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martes, 9 de agosto de 2016

El viaje (a Italia) de nuestra vida (II): Milán


Aquel sábado de junio nos levantamos de noche y no nos importó. Sabíamos que todo era porque comenzaba nuestro viaje. Así que a las niñas no les costó nada salir de la cama a aquella hora indecente del fin de semana.

Fuimos en nuestro coche, el viejo, y contratamos uno de esos parkings low cost que invaden Google, serviparking.com. El día anterior lo reservé y pague: 60 euros por 10 días, con recogida y devolución en el aeropuerto, y lavado gratis. Todo muy barato y cómodo, con la excepción de que lo del lavado no es cierto, a pesar de que lo anuncian a bombo y platillo en el buscador. 



Tras pasar el control y el embarque sin sobresaltos, por fin estábamos en el avión. "Mami, ¿qué significa esto?" dice mi hija pequeña mientras me señala las horribles ilustraciones sobre seguridad que Ryanair exhibe en los reposacabezas. "¿Vamos a bajar en tobogán?". La verdad es que esta aerolínea no se anda con tonterías, te planta ahí los dibujos delante sobre qué hacer en caso de catástrofe y hala, a pasar un buen vuelo mientras tratas de poner los ojos en blanco para no ver los detalles.

Aterrizamos en Bérgamo, Milán, sobre las doce de la mañana. Para recoger el coche del alquiler, teníamos primero que ir al mostrador de la compañía, que fue Hertz. Y ahí ya tuvimos la primera sorpresa del viaje. Siempre que se planifican los gastos de un viaje, hay que dejar espacio para las sorpresas.

La reserva que hice por internet incluía GPS por unos 3 euros el día. Allí me dijeron que los gastos de devolución del cacharro serían 50 euros, ya que dejaría el vehículo en Florencia. Tras quejarme convenientemente y comprobar que eso no estaba escrito en ninguna parte en el contrato, me dieron un coche con GPS incorporado, un Volvo V60 que no estaba nada mal. Aunque a cambio, aquí llegó la segunda sorpresa, tuvimos que pagar el seguro a todo riesgo, unos 35 euros la jornada, porque la franquicia es de 2.000 eurazos.

Cuando ya teníamos las llaves, faltaba llegar al parking, para lo cual había que montar en un autobús con sillones tapizados, 60 personas con maletas y un calor de mil demonios. Lo bueno es que el trayecto sólo dura 5 minutos y que ese tiempo no da para una deshidratación en condiciones.

Tal era el sofoco que llevábamos encima que nos pusimos en marcha sin comprobar el idioma del GPS, cuyo último cliente debió ser oriundo de un país aún por descubrir. Nos perdimos varias veces y por consiguiente perdimos, además, los nervios. Sí, los viajes son una gozada y, además, no son todo lo que sale en Instagram. Se viven también momentos de tensión que hay que saber cortar cuanto antes. Así que pusimos la música a tope y cantamos baladas italianas hasta que no pudimos más, diez minutos después.

El viaje a Milán dura una hora más o menos y por supuesto hay que pagar. Italia está llena de autopistas de peaje y la gasolina es algo más cara que en España. Así que hay que aprovechar y hacer fotos a todo lo que parece diferente y vivir el viaje pensando que a la vuelta te va a tocar la lotería y todo te saldrá gratis.

Nuestro hotel estaba a las afueras de Milán, en el Sesto San Giovanni. El Grand Hotel Duca di Mantova, muy cerca de la línea de metro que te deja directamente en la Piazza del Duomo, o sea, la Plaza de la Catedral. Un hotel de cuatro estrellas con una habitación enorme tipo suite y desayuno buffet para los cuatro por 89 euros la noche. Además hay un centro comercial al lado, Vulcano, lleno de las típicas franquicias, donde comimos el primer día un menú de McDonalds. No hubo manera de convencer a cierta señorita de comer algo un poco más italiano. 

“Milán es una ciudad que no tiene nada, excepto la catedral”.

Esta frase, que tuvimos que oír varias veces antes de poner un pie en la ciudad, retumbó en mi mente toda la tarde.   


Mientras paseaba por la Galería Vittorio Emanuele II y admiraba, catalejo en mano, la belleza de sus frescos en lo alto, simbolizando cuatro continentes: Europa, América, Asia y África.



O soñaba con entrar cual japonesa en Prada y calzarme unos taconazos del escaparate, para después hacerme con un Louis Vuitton y lucirlo en la terraza del Campari y en el Savini más tarde, degustando una deliciosa cena.



Cuando tomamos un delicioso café junto a la famosa Scala.

Al admirar el Duomo por fuera y por dentro, a pesar de que tuve que comprar un bata de esas de peluquería para no ofender a Dios con mis tirantes. Una pena que no llegamos a tiempo de subir a la terraza.

Durante nuestro agradable paseo por la Vía del Mercanti y la Vía Dante hacia el Castillo Sforzesco. El primer helado cayó en ese paseo, en el Mercanti Cafe. Uno de los helados más ricos que tomamos, aunque bastante caro, unos 4 euros por un cono de una bola.

También resonaba en mí la frase sobre la falta de interés de Milano cuando llegamos al castillo y descansamos junto a la fuente mientras nos salpicaba el agua.


Y ya, por último, cuando caminamos hasta llegar a la zona de las Columnas de San Lorenzo, ruinas romanas que no tienen un atractivo enorme, sin embargo, a su alrededor, los italianos se juntan sobre las siete y media a tomar el famoso aperitivi. 

Y nosotros, como si fuéramos como ellos, siendo como éramos tan guiris como cuando ellos vienen a vernos, nos sentamos en una terraza y pedimos nuestra bebida acompañada de costrinis y verduras con salsas. No creo que fuera el mejor local de la zona, pero qué rico sabe todo cuando estás de vacaciones, no tienes prisa, y la cerveza está bien fría.

Nos quedó tanto por hacer…sobre todo visitar la enorme tienda outlet de ¡golosinas! que nos encontramos de vuelta al hotel. No, en serio, nos quedamos con muchas ganas de ver La última cena de Leonardo Da Vinci, en el convento de Santa Maria delle Grazie. Hay que reservar con mucha antelación para conseguir entradas y yo no estuve atenta. Además me quedé con enormes ganas de caminar por el barrio de los canales, los Navigli, que fueron construidos a partir de un diseño del mismo Leonardo para transportar el mármol que se usó para hacer la catedral.

Milán es mucho más que el Duomo y la Galería y que todo lo que nosotros vivimos y lo que no.




Así que tenemos pendiente volver a esta fabulosa ciudad llena de cosas por hacer, ver, oler, tocar, escuchar, degustar y sentir. Como hicimos un poco el guiri, aparte de hacernos los italianos, acabamos pisando las partes nobles del torino de la Galería Vittorio Emanuele y girando tres veces sobre nosotros mismos. Y con eso dicen que tienes la vuelta asegurada. Aparte de un mareo bestial.



Próxima parada...la Spezia.








lunes, 1 de septiembre de 2014

Qué bien nos sientan las vacaciones


¡Madre mía! Este verano ha sido de sequía bloguera absoluta. Ni un mísero post que llevarme a la boca.

Pasé un mes de julio tan al límite de mis fuerzas que llegué a agosto exhausta, sobre todo mentalmente, y por eso no pude ponerme delante de la pantalla, ni siquiera de la libreta, dedicando mi tiempo, sobre todo, a disfrutar de la sensación de falsa libertad que se vive en el período vacacional.

Hoy, día 1 de septiembre, cuando el reloj me anuncia que me queda apenas un día de asueto, soy incapaz de pegar ojo.

¿Por qué los humanos, cierta clase de humanos, nos empeñamos en acortar o desvirtuar nuestros momentos de felicidad? ¿Por qué somos incapaces de disfrutar a tope del presente sin pensar en nada más? ¿Por qué tiene que venirme a la cabeza el agobio laboral cuando aún me quedan más de 24 horas antes de volver a enceder el portátil?


Así que aquí estoy, intentando que la escritura me calme y conduzca mis sueños de esta noche por el camino de las cosas bonitas y no por el lúgubre callejón de las pesadillas.

Este año ha habido muy poco mar, demasiado poco. Hemos echado mucho de menos nuestra casa de Mazarrón. Ya no es técnicamente nuestra, aunque seguirá siéndolo para siempre en el recuerdo y en el alma.

Nos atrevimos incluso a acercarnos a ella y no derramamos una lágrima. La procesión iba por dentro.

Visitamos nuestro querido restaurante Miramar y comimos un delicioso pulpo. Y marineras. 


También, cómo no, estuvimos en el mejor sitio de Mazarrón. El Faro. Las niñas disfrutaron como enanas en su piscina mientras nosotros degustábamos unos granizados.

Otro día fue de reencuentros. La Manga. La casa de unos amigos. Mucha playa, mucho sol, mucha conversación. Buenos ratos.

Tardes y noches en familia. Con la familia extensa. La que viene por mi parte. Padres, hermanos, cuñada y sobris. Comprobar cómo mi linda sobrina de dos años empieza a hablar con esa lengua de trapo que tanto me gusta.

Calor, mucho calor.

Kilómetros, muchos kilómetros.

De Madrid a Murcia. De Murcia a Madrid. De Madrid a Salou con el quinto miembro de la family. Mambo, nuestro perro.

En Salou más familia extensa. De la otra parte contratante. Más mar pero también lluvia. Port Aventura. Reencuentros de malasmadres blogueras (gracias Nuria).

De Salou a Zaragoza. Una boda de cuento. Mucha comida. Mucha bebida. Algún percance.


Y al fin, de vuelta en casa, una semana de vacas más. La gran sorpresa del verano. Nunca habíamos pasado días libres en casa a excepción de los findes o algún día suelto, nunca tantos días seguidos. Una maravilla.

Haciendo nada. Yendo a la pisci. Siestas. Lectura. Risas. Excursiones. Museos. Picnics. Buitrago, Navacerrada. Sentir que el tiempo se estira, que no hay prisas. Que la vida es bella. Que mi familia me encanta. 

Y que no quiero volver a trabajar, no quiero la rutina, no quiero madrugar, no quiero que nos vayamos cada uno a un sitio cada mañana y volvamos a vernos cansados al final del día. No quiero no tener tiempo. No quiero.

Esta noche quiero soñar con años sabáticos, con herencias de tíos lejanos que viven en la Conchinchina, con golpes de suerte, con días de la marmota que me devuelvan al 9 de agosto cada amanecer.



viernes, 7 de febrero de 2014

Inmigrantes

Son ya tantas las noticias de muertes de inmigrantes que a veces nos pasan por encima como las cifras de descenso en la firma de hipotecas.

Sólo llaman nuestra atención cuando el número de cadáveres es escalofriante, como en Lampedusa, o cuando se sospecha que la guardia civil haya podido utilizar métodos disuasorios que han tenido parte de la culpa en el ahogamiento de estas personas que tan poco nos importan.

Ya tenemos bastante con lo nuestro. Nuestra crisis europea. Nuestra corrupción. Nuestro fútbol. Nuestras próximas vacaciones. Nuestro dolor de cabeza.

A veces nos da por pararnos a pensar un poco en el tema. Y escribimos un tuit, unas palabras en Facebook o un post como éste. Pensamos en cuál será la historia de esas personas que han fallecido. Puede que lleven años preparando su viaje a la tierra prometida, incluso años viajando. Siendo explotados por las mafias de la inmigración que les cobran cantidades espeluznantes para conseguirles una forma de llegar al punto de destino. Unas cantidades impensables para sus lugares de procedencia. Lo que les obliga a ahorrar toda la vida e hipotecar las vidas de sus familias.

Pensamos en si tendrán hijos, padre, madre, hermanos. Amigos. Pensamos en sus sueños. Sobre trabajo, sobre familia, sobre ser libres, sobre la vida. Pensamos en su valentía para jugárselo todo en el intento.

Todo por un poco de esperanza, por un poco de futuro. Que muchas veces se convierte en un infierno más. Pero siempre hay grados. También para los infiernos. El infierno en España puede ser casi el paraíso comparado con el de África. Bueno no, eso es lo que pensamos los de aquí cuando les vemos vendiendo La Farola o de gorrillas en cualquier parking. Que seguro que esa vida es mejor que la que tenían allí. Vale, puede que sea mejor, aunque sea una mierda igualmente.

Todos merecemos una vida digna, a priori. Los de aquí. Los de allí. Los de cualquier parte.

Todos nos merecemos un vida.

Y la mía me está reclamando ahora. Voy a hacer la cena y a ver un rato la tele. Para olvidarme de tanta injusticia y relajarme, que falta me hace.

domingo, 20 de octubre de 2013

El poeta y su mundo por Wislawa Szymborska



Ayer mi querida amiga Cris me regaló un libro de poemas: El gran número, Fin y principio y otros poemas de la premio Nobel Wislawa Szymborska. Debo confesar que no había leído nada de ella antes, como suele pasarme con todos los premios Nobel de Literatura. Me encantaría leer a todos, abarcarlo todo, sin embargo la vida no me alcanza o simplemente, yo no me organizo bien. Algo de eso hay.

Cuando me dio el libro me habló del famoso discurso que la poeta pronunció al recibir tan prestigioso galardón: "léelo", me dijo. Y yo, que soy muy obediente para con los amigos, lo hice.

El discurso, titulado El poeta y su mundo, está dedicado obviamente a los poetas y por ello pudiera parecer que no va a interesar ni ser de utilidad para la mayoría de la humanidad. Es el oficio de poeta algo como de otro tiempo, como de otros siglos. La poesía es algo que muy pocos leen y menos aún escriben, algo que no apetece leer porque se tiene la sensación de que es difícil de entender, de que te hace pensar, de que es algo para gente un poco rarita, solitaria y melancólica. Puede ser, podría ser. Yo, sin embargo, me siento como pez en el agua leyendo y escribiendo poesía, o lo que yo llamo poesía, siendo algo que sólo se le acerca, pues la poesía es el arte sublime de la literatura que muy pocos consiguen alcanzar con maestría. Y una está aún muy lejos de esos grandes maestros y me temo lo estará siempre.

Si se lee el discurso con atención, se aprecia, no obstante, que no sólo se puede aplicar a los poetas, sino que encierra un mensaje universal que todos y cada uno de nosotros podemos llevar a nuestras vidas. Y es que ese "no sé", ese afán por conocer y aprender y encontrar respuestas, ese don de la curiosidad, es algo que necesitamos para sentirnos vivos, crecer, evolucionar y, cómo no, ser felices. Sin eso, sin cuestionarnos nada, es imposible, bajo mi punto de vista, llegar al verdadero conocimiento y alcanzar la libertad. Y, más allá de anhelar tan altos objetivos, simplemente tampoco creo que sea posible conseguir el bienestar cotidiano, que es el que verdaderamente nos hace felices.

Sin más, os transcribo aquí el discurso (copiado del blog Buque de Arte), que es largo sí, y a la vez enriquecedor, inspirador y necesario.

"Se dice que en un discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.


El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgana confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico ``escritor'' o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta. Sospecho que los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico. Profesor de Filosofía -ya suena mucho más serio.

No existen profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como ``parásito'', por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo ``poeta''; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.

En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.

Hay algo que resulta muy característico. Continuamente se filman películas biográficas sobre grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más ambiciosos es mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo a importantes descubrimientos científicos o a la creación de grandes obras de arte. Se puede, con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos científicos: laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran por unos momentos mantener la atención de los espectadores. Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso, cuando un experimento repetido miles de veces logró dar finalmente, merced a una mínima modificación, con el resultado tan esperado. Espectaculares pueden ser las películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en su interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño estado de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero por lo menos hay algo para ver y oír.

El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada_ ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?

He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los beneficios de este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es fácil explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende bien.

Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo ``no lo sé''.

La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos, y está situación constituye una de las más penosas desgracias humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.

Así pues, tengo derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de la inspiración, de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.

En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí ``saben''. Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.

Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: ``no sé''. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho ``no sé'', las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho ``no sé'', probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose ``no sé'' y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.

También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente ``no sé''. Con cada verso intenta responder, pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su insatisfacción consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten con un clip enorme para denominarlas ``La Obra''.

A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría inclinado muy hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los poetas más importantes. Pero luego lo habría cogido de la mano: ``Nada hay nuevo bajo el sol'', has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás ``ya he escrito todo, no tengo nada que añadir''. Esto no lo puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como Tú.

El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.

Pero en la expresión ``asombroso'' se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio, no existe. Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación de ningún tipo.

De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como ``la vida común'', ``los acontecimientos comunes''... Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.

Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo."



© The Nobel Foundation

Traducción: Krystyna Libura y Arturo Viveros