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martes, 13 de octubre de 2015

Isabel Pantoja (hija) y el derecho a la intimidad

He escrito varios posts hablando sobre esas frases, preguntas, comentarios que todas las familias adoptivas tememos. O mas bien diría que no queremos oír porque nos desagradan. Bien por falta de sensibilidad de la persona que las dice o por simple ignorancia.

Hay una que destaca por encima de todas. La pregunta del millón:

¿Y qué sabes de su familia biológica?

Y quién soy yo para ir contando por ahí la historia privada de mi hija. Y quién eres tú para preguntarme por ella.

Yo soy su madre (no biológica) y como tal uno de mis deberes fundamentales es salvaguardar su vida y su intimidad. Tal y como hacen los famosos cuando les ponen a sus hijos una banda negra en los ojos. Pero mucho más allá. Porque la historia de nacimiento y vida anterior a la adopción de un niño es una historia que duele mucho. No es una historia feliz.

Duele mirar hacia atrás y sentir que te han abandonado, y por favor, entiéndase abandono en su sentido mas amplio, incluyendo los casos de orfandad, pues la familia es mucho más que el padre y la madre, y los de retirada de la patria potestad, ya que las causas de ésta suelen implicar en última instancia el abandono.

Es una herida que sangra siempre, aunque esté cicatrizada, aunque el dolor sea de esos sordos y lejanos. Y es muy difícil de gestionar por las mentes de niños y adolescentes. No mucho más fácil en la edad adulta. Esto es algo que sólo sabemos quienes lo vivimos. Y que a veces compartimos con otras familias como nosotros. Los miedos, las rabietas, las preguntas, los llantos, la desolación y todo lo que se mueve alrededor de este hecho. La famosa mochila que llevan ellos a la espalda y, de alguna manera, también nosotros, sus padres, sus hermanos y la familia más cercana.

Por eso es inadmisible, por no hablar de que se trata de un delito, que unos mal llamados periodistas hayan publicado una entrevista en un medio de comunicación con la madre biológica de la hija de Isabel Pantoja. La única persona que tiene derecho a decidir si quiere saber de su historia y quiere conocer en persona a esta madre es única y exclusivamente, Isabel Pantoja hija. 

La búsqueda de orígenes es un tema muy delicado, al que todos las personas que han sido adoptadas tienen derecho. Como también tienen el derecho a no querer saber nada sobre el tema.

Puede parecer injusto. Sobre todo visto desde el punto de vista de una madre biológica como puedas ser tú que lees esto ahora. Seguro que te pones en su piel y piensas: claro, yo entiendo a esta señora, pobre mujer, entiendo que quiera darle un abrazo a su hija. ¿Qué hay de malo en un abrazo?

Pues resulta que sí hay mucho de malo en un abrazo. En ese abrazo en particular. Hay de malo el morbo y el exhibicionismo, la carnaza, el dinero que hay detrás. Lo horripilante de todo esto son las cámaras que nunca deberían haber entrado en el "juego". Porque, sobre todo, lo peor es el daño que se le puede estar haciendo a esta chica, que debe estar reviviendo sus peores pesadillas, las que le han hecho pasar miedo, vergüenza, pena, odio, etc, ante un pasado imposible de cambiar y complicadísimo de entender. No olvidemos que hubo un tiempo en el que se acusó a su madre Isabel Pantoja de haber "comprado" a la niña y que ella se enteró de que fue adoptada por los niños del cole.

No he querido ver ese programa de televisión que siguiendo el juego de la desfachatez de la revista, entrevistó igualmente en un plató a la presunta madre de nacimiento.

La indignación y la rabia me lo han impedido.

Si Isabel hubiera querido ese abrazo de esa madre, lo hubiera podido tener porque lo hubiera ido a buscar. Puede que no estuviera preparada para eso aún o que no lo esté nunca. En los procesos de búsqueda de origen los expertos recomiendan ir con pies de plomo. Utilizando sistemas de mediación entre las familias. Y siempre siendo la persona a la que un día adoptaron la que dé el primer paso. 

Cuando ambas partes se ponen de acuerdo, se puede producir el encuentro. Porque puede ocurrir que la otra parte sea la que no quiera, por motivos equis. O no quiera en ese momento.

Está claro que esa madre biológica desconoce por completo la forma adecuada de abordar este asunto y no la podemos culpar por ello. Se ha dejado llevar por la emoción y por lo que hayan podido ofrecerle estos medios.

Es un tema muy sensible que no se debe ni se puede abordar de la forma en que lo han hecho estos señores.

Por ello han surgido varias voces denunciando este hecho, voces que tristemente no tienen el eco de estos grandes medios de masas, pues no son tan "mediáticas" ni venden ningún titular. Voces como la de la asociación La voz de los adoptados, formada por personas adoptadas adultas cuyo principal objetivo es "sensibilizar y proteger el derecho de las personas adoptadas y especialmente de las menores".

Aquí un extracto del comunicado que han emitido:

"Resulta paradójico que en su artículo se escandalicen de que en el momento de la adopción de esta joven alguien publicase su nombre de origen en un periódico, algo contrario toda norma, y ahora ustedes hagan lo mismo, dando a conocer a toda la opinión pública algo que pertenece única y exclusivamente a la intimidad y privacidad de María Isabel Pantoja Martín (hija). Esta intimidad no puede ser violada por nadie, incluyendo a sus familias adoptiva y biológica, puesto que está amparada por la ley española 54/2007. Al constituir delito, deseamos y exhortamos a la justicia para que lleve a cabo su cometido en cumplimiento de legislación vigente.

(...)

La búsqueda de orígenes es un derecho reconocido de toda persona adoptada; en ninguna legislación se reconoce éste para las familias de origen y mucho menos para los periodistas que se han ocupado de pasar tres días con la presunta madre biológica de María Isabel Pantoja Martín (hija)".


Siento profundamente lo que está pasando porque nadie merece ser tratado así, independientemente de que haya decidido entrar en el mundo rosa por otros motivos.

Y siento como si me clavaran un puñal sólo de pensar en lo que puede venir ahora. Gente con la sensibilidad de una esponja de mar que se te acerca y te pregunta a bocajarro cosas tan lindas como ésta:

"¿Qué harías tú si te viene la madre de tu hija?"

"¿Sus padres viven? ¿tiene hermanos?"

"¿Por qué la abandonaron?"

Por favor, un poco de respeto.






martes, 1 de septiembre de 2015

Soy una Madre, y punto.


Hace unas horas, mientras comía, me llegó una supuesta declaración de Sandra Bullock acerca de su maternidad a través de Facebook, ese inmenso país de más de 1.600 millones de almas.

Ella dice algo así como que está cansada de escuchar que su hijo, al que adoptó hace unos cinco años, no es su hijo por no ser de su sangre y también está harta de que la llamen siempre madre adoptiva.

Sé que el escrito de Sandra Bullock iba dirigido a conseguir otro fin distinto que el de abrir los ojos a la gente, y a conseguir firmas para que dejen de ponernos la etiqueta a las familias que nos hemos formado mediante la adopción. Iba destinado a sensibilizar sobre la adopción de perros, loable fin igualmente, aunque a mí no es lo que más me ha impactado de sus palabras.

"I'm a Mother. I need no other label or prefix".
(Soy una Madre. No necesito ninguna otra etiqueta o prefijo)

Yo también estoy cansada, hasta el infinito y más allá, de esa etiqueta. De ser para muchos una madre adoptiva. De ser una madre adoptiva que, además, es madre biológica.

Esa continua distinción que hacen los medios de comunicación. Lee si no cualquier artículo de la familia Pitt-Jolie y verás que siempre remarcan el hecho de que algunos de sus hijos son biológicos y otros adoptivos. Y no sólo los medios, sino también la gente de tu alrededor. Puede que muchas veces lo hagan en voz baja, aunque otras no tienen ningún pudor en comentarlo de viva voz. Muchas veces por desconocimento y otras por falta de sensibilidad.

"Ella tiene además otra hija suya", dijo el otro día sobre mí una persona de mi entorno. Quise decirle algo, pero me contuve. Lo dicho, estoy cansada y además, estoy en una etapa de mi vida en la que quiero "dejar ir" las cosas. Relativizarlas para que no me duelan. Tampoco es tan importante corregir a esa persona, que además es extranjera y puede que ni siquiera sepa expresarse bien en mi idioma. Respira. Hondo. Venga va, déjalo estar.

Estaba sola, sin mi hija delante, porque claro, de no haber sido así, no hubiera podido dejar pasar estas cosas, porque a la que le duelen es a ella. Y además, ella no tiene la capacidad de un adulto para comprender estos matices del habla. Ni para gestionar las emociones que le provocan.

Las palabras pueden parecer inofensivas cuando en realidad son bombas de relojería que pueden hacer más daño que pegarse con el pico de un mueble en la espinilla. Mucho, mucho más.

¿Cómo crees que puede sentirse mi hija pequeña cuando escucha cada poco frases de este tipo? Porque no sólo escucha lo que me dicen a mí o lo que yo digo cuando está delante. Escucha lo que dicen los vecinos en la piscina, los niños del parque, los padres del cole, los compañeros de clase, los profesores, los abuelos, los primos lejanos y una señora que pasea por la playa y le toca el pelo porque le encantan los rizos afro. Sin contar lo que sueltan en la tele, en las películas, anuncios, etc. Porque leer revistas o internet todavía no. Ya llegará.

Los niños como ella tienden a compararse de forma constante con sus hermanos biológicos, y sienten, en ocasiones, que no forman parte realmente de la familia porque en realidad tienen otra en algún lugar lejano, Y porque no comparten rasgos físicos contigo. Lo sienten y no lo dicen, al menos no a menudo. Lo demuestran en la forma de comportarse, en lo que dicen, en lo que callan.

"¿Por qué a ella la dejas hacer eso y a mí no? ¿Yo también estoy guapa? ¿Y yo, qué? ¿Y yo qué? ¿Y yo qué? Preguntas diarias que suceden cuando cometes el "error" de permitir que su hermana sea la primera en algo. En recibir un piropo, en servirle primero la comida, en pintarle las uñas. Cosas aparentemente sin importancia que para ella son un mundo. La comparación constante, el sentirse de menos. Por más que la alabemos, la abracemos, la besemos, le regalemos cosas, la dejemos tomar chicle, le leamos cuentos, le prestemos atención, le digamos que la queremos y la cuidemos de la forma que ella necesita. Que no es la misma que necesita su hermana y por eso no lo hacemos igual. Nunca una más que otra. Sólo distinto. Posiblemente lo estemos haciendo mal, como suele pasar en la maternidad-paternidad. Ahora bien, de nada ayuda que el ambiente se empeñe en ponernos zancadillas. Y mucho menos, etiquetas.


jueves, 18 de septiembre de 2014

Reuniones de principio de curso

Este año voy a sacar las mejores notas de mi vida como buena madre que soy. Me lo he propuesto.

Para empezar, este curso llevo a mis hijas todos los días al cole a las nueve de la mañana, con puntualidad asombrosa (llegando incluso 15 minutos antes de que abran la puerta), cosa que antes hacía de vez en cuando, lo de llevarlas digo, y siempre sobre las ocho. Las dejaba en esa actividad conocida como Los primeros de la mañana. Imagino que le habrán puesto ese nombre de "Primeros" con la idea de edulcorar el hecho de que por culpa del trabajo tengas que levantar a tus hijas tremendamente pronto y dejarlas desde bien temprano en el cole. Algo negativo per se, porque además cuesta un ojo de la cara, se adorna con una palabra cargada de positivismo.  ¿Quién no ha querido alguna vez ser el primero en algo?

Tan aplicada estoy que incluso esta semana he asistido durante dos días seguidos a sendas reuniones con las maestras de mis hijas. A la una de la tarde, en pleno horario laboral. Por lo general no puedo asistir a estas reuniones, y menos durante dos días seguidos. Normalmente son a las 12:30, hora ideal para aquellos que curramos en oficinas de sol a sol. Pero este año me enfrento a dos importantes retos: la pequeña empieza primaria y la mayor la acaba, con sus correspondientes pruebas CDI y PET que son algo así, desde el punto de vista de la preparación y nervios previos, como la selectividad por partida doble.

Acojonada estoy.

Así que necesito involucrarme a tope en todo lo que tenga que ver con el cole para salir airosa de este curso. O eso o las vamos a pasar canutas.

A veces el trabajo me absorbe tanto que siento que paso por su vida escolar de puntillas. El año pasado, entre que tuve que contratar a alguien para que las recogiera y su padre las llevaba, más mis viajes y demás, me sentía como una de esas directivas (sin serlo) que curran tanto y envían a sus hijos a un internado. Sólo que con la cuenta pelada el dia 8 del mes.

Así que esto se ha acabado, este año mi prioridad number one son las niñas. En realidad siempre lo han sido, pero el curso pasado el nuevo trabajo, en el que ya llevo un año, me engullió de tal manera que todo sucedió sin darme cuenta y no, no quiero que esta situación se repita.

Y tras esta parrafada diré que yo vine aquí a hablar de las reuniones escolares. Bueno en realidad de la reunión a la que fui el martes de mi mayor. Sobre la otra nada que comentar, a excepción de que la profe me encantó, me dió buen rollo, aunque he de confesar que cuando vi que la otra posible profe era irlandesa me dio cosilla que no le hubiera tocado, por aquello de ser nativa. Van a un cole bilingüe. Sin embargo creo que nos va a ir bien con esta, lo intuyo y espero.

La reunión de la mayor fue una reunión de grupo, de los tres grupos de sexto del cole, con las tres maestras enfrente de los padres contándonos las novedades del curso. Hacía tantos años que no iba a las reuniones de L. que no sabía que ahora eran conjuntas.

Todo empezó con normalidad, comentando el tema de las pruebas de marras y demás. Y de repente escucho decir a una de las profes, no la de la mía: "y por favor todos los días duchados y con desodorante, que están hormonando". 

Fue como un bofetón de realidad mezclado con cierta estupefacción. De acuerdo que ya están en eso que se llama pubertad y que algunos niños, sobre todo niñas, están muy desarrollados, pero jo, cuesta hacerse a la idea de que tu niña está dejando la niñez para adentrarse en el peliguado mundo de las preadolescencia que después perderá la pre para relucir en todo su esplendor. Y lo siento pero no voy a poner desodorante a mi hija de diez años todavía.

La cosa podia haberse quedado ahi pero no. La misma profe, que por su edad intuyo no es madre o si los es, es reciente, insistió en meter el dedo en la llaga. "Llevad cuidado, que ya son adolescentes y se las saben todas, están revolucionados". O "Ya van a pasar a secundaria y deberían hacer esto y aquello solos, no pueden llegar al instituto de vuestra mano". Las palabras no son literales porque no las recuerdo exactamente, aunque se acercan mucho.

Lo que me dolió, y me consta que también a otros padres que me lo comentaron, fue esa ligereza de llamar a niños de 10 y 11 años adolescentes. Que el hecho de ser adolescente no es nada malo ojo. No estoy diciendo eso. Lo que me parece mal es esa manía de querer hacerles mayores antes de tiempo. El que ideó esta reforma de la educación, la de la ESO no tenía hijos o si los tenía le importaban poco o sufrió enajenación mental cuando su brillante pensamiento salió de su cabeza para convertirse en ley. Que un niño de 12 años deje el colegio para unirse al instituto con adolescentes de hasta 18 años me parece una aberración. Los niños, a esa edad, son aún eso, niños, preadolescentes si quieres, pero niños. En cambio ellos se creen mayores porque se unen al grupo de los mayores. Esto no me lo imagino, es que lo he visto con mis propios ojos en compañeros del cole de L.

Como los que fuimos a la EGB cuando con 14 llegábamos al insti y ya empezábamos a tontear con el tabaco y el alcohol y a salir con chicos. Tambien a maquillarnos y depilarnos. Recuerdo las peloteras con mi madre por este tema. Yo quería depilarme. Ella me compraba Andina. Ahora la entiendo. Y sólo de imaginar a mi niña el año que viene convertida en adolescente a la fuerza, imitando su comportamiento o sintiéndose fuera de lugar si no lo hace...se me ponen los pelos como escarpias.

Esto es algo que sólo las madres que han pasado por ello comprenden. Las que tienen niños más pequeños no lo entienden, lo cual es normal y no lo critico para nada. Lo que pasa es que joroba que la gente de tu alrededor suelte cosas como las de la profe de antes a la ligera. Sin tener en cuenta los sentimientos de nadie, ni de los padres ni de los hijos. L. llora cuando piensa que ella será adolescente y tendrá eso que llaman la edad del pavo, no quiere ni mentarlo. Sé que no le gusta nada que le digan que está mayor, sí, parece raro, cuando todos los niños a esas edades queríamos serlo. Me da que tiene un poquito de Peter Pan, sin ganas de crecer y vivir en un mundo de adultos para siempre. Y no me extraña. 

Así que desde aquí lanzo un mensaje en una botella por si llega a buen puerto.

Déjemos a los niños alargar su infancia lo máximo posible. Profesores, padres y madres, familiares, revistas, series de televisión, creadores de videojuegos y de juguetes en general, amigos...dejemos que cada cosa llegue a su tiempo, y llamemos a cada cosa por su nombre. No seamos nosotros quienes fomentemos esa revolución antes de lo que toca.

El lenguaje parece algo trivial e inocente pero las palabras las carga Miley Cirus, digo el diablo.

Ahí lo dejo.






miércoles, 23 de julio de 2014

Cuando las amistades infantiles se complican

Mi hija L. cuando tenía tres años: “¿quieres ser mi amiga?"

Esta frase la repetía como un mantra a todas las niñas del parque y de cualquier sitio al aire libre donde encontraba a peques más o menos de su misma edad.

La mayoría le decían que sí y todo era felicidad y se juraban amor eterno para toda la tarde.

Cuatro años: "Mamá, tengo una amiguita en el cole que me invita a jugar a su casa? ¿Puedo ir mamá?

Mi hija mayor fue muy precoz socialmente. Comenzó a esta tierna a edad a frecuentar casas de compañeras de clase, en especial de una de ellas, con cuyos padres siempre nos hemos llevado la mar de bien y que a día de hoy se han convertido en amigos.

Cinco años: "Mami, ¿me dejas quedarme a una fiesta de pijamas en casa de C.? Porfaporfaporfaaaaaa"

Las relaciones se iban estrechando más y más...y era raro el fin de semana en que no viniera una niña a casa o fuera ella a la suya.

Al principio me estresaba un poco. Luego ya hasta me gustaba. Porque significaba que esa tarde noche quedábamos los padres a tomar algo en la casa donde se celebraba la pijamaparty y nos echábamos unas risas.

Crearon un grupo muy majo de amigas esos primeros años. Y por ende, los padres y madres también.

Tenían sus discusiones y sus cosas, como todos los niños, nada que no se solucionara con un "perdona" y un beso.

Jamás hubo un insulto, o al menos no fui consciente, o una burla.

El tiempo fue pasando entre fiestas de cumpleaños, de pijamas y tardes de juegos en habitaciones donde con cabía un alfiler por culpa de los juguetes acumulados.

Hasta que llegaron los ocho años y el cole decidió separar y mezclar las tres clases de tercero de primaria que habían estado juntas desde que empezaron con tres años.

"Por el bien de los niños", "es algo muy bueno para ellos que les aportará muevas amistades", "así se abren más y también desaparecen las etiquetas".

Era yo la única que no estaba contenta con la decisión. No me parecía que fuera bueno que separaran a amigos que llevaban cinco años estrechando lazos. En esta primera infancia se conforman relaciones muy importantes y a la vez muy frágiles. Lo primero porque se comparten muy buenos momentos y se crece en compañía de esos amigos. Se aprende con ellos. En unos años donde el tiempo pasa muy muy lento y todo se magnifica. Es sencillo hacer amigos con cinco años y a la vez es muy fácil perderlos con la separación, pues ellos no tienen los medios que tenemos los mayores para mantener una relación a distancia.

Si me cambio de trabajo puede que mis relaciones de amistad cambien debido a la falta de contacto diario, pero seguiré pudiendo hablar con la gente por mail, teléfono, whatsapp... Y quedando con ellos. Un niño no. O los padres ponen de su parte o finalmente las relaciones se van perdiendo en pos de otras que vendrán.

"Se verán en el patio", sí pero no. Al principio claro. Con el tiempo...no tanto.

L. con ocho años: "mamá, tengo un montón de amigas nuevas en clase, estoy muy contenta, y sigo viendo a las demás en el patio, además tengo a M. conmigo, he tenido suerte".

L. Con nueve años: "mamá, me gustaría que las cosas fueran como antes. Casi no veo a mis amigas de siempre y las nuevas...no estoy tan segura de que sean amigas...hay mucho líos".

"¿Qué clase de líos, hija?"

Entonces me cuenta historias larguísimas sobre menganita a la que no le cae bien fulanita y no quiere que el resto le hable y ella no sabe qué hacer porque quiere estar con todas y no entiende por qué no pueden llevarse bien y ser amigas sin más.

Así nos pasamos cuarto curso.

Llegamos a quinto y todo se enrevesa más. Los líos de antes la enredan a ella también en una espiral de conspiraciones, tejemanejes, cotilleos malintencionados, suspicacias y envidias. Quizá me he hecho mayor, puede ser. El caso es que pensaba que todo eso era cosa de adultos.

Cuando estamos a punto de finalizar el año empieza a llegar llorando a casa porque la situación le supera. Sé que son cosas de niñas, que no debo mirar con ojos de madre de 40 años, como bien explicó Merak Luna en su post de esta convocatoria del #hayvidadespuésdelos6.

Sin embargo no puedo evitar sentir rabia y unas ganas enormes de plantarme delante de estas niñas y decirles cuatro cosas. La vida no puede empezar a llenarse de mezquindades a esta edad. La infancia está para disfrutarla y jugarla y no para perderla pensando en si no soporto a tal o cual o voy a excluir a éste o aquél de los juegos porque me da la gana. 

De todas formas no lo hago.

El último día de curso respiré aliviada porque pensé que el verano se encargaría de calmar los ánimos para el curso que viene.

Cuando estos días ha vuelto a quedar con sus amigas de siempre, con C., M. y con P. en la piscina, y la veo tan feliz, me sigo cuestionando si de verdad ese cambio de hace tres años fue realmente bueno para ella (y otros niños de su promoción). 

Mirando la parte positiva, todo esto la ha hecho crecer por tener que enfrentarse a situaciones un poco complicadas. Aunque, me pregunto, ¿había necesidad? 

viernes, 11 de julio de 2014

No es lo mismo que te llamen ¡negro! que gafotas cuatro ojos o gordoballena


Los niños empiezan a ser conscientes de que tienen un color de piel diferente al que predomina a su alrededor muy pronto.

L.E. tenía tres añitos cuando comenzó a darse cuenta de que ella no era como los demás. Empezó a fijarse en otra gente negra y a señalarles sin saber muy bien por qué. Hasta que un día dijo: mira mamá, ese es como yo.

Otro día me preguntó que si ella iba a ser blanca de mayor. En su inocencia pensó que este deseo también llegaría al "ser mayor", como lo de tomar café, conducir, quedarse hasta tarde viendo la tele o tomar coca cola con cafeína. Ah, y tener novio, se me olvidaba.

Cuando comento este tema con amigos o conocidos muchos de ellos, con toda su buena intención, me cuentan historias sobre ellos mismos o sus hijos siendo discriminados en el cole por llevar gafas, tener unos kilos de más, llevar aparato en los dientes o ser considerado el empollón de la clase. Yo misma sufrí mucho por esto último, a lo que se unía una timidez enfermiza que toda mi vida luché por superar. 

Pero no. No es lo mismo ni mucho menos. "¿No se trata de la diferencia?" Me preguntaba hace poco una de estas amigas, "no entiendo por qué es distinta una cosa de la otra". Y yo prometí escribir este post para explicarlo.

Hace bastante tiempo leí un gran post de la genial madre de Marte donde hablaba de este tema. Ella explicaba con una lista bastante larga las diferencias entre una y otras. 

No voy a enumerarlas aquí todas ni mucho menos porque ya lo hizo ella muy bien. Recomiendo leer su artículo.

Sólo quiero resaltar tres puntos que para mí son fundamentales y añadir un matiz.

Para empezar, no es lo mismo ser que estar o llevar. Es decir, no significa lo mismo "ser" negro que "estar" gordo o "llevar gafas". Siempre puedes dejar de estar gordo y quitarte las gafas. Nunca dejarás de ser negro ni aunque te blanquees al estilo Michael Jackson.

Otro punto importante es el diferente tono con el que se meten con un niño por ser negro. Imagina a un niño diciendo a otro ¡negro! Y ahora a otro diciendo ¡gafotas cuatro ojos capitán de los piojos! Puede que en este último caso se oigan risitas absurdas de abusón, en cambio en el primer caso no habrá risitas, habrá desprecio y hasta me atrevo a decir que una mueca de asco. No me toques, no te acerques a mí. Los niños no negros que insultan a niños negros aún no saben muy bien por qué sienten eso, por qué dicen negro como un insulto. Sus padres o los adultos de quienes lo han aprendido sí que saben.

Los adultos no discriminan a otros adultos o niños por llevar gafas o aparato, ¿os imagináis? Por estar gordos sí, aunque no tiene que ver con la diferencia sino con que no siguen los cánones de belleza que nos venden como ideales. En cambio sí que hay adultos que discriminan a otros adultos por ser negros. Y lo peor, también a niños. Son pura y simplemente racistas. Lo que va en contra de los derechos humanos y la constitución española, los valores más elementales y el sentido común.

Y esto me da pie a comentar uno de los puntos que menciona la madre de Marte y que copio textualmente:

En ninguna época ni lugar se ha discriminado de forma general a las personas gordas o con gafas. No se les ha matado, ni segregado, ni obligado a usar lavabos o medios de transporte distintos. No ha habido esclavitud de gordos, ni de personas con gafas. Ni apartheid. Tampoco se ha hecho beber de fuentes distintas ni entrar por puertas traseras a los bajitos, ni a los que llevan gafas, mientras que sí existe una historia de discriminación real hacia los negros o hacia los indígenas en muchos países, y eso no ha desaparecido de un plumazo. Somos herederos de esta historia.

Hay muchos más argumentos sobre las "diferentes" diferencias. Yo me quedo con estos. 

Sí, sé que este último punto no puede aplicarse a los niños en el cole, al menos no a los niños de cinco o seis años que aún no conocen la historia del mundo ni saben quién era Mandela ni Luther King o han visto películas como El mayordomo. Se aplica, eso sí, a los padres y madres blancos de esos niños negros. Quienes no podemos evitar pensar en todo ello cuando nos vienen nuestros hijos y nos cuentan que quieren convertirse en blancos. Porque sabemos que esto es sólo el principio de un camino plagado de escollos. Por su color de piel y por su condición de haber sido adoptados. Porque llegará un momento en que dejarán de ser niños, saldrán al mundo sin nuestro escudo protector y tendràn que ver, oir y vivir cosas muy desagradables que todos nosotros quisiéramos evitarles.

Porque somos sus padres y madres. Porque les queremos con todas nuestras fuerzas. Porque les querríamos aunque fueran dinosaurios.

Y nos encanta su piel, su pelo, su cara...nos gustan tal y como son. 

Aunque sí, todo sería más fácil si fueran blancos, desgraciadamente es así. Este mundo está plagado de injusticias y sinrazón. De mala gente que se cree buena gente. De políticos estúpidos que pregonan estupideces del tipo "fuera extranjeros" y ganan elecciones. De boludeces, como diría mi amiga Pao.

Afortunadamente, por otro lado, el mundo tiene otro tanto de lo otro, de cordura, de buena gente, de personas que son capaces de cambiar a mejor, de niños preciosos que no entienden de diferencias, de adultos fantásticos que creen en la igualdad, la diversidad, y la riqueza de la multiculturalidad.



martes, 1 de julio de 2014

Te querría aunque fueras un dinosaurio

-"No me queréis porque soy negra"

-"¿Por qué dices eso hija?, sabes que te queremos mucho y te lo decimos todos los días"

-"¡Porque lo sé! -llorando- sé que es imposible que me queráis"

-"Te quiero mucho, y te querría igual aunque fueras azul o verde, incluso si fueras violeta, que es un color que no me gusta"

Medio sonrisa...

-"Si fueras un dinosaurio a lo mejor no te querríamos...bueno, creo que sí te querríamos pero no podríamos darte estos abrazos gigantes porque serías tan grande que no cabrías en los brazos, y eso sería una pena"

Sonrisa completa, con los ojos llenos de lágrimas.

La conversación continuó con sus altos y bajos, hubo mucho llanto, mucho abrazo y mucho beso. 

... Hasta la siguiente crisis... Esto no ha hecho más que empezar


lunes, 16 de junio de 2014

La vida social de los niños de primaria


Cuando te conviertes en madre nadie te avisa de muchas cosas. Eso de dormir a intervalos de dos horas, por ejemplo. Te prometo que a mí no me lo dijeron porque quienes me conocen saben que con lo dormilona que soy, me hubiera negado a ser mamá.

Conforme tu bebé va descubriendo el mundo, tú vas conociendo uno completamente nuevo, un lugar donde los olores, sabores, texturas y sonidos difieren muy mucho de tu despreocupada vida anterior.

Y piensas: "qué bien que ya come puré" y después "qué bien que ya come trocitos" y luego "qué bien que ya come sólo" y "ya va al baño solito" y "ya no lleva pañal por las noches" y de repente "ya se ha hecho mayor que va al cole"... El cole...ese lugar que nos cuesta tanto elegir y por el que sufrimos tanto antes de entrar. Le admitirán, no le admitirán. Ese lugar lleno de niños donde nuestros hijos han de pasar la mayor parte del día sin nosotros. Ese lugar lleno de ... ¡Otros padres!

Nadie me avisó de que tendría que relacionarme con otros padres. Yo, que cuando bajo al perro (muy pocas veces porque esta tarea la delego) parezco Javier Bardem con gorro y gafas de sol para evitar paparazzis. Y claro, puedes ir con gorro y gafas durante dos o tres años pero llega un día fatídico en el que tu hija recibe su primera invitación de cumpleaños y ahí ya no te escapas. Se acabó el ir de incógnito. Se terminó escudarse en el mogollón de la salida del cole para pasar inadvertido. Llega el día D y la hora H y ahí te ves, con tu niña en medio de una piscina de bolas con montones de críos chillando y montones de padres y madres que parecen conocerse de toda la vida. Y tú sin saber a donde mirar ni con quién hablar. Un cuadro. Y encima en estas fiestas primerizas no suele haber alcohol así que no hay forma de desinhibirse.

Me estoy dando cuenta de que yo vine aquí a hablar de las relaciones de mis hijas con otros de su misma condición/edad y no paro de hablar de mí. Va a ser porque este tema de la vida social de nuestros peques va unido irremediablemente a la nuestra propia. Sus amigos van a llevarnos a sus padres y madres y más vale que nos caigan bien. Del mismo modo, nuestros amigos les van a llevar a ellos a compartir juegos con sus hijos. Todo muy bonito hasta que un día cuando cumplen diez años te dicen que no aguantan a fulanito o menganito que precisamente es el hijo de uno de los que mejor te caen a ti. El mundo al revés.

Nadie me avisó de que la vida social de una niña de seis años puede ser más activa que la de Paris Hilton. Además, cuando eres primeriza, eres de esas madres petardas que se quedan siempre a los cumples, incluso a las tardes de juegos en casa de la muy mejor amiga de ese mes. Ahora, con más cumpleaños infantiles que Teresa Rabal a las espaldas, me temo que, a punto de que mi hija pequeña cumpla los seis, seré una de esas malasmadres que deja a la niña en la fiesta y aprovecha a hacerse la manicura, irse de compras o echarse una siesta.

Sin exagerar puedo decir que hemos tenido varios meses en que cada semana había un cumple, a veces incluso dos, con el correspondiente lío a la hora de comprar el regalo, anular planes de adultos y concienciarse de que ibas a pasar la tarde entre coca colas sin cafeína, sandwiches de nocilla y decibelios de niños excitados por sobredosis de azúcar.

Con el tiempo los padres aprendemos, sobre todo las madres, quienes solemos ser quienes nos encargamos de todos estos follones. Aprendemos a celebrar varios cumples a la vez, a poner cinco euros por niño y que sean los padres del cumpleañero quienes le compren el regalo, a que haya cerveza para los mayores que se quedan y a no quedarnos (casi) nunca.

Nadie nos avisó tampoco de que nosotros tendríamos que celebrar los cumples de nuestras hijas, más allá de aquellas fiestas de nuestra infancia con los primos y vecinos del barrio. Nadie nos preparó para las ludotecas, piscinas de bolas, parques temáticos, fiestas de Monster High o Princesas.

Cada año, cuando llega el mes de octubre me echo a temblar. Tengo dos fiestas seguidas que preparar porque sus cumples sólo tienen diez días de diferencia. Y me esperan montones de tarjetas de invitación de los amigos de siempre y de los nuevos que llegan cada curso.

Lo bueno es que gracias a esas fiestas que antes tanto temía he llegado a hacer muy buenos amigos. Y que ellas disfrutan de lo lindo y es cuando empiezan realmente a estrechar lazos con los que serán sus mejores amigos el día de mañana.

Mi hija mayor este año hará por fin una celebración en petit comité, sólo con sus amigas más cercanas. La pequeña en cambio querrá invitar a casi toda la clase. Y digo casi porque a pesar de su corta edad ya tiene sus preferencias. "Mamá a este no que siempre se mete conmigo". Pues no, ea.

"Hay vida después de los seis años" es una iniciativa de Merak Luna, del blog Ciclogénesis implosiva, en la que queremos implicar al mayor número posible de blogs con el fin de hacer más visibles los problemas, experiencias y situaciones que viven las familias con niños que han dejado ya atrás la primera infancia. Hijos en edad escolar, preadolescentes, adolescentes... todos tienen cabida aquí. Si estás interesado en aportar tus experiencias sobre el tema propuesto, no tienes más que publicar bajo el hashtag #hayvidadespuesdelos6 el tercer lunes de cada mes y enlazarlos a través de "InLinkz" que encontrareis en el blog de Merak Luna y que permanecerá abierto toda la semana. Vuestros artículos se irán actualizando en todos los blogs que participamos. En esta ocasión, varias amigas nos hablan del la "Las relaciones con los amigos" que, como podéis comprobar, dan para mucho.

lunes, 9 de junio de 2014

Madre, ¿cómo se te ocurre trabajar fuera de casa?


Cuando nació mi hija mayor, el mismo día que lo hizo y al siguiente recibí muchas llamadas de felicitación. Lo que entonces me parecieron miles de personas se pasaron a verme al hospital, momento en el que perdí totalmente mi imagen de mujer modernigante (moderna a la par que elegante) como me llama mi hija. Me convertí en esa mujer recién parida con ojeras y pelo hecho unos zorros que pululan en la vida real, más allá de esas fotos de las famosas recién salidas del paritorio y con cara de que el niño es de atrezo pues si no nadie se explica esos pitillos y esa cara película.

Entre las muchas llamadas que recibí en esos primeros días, esos en los que las hormonas parece que van subidas en el Dragon Khan, recuerdo especialmente la de una tía mía. Tras las felicitaciones de rigor me dijo esto: "y ahora qué vas a hacer con el trabajo, ¿no pensarás dejarla en la guardería cuando cumpla cuatro meses, no?". Por aquel entonces yo trabajaba en aquella empresa que me contrató embarazada, experiencia que conté aquí hace un tiempo.

Pues sí, pensaba volver al trabajo. Siempre he querido trabajar y ganarme el pan por mí misma. No depender de nadie. Durante muchos años mi padre me mantuvo y me costeó los gastos de una carrera fuera de mi ciudad, con mucho esfuerzo y sacrificio. Y todo ese tiempo yo soñaba con ganar un sueldo para que él no tuviera que seguir financiándome. 

Me costó mucho llegar a una empresa con un puesto y sueldo decentes. Antes pasé por compañías explotadoras, con horarios infernales, sueldos misérrimos y/o jefes acosadores. Después resulta que me metí en medio de la burbuja punto com y fui pasando de una a otra, huyendo de las sucesivas crisis que las cerraron, hasta recalar en la que estaba cuando recibí esa llamada de mi tía, con mi bebé de un día a mi lado, la cual finalmente también acusó la crisis.

Cuando una mujer tiene un hijo, un amplio espectro social pasa automáticamente a etiquetarla de MADRE y ya. Da igual que hayas estudiado una carrera, sepas idiomas, trabajes, te guste escribir, pintar o viajar o hagas deporte, incluso de competición, seas política, defensora de los derechos de los animales o colabores en una ONG en Africa. 

La palabra que destaca como un letrero de neón en una carretera americana: MADRE. Y nos ciega para ver otra que suele ir unida, no siempre, a esta otra: Padre.

Lo vemos a diario en los medios de comunicación, incluso en esos medios que se declaran defensores de la mujer, cuando le preguntan a las directivas eso de "cómo compaginas tu vida personal y familiar con el trabajo" olvidando siempre preguntarlo a los hombres. 

Lo vemos en twitter, con casos como el de Sara Carbonero en el Mundial de Brasil. Qué cómo es capaz de dejar a su bebé tanto tiempo, que vaya madre, que es muy pequeño y bla bla. A ver señores y señoras, qué manía tenemos todos de meternos en la vida del prójimo para hacer sangre. Estoy segura de que ella, como cualquier madre, quiere lo mejor para su niño y le adora. Si no se lo lleva al trabajo, a pesar de tener dinero para ello, tendrá sus motivos. Se me ocurre por ejemplo pensar que Brasil es un país donde la violencia es alta y las posibilidades de que te secuestren y/o algo peor son muchas. Máxime siendo quién es. Se me ocurre también que un viaje de más de once horas en avión no es muy recomendable para un bebé. 

Y, lo que clama al cielo, es que la gente no se plantee en meter en la ecuación al padre. ¿Acaso los hijos son responsabilidad únicamente de las madres? ¿Acaso somos nosotras las que debemos renunciar a nuestra profesión o a ascender en la misma por ellos? ¿Acaso debemos continuamente dar explicaciones de los motivos que nos hacen elegir seguir trabajando?

Sé que hay muchas mujeres (y hombres?) que preferirían no tener que trabajar para disfrutar de sus hijos todo el tiempo y que si no lo hacen es por necesidad económica. Lo respeto. También los hay que quieren y lo pueden hacer. Lo respeto también. Pero también sé que a otras muchas, entre las que me encuentro, nos gusta trabajar fuera de casa (que no es lo mismo que nos guste nuestro trabajo) y preferimos llevar esta vida de locos para arriba y para abajo, aunque haya días que prefiriríamos que nos cortaran un pie.

Y no, no es porque nos guste "salir de casa" y "arreglarnos". Ni por supuesto tiene nada que ver con el grado de amor hacia nuestros hijos. No somos peores o mejores por ello. Simplemente, en mi caso, es porque necesito ese mundo que va más allá de la casa y la familia. Ese mundo donde consigo cosas por mí misma, aprendo día a día, me frustro y me cabreo cuando las cosas salen mal y me emociono y me siento orgullosa de mí misma cuando salen bien. Ese mundo que mueve la economía, la del mundo y la mía propia. Ese mundo que antes, y no hace tanto, era sólo de hombres. Ese mundo que mis antepasadas consiguieron abrir al género feménino y al que sólo "renunciaría" para dedicarme a mi verdadera vocación, la escritura. Otro tema, para otro post.

Cuanto me gustaría que mis hijas no tuvieran que pasar por esto en unos años. Que verdaderamente existiera esa cosa que llaman igualdad. Que pudieran ser libres de elegir lo que quisieran sin que nadie las demonizara por ello. Que fueran mucho más de lo que se supone que pueden o deben ser por el hecho de ser mujeres. Que lograran romper ese famoso techo de cristal, que dejaran de leer críticas desaforadas como las de Sara. Que vieran normal que los hombres se pidan excendencias o bajas paternales. Que disfrutaran de un mundo, en definitiva, más sensato y más justo.

lunes, 19 de mayo de 2014

Verano y niños... ¡Y yo con estos pelos!


Pero, ¿cómo? ¿Ya estamos en mayo? ¿Y el cole este año acaba el 20 de junio?

Noooooooooooooooooo!!!!!

Otra vez la pesadilla del verano y de intentar encontrar una solución satisfactoria para todas las partes y a bajo coste, sin poder contar con superabuelas ni sobrinas adolescentes a las que convencer con unos eurillos y una piscina en la que tomar el tórrido sol madrileño.

Como ya conté por aquí el año pasado, para nosotros (marido y yo) las vacaciones escolares son un problema de estado. De estado de nervios, quiero decir. Supongo que habrá muchos padres y madres que estén igual o incluso peor que nosotros, que oyen la palabra VACACIONES y les empieza a salir urticaria, aunque sinceramente, deben de vivir a miles de kilómetros de mí o no tener twitter, pues es comentar este tema y no escuchar a nadie que diga: uffff, cómo te entiendo. 

Me he llegado a sentir un bicho raro cada vez que les comento mi agobio estival.

Una posible causa es que en la blogosfera me relaciono con mucha mamá de niños de menos de 3 años, que tienen el tema resuelto por las guarderías o las posibles excendencias. 

Otra que no disponemos de familiares cercanos dispuestos a hacer de canguros, como muchas otras familias que siempre tienen una buenabuela o buenatía a mano. Y otra, por supuesto, es el dinero. Si fuéramos pudientes otro gallo cantaría. Pagar a más de 100 euros la semana de campamento por niña, teniendo dos y siete semanas por delante hasta que nosotros podemos irnos de vacas, no way my friend. Pagar una chica o señora a razón del sueldo mínimo tampoco. Y pedir una excedencia es impensable.

Estoy segura de que hay otros padres más allá de nuestro círculo que también andan desesperados. Así que lo mismo les viene bien leer este post donde, NO, no voy a destapar la fórmula mágica de la conciliación, peeeeroooo puede que ayude un poquito a ver luz más allá del tunel de julio.

Tras mi olvidable experiencia del año pasado con los centros abiertos de la Comunidad de Madrid, los cuales eran fabulosos hasta que decidieron informatizar el proceso de solicitud (convirtiéndolo en farragoso y complicado, a pesar de que debería haber sido al contrario) y subir el precio más de un 100%, sí un 100% así, de golpe y sin previo aviso, este año he obviado la convocatoria y me he lanzado de lleno a buscar una au pair. Una chica que cuida de tus hijos mientras les enseña un idioma y a cambio intenta aprender español y convive con tu familia.

Casi rompo a llorar cuando la chica que tuvimos el año pasado me dijo por mail hace un mes y pico que este año no quería, finalmente, ser nuestra au pair. No porque la hubiéramos tratado mal o mis chicas sean imposibles (mis chicas son lo más) sino porque prefería trabajar en algo que le diese más dinero para pagarse la carrera este invierno. Al menos eso me dijo, y me lo creo porque ella adora Madrid y sé que estuvo muy a gusto en casa.

Así que me puse manos a la obra. Escribí a mis compañeras de trabajo francesas, a las más jóvenes, por si conocían a alguien. Al mismo tiempo empecé a buscar en www.aupairworld.com, donde el año pasado encontré a Louise.

Si os soy sincera, no he buscado mucho y me he fiado más de los contactos que me han llegado de Francia, por aquello de que vienen de parte de alguien conocido. Además, creo que a mis hijas les vendrá bien aprender francés, pues no sabemos si acabaremos viviendo allí algún día.

Bendito skype. Gracias a él hacemos las entrevistas, tras unas cuantas conversaciones por chat o mail. Yo suelo pedir que ya sepan algo de español, sobre todo por mi hija pequeña, de cinco años. La mayor pilota mucho inglés y no tiene problemas. 

En la entrevista les pregunto cosas como su experiencia con niños, los motivos por los que quieren ser au pair, si conocen España, qué les gusta hacer en su tiempo libre...también les presentamos a las niñas y hablan un rato entre ellas. Para mí es muy importante ver su actitud delante de las niñas. Es fácil darse cuenta de si le gustan los niños o es una pose. Me puedo equivocar, obviamente, como cuando el año pasado iba a contratar a una chica que después me salió rana y tuve que cambiar al final, pues estaba más preocupada en ir a la playa que en mis hijas.

La chica que hemos escogido este año parece muy cariñosa y educada, con ganas de aprender el idioma pues estudia Traducción e Interpretación, y con experiencia con peques de 2 y 5 años. Creo que es mejor que su motivación para venir sea esa que cualquier otra del tipo "conocer otra cultura" pues muchas veces ello significa "salir de juerga hasta las tantas". Que no es que yo esté en contra, he sido joven (más) y juerguista, lo que pasa es que lo pasas mal mientras esperas a que vuelva de madrugada, como si fuera tu propia hija la que se va. Y a mí todavía me quedan unos añitos para eso.

Es importante dejar por escrito lo que esperas de ella cuando esté en casa, en la que convivirá como uno más, tanto en el día a día como en otro tipo de cosas como las horas de llegada o las tareas domésticas que le corresponden como miembro temporal de la familia. Una au pair no es una asistenta del hogar, ojo, pero sí debe hacerse su cama y recoger la mesa, entre otras cosas típicas que todo tenemos que hacer en casa. Incluso puedes pedirle que cocine para tus hijos, aunque yo lo hice muy pocas veces y con comidas que requerían poca elaboración.

En teoría no deben trabajar más de 30 horas a la semana, sin embargo puedes pactar con ellas si necesitas más tiempo. Se les paga un dinero "de bolsillo" y por supuesto la comida. Las tardes y findes de semana, en mi caso, son libres. Obviamente todo se puede negociar. En España se recomienda pagar de 50 a 70 euros por semana, según la web de aupairworld.com. Allí también se pueden descargar modelos de contrato y ofrecen un montón de información al respecto tanto para familias como para au pairs.

Mejor si dispones de una habitación sólo para ella. Como yo no la tengo, junto a las niñas en verano y así ella duerme en el cuarto de la pequeña, pues la mayor tiene posibilidad de añadir un colchón más.

Las niñas estuvieron encantadas el año pasado porque no tenían que madrugar y se pasaban todo el día jugando con ella, primero en casa y después en la piscina. 

La parte negativa es que la propia convivencia. Por muy bien que se comporte y muy educada que sea, a veces cuesta tener siempre a alguien en casa que apenas conoces. Las noches son lo más complicado. Muchas veces no sabes qué hacer ni qué decir. Si decirle que se quede contigo en el sofá, porque realmente tú estás tan cansado después de todo el día currando y tras hacer la cena y la comida del día siguiente que tienes pocas ganas de hablar, la verdad. Y precisamente ellas quieren hablar para practicar su idioma.

De todas formas, esa parte se ve compensada con creces por todo lo demás. Niñas felices y aprendiendo idiomas y padres tranquilos. 

Espero que este año nos vuelva a salir bien porque no tenemos plan B. 

Siempre nos quedarán los campamentos a precio de hipoteca o ese sistema horrible de cogernos las vacaciones por separado, aunque siguen sin salir las cuentas...el verano de los niños es muy largo y el sistema laboral permite muy pocos días libres. Algo no funciona bien.

Va a ser verdad eso de que la conciliación es una utopía y lo seguirá siendo todo el siglo XXI. 




lunes, 5 de mayo de 2014

Mamá, ¿por qué?

Los niños se hacen preguntas. Muchas. Montones. Desde muy pequeños. Es su forma de aprender y de crecer. Es su manera de descubrir el mundo y la vida.

¿Por qué la i lleva punto? ¿Por qué el sol no se cae? ¿Por qué el dinero es tan importante? 

Mi hija de cinco años hace esta clase de preguntas. Es normal. Es gracioso. Me divierte mucho contestar este tipo de dudas.

Sin embargo, hay otras muchas cuestiones que plantea que ya no son tan amenas. Son las que tienen que ver con dos de las circunstancias de su vida qué más le preocupan: el color de su piel y el hecho de que fuera adoptada.

A los tres años me sorprendió preguntándome si ella iba a ser blanca de mayor.

Ahora, sin tan siquiera tener la edad que llaman "de la razón", me suelta cosas como éstas, cosas para las que se supone que los padres adoptivos estamos preparados. Ja.

"Mamá, ¿por qué me dejó mi madre?"

"¿Y por qué no me cuidó mi padre?"

"¿Estaban separados?"

"Y si vosotros os ponéis malitos, ¿ya no me vais a cuidar?"

"¿Por qué no puedo hacerles un regalo del día de la madre y del padre?"

"¿Por qué no vamos a verles?"

"¿Por qué no les traemos aquí?"

"Ya no me acuerdo de mi otra familia, ¿por qué no puedo acordarme de ellos?"

"¿Por qué no eres tú negra mamá? Quiero que lo seas, quiero que seas como yo". Antes quería ella ser la blanca. Curioso. Me choca que haya cambiado el pensamiento aunque el concepto, el ser igual a los demás, sea el mismo.

Ella me hace todas estas preguntas y yo no tengo todas las respuestas. Quisiera ser como una de esas personas que parecen tener todas las respuestas. Como una de esas madres de las películas que siempre saben decir lo que hay que decir. 

No tengo todas las respuestas porque a veces no sé y otras veces no sé cuál es la mejor respuesta. Tampoco quiero inventarme nada. No quiero que crezca creyendo en un cuento de hadas.

Quisiera evitarle el sufrimiento aunque sé que tiene que pasarlo y tiene que dolerle. Pero ninguna madre, en el orden natural de las cosas, soporta bien que sus hijos sufran. 

Lo que no debo es decirle que no llore o no esté triste. No debemos. Hay que dejarla que llore y procese ese dolor, mientras la abrazamos fuerte y le repetimos una y mil veces que somos su familia, y lo seremos para siempre y que nunca jamás dejaremos de quererla. Por muy mal que se porte, por mucho que nos ponga a prueba cada día y nos lleve al límite de nuestra paciencia, por más que hay momentos en los que no sabemos qué hacer para que nos haga caso o deje de comportarse como si estuvieran clavándole chinchetas por el cuerpo.

Sí, la teoría la sabemos bien. Hemos leído libros y escuchado a expertos que saben lo que hay que hacer. Todo eso me recuerda a cuando vas a las clases preparto y te enseñan a mantener la calma y a respirar, a evitar gritar cuando llegan las contracciones. Y después, cuando sientes que te vas a partir en dos el día D y a la hora H pierdes el control y tu timbre de voz supera los decibelios permitidos por la ley.

Cuando parece que estoy respondiendo de la forma adecuada, me escucho a mí misma y me resulto poco convincente, sin decir nada que pueda de verdad tranquilizar a mi hija ni satisfacer su curiosidad.

Y entonces ahí me doy cuenta de que tenemos mucho camino por recorrer, que no va a ser fácil y que la sociedad tampoco nos facilitará la tarea. Si nosotros flaqueamos, si tenemos dudas y miedos, si nos vemos sobrepasados a veces, que no pasará con los demás, con las personas ajenas a la adopción o con sus mismos compañeros del cole, que no saben, que no entienden y que también se hacen preguntas y se responden a su manera.

"Mamá, Pepito me ha dicho que no sois mi familia"

Que la fuerza, y la paciencia, nos acompañe.


martes, 22 de abril de 2014

La adolescencia me acecha


Mi hija mayor tiene diez años. Cumplirá once este 2014.

La miro y no puedo evitar dos cosas. Imaginarla dentro de tres años más y echarme a temblar. Recordarla cuando era un bebé y sentir una nostalgia terrible.

Si eres madre reciente (o padre, ¿algún padre me lee?) escucharme hablar te parecerá como cuando oías a los 'señores' de treinta cuando eras adolescente. Esos 'viejos'.

Siento decirte que en menos de lo que crees estarás diciendo lo mismo que yo. Como ahora que tienes 30 y algo y te parece que fue ayer que cumpliste 18.

No descubro nada nuevo.

La oigo hablar, con esa madurez que tiene desde siempre: 'mamá, tengo tantas cosas por aprender, no sé si voy a tener tiempo, ¿crees que tendré tiempo?' Y me entra un agobio parecido a ese que sentimos al saber que volvemos al trabajo tras la baja maternal. O el de la crisis de cuando cumplimos una nueva década. 

Hija mía, claro que vas a tener tiempo, aprovéchalo. Perdemos tanto el tiempo sin darnos cuenta. O peor aún, dándonos cuenta. No lo dejes ir. 

'Mamá, ahora no es el momento de preocuparme del futuro, el presente es un regalo que tenemos que disfrutar con todas nuestras fuerzas o lo perdemos'. Ella es sabia y mucho más inteligente que yo, si es que yo lo he sido alguna vez. Sólo hace falta escucharla una tarde, un ratito, para darte cuenta de que lo inmensa que es.

Hoy me ha acompañado a uno de esos recados que nunca apetecen. Por estar conmigo un tiempo a solas. Para poder hablar tranquilas de nuestras cosas. De sus cosas. 

Tener dos hijas es maravilloso, aunque es difícil encontrar momentos de tú a tú. Me gusta estar con las dos, lo disfruto, siempre y cuando no peleen. Y me encanta estar también un rato con cada una. Tengo la oportunidad de conocerlas mejor, de escucharlas mejor, de abrazarlas mejor.

No soy mucho de hacer manualidades. En realidad no soy nada de hacer manualidades. No sé cómo aprobaba pretecnología en la EGB. Soy mucho más de hablar, de escuchar, de leer cuentos. 

También juego. Prefiero inventarme los juegos a usar muñecas u otros juguetes. A hacer como que no las veo y las busco por toda la casa. A las comiditas. A las peluqueras. A pintarnos las uñas.

Miro a mi hija mayor y la veo casi adolescente. Ya le salen sus granitos y eso. Ya calza casi mi pie. En breve intercambiaremos ropa. Y ella llora cada vez que alguien le mienta la edad del pavo. Cree que es algo horrible que no quiere que le pase. No quiere odiarme ni pasarse el día con el móvil ni quiere saber nada de chicos. Todo eso me da cierto gustirrinín, para qué negarlo. Que quiera seguir siendo una niña, mi niña pequeña, me gusta. 

Sé que no va a durar todo eso que dice y que pasará la edad del pavo y todo lo demás. Lo voy a llevar muy mal si algún día noto que le caigo mal. Espero estar fuerte para aguantarlo. Y para sus silencios o su desgana.

En el fondo albergo la esperanza de que no pase, de que sea una de esas adolescentes modélicas de verdad. Por si acaso, voy a aprovechar los siguientes tres años de nuestras vidas como ese regalo del que ella habla. 

Y los tres siguientes años de la pequeña. En los que pasará de los maravillosos cinco a los ocho. 

La vida pasa. No quiero quedarme a mirar.


miércoles, 16 de abril de 2014

AZ de la maternidad: con X de Axioma

Un axioma es una proposición clara y evidente que no necesita demostración. Lo que vendría a ser una verdadera verdadera y universal a la que nadie puede poner en duda. 

La palabra axioma deriva del sustantivo griego αξιωμα, que significa "lo que parece justo". El término viene del verbo griego αξιοειν (axioein), que significa "valorar", que a su vez procede de αξιος (axios): "valioso", "válido" o "digno". 

Suelen usarse como base para la elaboración de una teoría o para una argumentación.

Algo que, si lo piensas bien, sólo puede darse en la matemática, la física o la lógica. Aunque algunos autores lo han llevado a otros campos como el de la comunicación.

No puede cuestionarse que dos líneas rectas paralelas no se encontrarán nunca. O que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. O que algo no puede ser verdadero y falso a la vez. O que el todo es mayor que cualquiera de sus partes. 

Cuando tienes mentalidad de "letras", cuando te gusta ponerlo todo en duda, la filosofía te maravilla y la literatura te hace replantearte todos tus esquemas, estas verdades te suenan extrañas. Te resistes a creer que tengan razón los que afirman tales cosas. 

Llega un día cualquiera en el que por fin te das por vencida y asumes la realidad, y entonces prefieres seguir por el camino de la no lógica, de las verdades relativas y las interpretaciones personales del mundo. Este choque fue brutal en mí a la edad de dieciséis años. Ese momento mágico y difícil en el que todo es posible, todos tus sueños pueden hacerse realidad o enterrarse en lo más profundo de tu psique. Elegí ir por el camino de lo que no es lógico ni axiomático.

Con el tiempo te das cuenta de que el ser humano tiende a creer y defender verdades absolutas que en realidad sólo son absolutas verdades personales, tantas como individuos hay. No sería malo si cada uno viviese de acuerdo a su verdad y no tratase de convencer a nadie de lo contrario. Si no tuviese la manía de adoptar una actitud defensiva y a la vez beligerante con todos aquellos que no están de acuerdo y ven las cosas de otro modo. Ni mejor ni peor, sólo diferente. Igualmente "válido", igualmente "digno".

Pasa en todas partes y en todo tipo de foros. 

Y cómo no, pasa en el mundo materno-paterno. Todos lo sabemos. Muchos abogamos por seguir nuestros propios axiomas sin arremeter contra el de al lado. Muchos otros no lo hacen. 

Todo es muy aburrido para mí. Puede que porque estas 'guerras' me han pillado ya con las canas maternales en plena ebullición. Nunca he querido escribir sobre tema lactancia ni crianza aunque tengo, como todo el mundo, mi opinión personal. Eso sí, siempre apuesto y apostaré por la libertad de cada uno para ejercer su maternidad o paternidad a su manera, con su verdad, siempre relativa. Por difíciles de entender que a veces me resulten ciertas prácticas, muchas veces por mi propio desconocimento y prejuicios. Que los tengo. Santa no soy.

Al parecer, ni siquiera los axiomas científicos son siempre tan verdad. 
A mediados del siglo pasado, el estudioso austriaco-estadounidense Kurt Gödel demostró que los sistemas axiomáticos de cierta complejidad poseen limitaciones. Las deducciones parten de una proposición verdadera, pero no demostrable.
No puedo demostrar que hacer esto o aquello sea mejor para mis hijas. Me equivocaré seguro. Otras veces lo haré bien. Lo que no quiero es actuar como si estuviera en un escenario esperando el aplauso del público. Ni tampoco cerrar los oídos ni los ojos. Porque de todo se puede aprender. Incluso de la intolerancia.



lunes, 14 de abril de 2014

En el cole me llaman fea

Cuando se hacían fotos en la escalera, le gustaba posar un peldaño más arriba que su hermana para parecer igual de alta. Quería ser mayor y repetía a todo el mundo que casi tenía cinco años y que su madre la dejaría enseguida llevar tacones y pintarse las uñas para ir al cole.

De mayor quería ser bailarina y cantante y pareciera que ya lo fuera porque siempre estaba pegando botes y moviéndose como loca en cualquier momento y lugar. Hasta el punto de que este verano casi hace descarrilar el trenecito de la feria por despistar al señor que movía la máquina. "Mi madre casi me castiga, pero no lo hizo porque le di un beso gigante" exclamó audaz. 

Llegó por fin la noche antes de la vuelta al cole. De tan nerviosa que estaba, se durmió más tarde que sus padres y a las 7 ya estaba despierta y en la cocina esperando que alguien le preparara el desayuno. "¿Puedo desayunar chuches?" Preguntó como cada mañana con cara de ilusión. Siempre era un no rotundo pero, ¿y si ese día era un sí? Tenía que intentarlo.

Cuando llegó al cole saludó con alegría a todos los amiguitos del año anterior y jugó al pilla pilla con ellos los cinco minutos previos a la entrada a clase.

Salió contenta, como siempre. Contó que lo había pasado genial, sólo que Fernando le había dicho que su pelo era feo. "Me da igual mamá, yo sé que mi pelo es precioso".

La semana pasó deprisa, y también el mes. Los polos del uniforme llevaban manchas imposibles de sacar desde el primer día. Todo muy normal. Todo dentro de lo previsto.

"Mamá, me ha dicho Fernando que huelo mal, por favor frótame fuerte en la ducha".

Llegó su cumple. No quiso invitar a Fernando, "no mamå, no le apuntes en la lista, que siempre se mete conmigo".

La madre creía que eran cosas de niños. En parte por no parecer tremendista, en parte por no querer ver. El padre también.

Ese niño sólo dice tonterías, lo hace para chincharte, no le hagas caso. 

El niño un día la empujó y ella se hizo una herida al caer. 

Eso ya se ponía feo. Primera medida, hablar con la profe.

Si continúa, hablar con los padres. Si no cesa, poner una denuncia. Si no es suficiente...

La madre quisiera decirle cuatro cosas al niño. Arrinconarle y susurrarle al oído cosas que le den miedo. Sabe que no debe. Sabe que no puede. Pero quiere con todas sus fuerzas. Desea que ese niño sufra como lo hace su hija para que comprenda que no se puede ir por la vida atosigando a las personas y haciendo daño. Pero no lo dice. Sabe que no se puede combatir el problema de esa manera, que no es políticamente correcto. El padre piensa lo mismo. Y también se calla.

(Esta historia está basada en hechos reales aunque no se corresponde literalmente con la realidad. Tristemente el acoso escolar es un tema que escucho últimamente mucho, a hijos de amigas mías les ha ocurrido a edades muy tempranas, cinco y seis años. Un post de Cata de Mamátambiénsabe trataba de un caso duro de este tipo y levantó una oleada de comentarios sobre experiencias bastante difíciles. Más del 43% de los casos de acoso se dan en primaria. Me pregunto cuántos en infantil. Me pregunto por qué ocurren. Me pregunto qué hacer ante el acoso y cómo evitarlo. A día de hoy no tengo respuestas).




domingo, 16 de febrero de 2014

AZ de la maternidad: con v de vaivén

Como un péndulo que oscila de un lado a otro y vuelta a empezar.

Así vivo mi maternidad, en un continuo ir de la felicidad extrema a la más absurda desesperación.


Pasar del optimismo al pesimismo. En cuestión de segundos. De pensar en tus hijas como seres adorables que te emocionan hasta el infinito mientras les lees un cuento, a sentirte absolutamente bloqueada y a punto de estallar como una bruja malvada cuando empiezan a discutir.

De ser esa "mujer más feliz del mundo que todo madre es", a sentirme, siendo paya, una "desgraciadita gitana tú eres teniéndolo tó". 

Por ser tan madre a veces queriendo ser tantas cosas más.

Soy la madre amantísima Jekyll. Y la madrastra mala de los cuentos Hyde. Y voy de una a otra sin pestañear siquiera. No tengo termino medio ni forma de avisar de mis transformaciones constantes. Doy miedo.

Tendrá algo que ver que soy Libra, por aquello de la búsqueda constante del equilibrio. Trato de buscar una justificación más allá de mi responsabilidad en el asunto. Como suele pasarnos a los humanos. Echar la culpa al otro.

O será un fenómeno que va unido al hecho de ser madre y vivir en este mundo, madres que pasamos del rol buenamadre al de malamadre sin solución de continuidad. Aunque nos cueste reconocerlo o no nos atrevamos a nombrarlo. Buenas madres somos (casi) todas. Al igual que todas hacemos mal muchas cosas, y nos sentimos culpables, y nos martirizamos y nos sentimos culpables de sentirnos culpables, y así todo un día sí y otro también. 

En un vaivén de drama y desdrama que viene a sumarse al rollo hormonal, la multitarea, la tendencia a requetepensar y otras maravillas que van ligadas a nuestra persona. Al menos a la mía.

La maternidad es un ir y venir de defectos y virtudes, un oscilar desde la energía suprema al cansancio descomunal, desde el amor incondicional a la explosión de ira más tremebunda, desde la calma al frenesí, desde el pormihijamato al matamécamión. 

La maternidad es un vaivén de sentimientos, de emociones, de sensaciones. Contradictorios, absurdos, misteriosos.

La maternidad además, es un ir y venir de tiempos y rutinas. Del sueño a la alimentación, de la alimentación al paseo y al juego, de ahí de nuevo a la alimentación, y luego al sueño y después la higiene y de nuevo la alimentación. Esto cuando son bebés. Luego es la guarde y el cole. Los niños van y vienen de estos lugares. Nosotros también. Son las estaciones y las fiestas que llegan y se pasan para volver un año después. El otoño y la recogida de hojas, la Navidad y sus villancicos, el invierno con la nieve, la primavera y las flores. El verano y el mar. Todo esto lo tienen también los demás, los que no son papá y o mamá, sólo que con una intensidad distinta. Yo noto más el vaivén temporal desde que soy madre.

Los hijos van y vienen. Al principio están siempre y creemos que nunca jamás se irán de nuestro lado. Conforme van sumando años se van despegando un poquito más. Y otro poquito más. Y otro más. Hasta que se marchan realmente, se van a vivir su propia vida independiente. Y vienen sí, de vez en cuando, a vernos los domingos, algunos. Esos en los que no tienen un plan mejor para pasar el fin de semana.

La maternidad es un brutal movimiento oscilatorio infinito. Empieza con la vida y no, no acaba con la muerte.