domingo, 9 de septiembre de 2018

Cómo escribir una novela cuando crees que nunca podrás escribir una novela (I)

Hace poco más de una semana he conseguido algo que llevaba queriendo toda la vida.

Ahora que lo he logrado, sé que podría haberlo hecho mucho antes, que debía haberlo intentado hace veinte años, en lugar de creerme incapaz. Aunque prefiero no pensar ni hablar de lo que pudo haber sido y no fue, sino de lo que ha sido y será.

He publicado mi primera novela: Las cosas buenas de verdad sólo me pasan de noche.

(Puedes leer un fragmento de forma gratuita en el enlace de la derecha del blog)

Disponible en versión digital en Amazon

De ahí mi largo silencio en el blog. Decidí dedicar todo mi tiempo libre y mis energías a escribirla. De igual modo, dejé de leer blogs para centrarme en leer libros. Para escribir es fundamental haber leído mucho. Lo he hecho siempre, aunque pasé una etapa más enfocada en los blogs y las redes. Algo que me dio muchas cosas buenas, como el hecho de escribir con asiduidad y el conocer a gente fantástica que aún sigue formando parte de mi vida, cinco años después, no importa que las  "interacciones" hayan disminuido en intensidad y frecuencia.

¿Y por qué vuelvo ahora aquí después de todo este tiempo? Pues porque me apetece contar el proceso que he seguido hasta ver culminado mi objetivo. Es algo que necesito contar, y que creo que puede interesar, sobre todo a quienes están pensando en escribir y, como me pasó a mí, no saben ni por dónde empezar.

De hecho, la novela se inició en este blog. Un día se me ocurrió una historia, me vino a la cabeza sin más, y empecé a escribirla aquí, como un post cualquiera. Como casi todas mis historias de ficción, era contada en primera persona y el prota, esta vez, era un hombre. Me apetecía contar algo desde el punto de vista masculino. No era la primera vez que lo hacía, de todas formas.

¿Por qué uso tanto la primera persona? Supongo que porque, por un lado, me van los retos, es siempre más complicado usar la primera persona. Y también, porque la tercera persona, la que dicen que debe usar todo principiante, el narrador omnisciente, siempre me ha parecido un poco falso. Ahora, tras el esfuerzo de haber usado la primera persona en más de 50.000 palabras, no estoy tan convencida ni de lo uno ni de lo otro.

Como decía, todo empezó en el blog. Escribí cuatro capítulos, titulados "sin título de momento" I,II,III y IV. Y cuando vi que aquello podía convertirse en algo más, los quité del blog. Este "algo más" requería un tiempo y un espacio diferentes.

No he vuelto a releer aquellos, aunque estoy casi segura de que han cambiado bastante en la versión final.

Todo empezó, aparentemente, como un juego. Y digo aparentemente porque en realidad todo comenzó en mi infancia, cuando dije por primera vez que quería ser escritora, quizá también pensando en jugar. Aquel deseo no se fue nunca. Lo primero que hice fue un comic, curioso, con 8 ó 9 años. Después, con catorce años, emborroné un cuaderno con poemas de desamor, cuando tuve mi primer desengaño. Si ahora los leyera me moriría de la vergüenza.

Seguí con la poesía durante toda la adolescencia. No recuerdo cuando di el salto al relato. Debía tener ya veintipico años.

Por entonces me sentía incapaz de ir más allá. Escribir novela era un sueño inalcanzable, reservado para unos pocos elegidos, sólo para gente como Cela, Francisco Umbral, Pío Baroja, Miguel Delibes, García Márquez, Mario Benedetti, Isabel Allende, Laura Esquivel, Zoe Valdés. Y tantos otros que me engancharon entonces. Maestros de la literatura a los que yo no podría llegar ni a la suela de los zapatos jamás. Así que no escribía. ¿Para qué? Si ya estaba todo dicho, tan bellamente dicho. ¿Qué podía aportar yo al mundo? Yo no quería ser una escritora de segunda.

Un día descubrí los talleres literarios. Qué pena no haberlo hecho mucho antes, cuando estudiaba la carrera. En lugar de un Máster en Marketing, un Máster en Escritura era lo que yo hubiera querido hacer.

Ahí me di cuenta de que era posible escribir sin sentirse del todo ridículo. Que éramos muchos los que perseguíamos el sueño de escribir, unos con mucho talento, otros con menos.

Y escribí relatos, me presenté a concursos. No gané ninguno. Seguí haciendo cursos.

Continué con la poesía, un espacio en el que me sentía cómoda. Sé que escribir buena poesía es realmente difícil, más que escribir novela. Y aún así me atreví a hacerlo y a publicarlo en un blog, otro distinto, a la vista de todos.

¿Por qué? Porque tenía que hacerlo, algo más fuerte que mi timidez y mi sentido del ridículo me empujaba a hacerlo. Además, como la poesía es un arte incomprendido y minoritario, me sentía a salvo de la multitud. Y sobre todo, apenas nadie sabía que yo escribía aquello. Lo intentaba mantener en secreto.

Y esa falta de fuerza para escribir, más allá de aquel blog poético, sin pensar en los demás, sin el miedo al fracaso y al ridículo, a las comparaciones, a las críticas feroces y a todo lo demás, el miedo a la exposición, esa falta de atrevimiento fue la que me hizo quedarme anclada en los relatos y la poesía durante muchos años.

Miedo, siempre el miedo es el que lo fastidia todo, el que nos ayuda a construir los muros que nos ponemos delante, el que nos impide vivir la vida que queremos.

Vinieron otros blogs, como el de la adopción de mi hija pequeña primero, y este que ahora lees después, que nació con la idea de "obligarme" a escribir cada día, de lo que fuera, para practicar la escritura. Su objetivo lo cumplió con creces.

Durante todos esos años, me debatía entre las ganas de escribir, el miedo a hacerlo, y, voy a ser sincera, la pereza a ponerme en serio con ello.

No tengo tiempo, decía continuamente. Trabajo mucho, tengo dos hijas, un marido, un casa, un perro. Imposible.

Lo cual era cierto en parte, que mi tiempo era y es escaso. Pero lo que no era verdad es que fuera imposible. Tan sólo había que proponérselo, creerlo posible, buscar el momento, reservar unas horas a la semana. Y ponerse. Escribir, escribir, escribir.

No hay más trucos, ni secretos.

¿Acaso no dedicaba tiempo a escribir en el blog? ¿Acaso no perdía el tiempo en las redes sociales? ¿O leyendo revistas absurdas (la mayoría me lo parecen)? ¿O dándole vueltas a cosas ridículas? ¿O pasaba los domingos deprimida en el sofá porque llegaba el lunes? Sí, eso lo hacía a menudo.

Un día de septiembre de 2017 decidí que se acabó, tomé la decisión crucial de dedicar mis domingos a escribir. Un día sagrado, inamovible. Así conseguía dos cosas, ese tiempo que no encontraba y terminar con los domingos tristes. Alguna vez he tenido que saltármelo, no soy perfecta, aunque siempre lo he compensado con un rato del sábado, o entre semana, de noche, tras la cena.

Me costó mucho dar el salto, muchos años, mucha incertidumbre, muchos llantos, mucha auto compasión, mucho miedo.

No sé cuál fue el punto de inflexión en el que me di cuenta de estas dos cosas importantes:

1. Primero escribes para ti, por ti, porque lo sientes así, lo disfrutas, te lo pasas bien, te sientes genial al hacerlo. Luego, por supuesto, quieres compartir eso que escribes con los demás, y tienes que pensar en los otros, en cómo conseguir que lo que haces sea atractivo a sus ojos.

2. No tienes por qué ser un gran maestro de las letras para escribir. Ellos te sirven de inspiración, te ayudan a ser mejor, pero no estás aquí para ser uno de ellos, o al menos, nadie espera eso de ti. El no ser como ellos no impide que puedas escribir cosas dignas, entretenidas, emocionantes, incluso grandes (algún día, ¿por qué no?). No pienso dejar que lo que hicieron otros me impida crear mi parte. Mientras haya un rincón, una posibilidad mínima, seguiré creando.

Sin esos dos puntos, no hubiera sido capaz. Y en que me los creyera tuvieron mucho que ver varias personas de mi vida, en especial mi marido, que desde que me conoce (hace 20 años) me ha estado empujado a que escriba. También mi amiga Cristina, con la que he compartido tantas conversaciones sobre la escritura, la creatividad, el arte... Mis padres, por supuesto, que me han apoyado siempre. Mi abuela bonita, a la que le encantaba todo lo que hacía (pena que ya no pueda leer este libro, aunque lo de los tacos no le hubiera gustado, lo sé). Y muchas otras personas que me escribieron comentarios públicos en este blog, y en privado, animándome a seguir adelante (mis blogueras queridas, y otras "no blogueras" también queridas, amigos y conocidos). Otras dos personas, Olga y Bárbara, que me han ayudado a creer en mí por encima de cualquier miedo. Y cómo no, mis hijas preciosas, que con su sola presencia me motivan a seguir, a mejorar y a retarme cada día un poco más.

Este libro no es el final, es sólo el principio. Su objetivo era demostrarme eso de "yes, I can", y eso ya lo tengo.

Que lo leas y que te guste sería ya el no va más. Que me comentaras lo que te parece, en público o privado, sería un regalazo (aunque no te haya gustado, las críticas constructivas me ayudarían a mejorar).

Sé que el libro no es perfecto, pero como me dijo mi querida Nuria, entre perfecto y terminado, es mejor terminado. Y le doy la razón.

(Continuará)




domingo, 10 de septiembre de 2017

Sobre el rechazo que sienten los adoptados


Ayer vi la película Steve Jobs, la segunda, la protagonizada por Michael Fassbender. En un momento de la película, John Sculley, interpretado por Jeff Daniels, le dice a Jobs:

Why do people who were adopted feel like they were rejected instead of selected?

"¿Por qué la gente que fue adoptada siente que fue rechazada en lugar de elegida?"

Steve Jobs responde que él no se siente rechazado sino que sentía que no había tenido ningún control sobre lo que pasaba, sobre los momentos cruciales de su vida, el hecho de que lo dieran en adopción, lo rechazaran, y lo volvieran a dar en adopción una segunda vez. Por eso ahora quería tener el control.

La pregunta se las trae, sobre todo si tenemos en cuenta que alude a un perverso sistema de adopción en el que los padres adoptivos eligen a los niños por catálogo. No soy una experta en adopciones en el país americano, aunque sé que también sucede al contrario, los padres biológicos del niño, eligen a los padres adoptivos, lo cual tiene mucho más sentido, aunque no deja de tener su lado cruel. ¿Elegir a los padres de tu hijo? ¿Por sus ingresos, color de piel, de pelo, de ojos, por su carácter simpático? ¿Qué mueve a una persona a considerar a otra buena madre o buen padre para confiarle a su hijo para siempre? Y si volvemos a la primera parte, ¿cómo puede alguien sentirse bien eligiendo a un niño en un catálogo? "Mamá, por qué me elegiste a mí?", "por tu carita de bueno". Es muy triste, diría que hasta trágico.

Quiero entender que la pregunta va más allá de su significado literal, y que se refiere al hecho de que si el adoptado fijara más su atención en la parte positiva de haber sido adoptado, las cosas podrían ser diferentes.

Pero, ¿cuál es la parte positiva? Muchos son incapaces de verla y, de caso de serlo, o de escucharlo en boca de otros ("has tenido mucha suerte, tienes que estar agradecido a tus padres que te han salvado, etc"), sienten incluso más rechazo y más dolor. Personalmente jamás le diría a mi hija nada de eso, ni me gustaría que nadie de su entorno se lo dijera. A pesar de saber que sus posibilidades de supervivencia en su país eran mucho menores allí y de que muy probablemente hubiera vivido en condiciones mucho peores. Eso es cierto, sin embargo, no quiero poner el foco ahí en ningún momento.

Cuando no vives la adopción en primera persona es difícil darse cuenta de la complejidad que encierra. Las cosas no son blancas o negras, están llenas de matices, y los matices son importantes. Y cualquier cosa que puede parecer una pequeñez, algo trivial a ojos de alguien ajeno a la adopción, está cargada de significado para alguien de dentro.

La parte positiva, el hecho de haber sido elegido por el azar y por la vida para ser adoptado y poder vivir con una familia estable, una familia que te va a asegurar una vida cómoda, un futuro, y, lo más importante, que te va a dar el cariño y el amor que todo niño necesita, no es siempre tan positivo. Ellos no lo ven así porque en realidad están llenos de dolor por la parte previa de sus vidas, esa en la que estuvieron cerca de, al menos, su madre biológica, aunque fueran meses o días.

Steve Jobs dice en la tele que todo se debe a que él no tenía el control, que no pudo elegir. El adoptado es el único de esta ecuación que nunca elige. Yo elegí adoptar, e ir a hacerlo en Etiopía. Ahí terminaron mis elecciones. Su familia biológica decidión darla en adopción. Ahí terminó su capacidad de escoger. Pero sea cuales fueran nuestras posibilidades de elegir, ella, la niña, no tuvo ninguna opción, como no puede elegir jamás un niño, sea o no adoptado.

Y en eso creo que radica la frustración y la rabia contenida, el dolor, el llanto, la desesperación que sienten los adoptados, en que todo sucedió orquestado por otros, sin que ellos pudieran opinar o actuar en contra, y que ahora no hay vuelta atrás.








martes, 27 de junio de 2017

¿Y qué pasaría si te preguntaran estas cosas sobre tus hijos (biológicos)?


Estábamos a principios de curso, así que era muy normal pedir una tutoría con la nueva profesora para conocernos y hablar un poco de la niña. "Bueeeenooo, cuéntame, ya tenía yo ganas de conocerte, porque claro, no sabia, ella es (...), ya sabes, y tú ya veo que eres blanca, entonces, ¿algo que contarme?" me miraba con cara de vecina Indiscreta, entre intrigada y divertida. Pobrecita, qué decepción se llevó cuando le dije que mi hija era fruto de la adopción y no de la pasión interracial. 

¿Imaginas si eso mismo lo hace con el resto de madres y padres de la clase? "Qué tal? Ya tenia yo ganas de que me contaras si te pusiste encima o debajo cuando concebisteis a Rodolfito“. 

Pues de ese calibre son las preguntas y los comentarios que nos hace la gente. Ahora me gustaría que intentaras imaginar qué pasaría si todo esto le pasara a una familia 'convencional'. Padre y madre que conciben y traen al mundo a un churumbel con sus genes y sus cosas. 

Elucubremos que paseas por la playa, con tu hijo precioso de dos años nacido de tu cuerpo serrano, por inseminación "laquesea", y al pasar delante de un señor desconocido, este te mira y te pregunta "¿de dónde es el padre?", así sin anestesia. "¿Es también blanco o es de otro color?".

O pongamos por caso que estáis todos, padre, madre e hijos, tomando algo en una terraza. Los de la mesa de al lado os miran y cuchichean. Al cabo de un cuarto de hora se acerca ella."Perdonad que os moleste, es que estamos intentando tener hijos y nos gustaría saber si os ha costado mucho dinero traerlos a este mundo". Imagina ahora que tu hijo tiene siete años. Y lo escucha. 

Estás en la cola del super, con tu preciosa niña rubia y de ojos claros que ha heredado de la abuela Marga.  Has elegido la cola lenta (porque aún nadie te ha explicado la teoría de colas como a mí). Detrás de ti, una señora entrada en años no te quita ojo. “¿Es tuya el niña?  es que no se parece a ti nada de nada".

What the heck? 

Haz como que estás en el médico. Figúrate que ya estás dentro de la consulta tras la larga espera de un día en el que, excepcionalmente, el doctor va con retraso. “¿Podría usted contarme la historia de su familia? Empezando por los abuelos incluso. No se preocupe, tengo tiempo". ¡Pero si yo he venido a por recetas!

Y ya para rematar la faena, llega el compañero de la oficina en la hora del café y te suelta a bocajarro: "y tú, ¿realmente quieres a tu hijo? ¿No te arrepientes nunca de haberlo tenido?, pásame la mantequilla".

Mi mamá me enseñó que lo que no te gusta que te hagan a ti...no lo hagas a los demás.


martes, 9 de mayo de 2017

Sí, mi hija es negra

Era primero de mayo, día del trabajo en el que nadie trabaja. Aun así la peluquera nos dió cita porque ella dice que trabaja siempre, da igual la fiesta que sea.
Ella se levantó de un salto a pesar de que le encanta dormir y eran las 8 de la mañana de un festivo. Por fin la llevaba a hacerle las trenzas que tanto quería. Tantas veces soñando  con poder mover su pelo afro, que tiene esa manía de quedarse siempre hacia arriba. Qué ilusión tenía.
Cogimos el metro. Apenas había gente en el vagón. Nos miraron más tiempo del que se puede considerar normal. Yo sabía que estaban pensando. Una niña negra y una madre blanca. ¿El padre será negro o será adoptada? ¿De qué país? Tras tantos años escuchando esas preguntas en los ojos de la gente, incluso de sus labios, ya una se lo sabe. Es una cara entre la curiosidad y la extrañeza. Algunos mueven la boca un poco, con una media sonrisa arrepentida. Luego hacen como que nos les importa, porque en el fondo ellos son gente buena y nada racista, a la que el color de la piel le da igual.
Ya no nos dicen cosas tan a menudo. La niña tiene 8 años y aparenta 11. Ya se ha acabado el tiempo en el que le decían monerías como a los niños pequeños. Qué mona, qué rica o qué guapa. Ya no lo dicen tanto y casi es mejor.
El camino es largo hasta llegar a Lavapiés. La peluquera es africana, de Senegal, y su compañera también. Esperaba un interrogatorio sobre su procedencia pero no sucede. Menos mal. Ellas piensan, seguro, muchas cosas, pero ni dicen ni mú. Y yo respiro aliviada.
De pronto llega un señor, también negro. Y se pone a hablar en francés con la peluquera. Y mi hija le dice algo y entonces le dicen que el señor ha dicho que ella es muy guapa y que se quiere casar con ella. A pesar del tono de broma, no puedo evitar tragar saliva y pensar en que esa conversación podía estar pasando de verdad si esto no fuera España y mi hija no hubiera llegado a mi vida.
Prefiero obviarlo. El señor se va y viene otro, también hablando francés, y de repente se pone a hablarme a mi, a contarme como una española quiere contratarle 10 horas al día, no se muy bien para qué, pagándole 300 euros al mes. Gano más con el subsidio, me dice. Pues sí, pienso, pero no digo nada. Me siento que soy yo esa española explotadora y que en cualquier momento me van a echar de allí.
Llega entonces otra mujer negra, dominicana. Habla mucho, muy alto. Se queja de que en España le dicen que se vaya a su país y de otras actitudes racistas. Mi hija creo que no está escuchando esto. O sí, y prefiere callar como yo.
Me siento como dentro de una fiesta a la que no me han invitado. Casi les pido perdón por estar ahí, usurpando su mundo. Nadie me pregunta nada, y yo en el fondo pienso que piensan como la chica del metro. ¿Será negro el marido?
Cuando ya casi las trenzas están acabadas, la dominicana me mira y me dice: "es igual a ti, tu blanca y ella negra, pero iguales". Entonces entiendo que todo el tiempo ni se han planteado que yo adoptara a mi hija y siento una especie de alivio y de culpa. No me van a juzgar por haber ido a África a adoptar una niña, porque no lo saben ni yo se lo voy a decir. ¿Para qué? Eso me llevaría a tener que responder una retahíla de preguntas que no quiero ni me apetecen en ese momento ni lugar.
Así que le digo que sí, que es clavadita a mi.
La niña queda guapísima y feliz. Yo también. Pago y nos vamos.
De nuevo las miradas en la calle y en el metro.
¿De dónde es el padre? De España, contesto y él no se lo cree, y se ríe con su enorme boca llena de dientes blancos que resaltan en su tez oscura. Su piel color carne, como la mía.

domingo, 2 de abril de 2017

Y si todo fuera azar


¿Dónde se guardan los papeles en los que  está escrito el destino? Si es verdad que lo está, no se me ocurre cómo debe ser la biblioteca que los guarde. El destino de miles de millones de humanos, uno por uno, a lo largo de los siglos. Y el de los animales, las plantas, la Tierra. No se me ocurre.

Las cosas suceden por una razón... que no tenemos. Buscamos los motivos detrás de todo, pensamos en que hubiera sido de nosotros si... Nos consolamos creyendo que somos parte de un plan de una instancia superior, llámese Dios o el Universo. Que estamos aquí por algo y para algo. Nos pasamos la vida buscando el sentido, los porqués, las fuerzas que nos llevan y nos traen.

¿Y si todo fuera puro azar? Lo pienso y la piel se me eriza de miedo. Lo pienso mucho. ¿Y si no hubiera razones, ni lógica, ni destino, ni “lo que tenga que ser tuyo será"?

Y si todo fuera un conjunto de casualidades cósmicas.

Si todo fuera simple y espeluznante azar.

sábado, 25 de marzo de 2017

Tienes derecho a equivocarte



Olvídate de que esté mal visto o de que casi nadie se atreva a decirlo en voz alta.
Tienes derecho a equivocarte, meter la pata, a cometer errores. No pasa nada por hacerlo, ni por decirlo.

Puedes tranquilamente pronunciar la palabra ERROR. ¿Pasa algo si lo haces? NO. Si la gente, ese grupo de personas siempre dispuesto a meterse con nosotros, y que en realidad somos nosotros mismos, piensa de ti que eres débil o que eres menos importante, ¿qué más da?

Tienes todo el derecho del mundo a hacer las cosas mal, incluso mediocres. La perfección es una patraña inventada para que nos sintamos siempre insatisfechos. Así consumimos más chocolate, más vino, más ropa, más trastos. Gastamos nuestro  tiempo y dinero en tener más, cuando realmente vamos teniendo menos.

Hacerlo mal está bien. Sentirte mal por hacerlo mal también. Aprender de los errores es bueno. No aprender y volver a caer en lo mismo, es normal.
Desde que existe esta explosión de pensamientos positivos y filosofías de la felicidad, y nuestras vidas simulan ser divinas, parece que nadie está dispuesto a reconocer sus fallos. No vaya a ser que dejen de seguirme o me critiquen, o  lo que peor aún, me ignoren.

No sé si el tiempo te hace más sabio. Quizá no. Lo que sí creo que me está pasando a mí, es que voy teniendo cada vez las ideas más claras. Y tonterías, las justas.

Metamos la pata sin miedo, tropecemos, cometamos errores, ¡con alegría! Todo menos quedarnos paralizados y sin mover un dedo para cambiar las cosas que no nos gustan o para hacer y decir las que sí.

lunes, 20 de marzo de 2017

Del sinsentido de exhibirnos en las redes sociales

No sé si será la edad o qué. El caso es que llevo días, semanas, meses, en los que cada vez me importan menos ciertas cosas que antes me importaban bastante más.

Como el tema de las redes sociales por ejemplo. Antes ocurría de forma esporádica, ahora me pasa a menudo que me pongo a escribir un post en Facebook o empiezo a subir una foto a Instagram y lo dejo a medias, o lo borro directamente.

Y es que me pregunto ¿para qué voy a decir esto? ¿A quién le interesa? ¿Cuál es el sentido que hay detrás de todo esto?
¿Soy consciente de que estoy regalando a grandes empresas información muy valiosa sobre mí para que puedan venderme más cosas?

Y es que si lo pensamos con detalle, exhibir nuestra vida en las redes es bastante absurdo, a mi modo de ver. Incluso cuando nos limitamos a compartir artículos que nos llaman la atención o a comentar noticias o vídeos virales.

Que si una foto cuando tenemos buena cara, otra cuando la tenemos lavada, otra sobre el lugar donde estamos pasando las vacaciones, o el puente, o el domingo por la mañana. Que si un comentario sobre no sé qué recuerdo de Facebook, que si felicitaciones de cumpleaños a todo quisqui, aunque haga 15 años o 20 que no le has preguntado qué tal. Ahora quiero contarle al mundo que estoy super contenta por el motivo equis y mañana que estoy fatal por el motivo y griega. Mientras tanto gente que no conocemos, o que no recordamos conocer (aparte de varios algoritmos despiadados) nos miran, piensan un segundo en nosotros, nos dan un Like (casi siempre los mismos) o no, comparten nuestra información en sus muros sin pudor, comentan en público o en privado, mientras no les oímos cosas del tipo: vaya, qué gorda o qué delgada o qué rubia, o qué mayor o qué joven, o qué cuqui, o qué plasta o qué sé yo.

Hay mucho de egolatría y postureo la verdad y ya me cansa. Me aburro de ver el de otros y me aburre ver el mío propio. Llevo un tiempo dándole vueltas y hace poco, cuando fui al teatro a ver por fin a mi admirada Sara Baras, me di cuenta de lo vergonzoso del tema. Antes de que comenzara la función, tres parejas que tenía delante, hicieron fotos del teatro y las subieron a Instagram. Yo iba hacer lo mismo y de pronto pensé, ¿para qué? ¿Para presumir? ¿Para que 10 ó 20 personas me digan que les gusta? ¿Por qué tenemos esa necesidad de documentar cada movimiento que hacemos? ¿No es mejor que esto quede solo para mi y mi pareja? Lo peor fue la gente haciendo fotos con flash en mitad del espectáculo para continuar con el momento "mira como mola lo que hago".

Mentiría si dijera que yo no soy así, reconozco que he pasado por una etapa de no poder dar un paso sin pensar si lo que iba a hacer tenía sentido colgarlo por ahí. Y no, no voy a cerrar todos mis perfiles en un ataque de conciencia extrema. No creo que lo haga. Al menos no a corto plazo.

Lo que sí quiero hacer, una vez tomada conciencia de la verdadera naturaleza de las redes y del sinsentido de la exposición  constante, es racionalizar mucho su uso, limitarlo a actividades no tan personales y más relacionadas con la escritura o con los temas universales que me preocupan, y  reducirlo a la mínima expresión.

Y dedicar ese tiempo a cosas mucho más enriquecedoras como tener una charla en persona con alguien, escribir, pasear, leer, hacer deporte, cocinar o salir a tomar el sol de la primavera que hoy se estrena. En definitiva, vivir la vida.

domingo, 12 de febrero de 2017

Chica, 13 años y pasa los sábados en la Universidad haciendo Mates


Mi hija mayor cursa 2° de la ESO. Hasta hace dos años las matemáticas eran una asignatura más para ella. Sacaba buenas notas como buena estudiante que es,  y ahí quedaba la cosa. No era su asignatura favorita ni mucho menos.
Cuando empezó la secundaria le tocó en suerte un buen profesor de matemáticas, uno que motiva a los niños y les hace amar una asignatura que en principio suena a algo muy difícil y un poco rollo. Él dice amar esta materia y como tal imagino que contagia a sus alumnos. Al menos lo ha hecho con mi hija y con muchos de sus compañeros, para quienes sacar menos de un 7 es un dramón de proporciones catastróficas.
Nunca he ido a una de sus clases aunque​ me gustaría. Para mí es algo mágico que un profesor logre inculcar en sus estudiantes la motivación y las ganas de aprender, cada día más, con nuevos retos.
Tanto le entusiasmaron las mates a L. que el curso pasado se presentó a un examen para lograr ser admitida en el programa Estalmat.
Hace casi veinte años que se creó esta iniciativa por parte de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.  Estalmat significa Estímulo del Talento Matemático y su objetivo es "detectar, orientar y estimular el talento matemático excepcional para estudiantes de 12 y 13 años  sin desarraigarlos de su entorno".
Cada sábado mi hija tiene la suerte de participar en el programa de Madrid. Madruga y se va a la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense, a hacer problemas de mates con otros 24 niños de su promoción y con los profes que forman parte de este interesante programa, donde los adolescentes aprenden álgebra, geometría y cálculo, entre otras cosas, de una forma divertida. Tres horas cada sábado, que son para mi hija de las mejores de toda la semana. El programa se inició en Madrid y ahora se imparte en muchas otras comunidades como Cataluña, Castilla León, Castilla La Mancha, Canarias, Andalucía y Galicia.
La intención última de todo esto es aumentar el número de vocaciones por las matemáticas y, en general, por las carreras científicas, con el fin de aumentar el nivel de nuestro panorama científico en España.
Supongo que no es suficiente, que debería haber más proyectos de este tipo y que su extensión debería alargarse más allá de los dos años. Además, sería fabuloso que todo ello se complementará con programas para incentivar y promover la ciencia entre las niñas, porque es evidente que algo no funciona y que algo debe hacerse. Todo puede mejorar, siempre. Sin embargo, eso no le quita mérito al asunto y a todas las personas que lo hacen posible.
Sentimos que tenemos una enorme suerte de que nuestra hija forme parte de Estalmat y estamos muy agradecidos por ello. No sé ella llegará a enfocar su vida hacia la ciencia o hacia algo completamente distinto. Lo que creo es que si decidiera lo segundo, no sería por sentir que no puede por ser chica o no vale por no ser chico. Pues ella no siente para nada que por ser chica vaya a hacerlo peor que un chico o que el haber nacido mujer le impida estudiar cualquier  carrera. Y eso es mérito de sus profes del instituto y de Estalmat.
Porque eso está pasando amigos, a día de hoy. Eso de que una niña no tiene que pensar en ciertas cosas de chicos, como ser astronauta o investigadora en el CSIC. Viene de muy lejos, de las creencias y valores inculcados en la sociedad y en las casas de cada uno a través de los siglos y que hoy, en la era de la robótica, la inteligencia artificial y los coches que van a volar, persiste.
Ayer fue el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y se publicaron montones de artículos sobre el tema, con cifras espeluznantes sobre el escaso papel que la mujer representa en la historia y en el presente de la ciencia.
Por ejemplo, en España sólo un 7 % de las niñas de 15 años se plantean estudiar una carrera técnica. Y eso no es porque el cerebro femenino esté peor dotado para la ciencia o que a las mujeres nos guste más ser enfermeras o periodistas.
La triste realidad es que desde que son niños les vamos llevando por ese camino. Mi suegra cuenta una anécdota de cuando era cría y su madre, sorprendida porque todas las notas del colegio eran muy altas excepto las matemáticas, fue a hablar con la profesora. Y esta le dijo: "no se preocupe, si para lo que va a necesitar ella las matemáticas siendo mujer". Acabo estudiando Químicas y ha sido profesora de Ingeniería Industrial hasta que se jubiló.
Es penoso que Maryam Miizakhani haya sido la primera mujer en recibir la medalla Fields, algo así como el Nobel de Matemáticas, en 2017. Y que nombres que aparecen con frecuencia en los doodle de Google ni nos suenen.
Pasa también en el arte, en la política, quizá algo menos en la literatura, y en prácticamente todas las áreas de la vida, sobre todo si hablamos de puestos de responsabilidad o de salir en los libros de texto.
Queda mucho por hacer. Confío en que poco a poco las cosas van a mejorar y que en breve habrá tantos hombres como mujeres en todos los ámbitos de la vida, dedicándose a lo que realmente les gusta y para lo que especialmente dotados, independientemente de su sexo, color, procedencia o ceros en la cuenta corriente de sus padres.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Viaje a Italia: Pisa




Todo estaba listo para comenzar de nuevo el viaje hasta La Spezia, una localidad costera al Noroeste de Italia, región de Liguria. El GPS hablaba por fin nuestro idioma y nos comentó alegremente que llegaríamos a destino en unas dos horas y media (224 km). El camino se hace un poco largo si pones la radio, porque la música suele ser toda similar a las baladas de Eros Ramazzoti. Amore y amore por todas partes, que llega a perjudicarte los tímpanos y los nervios a la par, y para lo que sólo hay dos salidas dignas: apagar la radio o tener Spotify, de pago.

Nos perdimos, como siempre se pierde uno en una ciudad desconocida, sobre todo si lleva sistema de navegación en el coche. Los GPS se burlan de los turistas y juegan con nuestra paciencia y capacidad de resiliencia. Esto es así. 

Con un sol que nos miraba desde lo alto, malvado, inmisericorde, nos vimos arrastrando maletas por cuestas inesperadas. La Residencia Levante estaba escondida entre callejuelas estrechas y antiguas, cerca de la ladera de la montaña, entre dos vias de tren. Ya está, pensé decepcionada. Venimos a un verdadero tugurio. Me han vuelto a engañar con las fotos y los comentarios. La recepción estaba vacía, como si fuera una recepción a tiempo parcial. Llamé a uno de los teléfonos que venían impresos en una tarjeta.

Enseguida llegó un chico joven, simpático a pesar de no sonreír, con muchas ganas de agradar y facilitarnos las cosas. Respiré aliviada. Nos condujo hasta la primera planta y abrió la puerta de nuestro apartamento. Fantástico, lleno de luz, todo recién reformado, muebles nuevos, limpísimo, baño con ventana, cocina con ventana, terraza. Bien, al final no ha habido mentiras. Aquí estaremos a gusto. 

El chico acompañó a Ramón a por el coche y le condujo hasta el garaje, enorme y gratuito. Y allí nos quedamos unos diez minutos, sintiendo el fresquito del aire acondicionado en la cara. Inmediatamente después salimos hacia Pisa, con la intención de comer allí, ver la ciudad y partir hacia Lucca. En plan viaje organizado.

La cosa empezó bien porque encontramos sitio para aparcar muy pronto, en zona azul, gratuita al ser domingo. Lo malo que estábamos a unos tres kilómetros del centro y nos pegamos un buen paseo entre las tres y las cuatro de la tarde, buscando algún lugar para comer. La ciudad estaba desierta, en esa parte al menos, como si todo el mundo se concentrara en la Piazza dei Miracoli y sus aledaños.

Comimos en una trattoria que da a una plaza pequeña, cuyo nombre no recuerdo, pasta, pizza, cerveza, agua. Era un sitio estrecho y oscuro, con poca gente, entiendo que por las horas, con precios más o menos asequibles para ser Italia. Y con terraza, eso era fundamental. Allí repusimos fuerzas para seguir hasta la Torre inclinada. Teníamos además una importante misión, comprar pan y tomates para complementar el jamón ibérico que nos esperaba en el apartamento para cenar.

Paseamos sin rumbo hacia lo que creíamos que sería el sitio del Duomo pero nos equivocamos, íbamos por la orilla incorrecta del río Arno. Nos encontramos, eso sí, con el bonito Palazzo Blue e incluso vimos un casa inclinada al otro lado del río. Volvimos hacia atrás y pasamos por el puente Mezzo y anduvimos por Borgo Stretto hacia la parte más fotografiada de Pisa, donde la gente es capaz de hacer las cosas más estúpidas por conseguir una foto "original" con la famosa torre.

De camino, nuestra habitual parada para degustar un delicioso café italiano. Siempre en la barra para evitar desembolsos desmesurados. El precio de un café puede ser el triple si te sientas tranquilamente en una terraza a esperar que un camarero te lo sirva.

Por fin alcanzamos nuestro destino. Impresionante la Torre, la Catedral, el Baptisterio y el Camposanto, aunque este último apenas lo vislumbramos por dentro. La entrada a los cuatro monumentos era bastante cara para los cuatro, así que elegimos uno de ellos, el Baptisterio. La entrada a la catedral es gratuita pero a partir de las siete de la tarde, hora a la que queríamos estar de vuelta. Hacía un calor terrible a las cinco de la tarde. 

El Baptisterio impresiona, sobre todo cuando de repente un señor empieza a cantar y comprobamos las cualidades acústicas de la sala. Es el más grande de Italia, de origen románico (1152) y está dedicado a San Juan Bautista.

Tras las fotos chorras de rigor, fuimos paseando de nuevo hacia el coche. El calor nos había robado las fuerzas y la idea de ir esa tarde a Lucca desapareció de nuestra lista de cosas por hacer en ese día. Tomamos unos helados, compramos el pan y los tomates en una tienda regentada por indios y tardamos una eternidad en llegar al aparcamiento.

Me hubiera gustado dedicarle un poco más de tiempo a Pisa, pues estoy segura de que es mucho más que lo que vimos apresuradamente. Otra vez será.

A la vuelta nos perdimos y llegamos a casa mucho más tarde de lo esperado, sobre las nueve. Hechos polvo, hambrientos, acalorados. Así que el bocata y la ducha nos supieron de lujo. Al día siguiente, las Cinque Terre.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Tengo 8 años y no paro de hacer deberes


Tengo ocho años y desde que tenía cinco, desde infantil, tengo deberes. Mi madre dice que eso es mucho tiempo, yo creo que eso es siempre.

En tercero de infantil fue cuando las cosas empezaron a cambiar. La profe quería que aprendiéramos a leer muy deprisa, porque decía que al año siguiente, dentro de un montonazo de tiempo, todo el cole iba a ser en inglés y que si no lo hacíamos así, íbamos a suspender. Yo entonces no sabía qué significaba esa palabra que todo el mundo decía. Mi padre, mi madre, la seño, mis compañeros. Todos hablaban de suspender y aunque no sabía lo que era, tenía que ser algo muy malo, como romperse los pantalones o gritarle a mi hermana. 

"¿Qué vais a hacer con esta niña? es que con ella no hay manera, va muy por detrás del resto"

Cada día nuestra maestra nos enseñaba un montón de páginas de letrilandia. Yo no podía ir tan rápido como mis compañeros. Me quedaba siempre la última y eso me hacía sentir muy mal. Mi madre se enfadaba, y a veces me gritaba porque cuando leíamos una frase de un libro varias veces yo seguía sin enterarme de lo que ponía en ese libro. Las letras se me parecían todas. Era un lío bastante grande. Mi madre luego me pedía perdón por haberme gritado. Yo lloraba un poco.

En primero de primaria, como ya eramos mayores, la nueva profesora decía a mis papás que teníamos que ponernos las pilas, que éramos muy infantiles y que ya no podíamos serlo porque estábamos en primaria. Mi madre repetía que sólo tenía 5 años y que no podía ser que nos pusieran tantos deberes todos los días. Empecé a tener exámenes. Tampoco sabía lo que era hasta que tuve que quedarme en silencio absoluto durante una hora y responder a unas preguntas muy difíciles de inglés. 

"Es que tu hija necesita más disciplina, no hace caso a nadie, se levanta y se va al baño como si estuviera en infantil, tenéis que ponerle normas"

Me daban ya las notas y algunas no eran buenas. Creo que si es menos de un cinco es fatal y si es más es mejor. Nunca he sacado un 9 ni un 10 como mi amiga. Sé que mis padres se pondrían super contentos si lo hiciera. Pero por más que lo intento y me esfuerzo, no me sale. Mi madre me dice que si es un 6 ó 7 es genial, aunque sé lo que dice sólo para que yo me sienta mejor. 

"Se trae juguetes a clase y los saca mientras estoy explicando"

Logré pasar a segundo y allí conocí a una profe genial. Era muy buena con todos los niños y no me regañaba como otras de antes. Ella entendía que yo fuera un poco diferente a los demás, porque me muevo mucho y soy un poco más loca. Y si me salía mal un examen, me lo repetía para dejarme sacar una nota mejor. Ella nos contaba historias y nos hacía reír. Era muy divertido aprender así. Lo que pasa que mis padres me llevaron a Kumon, y entre hacer la ficha de todos los días más algunos deberes y exámenes que tenía, pues tampoco pude jugar mucho ese curso. Es que si no me daba tiempo a terminar en clase los ejercicios, pues los tenía que hacer en casa. Un rollo. Menos mal que ya no voy a Kumon porque mis padres decían que no nos daba la vida. Echo un montonazo enorme de menos a mi profesora del año pasado. 

"Ella es genial, muy alegre y divertida, ha mejorado un montón, aunque le gusta mucho hablar, la he sentado junto a la niña que va mejor en clase para ver si la ayuda"

Y ahora, muchísisisimo tiempo después, estoy en tercero, un curso super importante y mucho más difícil. Ni mi madre ni mi padre se saben a veces las cosas que estudiamos. Porque ellos me tiene que explicar los temas en casa. En clase no los entiendo, o sí los entiendo pero se me olvidan. Si son en inglés es peor, porque no me entero de nada. No lo puedo evitar, mi memoria es mala. Mis padres dicen que es porque me cuesta concentrarme, que no sé muy bien ni qué es. 

Mis profes dicen que es porque en clase no les escucho y hablo con otros niños, y llevo juguetitos que saco allí delante mientras explican y eso está prohibido. Ellos no saben que esos juguetes me hacen sentir mejor, porque a veces creo que no valgo, que soy tonta, o que tengo algo malo porque me adoptaron, porque tengo otros papás muy lejos que me dejaron para que otros papás me cogieran, mis papis de ahora. Hace poco me castigaron en el cole y me sentaron al lado de la profesora porque dijeron que no tenían más remedio, que era la única forma de que me portara bien. Y yo quería llorar pero le dije a la profe que no me importaba. A mi madre no se lo quise contar por si se enfadaba. No me gusta que mi madre me regañe, tengo miedo de que me deje de querer.

Ahora intento apuntar en la agenda todo lo que me piden cada día, para no olvidarme de nada y que no me pongan mala nota. Y todos todos los días, estudio y hago las tareas, lo prometo, con papá o mamá porque sin ellos no puedo hacerlas bien. Quiero que ellos se pongan contentos de mí. Ellos me dicen que me quieren mucho, incluso si me regañan, aunque a veces me siento triste y me enfado mucho porque no estoy segura.

Porque lo malo es que suspendo mucho, la última vez he sacado un 1,8 en un examen de sosial sallens y mi madre ahí sí que se ha puesto muy enfadada. Estuve estudiando con ella toda la tarde y me lo sabía, pero al día siguiente se me olvidó. Ella dice que no entiende que pasó. Yo tampoco. ¿Qué puedo hacer para acordarme? los Reyes a lo mejor no me traen nada o me traen carbón. No paro de pensar en eso.

Como todos los años le pedimos deseos al año nuevo, los escribimos en unos papeles que pegamos en el árbol, este año le voy a pedir que me haga más lista para sacar mejores notas y que nadie se ría de mí. Y que mis padres sientan esa cosa que se llama orgullo, que mi madre dice que a veces es bueno y otras es malo. No sé por qué.

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"Los niños de adopción internacional se encuentran ante múltiples factores de riesgo relacionados con una mayor probabilidad de haber sufrido complicaciones relacionadas con causas prenatales, enfermedades víricas de la madre, deficiencias nutricionales durante el embarazo, consumo de alcohol, tabaco, drogas, durante la gestación (...) Todas estas situaciones dejan secuelas neurológicas sutiles que no son fácilmente detectables en el consultorio del neurólogo, pero que se observarán en la inmadurez de la autoregulación de las emociones y del comportamiento, la incapacidad para concentrarse y estar atento, en la fatiga durante el esfuerzo mental, la tensión nerviosa y la disminución de la capacidad de memorizar."

AFADA, Asociación de Familias Adoptantes de Aragón.

"Un exceso de deberes supone una gran frustración para un niño que quiere concluir el trabajo asignado y ve cómo éste le sobrepasa y el cansancio no le permite seguir estudiando. El rendimiento de los niños empeora si a la jornada escolar se añade un exceso de tiempo para los deberes.
Un niño que dedica un tiempo excesivo a las tareas escolares (según la OCDE la media española es de 6,5 horas semanales en la ESO, pero hay niños que ya en primaria superan esa media)  puede llegar a presentar síntomas de ansiedad y necesitar asistencia psicológica."
"Necesitamos un sistema educativo práctico, actual, serio, estable y que no exija tanta burocracia cambiante cada pocos años y se centre en lo que de verdad importa, los alumnos, y que así nos permita dedicar el tiempo a la verdadera base de nuestra sociedad: los niños y adolescentes. Firmemos para pedir a nuestros políticos que nuestro sistema educativo deje de ser moneda de cambio y que pase a ser elaborado junto con quienes han pasado años en las aulas, con quienes conocen la realidad social desde dentro de la escuela, quienes tienen como único interés enseñar y motivar hacia el aprendizaje para que quienes ahora empiezan a rodar en la sociedad sean capaces de hacer un mundo mejor"






miércoles, 2 de noviembre de 2016

Las voces que no escucho

Que vuelvan los sonidos de antes.

Las voces al otro lado del teléfono.

El ring de una llamada de número desconocido.

Las conversaciones entre dos personas que tienen algo que decirse, o quizá nada.

Cuando marcábamos con cierta vergüenza, por si no lo cogía él o ella y nos apuñalaban con un "no está, ¿quieres dejar un recado?"

Que vuelva la luz parpadeando en el contestador y el "tiene tres mensajes nuevos", que era mejor que pusieran en la radio tu canción, o las natillas caseras con galleta maría.

Que vuelvan las tardes enteras tomando un café en el centro. Los paseos mañaneros para hablar por hablar. Las ganas de verse y los abrazos. Los besos que suenan. Las risas que suenan. Las lágrimas que se ven y se oyen.

Que vuelva todo eso que alguien se llevó en un bolsillo, donde cree que guarda toda su vida, mientras ésta, sin mirarle pasa. Y pasa.

lunes, 10 de octubre de 2016

No seré

No seré la más alegre del lugar, ni la más simpática, ni la que tiene siempre la palabra perfecta en cada momento.

No seré las más cariñosa, ni la más enrollada, ni esa persona tan molona que a todos nos cae tan bien.
No seré la primera en ser invitada a la fiesta ni la que echen de menos si no va, tampoco te contará el chiste que te haga reír en un día de mierden.

Soy, sin embargo, más tirando a callada, cuando hablo a veces es a gritos, me indigno con facilidad con las injusticias (incluidas las domésticas) y la paciencia es un bien del que ando escasa.

Sé, no obstante, escuchar y comprender. Ponerme en la piel del otro y sentir lo que siente el otro. Ser capaz de dar consuelo, esperanza, energía, amor. Soy buena persona, sincera (quizá demasiado), honesta, con ganas de solucionar los problemas , de hacerles frente y seguir hacia delante, para disfrutar de lo bueno de la vida.

Me doy cuenta cada vez con más claridad de que no tenemos mucho tiempo en este mundo, por lo que las cosas que merecen la pena se reducen a las personas (unas pocas), los libros , los viajes, el jamón y la cerveza.

Tengo la manía de ponerme en el lugar del otro y lo paso bastante chungo. la empatía está sobrevalorada, no tengo duda.

Sufro, la verdad, y bastante, por la gente y sus historias. Por los que tengo cerca y por los que están lejos. Claro que también me pasa al contrario, que me alegro de verdad de la buena por todo lo grande que sucede a mi alrededor. ¿Y qué hago con lo malo? Pues me lo pongo delante de los ojos y busco la manera de atacarle hasta vencerle. Que me ha costado mucho llegar hasta aquí para que llegue ahora el azar, el destino o el mismísimo Dios a tocarme las orejas.

Y dicho todo lo cual, el día que cumplo 43 ha sido genial, no se si tanto como los colegas en Facebook o Whatsapp te desean...qué coño, ha sido mejor aún. Creo que la energía de tanta peña deseando felicidad a una persona tiene que producir un efecto cósmico imprevisible de carácter directamente proporcional al número de amigos en las redes sociales. No quiero ni imaginar como se sienten los que acumulan cientos y miles de amigos en el mundo 2.0.

Yo me siento de madre y me sentiré mucho mejor si el universo ese sigue conspirando a mi favor y al de los míos.

Muchas gracias a todos los que me habéis felicitado por aquí, o con vuestras voces, llamando de lugares muy lejanos incluso, con canciones, wasap, Instagram, etc. Sois la caña, cada uno por su lado, porque si no, no estaríais por aquí.

Muchos besos, y muy especiales a los recientes novios para los que posamos en esta foto :)

martes, 9 de agosto de 2016

El viaje (a Italia) de nuestra vida (II): Milán


Aquel sábado de junio nos levantamos de noche y no nos importó. Sabíamos que todo era porque comenzaba nuestro viaje. Así que a las niñas no les costó nada salir de la cama a aquella hora indecente del fin de semana.

Fuimos en nuestro coche, el viejo, y contratamos uno de esos parkings low cost que invaden Google, serviparking.com. El día anterior lo reservé y pague: 60 euros por 10 días, con recogida y devolución en el aeropuerto, y lavado gratis. Todo muy barato y cómodo, con la excepción de que lo del lavado no es cierto, a pesar de que lo anuncian a bombo y platillo en el buscador. 



Tras pasar el control y el embarque sin sobresaltos, por fin estábamos en el avión. "Mami, ¿qué significa esto?" dice mi hija pequeña mientras me señala las horribles ilustraciones sobre seguridad que Ryanair exhibe en los reposacabezas. "¿Vamos a bajar en tobogán?". La verdad es que esta aerolínea no se anda con tonterías, te planta ahí los dibujos delante sobre qué hacer en caso de catástrofe y hala, a pasar un buen vuelo mientras tratas de poner los ojos en blanco para no ver los detalles.

Aterrizamos en Bérgamo, Milán, sobre las doce de la mañana. Para recoger el coche del alquiler, teníamos primero que ir al mostrador de la compañía, que fue Hertz. Y ahí ya tuvimos la primera sorpresa del viaje. Siempre que se planifican los gastos de un viaje, hay que dejar espacio para las sorpresas.

La reserva que hice por internet incluía GPS por unos 3 euros el día. Allí me dijeron que los gastos de devolución del cacharro serían 50 euros, ya que dejaría el vehículo en Florencia. Tras quejarme convenientemente y comprobar que eso no estaba escrito en ninguna parte en el contrato, me dieron un coche con GPS incorporado, un Volvo V60 que no estaba nada mal. Aunque a cambio, aquí llegó la segunda sorpresa, tuvimos que pagar el seguro a todo riesgo, unos 35 euros la jornada, porque la franquicia es de 2.000 eurazos.

Cuando ya teníamos las llaves, faltaba llegar al parking, para lo cual había que montar en un autobús con sillones tapizados, 60 personas con maletas y un calor de mil demonios. Lo bueno es que el trayecto sólo dura 5 minutos y que ese tiempo no da para una deshidratación en condiciones.

Tal era el sofoco que llevábamos encima que nos pusimos en marcha sin comprobar el idioma del GPS, cuyo último cliente debió ser oriundo de un país aún por descubrir. Nos perdimos varias veces y por consiguiente perdimos, además, los nervios. Sí, los viajes son una gozada y, además, no son todo lo que sale en Instagram. Se viven también momentos de tensión que hay que saber cortar cuanto antes. Así que pusimos la música a tope y cantamos baladas italianas hasta que no pudimos más, diez minutos después.

El viaje a Milán dura una hora más o menos y por supuesto hay que pagar. Italia está llena de autopistas de peaje y la gasolina es algo más cara que en España. Así que hay que aprovechar y hacer fotos a todo lo que parece diferente y vivir el viaje pensando que a la vuelta te va a tocar la lotería y todo te saldrá gratis.

Nuestro hotel estaba a las afueras de Milán, en el Sesto San Giovanni. El Grand Hotel Duca di Mantova, muy cerca de la línea de metro que te deja directamente en la Piazza del Duomo, o sea, la Plaza de la Catedral. Un hotel de cuatro estrellas con una habitación enorme tipo suite y desayuno buffet para los cuatro por 89 euros la noche. Además hay un centro comercial al lado, Vulcano, lleno de las típicas franquicias, donde comimos el primer día un menú de McDonalds. No hubo manera de convencer a cierta señorita de comer algo un poco más italiano. 

“Milán es una ciudad que no tiene nada, excepto la catedral”.

Esta frase, que tuvimos que oír varias veces antes de poner un pie en la ciudad, retumbó en mi mente toda la tarde.   


Mientras paseaba por la Galería Vittorio Emanuele II y admiraba, catalejo en mano, la belleza de sus frescos en lo alto, simbolizando cuatro continentes: Europa, América, Asia y África.



O soñaba con entrar cual japonesa en Prada y calzarme unos taconazos del escaparate, para después hacerme con un Louis Vuitton y lucirlo en la terraza del Campari y en el Savini más tarde, degustando una deliciosa cena.



Cuando tomamos un delicioso café junto a la famosa Scala.

Al admirar el Duomo por fuera y por dentro, a pesar de que tuve que comprar un bata de esas de peluquería para no ofender a Dios con mis tirantes. Una pena que no llegamos a tiempo de subir a la terraza.

Durante nuestro agradable paseo por la Vía del Mercanti y la Vía Dante hacia el Castillo Sforzesco. El primer helado cayó en ese paseo, en el Mercanti Cafe. Uno de los helados más ricos que tomamos, aunque bastante caro, unos 4 euros por un cono de una bola.

También resonaba en mí la frase sobre la falta de interés de Milano cuando llegamos al castillo y descansamos junto a la fuente mientras nos salpicaba el agua.


Y ya, por último, cuando caminamos hasta llegar a la zona de las Columnas de San Lorenzo, ruinas romanas que no tienen un atractivo enorme, sin embargo, a su alrededor, los italianos se juntan sobre las siete y media a tomar el famoso aperitivi. 

Y nosotros, como si fuéramos como ellos, siendo como éramos tan guiris como cuando ellos vienen a vernos, nos sentamos en una terraza y pedimos nuestra bebida acompañada de costrinis y verduras con salsas. No creo que fuera el mejor local de la zona, pero qué rico sabe todo cuando estás de vacaciones, no tienes prisa, y la cerveza está bien fría.

Nos quedó tanto por hacer…sobre todo visitar la enorme tienda outlet de ¡golosinas! que nos encontramos de vuelta al hotel. No, en serio, nos quedamos con muchas ganas de ver La última cena de Leonardo Da Vinci, en el convento de Santa Maria delle Grazie. Hay que reservar con mucha antelación para conseguir entradas y yo no estuve atenta. Además me quedé con enormes ganas de caminar por el barrio de los canales, los Navigli, que fueron construidos a partir de un diseño del mismo Leonardo para transportar el mármol que se usó para hacer la catedral.

Milán es mucho más que el Duomo y la Galería y que todo lo que nosotros vivimos y lo que no.




Así que tenemos pendiente volver a esta fabulosa ciudad llena de cosas por hacer, ver, oler, tocar, escuchar, degustar y sentir. Como hicimos un poco el guiri, aparte de hacernos los italianos, acabamos pisando las partes nobles del torino de la Galería Vittorio Emanuele y girando tres veces sobre nosotros mismos. Y con eso dicen que tienes la vuelta asegurada. Aparte de un mareo bestial.



Próxima parada...la Spezia.








domingo, 31 de julio de 2016

El viaje (a Italia) de nuestra vida (I)

Manarola, Cinque Terre
Todo comenzó en otro viaje por carretera. No recuerdo si íbamos o veníamos. Supongo que lo primero, porque es el momento de más entusiasmo, cuando la excitación por lo que está por venir, hace galopar la mente a otros miles de lugares pendientes de visitar.

"En dos años iremos a Italia todos juntos". 

Escuché gritos de alegría procedentes del asiento de atrás. Entonces tenían diez y cinco años. ¿Como en tan poco tiempo han cambiado tanto?

Fantaseando con la idea de ir en nuestro hipotético nuevo coche, hicimos noche mental en Salou y Marsella, para terminar llegando a Italia el tercer día, pisando primero Milán y su Duomo.

Tras ciento cincuenta y cinco vueltas en cierta cabeza conocida, llegamos a la conclusión de que era mucho mejor olvidarse del coche e ir en avión, para evitar cuatro noches de paso y un montón de kilómetros con las manos en el volante.

Así que en noviembre del año pasado, un mes y pico antes de lo previsto, no pude resistir la tentación de buscar el precio de los vuelos por internet, sólo para hacerme una idea. Acabé unas horas después con cuatro billetes virtuales a la ciudad de la moda y 300 euros menos en la cuenta bancaria. Ya no había marcha atrás para viajar en fechas distintas. Sería por diez días y sería a finales de junio, y con Ryanair. Por primera vez unas vacaciones que empezaban justo a la vez que las escolares.

Ahora solo quedaba pensar en la ruta, buscar los hoteles y alquilar el coche. Me  llevó unas cien horas, minuto arriba minuto abajo, en intervalos de unas cinco horas seguidas cada vez. El 90% de ellas se destinó a la búsqueda de las gangas de alojamiento que jamás encontré.

Mi idea inicial era comenzar en Milano para después ir rumbo a la idílica Toscana, parando con seguridad en Florencia alguna noche. Después iríamos a Venecia y de camino podíamos parar en Bolonia.

Todo cambió el día en que conté mi plan a una compañera de trabajo que había pasado un año de Erasmus en Italia.

"No puedes dejar de visitar las Cinque Terre"

Sólo la sonoridad del nombre invitaba a quedarse allí una temporada.

Tracé tres diferentes opciones de rutas en un excel, tomándome el viaje tan en serio como un plan de proyecto de ingeniería, y me puse a buscar alojamientos buenos, bonitos y baratos.

Tras investigar el tema como si estuviera en un capítulo de CSI, acabé reservando hoteles y apartamentos en cuatro plataformas diferentes: Booking, AirBNB, Hoteles.com y Venere.com. La simplicidad no es mi fuerte.

Cuando voy a viajar suelo reservar con mucho tiempo el alojamiento con política de cancelación gratis, y cuando se acerca la fecha vuelvo a mirar en busca de chollos de última hora que nunca aparecen.

El viaje definitivo quedó así:
Milán - La Spezia, visitando Pisa y Cinque Terre - Lucca - Florencia - Venecia - Verona - Milán

Otro tema fue la reserva del coche. Debido a que en Florencia no merece la pena,  y en Venecia directamente no se puede, decidí reservarlo por etapas. Los primeros cuatro días, dejándolo en Florencia al llegar, cogiéndolo de nuevo para ir a Venecia sólo por un día y de nuevo cogerlo en Venecia para volver a Milán.

Sí, suena a rollazo puro, pero te ahorras un dineral y no es para tanto. El único cambio fue que, al final, decidimos ir en tren a Venecia, pues sale mucho más barato teniendo en cuenta el precio del seguro del coche a todo riesgo, gasto no previsto inicialmente.

El último paso de la preparación fue reservar las entradas para los sitios que sí o sí visitaríamos: La Academia y la Galería Uffizi en Florencia y la Basílica de San Marcos en Venecia. Lo intentamos para La última Cena de Leonardo en Milán pero imposible. Hay que reservar con mucha antelación.

Una cosa que me arrepentí de no haber hecho es haber comprado la Firenze Card. Por 72 euros puedes ver todos los museos e iglesias de Florencia y los niños no pagan nada, hasta los 18 años. Teniendo en cuenta el precio de cada sitio allí, sale muy rentable.

Por último, sólo quedaba pasar por el súper para comprar provisiones. Viajando con niños lo mejor es hacerse con cosas para picar entre horas para aguantar, como frutos secos, chupa chups, jamón y chicles. Mis "imprescindibles".

Y hacer las maletas claro, a ser posible evitando tener que facturar. Nosotros llevamos 3 maletas de cabina y una mochila.


Sábado 24 de junio de 2016. La aventura comienza...
(Continuará)

miércoles, 20 de abril de 2016

¿De verdad hay necesidad de tantos deberes?


Mi hija ha tenido más de 30 exámenes desde que empezó el curso. Incluyendo valores éticos, educación física y arte.

Ha leído unos 8 libros obligatorios para clase, aparte de los libros de texto.

Ha hecho varios trabajos en diferentes asignaturas. Algunos en grupo.

Ha estudiado los romanos y las guerras púnicas, las ecuaciones de varias incógnitas, cientos de palabras nuevas en inglés, los ecosistemas, las células y varios procesos vitales. Le français aussi.

La miro y me veo a mi cuando estudiaba en el instituto, incluso me atrevería a decir que cuando iba a tercero de BUP.

Ella tiene doce años y estudia primero de la ESO.

A veces llora porque tiene mucho estrés. Otras veces se queja de que no puede leer los libros que en realidad le gustan por falta de tiempo. Ni hacer sus manualidades, que le encantan. O dibujar, lo que para ella es muy importante. O jugar, pues aún juega, le sigue gustando hacerlo, incluso con las cosas con las que jugaba hace varios años. 

No sé qué opinas, pero a mí me duele verla así. Creo que es un sinsentido. Que les están exigiendo un nivel de trabajo muy por encima de lo aconsejable para su edad. Que si siguen por ese camino, ¿que pasará en bachillerato? Los que lleguen y sigan queriendo estudiar, porque esa es otra. Querer seguir estudiando cuando llevas un ritmo descomunal durante cuatro años, sin tiempo más que para ir al instituto y volcarse en los libros... de texto. Creo que la nueva ley LOMCE no va a conseguir reducir el fracaso escolar, más al contrario, porque aumentará la desmotivación y las renuncias de muchos niños. Ojalá me equivoque. 

Y en esas andaba yo, que le comenté al jefe de estudios mi preocupación por mi hija y le comenté que quería que se quedara en casa la semana que sus compis se iban a esquiar, pues mi niña no fue por motivos que no vienen al caso. "Mire, que he pensado que mejor se queda en casa descansando (y dibujando, por ejemplo)". 

Pues mire usted - me dijo el amable jefe de estudios y profe de mates-, es que por ley no puede, aunque como madre, puede elegir lo que prefiera.

Como si una madre fuera realmente libre para decidir. Si a ti te dicen: su hija puede no venir a clase, no hay problema, pero sus notas pueden verse perjudicadas, ¿tú qué haces, como madre? Elijas lo que elijas, la decisión no es fácil, ni diría que libre, pues se ve condicionada por la NORMA.

Total que aproveché la ocasión para comunicarle mi opinión acerca del exceso de trabajo que llevaban los niños este curso. Que son 11 profesores, y cada uno de ellos manda multitud de tareas y que la niña estaba estresada y cansada, y todo eso que he comentado antes. Que por favor lo tuvieran en cuenta de cara al futuro.

Me pidió todo esto por escrito, para tratarlo en el consejo, con la firma de más padres y madres a ser posible. Para que no fuera una opinión personal mía, lo cual me parece muy lógico.

Allá que me fui al grupo de wasap del instituto a exponer los hechos y a pedir apoyo. Y me quedé bastante sorprendida de que muy pocos estuvieron de acuerdo conmigo. Algunos opinaban que no tenían tantos deberes, otros muchos no dijeron nada y también hubo quienes, estando de acuerdo en un principio, prefirieron no aparecer con su nombre en el escrito.

Mientras, leía en las noticias que los niños españoles se sienten presionados por los deberes según la OMS. Y que según la OCDE los niños de 15 años en España dedican una media de 6,5 horas semanales a los deberes frente a las 4,8 del resto de países industrializados. Mi hija dedica más de 10 horas por semana, si contamos como deberes también los trabajos de clase, los libros obligatorios y los ejercicios y estudios.

A pesar del escaso apoyo recibido por este grupo de padres y madres, sólo nueve personas de un total de más de 80 alumnos en tres grupos, envié la carta.

Fue antes de Semana Santa. Y justo hace una semana mi hija me comentó que todos los profes han empezado a preguntarles si sienten que tienen muchos deberes, a lo que la mayoría, siempre según la versión de mi hija, han respondido que sí. Además han empezado a escribir en la pizarra la lista de tareas del día, de manera que pueden ver qué carga de trabajo tienen y pueden equilibrar un poco las cosas. Esto fue una sugerencia incluída en mi carta, a propuesta de una madre del grupo de wasap.

Son pequeños pasos muy positivos que me hacen ser optimista ante el futuro por dos motivos: porque parece que los profesores se han dado cuenta de esta realidad y tratan de mejorarla y porque una vez más se demuestra que el decir las cosas, el expresar las opiniones de forma respetuosa, el alzar la voz, tiene resultados. Y todo ello, finalmente, va a repercutir de forma beneficiosa en los niños, que es lo que realmente todos queremos.

Sin embargo, más allá de todo esto, del tema deberes sí, deberes no, está el hecho de que el sistema educativo en sí mismo no es el mejor. El objetivo es conseguir niños con notas excelentes en ciertas materias, en perjuicio de otras, para alcanzar buenos resultados en los informes PISA. Intentando cumplir unos programas plagados de contenidos que obligan a ir a toda velocidad, dejando para casa tareas que no da tiempo a terminar en clase. Y dejando por el camino a muchos niños que no entran dentro de lo que el sistema considera "estandar", si es que un niño puede ser considerado "estandar".

Somos muchos los que creemos que las cosas pueden (y deben) hacerse mejor. Más allá del partido de turno, empeñado en salvar la educación con una nueva ley que acaba por ser peor que su predecesora.

Ayer llegó a mis ojos este vídeo de más abajo que circula por internet, en el que algunos famosos ponen voz a esa necesidad de cambio. Un cambio hecho en conjunto por profesores, padres, madres y alumnos. Un giro que tenga en cuenta todo lo que debería tenerse en cuenta para conseguir una educación de calidad, para ayudar a formar a las nuevas generaciones. Nuevas generaciones preparadas para hacer de este mundo un mundo mejor. ¿Utopía? Posiblemente. Nadie dijo que fuera fácil.

No dejéis de leer tampoco este post de mi amiga Noni Medina, donde expresa muy bien ese cambio posible y necesario.




Yo quiero ese cambio y creo en el cambio. ¿Y tú?