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jueves, 19 de diciembre de 2013

AZ de la maternidad. Con R de Resiliencia


Hace unos días mi hija pequeña me dijo una frase que me dejó clavada. Llegaba yo del trabajo y, como cada día, fui a darle un beso. Pero ella no quería. Y le pregunté por qué. Me soltó esto: "es que ni 'quisiera' eres mi madre". Toma ya. La frase que más he temido desde que me convertí en su madre, por la vía de la adopción, acababa de darme un bofetón en toda la nariz (que duele más que en la boca).

Una espera esa frase desde antes de ser madre. Mientras recorre el camino del hilo rojo que un día te conté en este mismo diccionario maternal. Lo que una no se espera es que te la suelte tu hija (esclafe diría mi madre)  a los cinco años un día cualquiera y encima en público (estábamos en la consulta del dentista). 

Me quedé bloqueada, no sabía qué decirle, así que ahí no le dije nada, me limité a darle el beso sin más. Y después por la noche hablé con ella. Le comenté que no me había gustado que me dijera eso, que me había hecho daño y que yo sí era su madre, que nunca iba a dejar de serlo. También le pregunté por qué lo había hecho. Y ella no fue capaz de darme una respuesta, normal, tiene cinco años. Es ahora cuando está empezando a darse realmente cuenta de su condición de niña adoptada, de su vida anterior, de su otra familia, de su otro país. Acabamos dándonos un abrazo gigante y muchos más besos y creo que ella por un lado se quedó aliviada de mi reacción y por otro, confusa igualmente por seguir sin entender qué le pasa en realidad, quién es y por qué su vida es la que es y no otra.

Y fue entonces cuando volvió de nuevo a mi mente el concepto de resiliencia del que tanto leí en su día cuando comenzaba la aventura de la adopción. Esta palabra vino a mí justo en aquella época. Por eso la asocio de forma directa a maternidad y la adopción, aunque se trata de algo más amplio y que puede aplicarse a cualquier persona.

La resiliencia se puede definir como la capacidad de sobreponerse a las adversidades. La fortaleza de ánimo para superar los malos momentos o golpes de la vida y que, por tanto, va unida indisolublemente a la capacidad para que tiene el ser humano para ser feliz a pesar de todo. Y, además, tiene que ver también con la habilidad de transformar lo malo en algo positivo y ser capaz de aprender y crecer a través de ello.

Cada persona tiene un nivel equis de resiliencia. Y se supone que cuanto mayor es tu nivel, mayor es tu salud emocional y más probabilidades tienes de alcanzar eso que todo bicho viviente anda buscando: la felicidad.

Por eso tiene tanta importancia en el mundo de la adopción. Nuestros hijos, ya lo he contado por aquí, llegan a nosotros con eso que llaman "la mochila". Con un pasado doloroso siempre. Con una herida primaria que es muy difícil de asimilar y superar, sobre todo cuando eres un niño y estás descubriendo el mundo.

¿Por qué me abandonaron? ¿No me querían? ¿Tan malo soy? 

Estas preguntas se las hacen los niños adoptados constantemente, casi siempre en silencio. Depende de nosotros, sus padres, sus hermanos, su familia extensa e incluso su círculo social, que esa resiliencia se fortalezca y crezca y que el día de mañana sean capaces de vivir con esas preguntas y sus respuestas (si las consiguen) o no. 

Tremenda responsabilidad.  

¿Estaré a la altura? ¿Lograré estar a su lado en su tristeza? ¿Seré capaz de ayudarle?

Estas son las preguntas que nos hacemos los padres. Jodidas también.

Y ¿qué pasa si nuestra resiliencia de adultos es débil, floja, escasa? ¿Cómo ayudamos a nuestros hijos a superar sus problemas si nosotros no somos capaces de superar los nuestros? Esto me da para otro post. No hablo de mí concretamente, porque ni yo misma me creo lo fuerte que soy y la enorme capacidad que tengo para sobreponerme a todo lo chungo que haya podido vivir. Me asusto de pensarlo. Aunque me cuesta esa última parte de ver lo positivo en lo negativo, lo reconozco. Más que verlo, me cuesta creerlo y asimilarlo. Soy capaz de ver la parte positiva, pero la negativa no dejo tampoco de verla. Sigue ahí a pesar de todo.

Leí en un blog muy querido para mí y que tristemente ya no se actualiza, La adopción por dentro, de la periodista y madre adoptiva Brenda Padilla, un decálogo de posibles acciones que podemos hacer para fomentar la resiliencia en nuestros hijos, de los doctores Brooks and Goldstein:




1. Mostrar empatía


2. Comunicar con respeto


3. Ser flexible


4. Prestarles atención 100% al niño (al menos quince minutos al día)


5. Aceptar a tus hijos tal como son


6. Darles la oportunidad de colaborar


7. Tratar los fallos como oportunidades para aprender


8. Destacar fortalezas  y habilidades


9. Dejar que tus hijos solucionan problemas y tomen decisiones


10. Disciplinar para enseñar, no para humillar o intimidar.

Al leerlo siento que tan mal no lo estoy haciendo pues cumplo en mayor o menor medida casi todos los puntos. El dos me lo salto más de lo que quisiera (perdóname hija) por mi impaciencia, el cansancio y todas esas excusas que ponemos cuando gritamos (mi falta de respeto se traduce en gritos, nunca en insultos y descalificaciones). También reconozco que, aunque la acepto y quiero como es y no la cambiaría por nada (no lo dudes nunca pequeña) a veces me cuesta lidiar con su carácter inquieto y alocado (aunque cada vez lo llevo mejor). Y me encanta reforzar sus puntos fuertes, tal vez incluso lo exagero todo un poco, aunque no creo que le venga mal. Y por supuesto, creo que el uso de la disciplina bien entendida, para enseñar y para que nuestra vida no sea un caos absoluto. De momento estamos trabajando en ello porque me temo que esta niña mía salió rebelde. Alegre, risueña, sensible y libre como un pájaro. 

Lo que más deseo es que siga siendo así dentro de veinte años a pesar de que tenga que trabajar mucho para gestionar su dolor. Y yo con ella. Siempre.


jueves, 12 de septiembre de 2013

AZ de la Maternidad. Con L de Luz

La letra L es una gran letra. Por ella comienza el nombre de mis dos hijas. De haber tenido un niño, se hubiera llamado Leo (antes de que Pe lo pusiera de moda, que conste).

Además, la elegancia de la ele se deja ver en palabras como Libertad, Letras, Luna, Literatura, Lecho, Laberinto y, por supuesto, Luz. Sí, sé que también encontramos la L en conceptos que parecen a priori menos poéticos, como lorzas, pero como dice mi amiga Bea con mucha gracia, la lorza es bella.

En un principio quise dedicar este post de la ELE a mis dos hijas, hablando de ellas, de cómo son, de cómo sienten, de por qué son tan especiales. Como eso casi me obligaba a decir sus nombres, he preferido la palabra LUZ, que es una palabra que me encanta, tanto por su sonoridad como por todo lo que lleva implícito. Y porque tengo debilidad por las palabras cortas y que lleven Z, H, Ñ. Rarita que es una.


Cuando un bebé nace se dice que su madre "da a luz" o que le "alumbra". Por lo tanto, la luz está en el origen mismo de la maternidad. Aunque yo misma me sintiera madre cuando estaba embarazada (también cuando esperaba a mi L.E.), en realidad aún no lo era de forma, digamos, oficial. Siempre me ha gustado esta acepción del verbo en español. Parir o "to give birth" en inglés no tienen ese matiz tan sugerente que sí tiene el "dar a luz", o darlo al mundo que dicen también los portugueses, que transmite el sentimiento de que algo muy importante está pasando cuando nace un niño.

Así que, desde que ese momento llega a la vida de las madres, aparte de sentirnos como si nos hubiera pasado por encima una apisonadora, el concepto de luz y luminosidad cambia totalmente en nuestras vidas. Es algo que siempre decimos que no se puede describir con palabras, aunque parezcamos cansinas de tanto repetirlo. Y como las letras no nos alcanzan, utilizamos las metáforas. Por eso decimos cosas como por ejemplo:

> Mis hijas son mis soles...
> ...Están llenas de luz
> ...Me iluminan con su sonrisa
>... Son la luz de mis días

Y cursiladas de este tipo.

Nos encanta decir que ellos son quienes nos iluminan en el camino, quienes nos insuflan la energía necesaria para vivir el día a día, para lidiar con las pequeñas y grandes dificultades que nos encontramos cada uno. Sí, las madres (y algunos padres) somos así de cursis y, por qué no decirlo, un pelín "repelentes", soy consciente. Como diría a mi madre, a mi no me da 'cuidao' (a mí no me importa) decirlo las veces que haga falta. Digan lo que digan. Por mis hijas mato y digo cursiladas, con un par.

Más de una vez he sido capaz de reirme a carcajadas en medio de uno de esos días horripilantes en los que se te sale el malrollismo por las orejas. He podido encontrar bajo las piedras más pesadas motivos de sobra para relativizar, avanzar, continuar, crecer. He sabido salir de situaciones complicadas y me he superado a mí misma cientos de veces. Y sigo haciéndolo. Y no sólo por darles ejemplo, sino porque ellas me motivan y me inspiran (ya lo dije en la I de inspiración).

Ellas son mucho más que esa luz que necesito para no tropezarme y darme golpes por las esquinas. Son generadoras de la energía que por mí misma me cuesta mucho conseguir. Curioso que a veces también sienta que son las que me absorben esa energía y me dejan aplanada como los dibujos animados de los 80. Contradicciones de la maternidad.

Ellas están llenas de luz. Cada una a su manera. La luz de L. es una luz blanca y radiante. La de L.E. es una luz multicolor. Ambas son buena gente, cariñosas, listas, divertidas, generosas, dispuestas a darlo todo por un ratito con su mamá o su papá (y por jugar con el iPad).

Si no hubiera sido madre, seguro que hubiera encontrado otras formas de que mi vida tuviera sentido. No voy a decir esa frase manida de que no he encontrado valor en mi vida hasta que no han llegado. Porque no es cierto. Parece que entonces si no eres madre o padre no merece la pena vivir y eso es absurdo, injusto y falso. La vida merece la pena por sí misma. Hay tanto y tanto que disfrutar, que sentir, que vivir.

Eso sí, ahora que las tengo, no podría imaginarme la vida sin ellas aquí. Sin sus luces y sus sombras. No las de ellas, que son cuasi perfectas, jeje, sino las de la maternidad, de las que ya conté algo hace un tiempo.


Las luces son luces porque hay sombras y oscuridad. Y yo sé que con ellas a mi lado la oscuridad desaparece al poco tiempo o, al menos, se oculta lo suficiente para poder VER lo que necesito ver sin encender ninguna bombilla.

jueves, 5 de septiembre de 2013

AZ de la maternidad: con K de ...

Cuando te vi por primera vez sentí el peso de kilogramos de amor que me invadían el cuerpo. Desde ese momento supe que te seguiría allá donde fueras. En vida, aunque marchases a miles de kilómetros, más allá de Kamchatka. O tuviera que atravesar el desierto del Kilimanjaro. Y más allá de la vida, con mi ka siempre cerca, para darte la mano si cayeras. Tus risas me contagiaron de kilovatios de ganas de vivir. De vivir contigo todas las cosas. De repente los martes podían ser un kermés de emociones. Por ti me convertí en kamikaze de sueños, en atrapadora de instantes, en abrazadora. Es sólo ver un gesto tuyo y sé cómo te sientes. Es sólo ver un gesto mío y saberlo tú. No sé si fui otra antes o muchas. No sé nada de eso que llaman karma. Sólo que si existe, quiero volver a ser tu madre una y otra vez. 

Dedicado a mis dos soles

miércoles, 10 de julio de 2013

AZ de la maternidad. J de Jarana

Pasar la noche de jarana significa algo muy distinto antes de ser madre y después, a no ser que seas una de esas mujeres afortunadas, o quizá no tanto, que pueden permitirse vivir de jarana per secula seculorum. Esas divinas de la realeza, la farándula, la nobleza o la socialité. Esas féminas recién paridas que salen del hospital con los vaqueros ceñidos y el taconazo de doce centímetros y que al mes siguiente ya están en Ibiza o el Caribe luciendo bikini de tiras y si se puede con un maromo distinto al papá de la criatura. Viviendo la vida loca.

Confieso que a veces las envidié, sobre todo cuando el primer mes de mi maternidad me pasaba las horas con una beba que lloraba cada dos por tres, en un tercero sin ascensor, intentando sin éxito la lactancia, con un Marío que llegaba pasadas las ocho a casa y sin poder despegarme de ella ni para ir al excusado. Las envidiaba sí, sólo un poquito vamos, tampoco te creas. Ah, y se me olvidaba, con una tripa rara, como de piel destensada y blandiblú, que no me quité en años. Como para no pecar deseando la vida de las muy.

Pasar la noche de jarana tras dar a luz consistía en pasar la noche en blanco porque la nena berreaba y no eras capaz de calmarla o, simplemente, porque tenías que darle de comer cada poco y cambiarle el pañal (y el body y pijama y sábanas si tenías un pelín de mala suerte). Después, la jarana se debía a los terrores nocturnos y pesadillas varias que nos cortaron el sueño durante años. Cuando decidíamos colechar por puro cansancio, las patadas convertían nuestras noches en auténticos festivales llenos energía y buenrollismo fraternal. Asisto ojiplática al descubrimiento de personas que colechan por y con placer. No sabes cómo me hubiera gustado sentir ese estado de bienestar que dicen profesar. Otro motivo para sentir envidia, no sé ya si sana.

Tampoco es que yo estuviera todo el día de juerga en mi vida previa a la maternidad, vamos a ser sinceros. Cierto que en mi época universitaria cerré muchos locales y fui a trabajar de empalmada varias veces, vale. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo hacía porque no me molaba irme sola a casa y esperaba a que alguna de mis amigas me acompañara. Vamos, que a mí dormir me gusta mucho muchísimo y las noches de jarana no tanto.

Ahora, no te miento, donde se ponga un gin tonic en una terracita madrileña a la luz de la luna que se quiten las noches amenizadas con el llanto de un bebé. Lo siento, esto es así. No lo puedo evitar, por mucho que adore a mis hijas...me quedo con el concepto de jarana tal y como mi mente lo conocía en mi ya lejana, vida sin niñas.



miércoles, 3 de julio de 2013

AZ de la maternidad. I de Inspiración.



La I de Inspiración por L.
La INSPIRACIÓN con mayúsculas llegó a mi vida al ser madre.

Estoy segura de que no hace falta ser madre para ser tocado por su varita como tampoco las mujeres no madres se libran de las heridas. A veces siento que mis reflexiones sobre la maternidad excluyen a otras mujeres que no han tenido hijos y no es así. Sólo trato de exponer mi visión personal alrededor del hecho de ser madre. Sin valorar la de otros. Así de sencillo.

Como decía, la musa vino a mí al quedarme embarazada, después de muchos años sin hablarnos ni querer saber nada la una de la otra. Confieso que era una relación desigual, de esas en las que uno da más que el otro. Yo estaba en desventaja porque la quería con toda mi alma y ella me ignoraba por completo. Vamos, no es que diéramos una más y otra menos, es que ella no me daba nada de nada.

Al saber que estaba esperando un bebé, me compré un cuaderno y me propuse rellenarlo con mis pensamientos sobre ese momento especial de mi vida. Fue mi primer “blog” que nunca publiqué al mundo.

A partir de ahí, cuando la niña tenía poco más de un año, empecé con los talleres de escritura. Primero, gracias a mi amiga T., que me introdujo en la Asociación Colegial de Escritores. Los lunes, después de trabajar, me iba al centro de Madrid y, tras una hora de atasco, llegaba siempre tarde a aquella sala fría y desangelada de La enana marrón. Ahí me quedaba absorta, con la boca abierta de escuchar a escritores y poetas de los grandes y no tanto. Y de escuchar a los compañeros, todos ellos a años luz de una humilde servidora. Tanto que creo que sólo conseguí  leer en voz alta uno de mis relatos en aquellos días.

Después de aquel taller, vino el de Fuentetaja. Un curso online que me dio herramientas para abrir la caja de la creatividad que necesitaba para ponerme en marcha. Tras él, me apunté al Hotel Kafka y tuve mi actuación estelar nada más llegar.

Más o menos por aquellas fechas, decidimos emprender una nueva aventura. La adopción llegaba a nuestras vidas, primero como una ilusión, después como una ILUSIÓN y una REALIDAD. Entró con fuerza desde el día que nos presentamos con cara de bobos en la reunión informativa de la Comunidad de Madrid, primer paso para adoptar. Y desde ahí, todo un viaje precioso que narré con todo lujo de detalles. La musa se instaló en mi vida de forma casi permanente y fue una compañera ideal de aquel tiempo.

Casi a la vez, nació El arte es libre, mi otro hijo de la blogosfera, con mi amiga Cristina, autora de los dibujos. Se nos ocurrió unir nuestras pasiones creativas en un único espacio. Y, aunque no hemos seguido un ritmo constante, es un proyecto al que tengo gran cariño y que siempre me he resistido a abandonar. Hasta publicamos dos libros, de edición limitada, uno de dos ejemplares y otro de cinco. Cris, te debo un poema, lo sé ;-)

Cuando llegó L.E. la musa me abandonó. Me dejó tirada como se deja la ropa en el suelo de la habitación al llegar de una noche de juerga. Dejé el blog de la adopción, los relatos que escribía fuera, el blog de El arte… No era capaz de escribir de nada en ninguna parte.

Pero el gusanillo seguía ahí. Dormitando cual oso en invierno.

En septiembre de 2012 decidió despertarse y volver al mundo. La inspiración comenzó a dejar algunas palabras con sentido en el blog de poemas. Y después, me llevó a comenzar este otro en el que escribo.


¿Qué es lo que me impulsó a seguir adelante y no desfallecer en el camino? La inspiración que encuentro al mirar a mis hijas y al escuchar sus risas, por supuesto. Pero voy más allá. Ellas fueron el detonante. La energía me ha venido de mí misma, de bucear en mí para conocerme mejor y darme cuenta de quién soy realmente y de qué quiero en esta vida. Para descubrir lo mejor de mí y sacarlo fuera, para mostrarme al mundo con mi mejor vestido y mejorar cada día en la parte no tan buena, los puntos de mejora. 

El conocimiento interior es tremendamente apasionante e ilusionante. Un camino de que estoy recorriendo con la mejor compañía. Algo de lo que a lo mejor, hablo algún día, en este blog o en otro. Nunca se sabe por dónde te va a llevar la vida.

miércoles, 26 de junio de 2013

AZ de la maternidad. Con H de Herida

Herida antes de la maternidad era eso que me hacía al depilarme la piernas con cuchilla para estar impecable ante una cita inesperada un martes cualquiera. Cuando era posible que alguien pasara por la puerta de tu casa y te pegara un toque al telefonillo y tú dijeras, "dame quince minutos" y que luego fueran cuarenta. Y salieras con cualquier cosa negra, dos brochazos de colorete y un chiribiri recorriéndote las piernas que para qué.

Herida era como me sentía a los veintitantos cuando una supuesta amiga quería convertirse en simple conocida o una aspirante a tu círculo íntimo se esfumaba un buen día sin decir adiós.

Herida creí estar cuando me dejaron mis ex-novios sin sospechar que me hacían un favor.

Herida estaba aquellos años que el espejo fruncía el ceño y me miraba con desdén por un "quítame allá esos quilos".

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Herida es ahora una cicatriz rechula que luzco en la tripa por debajo del ombligo, esa frontera entre mi vida de no madre y la de ahora. Esa línea que una vez fue la ventana por la que L. gritó al mundo que había venido a quedarse un rato, provocando en mí un pedazo de emoción enorme que traspasó las paredes del quirófano y del hospital y se escapó por la ventana ascendiendo hasta el cielo como uno de esos barridos que hacen en las películas: Madrid, España, Europa, el Planeta Tierra, el Sistema Solar, el Universo.

Herida es hoy ese arañazo que sólo una tirita de princesas puede curar. Si no hay tirita disponible, la canción del "Sana, sana, culito de rana, si no se cura hoy, se cura mañana" es mano de santo.

Herida es cómo me siento cuando las heridas son ellas, cuando otros les hacen daño y veo que la situación escapa a mi control. En esos momentos me gustaría meterlas en una búrbuja de cristal blindado del mundo.

Herida toma una nueva dimensión con el concepto de herida primaria de los niños adoptados. Algo así como el dolor que sienten y sentirán siempre por haber sido separados de su madre biológica. Aunque fuera a la media hora de nacer y en teoría no recuerden nada.

Un tema interesante y, de nuevo, peliagudo que necesito investigar más. Un libro más pendiente de ser devorado. Cuando lo haga y lo mastique lo contaré por aquí.


miércoles, 19 de junio de 2013

AZ de la maternidad. Con G de Genes

Como sabrás a estas alturas del carnaval de Trimadre a los 30 (y uno) tengo dos hijas, una que llegó tras un embarazo físico y otra que llegó tras un "embarazo" burocrático. Una que llevé en la tripa nueve meses y otra que llevé en el corazón dos años y medio. Gracias Purple Prose por recordarme la frase ;-)

                            

Obviamente una de mis hijas lleva mis genes y la otra no. Sobre la primera, me dicen constantemente que se parece a mí, aunque yo la veo que se parece más a su padre. Sólo conozco a dos personas más que piensan como yo. Mi madre y la tía de una amiga. Sobre la segunda...al principio de llegar de Etiopía hubo personas que nos dijeron que nos traía un aire a nosotros. No sé si es cuestión de amor o qué, el caso es que yo le vi en alguna foto un ligero parecido. Y lo más sorprendente, es que a todos los amigos con hijos etíopes que tengo, les encuentro parecido con alguno de sus padres. ¿Será que casan las fotos de unos y otros antes de la asignación? Jejeje, estaría bueno. No, será lo otro, que el amor es ciego.

Lo que no sabía es que para los niños es tan importante parecerse a sus padres. Siempre me he sentido orgullosa de parecerme a mi padre. Nunca me había planteado que hubiera pasado si hubiera nacido como mi hermano, rubio y de ojos azules, sin parecido alguno con nuestros progenitores. Y es ahora, con mi segunda maternidad, cuando me he dado cuenta de lo que significa para un niño adoptivo el no tener los genes de su familia. Tiene los genes de su familia anterior, la de origen. Que la mayoría de las veces no tenemos ni idea de cómo son.

Mi hija negra, ya lo conté hace unas semanas, quiere ser blanca. Y no es simplemente porque se siente distinta a todos los de su alrededor. Es porque quiere parecerse a su madre y a su padre y a su hermana. Quiere tener el pelo rubio como yo (de bote, sí, lo reconozco) y liso, "para moverlo". Y no porque su pelo sea difícil de peinar y le haga un poco de daño a veces, sino porque quiere ser como mamá, y que la gente por la calle le diga, "cómo te pareces a mamá" o me diga "cómo se parece tu hija a ti", "es una mini-tú". Que es lo que escucha constantemente decir sobre su hermana. Sé que nadie lo dice a sabiendas de lo que ella pueda sentir y si alguno de quienes lo dicen lo supieran, lo dirían menos, no lo harían o dirían algo así como " y tú tienes la misma mirada de mamá" o "los gestos de papá".

que conste que no es una queja, es una simple crónica de lo que pasa. La niña tampoco puede estar entre algodones, las cosas como son. Ni quiero que nadie tenga miedo a decirle cosas por si voy a llegar yo a ponerle verde en el blog, jejeje. En serio, no me gustaría que esto se viera como una crítica o una clase de cómo tratar a los niños adoptados. Es sólo un post sobre lo que me inspira la palabra genes desde que soy madre, sin más.

De vez en cuando, como quien no quiere la cosa, le digo que se parece a uno de nosotros, en que le gusta escribir o dibujar, por ejemplo, en que adora el chocolate o es muy cariñosa como su hermana.

Es imposible que tenga mis genes y que físicamente haya heredado cosas de nosotros. Aunque confío en que herede nuestros valores y nuestras "cosas de familia".

Y como aprendí el otro día de una admirada bloguera mía, que dice que no sabe sin saber lo mucho que sabe, cada una de mis hijas, por mucho o poco que se parezca a nosotros, tiene sus propios rasgos diferenciales que las hacen únicas y distintas a su origen. Y en ello reside su belleza. La belleza de nuestros hijos. Y la riqueza de la humanidad.



miércoles, 12 de junio de 2013

AZ de la maternidad. Con F de Fantasia.




- Fantasia no tiene límites...

- Eso no es cierto, ¡mientes!

- Niño tonto, no sabes nada de la historia de Fantasia. Es el mundo de las fantasías humanas. Cada parte, cada criatura, pertenecen al mundo de los sueños y esperanzas de la humanidad. Por consiguiente, no existen límites para Fantasia...

- ¿Y por qué está muriendo entonces...?

-Porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando a sus sueños. Así es como la Nada se vuelve más fuerte. 

- ¿Qué es la Nada?

-Es el vacío que queda, la desolación que destruye este mundo y mi encomienda es ayudar a la Nada.

- ¿Por qué?

-Porque el humano sin esperanzas es fácil de controlar y aquél que tenga el control, tendrá el Poder.

Michael Ende. La historia interminable.

Cuando crecemos y dejamos atrás la infancia solemos ir perdiendo la capacidad de imaginar. Es fácil que a determinada edad dejemos de dibujar. Es casi seguro que nos olvidemos de jugar con muñecas o muñecos. Es normal que ya no vayamos por la calle parándonos a ver las mariposas y las hormigas o cualquier palo de madera o papel de colores de dudosa procedencia.

Es triste olvidarnos de la tendencia a fantasear. Es terrible perderla para siempre, metidos en la vorágine de esa Nada de la que nos habla el fabuloso libro de Michael Ende. Desde aquí propongo que sea de lectura obligada en todas las casas y en todas las escuelas.

Pero luego vas y te conviertes en madre. 

Y entonces sales de la Nada para entrar en Fantasia de nuevo.

Y vuelves a tirarte al suelo para jugar con muñecas, vuelves a hacer castillos de arena, vuelves a disfrazarte de pirata, vuelves a leer cuentos infantiles, vuelves a querer subir a los columpios, vuelves a convertir los objetos más peregrinos en los más preciados tesoros.

Vuelves a ser niño.






jueves, 6 de junio de 2013

E... de Etiopía-España. AZ de la maternidad.

"Primero su magia nos entró por los ojos
después vino su sabor, a tierra verde y especias,
y su olor a risas luminosas que no cesan
Todo se remezcló en las entrañas
Y llegó para quedarse siempre
en forma de diminutos seres de pelo esponjoso y alegría forever"


Antes de que Etiopía entrara en nuestras vidas allá por 2007, poco sabíamos de este gran país lleno de gente inmensa. Aparte de la hambruna terrible que asoló la zona en los 80 y de la canción We are the world, que Michael Jackson y Lionel Richie escribieron para recaudar fondos para la causa, poco más sabíamos Marío y yo acerca de esta zona del Cuerno de África.

Cuando empezamos a valorar en serio la idea de adoptar, comenzamos a informarnos por todos los medios a nuestro alcance y cayó en nuestras manos el documental Hijos del corazón. Allí se contaban historias reales de varias adopciones, entre ellas las de dos hermanos etíopes adoptados por una pareja catalana. Hablaban del carácter etíope, con ese orgullo patrio que les caracteriza. De su alegría, con esa forma de sonreír con la boca y con los ojos. Y poco a poco, Etiopía empezó a calarnos y a mostrarse como una de las candidatas con más posibilidades en nuestra lista.

Seguimos leyendo libros, buscando por Internet. Antes de elegir un país para adoptar debes comprobar primero que cumples los requisitos que dicho país impone a las familias adoptivas. Eso ya eliminó de la lista algunos. Después, lo más importante es que sientas algún tipo de vinculación con ese país. Va a ser el país de tu hijo y como tal, debes tener algo de afinidad con él porque es importante que tu hijo se sienta orgulloso de su país de origen, como un paso más en la formación de su identidad. Puede parecer una tontería pero, si no eres capaz de sentir un poco de cariño por su lugar de origen, va a ser difícil que puedas enseñar a tu hijo a quererlo.

Después de mucho mirar, investigar, visitar varias ECAIs (agencias de intermediación en la adopción), teníamos dos opciones que nos llamaban fuertemente: Colombia y Etiopía. Colombia finalmente fue descartada por dos motivos: el tiempo de espera que era enorme entonces y eterno ahora y la impresión que nos causó la ECAI que visitamos. Aparte que Etiopía nos llamaba con mucha fuerza. Parecía que el hilo rojo nos unía de alguna manera a ese país. Como así fue.

Y ahora en mi casa somos de dos países. Somos españoles por supuesto. Con un trozo de alma etíope y la piel negra por dentro (una que yo me sé también por fuera).

Por eso en mi casa, cuando salen los abanderados olímpicos, nos emocionamos el doble. Cuando se celebra la Copa Mundial de Fútbol vamos con dos equipos. Tenemos dos banderas. Dos naciones sin tener doble nacionalidad. Y dos patrias a las que echar de menos. Y todo gracias a la maternidad/paternidad. Por eso lo he querido traer aquí, a este diccionario especial.