Estimadas Majestades de Oriente,
Estoy a punto de tener una conversación con mi hija mayor que no quiero tener. En breve le desvelaré la dramática realidad sobre su existencia, la de ustedes, y no duermo de pensarlo.
Antes de ser madre, creía que lo que más trabajo me costaría sería explicarle de dónde vienen los niños o por qué morimos. Pues no. Estaba completamente equivocada. La revelación de este secreto es, hasta el momento, la más dura conversación a la que me he enfrentado, o más bien diré, me voy a enfrentar. Me está matando.
Verán ustedes, por una parte pienso que será un alivio, pues ya no tendré que andar ocultándome para conseguir los regalos, ni guardando las cartas en lugares recónditos, ni respondiendo a frases del tipo: "puedo pedir lo que quiera porque los reyes lo traen todo" o ”¿cómo suben los camellos a casa?. Ni sufriendo envolviendo los regalos en el baño con el pestillo puesto la noche del 5 de enero.
Ah, no, calla, tendré que seguir pues tengo otra hija de cinco años.
Me asusta pensar en su reacción. En que me suelte algo como: "entonces, me has engañado" y ver su cara de decepción. Me da palo que se le escape y arrebate a su hermana la ilusión que ha disfrutado ella todos estos años. Y, sobre todo, me da mucha pena el cambio que supone para ella y para mí. El dejar de ser una niña pequeña, mi niña pequeña, para empezar a convertirse, poco a poco, en mujer.
Desde que cumplió los diez años la veo distinta. Se nota mucho el cambio, tanto físico como intelectual. Ella se enfada cuando le decimos que está haciéndose mayor y dice que no quiere cambiar, que quiere seguir siendo niña y que por favor no la dejemos pasar la edad del pavo, como si tal cosa se pudiera dependiera de mi voluntad o mi autoridad (?!) de madre. A mí eso me encanta. Me gusta saber que adora ser niña, que sigue jugando con cosas de niñas y que no tiene prisa por crecer. Pero es ley de vida y ahora comienza otra etapa. Ni mejor ni peor. Diferente. Y tenemos que intentar ver el lado positivo de todo ello.
¿Existiría alguna manera, al menos, de paliar el shock que será para ella el saber la verdad? En el fondo muy fondo quisiera que ya lo supiera y que estuviera tan sólo fingiendo para no hacernos sentir mal.
De momento, señores majestades, voy a contarle una bonita historia que un día leí y que me encantó, es un pelín cursi, vaaaaaaleeeee, lo reconozco. Con todo y con eso me gusta. Me ayudó a mí misma a reconciliarme con mi propia infancia y con ese duro momento en el que alguien en el cole me dijo que los reyes no eran ustedes. Que eran otros que estaban en mi propia casa.
Puede que la modifique un poco, para adaptarla a su edad (y para quitarle un poco de sensiblería, sólo un pelín), y que la envíe por correo postal, como he leído que otros padres han hecho con éxito.
En cualquier caso, esta carta que ahora escribo, más allá de servir para contar mis penas, es para daros las GRACIAS.
Las gracias por todos los años que de niña viví emocionada toda la Navidad esperando vuestra llegada. Y las gracias por toda la ilusión que he visto en mis hijas todo este tiempo, sus caritas de asombro, sus preciosas cartas, la ilusión con la que ponen las galletas y el agua cada noche del cinco de enero junto el árbol. Junto a uno de sus zapatos. Un año, el más difícil para marío y para mí, L. dejó su cámara de fotos para ver si el rey Melchor "se hacía una foto con ella" y se la dejaba de recuerdo. Uf, si queríamos arroz, nos llegó un saco entero.
Yo, a mis cuarenta, sigo esperando nerviosa a abrir mis regalos el día de Reyes, aunque los haya envuelto yo misma. Y escribo crédula mis deseos para colgarlos del abeto navideño con la firme convicción de que alguno de cumplirá. Sigo creyendo que ustedes existen, digan lo que digan. Si no, ¿qué hago ahora escribiéndoles esta carta? Sería de locos.
Lo siento señor Santa Claus, usted nunca nos ha llenado lo suficiente. Disculpe que le utilicemos de excusa para adelantar los regalos de Reyes cuando estamos en Murcia. Es la única forma de que los regalos de abuelos y tíos no les lleguen en Semana Santa. Esto es así.
Y sin más, me despido de ustedes, pidiéndoles sólo una pequeña cosa para este año. Que la mágica inocencia de la infancia permanezca siempre cerca de mis hijas, aunque tengan 60 años y odien en algún momento de sus vidas la Navidad.
Carta extraída del blog Planes con hijos
Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
— ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
— ¡Oh, sí! —exclamó Gaspar—. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
— Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y su voz se escuchó en el portal:
— Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
— ¡Oh! necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.
— No os preocupéis por eso –dijo el Niño–. Yo os voy a dar no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
— ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible?—, dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
— Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños?
— Sí, claro, eso es fundamental—, asintieron los tres Reyes.
— Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
— Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje— respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
— Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que el Niño Jesús estaba planeando, cuando su voz de nuevo se volvió a oír:
— Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, yo ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Editado: han pasado dos años desde que escribí este post. No tuve valor de contarle nada, ni de escribirle la carta. Ella no preguntó y yo preferí seguir con la "magia". No sé si hice bien o mal. Sólo sé que hace unos días, cuando por fin encontré el momento adecuado, ella se resistía a saber la verdad. "Nooooooo, mamá, sí que existen, no me digas eso". Hija, yo sé que tú sabías todo desde hace tiempo. "Siempre quise creer que todos los demás estaban equivocados y que sólo yo sabía la verdad, que los reyes existen".
Pues sigue creyendo pequeña, sigue creyendo porque, hasta yo misma creo que de alguna forma, existen y que la magia no debe terminar nunca.