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sábado, 3 de agosto de 2013

Sábado de sensaciones (V): París-Madrid


Gentes: Cafe Au Bord du Seine. París. Calor. Mucho.


Instantes: Al doblar un esquina de París puedes encontrarte regalos como éste.


Urbana: vista desde la terraza del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Recomendable 100%. 

Un buen lugar para desvirtualizar, ¿verdad Nieves? ;-)

¡Feliz fin de semana!






martes, 23 de julio de 2013

Qué caló en París, mon dieu



                                    

El lunes hice un descubrimiento sorprendente. Pensé que no sería posible algo así. Que hubiera una parte de París que no me gustara. Jamás creí que diría algo como esto. Al igual que me ocurrió hace cuatro años con Nueva York. Cuando casi muero deshidratada en una misa gospel en pleno mes de agosto.  Son estas dos de mis ciudades favoritas. Y como tales, las tengo un poco idealizadas. Un "poco" es un eufemismo, ya que estoy segura de que mi idea de estas dos grandes urbes dista mucho de la realidad del día a día de quienes viven allí.

Pasear por la ribera del Sena puede ser una experiencia hermosa y llena de magia y romanticismo. O ser un auténtico infierno si le añadimos 35 grados húmedos a la sombra, las tres de la tarde en el reloj  y la ausencia asombrosa de una tecnología llamada aire acondicionado. Incapaz de atravesar el Pont Neuf, incapaz de pararme a curiosear en los puestos de revistas, libros y carteles antiguos, incapaz de acercarme a Notre Dame cuando la tenía a dos pasos, incapaz de seguir andando en medio de aquel maremagnum de coches, gente sudorosa como yo, aire caliente y una maleta con ruedas que me pareció la carga más pesada de mi vida. Me imaginaba la maleta como una metáfora de esa mochila llena de cosas que nos acabamos echando a la espalda en nuestro camino por este mundo  y que a veces nos resulta tan asfixiante. A punto estuve de abandonarla y seguir a paso ligero y libre. 

Anduve así unos veinte minutos que parecieron como veinte horas, ansiando beber un litro de coca cola de golpe con mucho hielo y conectarme a una wifi. Es lo que tiene ser adicta. No podía soportar estar allí y no poder comunicarme con Marío, con P., con C. y con mis queridas ohana. Ni contestar otros muchos mensajes recibidos llenos de energía y buena vibra (¿lo he dicho bien Pao?) por miedo a que Movistar prejubile a alguien con mi gasto en la tarifa de datos desde el extranjero.

 
                                   

Así que me senté en una de esas lindas terrazas llenas de guiris, como yo misma era ayer, que ofrecen wifi "gratis" a cambio de un refresco a precio de caviar iraní. Pero la wifi no quiso arrancar y me pasé media hora mirando ese símbolo de la rueda que se mueve en mi iPhone buscando la conexión, sin poder disfrutar de la vista ni del momento, porque además, notaba como las gotas de sudor me resbalaban por la espalda y el cansancio hacía mella en mi cuerpo de casi cuarenta. Para colmo, mis pobres pies estaban llenos de heriditas provocadas por unos tacones de diez centímetros que usé unas horas antes para la misión que tuve que cumplir por la mañana. De esto ya hablaré en otro momento.

Cuando recuperé el aliento decidí visitar el Centro Pompidou, que estaba cerca. Sin embargo, mis neuronas no estaban para muchos trotes y dada mi absurda manía de no preguntar a la gente porque odio parecer de guirilandia, me fui con mi mapa en mano (lo que demostraba a los cuatro vientos mi origen no nativo) a dar vueltas en círculo con mi maleta, mi cansancio y mi vestido pegado al cuerpo (no por ser ceñido, que conste). Cuando el sentido común vino a mí de nuevo, pregunté a un guardia de seguridad de Les Halles cómo salir de aquel laberinto en el que se había convertido mi soñado paseo parisino y me indicó que el Pompidou estaba delante de mis narices. Delante pero lejos, a unos 500 metros, que a mí y a mis pies nos parecieron cinco kilómetros. Cuando alcancé mi objetivo, y tras enseñar al señor de la puerta las bragas (no las puestas, ¿eh?) y todo lo demás que había en la maleta que me obligó a abrir por motivos de seguridad, sentí tanto placer al notar en la piel el aire acondicionado de París, que me senté a disfrutarlo un rato en el suelo, momento en el cual miré la hora y comprobé estupefacta que, o me iba en diez minutos a coger el tren al aeropuerto, o me quedaba en tierra.

Tiempo justo para visitar la librería del museo, comprar dos chorradas y salir escopetada hacia el RAR, que es el cercanías-metro de allí que me iba a llevar al Charles De Gaulle. 

El tren tardó media hora en llegar, tiempo de sobra para que mi mente calenturienta imaginara catástrofes sin fin. Una de ellas era ser aplastada por catervas de humanos que iban llegando al andén  con pocas ganas de dejar pasar delante a una pobre española con maleta a punto de perder un avión. Otra era llegar tarde al aeropuerto y tener que quedarme una noche en la terminal, acabando como Tom Hanks en aquella película de idéntico nombre. La peor de las pesadillas era tener que volver al hotel donde pasé la noche anterior, en el que por la mañana asistí a una verdadera batalla campal por el desayuno. Aquello no eran huéspedes, eran aves de rapiña disfrazadas. Mi reino por un pedazo pan, imploré al resignado camarero, y al final lo conseguí, aunque a punto estuve de llegar tarde a mi reunión por la cola en la máquina de café y la mala educación de quienes me ignoraron y se colaron sin piedad. Noooooooo. Me quedaba con la segunda opción. Al fin y al cabo el aeropuerto es bastante chulo y tienen cruasanes. Perdón, croissants.

Al final, cual japonés en Tokio en plena hora punta, logré un mini espacio en el tren que llegó justo en el momento límite. Una amable francesa me cedió su sitio al verme la cara de desesperación (¿o fue que me creyó vieja?). Menos mal, porque estaba peligrosamente pegada a un señor con tirantes y barrigota, quien sospechosamente se me iba acercando cada vez más. Y yo iba poniendo una postura cada poco más extraña y retorcida para evitar el contacto. Cuando me senté, en uno de esos asientos que van enfrentados a otros, la maleta apenas me dejaba sitio para las piernas, con lo que tuve que ir casi media hora haciendo de contorsionista y rompiéndome las caderas, notando de nuevo el sudor que me impedía cruzar mis extremidades con decoro.

Afortunadamente todo acabó en final feliz y pude embarcar sin problemas en mi vuelo de vuelta. Hasta disfruté de 15 valiosos minutos de wifi gratis. El paraíso para una communicator adicta.

Definitivamente, adoro París y Nueva York, siempre que sea otoño o primavera. Incluso aguanto la lluvia. Hasta la nieve. Pero la caló de ayer no, por favor. Fue superior a mis fuerzas. Acabé para el arrastre, hecha una piltrafa llegué a Barajas. Sedienta de agua y de internet pero, literalmente, con las pilas gastadas. Eso sí, la MISIÓN de la mañana salió cuasi redonda. El desenlace en próximas entregas. 

París bien vale un poco de Daikin.