domingo, 1 de noviembre de 2015

El tiempo pasa y ellas crecen


Entiendo que existan personas en este mundo a las que cambiar de móvil les hace ilusión. A mí nada. Me compre uno nuevo hace dos semanas y sigue en su caja. ¿Y por qué sigue ahí? Porque guardar todo lo que tienes en un "aifon" para pasarlo al ordenador y no perder nada de lo que atesoras dentro de ese cacharro es una misión de alto riesgo.

Cuando hace un par de años las 8 gigas de música que guardaba en mi "aipod" se volatilizaron al hacer clic en sincronizar, que es algo así como el botón rojo de la guerra fría, estuve al borde del colapso nervioso. Por eso ahora me ando con mucho ojo antes de sacar mi tarjeta sim del viejo móvil y ponerla en el nuevo.

Y como "aifon" es un teléfono tan bonito y práctico, mi forma para sacar vídeos antiguos que provienen de anteriores teléfonos y que no tengo ni idea de cómo sacar de ahí, es enviando estos vídeos uno a uno por email.

Por este motivo llevo un rato con la lagrimilla aflorando en el ojo, de ver tanta imagen de mis hijas de bebé o de pequeñinas. Ahora me da una pena terrible no haber grabado momentos de L. en vídeo antes de tener cámara en el móvil...aunque por otro lado, ver estos vídeos me produce una nostalgia infinita, un estado emocional nada aconsejable a mi edad (crisis de los 40 y pico acechando).

Así he visto a mi pre adolescente de doce años cuando cumplía tres y soplaba su vela de número en casa de los abuelos. Cuando iba con el padrino a los columpios y no paraba de subir y bajar del tobogán. Cuando contaba sus parrafadas interminables a los cinco, que te quedabas pensando, en tu mundo interior, que de dónde había sacado esta niña toda esa palabrería. Cuando hacía sus exhibiciones de kárate en el cole, o de baile, con esa ilusión y entusiasmo que siempre le puso a todo. El algún momento aparece también su gesto de enfurruñamiento grado 7 sobre 10, afortunamente ya controlado a estas alturas. Hasta que llegue a la adolescencia nos queda aún un margen. Disfrutemos. 

Y luego están los de la peque cuando era muy bebé. Cuando nos encontramos con ella en Addis Abeba. Cuando dijo papá por primera vez. Su risa a carcajada limpia con 7 meses, que ha seguido formando parte de ella todo este tiempo. Y que dure. No hay nada como mirarla sonreír para que se te quiten las tonterías de adulto de la cabeza. Esos cabreos que nos vienen encima por estupideces como el tráfico, el email incendiario de turno o la cola en la caja del super.

La veo también en pleno descubrimiento de los regalos de Navidad, cuando la ilusión por romper papeles de colores es lo más, o haciendo un teatrillo de marionetas con su hermana en el que buscan un tesoro por cielo y mar. Otras veces sale cantando en guachi guachi un hit internacional. En todos los videos destaca por ser un alma en constante movimiento. Tiene una energía interior enorme que le sale por los cuatro costados en forma de manos que tocan todo, pies que suben y bajan, cuerpo que necesita abrazos y carcajadas que te recolocan el humor.

Trozos de nuestra vida. Momentos que son pequeños tesoros de la historia que construímos juntos cada día. Instantes fugaces que no son más que una infinitesima parte de todo lo que nos pasa. Porque nos pasan muchas cosas, incluso muchas más de las que puedo postear en facebook y esas redes de por ahí.

Me encanta mirar atrás y recorrer con la mente los días mejores. Y mirar hacia delante pensando todo lo que nos queda por delante. Lo mejor de todo, sin embargo, es mirar hacia los lados y tenerlas a las dos junto a mí, acurrucadas en el sofá, viendo una peli en familia, como hace unos minutos. 

Y pensar que estoy en el mejor sitio del mundo con la mejor de las compañías.

3 comentarios:

  1. Muy bonito, no nos damos cuenta de ese paso del tiempo, que pasa tan rápido... Muy bonitos momentos para recordar, y y revivir.

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