Una espera esa frase desde antes de ser madre. Mientras recorre el camino del hilo rojo que un día te conté en este mismo diccionario maternal. Lo que una no se espera es que te la suelte tu hija (esclafe diría mi madre) a los cinco años un día cualquiera y encima en público (estábamos en la consulta del dentista).
Me quedé bloqueada, no sabía qué decirle, así que ahí no le dije nada, me limité a darle el beso sin más. Y después por la noche hablé con ella. Le comenté que no me había gustado que me dijera eso, que me había hecho daño y que yo sí era su madre, que nunca iba a dejar de serlo. También le pregunté por qué lo había hecho. Y ella no fue capaz de darme una respuesta, normal, tiene cinco años. Es ahora cuando está empezando a darse realmente cuenta de su condición de niña adoptada, de su vida anterior, de su otra familia, de su otro país. Acabamos dándonos un abrazo gigante y muchos más besos y creo que ella por un lado se quedó aliviada de mi reacción y por otro, confusa igualmente por seguir sin entender qué le pasa en realidad, quién es y por qué su vida es la que es y no otra.
Y fue entonces cuando volvió de nuevo a mi mente el concepto de resiliencia del que tanto leí en su día cuando comenzaba la aventura de la adopción. Esta palabra vino a mí justo en aquella época. Por eso la asocio de forma directa a maternidad y la adopción, aunque se trata de algo más amplio y que puede aplicarse a cualquier persona.
La resiliencia se puede definir como la capacidad de sobreponerse a las adversidades. La fortaleza de ánimo para superar los malos momentos o golpes de la vida y que, por tanto, va unida indisolublemente a la capacidad para que tiene el ser humano para ser feliz a pesar de todo. Y, además, tiene que ver también con la habilidad de transformar lo malo en algo positivo y ser capaz de aprender y crecer a través de ello.
Cada persona tiene un nivel equis de resiliencia. Y se supone que cuanto mayor es tu nivel, mayor es tu salud emocional y más probabilidades tienes de alcanzar eso que todo bicho viviente anda buscando: la felicidad.
Cada persona tiene un nivel equis de resiliencia. Y se supone que cuanto mayor es tu nivel, mayor es tu salud emocional y más probabilidades tienes de alcanzar eso que todo bicho viviente anda buscando: la felicidad.
Por eso tiene tanta importancia en el mundo de la adopción. Nuestros hijos, ya lo he contado por aquí, llegan a nosotros con eso que llaman "la mochila". Con un pasado doloroso siempre. Con una herida primaria que es muy difícil de asimilar y superar, sobre todo cuando eres un niño y estás descubriendo el mundo.
¿Por qué me abandonaron? ¿No me querían? ¿Tan malo soy?
Estas preguntas se las hacen los niños adoptados constantemente, casi siempre en silencio. Depende de nosotros, sus padres, sus hermanos, su familia extensa e incluso su círculo social, que esa resiliencia se fortalezca y crezca y que el día de mañana sean capaces de vivir con esas preguntas y sus respuestas (si las consiguen) o no.
Estas preguntas se las hacen los niños adoptados constantemente, casi siempre en silencio. Depende de nosotros, sus padres, sus hermanos, su familia extensa e incluso su círculo social, que esa resiliencia se fortalezca y crezca y que el día de mañana sean capaces de vivir con esas preguntas y sus respuestas (si las consiguen) o no.
Tremenda responsabilidad.
¿Estaré a la altura? ¿Lograré estar a su lado en su tristeza? ¿Seré capaz de ayudarle?
Estas son las preguntas que nos hacemos los padres. Jodidas también.
¿Estaré a la altura? ¿Lograré estar a su lado en su tristeza? ¿Seré capaz de ayudarle?
Estas son las preguntas que nos hacemos los padres. Jodidas también.
Y ¿qué pasa si nuestra resiliencia de adultos es débil, floja, escasa? ¿Cómo ayudamos a nuestros hijos a superar sus problemas si nosotros no somos capaces de superar los nuestros? Esto me da para otro post. No hablo de mí concretamente, porque ni yo misma me creo lo fuerte que soy y la enorme capacidad que tengo para sobreponerme a todo lo chungo que haya podido vivir. Me asusto de pensarlo. Aunque me cuesta esa última parte de ver lo positivo en lo negativo, lo reconozco. Más que verlo, me cuesta creerlo y asimilarlo. Soy capaz de ver la parte positiva, pero la negativa no dejo tampoco de verla. Sigue ahí a pesar de todo.
Leí en un blog muy querido para mí y que tristemente ya no se actualiza, La adopción por dentro, de la periodista y madre adoptiva Brenda Padilla, un decálogo de posibles acciones que podemos hacer para fomentar la resiliencia en nuestros hijos, de los doctores Brooks and Goldstein:
1. Mostrar empatía
2. Comunicar con respeto
3. Ser flexible
4. Prestarles atención 100% al niño (al menos quince minutos al día)
5. Aceptar a tus hijos tal como son
6. Darles la oportunidad de colaborar
7. Tratar los fallos como oportunidades para aprender
8. Destacar fortalezas y habilidades
9. Dejar que tus hijos solucionan problemas y tomen decisiones
10. Disciplinar para enseñar, no para humillar o intimidar.
Al leerlo siento que tan mal no lo estoy haciendo pues cumplo en mayor o menor medida casi todos los puntos. El dos me lo salto más de lo que quisiera (perdóname hija) por mi impaciencia, el cansancio y todas esas excusas que ponemos cuando gritamos (mi falta de respeto se traduce en gritos, nunca en insultos y descalificaciones). También reconozco que, aunque la acepto y quiero como es y no la cambiaría por nada (no lo dudes nunca pequeña) a veces me cuesta lidiar con su carácter inquieto y alocado (aunque cada vez lo llevo mejor). Y me encanta reforzar sus puntos fuertes, tal vez incluso lo exagero todo un poco, aunque no creo que le venga mal. Y por supuesto, creo que el uso de la disciplina bien entendida, para enseñar y para que nuestra vida no sea un caos absoluto. De momento estamos trabajando en ello porque me temo que esta niña mía salió rebelde. Alegre, risueña, sensible y libre como un pájaro.
Lo que más deseo es que siga siendo así dentro de veinte años a pesar de que tenga que trabajar mucho para gestionar su dolor. Y yo con ella. Siempre.





