por la facilidad de disfrutar del monte y el campo sin importar la ausencia de baños, pero ese es otro tema.

La combinación de bolsazo+prisas+colas es letal amiga mía.

Sube los niveles de cortisol, esa hormona tan mala y tan terrible que asciende al contacto con el estrés. Hace que se caiga el pelo. Puede provocar ataques de pánico. Aumenta la hipermetropía (acabas por no ver lo que tienes delante de tus ojos). Incrementa la ansiedad. Y da unos dolores de espalda que para qué.

Para ser feliz quiero una carterita, un bolsito o, mejor, un pantalón de esos llenos de bolsillos o un chaleco de fotógrafo.

Qué liberación.


lunes, 29 de julio de 2013

El poder de los introvertidos

Descubrí a Susan Cain por casualidad, en una de esas recomendaciones que hace You Tube o Amazon...no recuerdo bien cómo.

Me llamó poderosamente la atención el título de su libro, QUIET: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking (El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse).

Y después me conquistó con su charla en TED sobre el mismo tema.



Tanto que compré su libro para Kindle y ahora forma parte de la pila de lecturas de mi mesilla de noche (una más, My God).

Aún me queda mucho libro por leer y quizá cuando lo termine me dé por escribir una reseña.

De momento me apetece decir aquí unas cuantas cosas que me ha enseñado:

> Ser introvertido NO es algo malo aunque tenga mala prensa.

> Ser introvertido NO significa ser tímido ni tener miedo a tratar con la gente.

> Ser introvertido NO significa NO ser extrovertido, pues nadie es 100% ninguna de las dos cosas. Por eso es más correcto decir que alguien tiene tendencia a la introversión o a la extroversión.

> Si tienes tendencia a la introversión significa que prefieres el silencio como estímulo para sacar lo mejor de ti. No significa que quieras vivir en soledad o que no te guste la gente, sólo que en momentos de silencio eres capaz de trabajar, crear, pensar, aportar mucho más que en momentos de ruido y de mucha gente alrededor. Al igual que quien tiene tendencia a la extroversión saca lo mejor de sí mismo cuando está interactuando con gente.

> La sociedad actual fomenta y premia la extroversión en una falsa creencia de que es imprescindible para ser un líder hoy día. Gandhi, Obama y Einstein, todos introvertidos, son ejemplos de lo contrario.

> La persona que tiende a la introversión suele ser una excelente "escuchadora" mientras que la persona que tiende a la extroversión suele ser una excelente "habladora". En este mundo cada día se habla más y se escucha menos. Tal vez nos iría mejor si invirtiéramos la tendencia.

Cada vez estoy más convencida de que la empatía, valor de escasa implantación en la sociedad, resulta crucial en nuestras vidas. No sólo para llevarnos bien con nuestro entorno y vivir relaciones más plenas y felices, sino, yendo más allá, para construir una sociedad mejor, más tolerante, más respetuosa con el prójimo y más generosa.

La armonía, en definitiva, depende mucho de saber escuchar, de ponerse en los zapatos y en la piel de quien tenemos al lado.

Un poco de introversión no nos viene nada mal. ¿Hacemos la prueba?

domingo, 28 de julio de 2013

La economía del ego

El otro día Marío me envió un mail. Es algo que no tendría la mayor importancia si no fuera porque él es alérgico al correo electrónico. Por eso cuando lo recibí se me hicieron los ojos chiribitas y me dispuse a leerlo con fervor.

El mail tenía una línea y un enlace. Escueto. Eso sí, me encantó el contenido que me recomendaba. Un chiste de dibujantes como él que puede aplicarse sin duda alguna a blogueros como yo. 

Me hizo mucha gracia y por eso lo comparto aquí. Está sacado de la web Tutofruti. Si alguien de la web, el autor de la tira o quien sea piensa que no debería publicar esto aquí que me lo diga inmediatamente y lo retiro. Antes de que se enfade, decirle que me ha parecido buenísimo. Y que para ver algo hay que hacer clic en la imagen y le redirigirá a la web original.

martes, 23 de julio de 2013

Qué caló en París, mon dieu



                                    

El lunes hice un descubrimiento sorprendente. Pensé que no sería posible algo así. Que hubiera una parte de París que no me gustara. Jamás creí que diría algo como esto. Al igual que me ocurrió hace cuatro años con Nueva York. Cuando casi muero deshidratada en una misa gospel en pleno mes de agosto.  Son estas dos de mis ciudades favoritas. Y como tales, las tengo un poco idealizadas. Un "poco" es un eufemismo, ya que estoy segura de que mi idea de estas dos grandes urbes dista mucho de la realidad del día a día de quienes viven allí.

Pasear por la ribera del Sena puede ser una experiencia hermosa y llena de magia y romanticismo. O ser un auténtico infierno si le añadimos 35 grados húmedos a la sombra, las tres de la tarde en el reloj  y la ausencia asombrosa de una tecnología llamada aire acondicionado. Incapaz de atravesar el Pont Neuf, incapaz de pararme a curiosear en los puestos de revistas, libros y carteles antiguos, incapaz de acercarme a Notre Dame cuando la tenía a dos pasos, incapaz de seguir andando en medio de aquel maremagnum de coches, gente sudorosa como yo, aire caliente y una maleta con ruedas que me pareció la carga más pesada de mi vida. Me imaginaba la maleta como una metáfora de esa mochila llena de cosas que nos acabamos echando a la espalda en nuestro camino por este mundo  y que a veces nos resulta tan asfixiante. A punto estuve de abandonarla y seguir a paso ligero y libre. 

Anduve así unos veinte minutos que parecieron como veinte horas, ansiando beber un litro de coca cola de golpe con mucho hielo y conectarme a una wifi. Es lo que tiene ser adicta. No podía soportar estar allí y no poder comunicarme con Marío, con P., con C. y con mis queridas ohana. Ni contestar otros muchos mensajes recibidos llenos de energía y buena vibra (¿lo he dicho bien Pao?) por miedo a que Movistar prejubile a alguien con mi gasto en la tarifa de datos desde el extranjero.

 
                                   

Así que me senté en una de esas lindas terrazas llenas de guiris, como yo misma era ayer, que ofrecen wifi "gratis" a cambio de un refresco a precio de caviar iraní. Pero la wifi no quiso arrancar y me pasé media hora mirando ese símbolo de la rueda que se mueve en mi iPhone buscando la conexión, sin poder disfrutar de la vista ni del momento, porque además, notaba como las gotas de sudor me resbalaban por la espalda y el cansancio hacía mella en mi cuerpo de casi cuarenta. Para colmo, mis pobres pies estaban llenos de heriditas provocadas por unos tacones de diez centímetros que usé unas horas antes para la misión que tuve que cumplir por la mañana. De esto ya hablaré en otro momento.

Cuando recuperé el aliento decidí visitar el Centro Pompidou, que estaba cerca. Sin embargo, mis neuronas no estaban para muchos trotes y dada mi absurda manía de no preguntar a la gente porque odio parecer de guirilandia, me fui con mi mapa en mano (lo que demostraba a los cuatro vientos mi origen no nativo) a dar vueltas en círculo con mi maleta, mi cansancio y mi vestido pegado al cuerpo (no por ser ceñido, que conste). Cuando el sentido común vino a mí de nuevo, pregunté a un guardia de seguridad de Les Halles cómo salir de aquel laberinto en el que se había convertido mi soñado paseo parisino y me indicó que el Pompidou estaba delante de mis narices. Delante pero lejos, a unos 500 metros, que a mí y a mis pies nos parecieron cinco kilómetros. Cuando alcancé mi objetivo, y tras enseñar al señor de la puerta las bragas (no las puestas, ¿eh?) y todo lo demás que había en la maleta que me obligó a abrir por motivos de seguridad, sentí tanto placer al notar en la piel el aire acondicionado de París, que me senté a disfrutarlo un rato en el suelo, momento en el cual miré la hora y comprobé estupefacta que, o me iba en diez minutos a coger el tren al aeropuerto, o me quedaba en tierra.

Tiempo justo para visitar la librería del museo, comprar dos chorradas y salir escopetada hacia el RAR, que es el cercanías-metro de allí que me iba a llevar al Charles De Gaulle. 

El tren tardó media hora en llegar, tiempo de sobra para que mi mente calenturienta imaginara catástrofes sin fin. Una de ellas era ser aplastada por catervas de humanos que iban llegando al andén  con pocas ganas de dejar pasar delante a una pobre española con maleta a punto de perder un avión. Otra era llegar tarde al aeropuerto y tener que quedarme una noche en la terminal, acabando como Tom Hanks en aquella película de idéntico nombre. La peor de las pesadillas era tener que volver al hotel donde pasé la noche anterior, en el que por la mañana asistí a una verdadera batalla campal por el desayuno. Aquello no eran huéspedes, eran aves de rapiña disfrazadas. Mi reino por un pedazo pan, imploré al resignado camarero, y al final lo conseguí, aunque a punto estuve de llegar tarde a mi reunión por la cola en la máquina de café y la mala educación de quienes me ignoraron y se colaron sin piedad. Noooooooo. Me quedaba con la segunda opción. Al fin y al cabo el aeropuerto es bastante chulo y tienen cruasanes. Perdón, croissants.

Al final, cual japonés en Tokio en plena hora punta, logré un mini espacio en el tren que llegó justo en el momento límite. Una amable francesa me cedió su sitio al verme la cara de desesperación (¿o fue que me creyó vieja?). Menos mal, porque estaba peligrosamente pegada a un señor con tirantes y barrigota, quien sospechosamente se me iba acercando cada vez más. Y yo iba poniendo una postura cada poco más extraña y retorcida para evitar el contacto. Cuando me senté, en uno de esos asientos que van enfrentados a otros, la maleta apenas me dejaba sitio para las piernas, con lo que tuve que ir casi media hora haciendo de contorsionista y rompiéndome las caderas, notando de nuevo el sudor que me impedía cruzar mis extremidades con decoro.

Afortunadamente todo acabó en final feliz y pude embarcar sin problemas en mi vuelo de vuelta. Hasta disfruté de 15 valiosos minutos de wifi gratis. El paraíso para una communicator adicta.

Definitivamente, adoro París y Nueva York, siempre que sea otoño o primavera. Incluso aguanto la lluvia. Hasta la nieve. Pero la caló de ayer no, por favor. Fue superior a mis fuerzas. Acabé para el arrastre, hecha una piltrafa llegué a Barajas. Sedienta de agua y de internet pero, literalmente, con las pilas gastadas. Eso sí, la MISIÓN de la mañana salió cuasi redonda. El desenlace en próximas entregas. 

París bien vale un poco de Daikin. 


lunes, 8 de julio de 2013

Madrid, mi otra tierra




Cuando llegué a la capital del reino no tenía ni los dieciocho años cumplidos. Aterricé con la maleta a tope de ropa y de ilusiones más una máquina de escribir bajo el brazo. Máquina de las de toda la vida, no de las eléctricas, hoy en día una reliquia. También vine cargada de miedo y de tristeza por todo lo que dejaba lejos. Mi casa, mi familia, mis amigos, mi tierra y mi novio de aquel entonces.


Llegué de la mano de mis padres y en unas pocas horas me encontré sola y vacía en una habitación con vistas a la Plaza de España. Aquel lugar, un espacio con suelos que crujían, tres camas con sus armarios y baño en la puerta contigua, iba a ser mi hogar a partir de ese momento. Una residencia de estudiantes en pleno centro de Madrid.

Mis compañeras de cuarto no habían llegado todavía. Así que, cuando mis padres se marcharon de vuelta a casa, me sentí tremendamente sola y asustada. Escuchaba de fondo cómo iban llegando las veteranas a la residencia. Se decían todo el rato “¿Qué tal?” y nadie respondía a la pregunta. Me chocó mucho este dato. En mi pueblo, donde se pregunta “¿Cómo estás?”, estábamos acostumbrados a contestar. Más tarde descubrí que era una pregunta retórica.

Me metí el miedo en el bolso y bajé a la calle a comprar algo de cenar. Entré en el primer sitio que encontré, una pizzería muy conocida de la zona que hoy día ya no existe. Pedí la comida para llevar. La pizza, hecha en horno de leña y con una pinta estupenda, fue la peor pizza que probé jamás. Porque lloraba entre trozo y trozo y el nudo del estómago no me dejaba disfrutarla en paz.

En ese momento deseé con todas mis fuerzas coger el primer autobús o tren con destino Murcia y olvidarme de mi sueño de ser periodista. Aquella noche no tenía ni idea de que iba a vivir aquí durante veintidós largos años. No imaginaba que esta ciudad iba a ser mi casa y mi tierra también, el lugar donde conocería a mis mejores amigos, formaría mi propia familia y viviría tantos y tantos momentos de felicidad. En ese instante sólo quería volver a casa.

(Continuará)

lunes, 17 de junio de 2013

Cosas sorprendentes que vivimos en el médico


Por dolencias de diversa índole he ido al médico muchas más veces de las que hubiera deseado. Al convertirme en madre, además de ir como paciente, empecé a ir en calidad de madre de las critaturas.

De todas las horas transcurridas en centros de salud, hospitales y consultas de todo tipo, he acumulado experiencias sin fin. Aquí un extracto de las más absurdas y sorprendentes:

> Desde los quince años sufro de alergia a las gramíneas y olivo. Me he vacunado durante muchos años sin éxito. Todo lo contrario, cada vez la alergia iba a más. Hasta el punto de que temí ser engullida por ella un día cualquiera.

Los alérgologos me enviaban a los otorrinos y viceversa, en un partido de tenis sin fin. Uno de los otorrinos, tras una "minuciosa" exploración, concluyó que yo no sabía respirar y ese era todo mi problema. Su tono era el del profesor enfadado porque un alumno no entrega sus deberes reiteradamente. Temí que me pusiera de pie delante de la pizarra castigada.

¿Qué no sabía respirar? ¡Si no podía! Para mí respirar fue un infierno durante años hasta que voilà, encontré el Santo Grial. Un médico que me hizo la prueba definitiva, que encontró la causa del problema. Esos quistes en la nariz que ya son historia desde hace unos meses. Gracias a Dios.

> Desde que di a luz mi cuerpo empezó a renquear como los coches cuando tienen ya unos años. Dolores por todo el cuerpo y cansancio extremo. Un día me dio un flus, como si mi cuerpo dijera, hasta aquí hemos llegado, y los dolores, localizados especialmente en la zona de la cadera izquierda, adquirieron forma de monstruos galopantes que me dejaron postrada en la cama cinco largos meses.

Aquello fue una verbena de médicos, una feria, una expo universal de la medicina. De oca a oca y tiro porque me toca me vieron traumatólogos, urólogos, ginecólogos, especialistas del aparato digestivo y de medicina interna, neurólogos y neurocirujanos. Y me sometieron a un carnaval de pruebas interminable cual capítulo de Doctor House. Incluso hubo un listillo (traumatólogo) que me dijo que lo mío se solucionaba limpiándome la sangre. Y yo, jartita de todo ya, sucumbí cual inocente presa ante curandero por el módico precio de 500 euros. Sólo sirvió para limpiarme el bolsillo.

¿Diagnóstico? Dolor inespecífico. O sease, no tengo nada. Buena noticia el no tener nada mortal. Mala el no saber qué está pasando Porque si te duele, es po algo ¿no? Y no me digas, por tu madre, que es el estrés.

¿Tratamiento? Por mi cuenta acudí a un osteópata (y resultó que era de los buenos), empecé a hacer pilates y dejé de leer foros apocalípticos sobre enfermedades variopintas. Mano de santo. El dolor se mitigó y volví a hacer vida cuasi normal. Eso sí, el puñetero dolor jamás se ha ido, forma parte de mi y de mi lado izquierdo, nos hemos hecho amigos y vamos incluso juntos de vacaciones. Cuando le da por decir, aquí estoy yo, me enchufo un pastillazo y andando. No va a poder conmigo, si no pudo la alergia, esto tampoco.

> La niña tiene fiebrón y le duele la garganta. La aparición de placas es inminente pues le pasa siempre, la garganta es su punto débil. La doctora le examina y te dice: "que beba mucha agua". A eso le llamo yo recortar a tope y ser socialmente responsable. En un caso similar ocurrido cerca de mí, al decir la madre que el niño hacía la comunión unos días más tarde, la doctora se armó de valor, se tapó los ojos con la mano y extendió la receta del mardito antibiótico.

> A la niña le hacen una prueba para un dolor de oídos y aparece una "cosa" que ni que sí ni que no, que no está nada claro y que necesita de una prueba muy agresiva para su aclaración. Nos derivan al especialista de turno. Una vez en su consulta y tras contarle con pelos y señales toda la historia, pregunta "¿qué hacemos? usted decide si quiere que hagamos o no la prueba".

Vamos a ver, alma de cántaro, que yo venía aquí a que usted me dijera lo que hacemos, que para eso se le supone una carrera de seis años más un MIR más no sé cuantas cosas más. Y para eso le pago. Para este viaje miro el internet, ese bicho infame cuyo nombre os da urticaria a todos los médicos. Después de cuatro especialistas, encontré afortunadamente a uno que sabía mucho y que nos explicó todo de forma clara y sin arrogancias. Y lo mejor es que no hay que hacer la dichosa prueba.

> Visita al endocrino ante el desmesurado crecimiento de la pequeña de la casa. Ha roto todos los percentiles, se le han caido los dientes a los cuatro años, todo el mundo te dice, "es gigante". Pues porsiaca, vamos al médico. Fue una visita perturbadora porque la verborrea de aquel señor superaba todas mis expectativas. Su capacidad de decir palabras por minuto era de record guiness. Todo en el mismo tono y con esa actitud tan familiar para mí de "no tiene usted ni idea, déjeme a mí que le cuente, pobre mortal".

Después de tenerme diez minutos (sin pararse a respirar) diciendo cosas como que las africanas son así de grandes, no te asustes si le viene la regla a los ocho años, es lo normal, etcétera, me dio volantes para hacer pruebas porque: "me puedo equivocar y tendría que tragarme mis palabras".

Majo, como te las tengas que tragar lo mismo te da un ardor de estómago que ni el cochinillo oiga.




viernes, 14 de junio de 2013

Cosas que decía mi madre (II)


Tras el poco éxito de mi post anterior sobre las cosas que decía mi madre (las estadísticas no engañan) llega la segunda entrega.

¿Y por qué leñes publico un post a sabiendas de que no es del agrado de muchas de las personas amables que tienen a bien leerme?

Porque escribo lo que me apetece

Porque hoy es viernes y no me toca "profundismo"

Porque soy así de chula.

Y un pelín cabezota y "por donde meto la cabeza la tengo que sacar".

Hoy me apetecía reirme un poco. Porque las recuerdo ahora y me parto, aunque en su día no me hacían mucha gracia.

Así que, allá van:


> ¿Crees que el dinero me lo regalan?. Esta es similar a la de la foto de arriba. Aviso que si a alguien le molesta que le haya usado que me lo diga. No he conseguido encontrar la fuente original, sólo la he visto en Pinterest.

> Tienes más cuento que Calleja. Yo imaginaba que Calleja era un señor muy mentiroso hasta que me enteré que era una editorial de cuentos.



> Anda y tócate la floreta. La floreta es un eufemismo para denominar las partes bajas, íntimas o nobles de una mujer.

> Me tienes hasta la coronilla. Hasta el gorro, las narices, los co... perdón, casi me sale un taco.

> Vales más que las pesetas colorás. Mi favorita.

> ¡Dejad de pelearos como chinches! Mis hermanos y yo la oíamos a todas horas.

> Pero que (xxx) ni que niño muerto. Esta es sinónima de "Pero que (xxx) no ocho cuartos".

> No se te ocurra nunca depilarte delante de tu marido. Sigo intentando hacerlo, pero más de una vez me ha pillado con las manos en la masa.

> No hay ningún marrano que no sea asqueroso. Aclaro que asqueroso es aquí sinónimo de escrupuloso.

> Te voy a volver la cara del revés. Esta amenaza nunca se llevó a cabo, ella era más de lanzamiento de zapatilla.

> Anda, ve a la tienda de Bartolo y compra unos helaicos. Mi segunda favorita. Bartolo era un chaval, aunque a mí me parecía un señor mayor, que tenía una tienda de esas en las que había de todo un poco. Qué recuerdos.

> Tú no te lo comas ahora, que te lo comes para cenar. Al final mi padre me salvaba siempre de estas encrucijadas como si de un superhéroe se tratara.

> Ya veremos. Respuesta típica a preguntas que empezaban con ¿Me dejas ir/hacer...?

> ¿Pero dónde vas a cuerpo gentil? vas a coger una pulmonía. Es decir, sin chaqueta, abrigo o similar.

> Ningún gibo se ve su giba. Que debe ser algo así como que nadie se ve sus defectos propios.


Y de regalo, dos frases de los abuelos de Marío, que no tienen desperdicio:

> Los niños hablan cuando hacen pis las gallinas.

> Tienes más orgullo que Don Rodrigo en la horca.



lunes, 10 de junio de 2013

Oporto en 28 palabras

  

Arte: el Museo Serralves de Arte Contemporáneo nos descubrió a dos artistas como Alberto Carneiro y Jorge Martins de los que dejo pendiente escribir un post en exclusiva.


B&B Porto Centro: excelente hotel en pleno centro de Oporto, junto a la calle comercial Santa Catarina (de la que sólo salvaría una tienda, el archifamoso café Majestic y la Capilla de las Almas). Habitación de lujo por 46 € la noche. Absolutamente recomendable.


Cais da Ribeira: está en la desembocadura del Duero y se trata de la parte más recomendada y visitada de todo Oporto. El paseo por el caso antiguo hasta llegar a la ría fue para mí lo más bonito. Eso y cruzar al otro lado para beber vino de Oporto en una terraza molona que más adelante reseñaré. Comer en esta zona, antes de cruzar el puente, es hacerlo donde están todos los guiris como tú. Además es caro, sin embargo, la vista y el olor a mar merecen la pena.





Escaparates: me sorprendieron varios escaparates en nuestra pateada por la ciudad. Éstos son algunos ejemplos.


Francesinhas: es un sandwich especial típico de Oporto. Tiene dos pisos y va rellena de diversos tipos de embutidos y carne. Se recubre con queso y se acompaña de una salsa de cerveza y tomate. La verdad es que no nos llamaba nada la atención, sin embargo, en el restaurante donde la pedimos nos la presentaron muy bien y en formato mini. Y estaba buenísima.


Gargantilla: nos encontramos con un mercadillo de artesanía por una callejuela cercana a la librería Lello. Vi una gargantilla que me encantó, con letras impresas, y pasé de largo porque no quería gastar en caprichos. Mi amiga me dijo las palabras mágicas, "no te quedes con las ganas" y volví a por ella. La artesana, María Branco tiene cosas chulísimas y según me dijo, acepta encargos de fuera de Portugal. Allí compré además dos colgantes muy cuquis para mis niñas y todo muy bien de precio.


BolHao: es el nombre de un mercado que sale en todas las guías y que no pudimos visitar por falta de tiempo. Sólo pudimos verlo por fuera. Nuestra estación de metro más cercana estaba allí también.


Iglesias: en la plaza donde estaba nuestro hotel se levanta la conocida iglesia de San Ildefonso, en la foto. Me llamaron mucha la atención los azulejos de la fachada, también presentes en la Capilla de las Almas. Los azulejos y la ropa tendida decoran las casas típicas de Oporto y dan lugar a verdaderos espectáculos de color.


AguJetas: las que tengo hoy después de dos días sin parar de caminar con unas botas no adecuadas para grandes caminatas.



EureKa shoes: me atrevería a decir que es la mejor zapatería de Oporto con diferencia. Hubiéramos comprado todos los zapatos. Me enamoré de unas sandalias que espero poder conseguir por la web. Ays, qué bonicas. Me acabo de enterar de que no hacen envíos fuera de España, snif.

 





Lello: la librería más famosa de Oporto y una de las tres librerías más bonitas del mundo. En ella se han rodado escenas de la saga de Harry Potter. Lo más espectacular es la escalera interior en madera a la que no dejan hacer fotos. Demasiada gente. No apetece curiosear porque falta un poco de tranquilidad.


Majestic: la cafetería de visita obligada en la ciudad, inaugurada en 1921 con el nombre de Elite. Lugar de encuentro de artistas, escritores, políticos e intelectuales. Marcó un hito en la historia al ser el primer café de la ciudad en permitir la entrada a las mujeres. Rico café y delicioso pastel de nata del que habló en la letra P.

Noche: se supone que hay tres calles que concentran la actividad fiestera y, según nos dijeron, también concentran los botellones. Puede que eso mismo nos echara para atrás. Eso y las cuestas y escaleras mil que tuvimos que atravesar durante el día. El caso es que no conocimos la noche. Cansancio infinito.


MuÑecos: nada más salir del hotel, una tienda de la calle de Santa Catarina llamó nuestra atención. Ropa y complementos chulísmos y muy caros. Qué pena no ser rica. Como decoración tenían la instalación de la foto. Un teatro para muñecos de lo más variopinto.





¡Oh, qué bonito todo!: miraras donde miraras era fácil descubrir algo bonito y digno de ser fotografiado. Eso sí, hay muchísimos edificios en ruinas, a punto de derrumbarse o muy mal cuidados, pidiendo a gritos un restauración urgente, como se ve en la foto justo encima de este texto.

También destacaría los olores. Oporto huele a mar y a ricas viandas, a verde y a lluvia, a tierra mojada, a vino y a historia.


Pastel de nata: riquísimo dulce típico que no lleva nata a pesar del nombre. Hojaldre y crema pastelera deliciosa. Mejor con canela. En el Majestic están de muerte.


Quilos: 10 es el peso tope que permite Ryanair por maleta de mano. Esto nos obligó a llevar poco equipaje y nos hizo pasar mal rato a la vuelta en la cola del embarque. Un kilo es lo que he ganado en estos dos días. Hoy, ensalada.

Ryanair: compañía de vuelos low cost que al parecer ostenta el record de puntualidad. Lástima que nosotras no pudiéramos dar fe de este hecho porque nuestro vuelo de ida se retrasó 5 horas y 40 minutos. Como pensamiento positivo nos repetíamos que, gracias a ese retraso, estábamos vivas, pues el aparato que tenía que llevarnos tenía un fallo técnico. Si nadie se hubiera dado cuenta, lo mismo no estaba yo aquí para contarlo.



Serralves: es el nombre del Museo de Arte Contemporáneo del que hablé antes. El contenido nos gustó y el continente es espectacular. El edificio fue diseñado por Álvaro Siza, uno de mis arquitectos favoritos. Además, el museo se encuentra rodeado de un precioso jardín romántico muy recomendable. Se respira paz en ese lugar.


Tranquilidad: ciudad muy calmada, apenas hay gente por las calles. No sé si se debía al mal tiempo, aunque lo dudo porque es una ciudad acostumbrada a la lluvia y a las nubes.

Urbanidad: los portugueses son muy amables, nos trataron muy bien en todas partes y siempre con una sonrisa en la boca, tanto los que viven del turismo como la gente de a pie, incluso, los conductores de autobús.


Vintage: por dos motivos. Por lo decadente de la ciudad, por esos edificios viejos y llenos de encanto que aparecen por doquier. Y por el vino de Oporto variedad Vintage que compramos en el aeropuerto y que bebimos que la espectacular terraza del Espaço Porto Cruz, un edificio muy chic acondicionado "para conmemorar la cultura del vino de Oporto”. Cuatro plantas que incluyen restaurante, sala de exposiciones, sala de catas y lo mejor, la terraza con vistas increíbles. 

SandWiches: tuvimos que conformarnos con este menú para la noche del viernes porque, como ya he contado, nos tocó pasarla en Barajas, terminal 1, la más fea de todas.

Foto extraída de www.guiadacidade.pt

X: en día y medio no da tiempo a mucho, así que mucho de lo que hay en Oporto seguirá siendo una incógnita. Como nos dijo un chico de la oficina de turismo: “lo mejor de Oporto no está en Oporto”. Las playas por ejemplo.


SeYrig (Theòphile): autor del puente de Luis I y discípulo de Gustave Eiffel. Tiene dos pasarelas, la inferior y la superior. Ni por un millón de euros una servidora atravesaría la superior. El vértigo es muy malo. Casi me muero atravesando la inferior. Esto es literal pues un autobús me pasó rozando.

Zzzzzzz: dormimos pocas horas por aquello de que queríamos aprovechar el viaje, lo cual se tradujo en bostezos varios y gran cansancio. El domingo estaba a las diez en la cama. Y me hubiera metido a las siete de buena gana.