Me gustas cuando estás en la cola de la caja de una tienda Inditex en hora punta o frente al mostrador de atención al cliente de un hipermercado francés, también cuando esperas tu turno en la consulta del médico o desesperas para pagar la gasolina a primeros de mes. Me encanta cuando estás en el coche, escuchando tu música favorita y, de repente, sin venir a cuento, te pones a soltar tacos a diestro y siniestro. Lo mejor de todo, tu momento estelar, es aquel en el que entre las 21 y 22 horas de lunes a viernes tus hijas empiezan la rutina de lavarse los dientes para ir a la cama y por menos de nada comienzan una de esas discusiones absurdas por ocupar un centímetro más en el espejo del baño. Si, además, ese día ha sido malo o no has dormido bien la noche anterior... La transformación de tu rostro y tu tono de voz adquieren connotaciones dignas de Oscar de Hollywood. Qué de bellas arruguitas en tu cara, qué fuerza en la palabra. Pasas de ser pequeñita a grandiosa. De la poca a cosa a la enormidad.
Y ahora vienes con que quieres cambiar, mejorar, aprender de todas esas personas que dices que admiras. ¿Por tener éxito? ¿Por tener suerte? ¿Por ser guapos, ricos, cuasi perfectos? ¿Por ser inteligentes, cultos? Nooooooooo.
Por tener paciencia.
Te gustaría ser como ellos única y exclusivamente por su paciencia. Qué poco ambiciosa eres, chica. ¿A ti no te han enseñado a ser alta de miras? ¿Aspirar a algo más en la vida que ser mejor persona o buena gente?
Ya veo que no.
Una cosa te voy a decir querida. Lo tienes difícil. Yo llegué a ti por vía genética. Y no soy una nariz aguileña o unas orejas de soplillo que cualquier cirujano podría operar sin problemas.
He venido aquí para quedarme y estoy dispuesta a luchar por ello con todas mis armas.
Para empezar, te recuerdo que tienes pendiente una llamadita a Telefónica y otra a Endesa. Soy mala, lo sé.
¿Y lo bien que me lo paso?

