miércoles, 2 de noviembre de 2016

Las voces que no escucho

Que vuelvan los sonidos de antes.

Las voces al otro lado del teléfono.

El ring de una llamada de número desconocido.

Las conversaciones entre dos personas que tienen algo que decirse, o quizá nada.

Cuando marcábamos con cierta vergüenza, por si no lo cogía él o ella y nos apuñalaban con un "no está, ¿quieres dejar un recado?"

Que vuelva la luz parpadeando en el contestador y el "tiene tres mensajes nuevos", que era mejor que pusieran en la radio tu canción, o las natillas caseras con galleta maría.

Que vuelvan las tardes enteras tomando un café en el centro. Los paseos mañaneros para hablar por hablar. Las ganas de verse y los abrazos. Los besos que suenan. Las risas que suenan. Las lágrimas que se ven y se oyen.

Que vuelva todo eso que alguien se llevó en un bolsillo, donde cree que guarda toda su vida, mientras ésta, sin mirarle pasa. Y pasa.

lunes, 10 de octubre de 2016

No seré

No seré la más alegre del lugar, ni la más simpática, ni la que tiene siempre la palabra perfecta en cada momento.

No seré las más cariñosa, ni la más enrollada, ni esa persona tan molona que a todos nos cae tan bien.
No seré la primera en ser invitada a la fiesta ni la que echen de menos si no va, tampoco te contará el chiste que te haga reír en un día de mierden.

Soy, sin embargo, más tirando a callada, cuando hablo a veces es a gritos, me indigno con facilidad con las injusticias (incluidas las domésticas) y la paciencia es un bien del que ando escasa.

Sé, no obstante, escuchar y comprender. Ponerme en la piel del otro y sentir lo que siente el otro. Ser capaz de dar consuelo, esperanza, energía, amor. Soy buena persona, sincera (quizá demasiado), honesta, con ganas de solucionar los problemas , de hacerles frente y seguir hacia delante, para disfrutar de lo bueno de la vida.

Me doy cuenta cada vez con más claridad de que no tenemos mucho tiempo en este mundo, por lo que las cosas que merecen la pena se reducen a las personas (unas pocas), los libros , los viajes, el jamón y la cerveza.

Tengo la manía de ponerme en el lugar del otro y lo paso bastante chungo. la empatía está sobrevalorada, no tengo duda.

Sufro, la verdad, y bastante, por la gente y sus historias. Por los que tengo cerca y por los que están lejos. Claro que también me pasa al contrario, que me alegro de verdad de la buena por todo lo grande que sucede a mi alrededor. ¿Y qué hago con lo malo? Pues me lo pongo delante de los ojos y busco la manera de atacarle hasta vencerle. Que me ha costado mucho llegar hasta aquí para que llegue ahora el azar, el destino o el mismísimo Dios a tocarme las orejas.

Y dicho todo lo cual, el día que cumplo 43 ha sido genial, no se si tanto como los colegas en Facebook o Whatsapp te desean...qué coño, ha sido mejor aún. Creo que la energía de tanta peña deseando felicidad a una persona tiene que producir un efecto cósmico imprevisible de carácter directamente proporcional al número de amigos en las redes sociales. No quiero ni imaginar como se sienten los que acumulan cientos y miles de amigos en el mundo 2.0.

Yo me siento de madre y me sentiré mucho mejor si el universo ese sigue conspirando a mi favor y al de los míos.

Muchas gracias a todos los que me habéis felicitado por aquí, o con vuestras voces, llamando de lugares muy lejanos incluso, con canciones, wasap, Instagram, etc. Sois la caña, cada uno por su lado, porque si no, no estaríais por aquí.

Muchos besos, y muy especiales a los recientes novios para los que posamos en esta foto :)

martes, 9 de agosto de 2016

El viaje (a Italia) de nuestra vida (II): Milán


Aquel sábado de junio nos levantamos de noche y no nos importó. Sabíamos que todo era porque comenzaba nuestro viaje. Así que a las niñas no les costó nada salir de la cama a aquella hora indecente del fin de semana.

Fuimos en nuestro coche, el viejo, y contratamos uno de esos parkings low cost que invaden Google, serviparking.com. El día anterior lo reservé y pague: 60 euros por 10 días, con recogida y devolución en el aeropuerto, y lavado gratis. Todo muy barato y cómodo, con la excepción de que lo del lavado no es cierto, a pesar de que lo anuncian a bombo y platillo en el buscador. 



Tras pasar el control y el embarque sin sobresaltos, por fin estábamos en el avión. "Mami, ¿qué significa esto?" dice mi hija pequeña mientras me señala las horribles ilustraciones sobre seguridad que Ryanair exhibe en los reposacabezas. "¿Vamos a bajar en tobogán?". La verdad es que esta aerolínea no se anda con tonterías, te planta ahí los dibujos delante sobre qué hacer en caso de catástrofe y hala, a pasar un buen vuelo mientras tratas de poner los ojos en blanco para no ver los detalles.

Aterrizamos en Bérgamo, Milán, sobre las doce de la mañana. Para recoger el coche del alquiler, teníamos primero que ir al mostrador de la compañía, que fue Hertz. Y ahí ya tuvimos la primera sorpresa del viaje. Siempre que se planifican los gastos de un viaje, hay que dejar espacio para las sorpresas.

La reserva que hice por internet incluía GPS por unos 3 euros el día. Allí me dijeron que los gastos de devolución del cacharro serían 50 euros, ya que dejaría el vehículo en Florencia. Tras quejarme convenientemente y comprobar que eso no estaba escrito en ninguna parte en el contrato, me dieron un coche con GPS incorporado, un Volvo V60 que no estaba nada mal. Aunque a cambio, aquí llegó la segunda sorpresa, tuvimos que pagar el seguro a todo riesgo, unos 35 euros la jornada, porque la franquicia es de 2.000 eurazos.

Cuando ya teníamos las llaves, faltaba llegar al parking, para lo cual había que montar en un autobús con sillones tapizados, 60 personas con maletas y un calor de mil demonios. Lo bueno es que el trayecto sólo dura 5 minutos y que ese tiempo no da para una deshidratación en condiciones.

Tal era el sofoco que llevábamos encima que nos pusimos en marcha sin comprobar el idioma del GPS, cuyo último cliente debió ser oriundo de un país aún por descubrir. Nos perdimos varias veces y por consiguiente perdimos, además, los nervios. Sí, los viajes son una gozada y, además, no son todo lo que sale en Instagram. Se viven también momentos de tensión que hay que saber cortar cuanto antes. Así que pusimos la música a tope y cantamos baladas italianas hasta que no pudimos más, diez minutos después.

El viaje a Milán dura una hora más o menos y por supuesto hay que pagar. Italia está llena de autopistas de peaje y la gasolina es algo más cara que en España. Así que hay que aprovechar y hacer fotos a todo lo que parece diferente y vivir el viaje pensando que a la vuelta te va a tocar la lotería y todo te saldrá gratis.

Nuestro hotel estaba a las afueras de Milán, en el Sesto San Giovanni. El Grand Hotel Duca di Mantova, muy cerca de la línea de metro que te deja directamente en la Piazza del Duomo, o sea, la Plaza de la Catedral. Un hotel de cuatro estrellas con una habitación enorme tipo suite y desayuno buffet para los cuatro por 89 euros la noche. Además hay un centro comercial al lado, Vulcano, lleno de las típicas franquicias, donde comimos el primer día un menú de McDonalds. No hubo manera de convencer a cierta señorita de comer algo un poco más italiano. 

“Milán es una ciudad que no tiene nada, excepto la catedral”.

Esta frase, que tuvimos que oír varias veces antes de poner un pie en la ciudad, retumbó en mi mente toda la tarde.   


Mientras paseaba por la Galería Vittorio Emanuele II y admiraba, catalejo en mano, la belleza de sus frescos en lo alto, simbolizando cuatro continentes: Europa, América, Asia y África.



O soñaba con entrar cual japonesa en Prada y calzarme unos taconazos del escaparate, para después hacerme con un Louis Vuitton y lucirlo en la terraza del Campari y en el Savini más tarde, degustando una deliciosa cena.



Cuando tomamos un delicioso café junto a la famosa Scala.

Al admirar el Duomo por fuera y por dentro, a pesar de que tuve que comprar un bata de esas de peluquería para no ofender a Dios con mis tirantes. Una pena que no llegamos a tiempo de subir a la terraza.

Durante nuestro agradable paseo por la Vía del Mercanti y la Vía Dante hacia el Castillo Sforzesco. El primer helado cayó en ese paseo, en el Mercanti Cafe. Uno de los helados más ricos que tomamos, aunque bastante caro, unos 4 euros por un cono de una bola.

También resonaba en mí la frase sobre la falta de interés de Milano cuando llegamos al castillo y descansamos junto a la fuente mientras nos salpicaba el agua.


Y ya, por último, cuando caminamos hasta llegar a la zona de las Columnas de San Lorenzo, ruinas romanas que no tienen un atractivo enorme, sin embargo, a su alrededor, los italianos se juntan sobre las siete y media a tomar el famoso aperitivi. 

Y nosotros, como si fuéramos como ellos, siendo como éramos tan guiris como cuando ellos vienen a vernos, nos sentamos en una terraza y pedimos nuestra bebida acompañada de costrinis y verduras con salsas. No creo que fuera el mejor local de la zona, pero qué rico sabe todo cuando estás de vacaciones, no tienes prisa, y la cerveza está bien fría.

Nos quedó tanto por hacer…sobre todo visitar la enorme tienda outlet de ¡golosinas! que nos encontramos de vuelta al hotel. No, en serio, nos quedamos con muchas ganas de ver La última cena de Leonardo Da Vinci, en el convento de Santa Maria delle Grazie. Hay que reservar con mucha antelación para conseguir entradas y yo no estuve atenta. Además me quedé con enormes ganas de caminar por el barrio de los canales, los Navigli, que fueron construidos a partir de un diseño del mismo Leonardo para transportar el mármol que se usó para hacer la catedral.

Milán es mucho más que el Duomo y la Galería y que todo lo que nosotros vivimos y lo que no.




Así que tenemos pendiente volver a esta fabulosa ciudad llena de cosas por hacer, ver, oler, tocar, escuchar, degustar y sentir. Como hicimos un poco el guiri, aparte de hacernos los italianos, acabamos pisando las partes nobles del torino de la Galería Vittorio Emanuele y girando tres veces sobre nosotros mismos. Y con eso dicen que tienes la vuelta asegurada. Aparte de un mareo bestial.



Próxima parada...la Spezia.








domingo, 31 de julio de 2016

El viaje (a Italia) de nuestra vida (I)

Manarola, Cinque Terre
Todo comenzó en otro viaje por carretera. No recuerdo si íbamos o veníamos. Supongo que lo primero, porque es el momento de más entusiasmo, cuando la excitación por lo que está por venir, hace galopar la mente a otros miles de lugares pendientes de visitar.

"En dos años iremos a Italia todos juntos"

Escuché gritos de alegría procedentes del asiento de atrás. Entonces tenían diez y cinco años. ¿Como en tan poco tiempo han cambiado tanto?

Fantaseando con la idea de ir en nuestro hipotético nuevo coche, hicimos noche mental en Salou y Marsella, para terminar llegando a Italia el tercer día, pisando primero Milán y su Duomo.

Tras ciento cincuenta y cinco vueltas en cierta cabeza conocida, llegamos a la conclusión de que era mucho mejor olvidarse del coche e ir en avión, para evitar cuatro noches de paso y un montón de kilómetros con las manos en el volante.

Así que en noviembre del año pasado, un mes y pico antes de lo previsto, no pude resistir la tentación de buscar el precio de los vuelos por internet, sólo para hacerme una idea. Acabé unas horas después con cuatro billetes virtuales a la ciudad de la moda y 300 euros menos en la cuenta bancaria. Ya no había marcha atrás para viajar en fechas distintas. Sería por diez días y sería a finales de junio, y con Ryanair. Por primera vez unas vacaciones que empezaban justo a la vez que las escolares.

Ahora solo quedaba pensar en la ruta, buscar los hoteles y alquilar el coche. Me  llevó unas cien horas, minuto arriba minuto abajo, en intervalos de unas cinco horas seguidas cada vez. El 90% de ellas se destinó a la búsqueda de las gangas de alojamiento que jamás encontré.

Mi idea inicial era comenzar en Milano para después ir rumbo a la idílica Toscana, parando con seguridad en Florencia alguna noche. Después iríamos a Venecia y de camino podíamos parar en Bolonia.

Todo cambió el día en que conté mi plan a una compañera de trabajo que había pasado un año de Erasmus en Italia.

"No puedes dejar de visitar las Cinque Terre"

Sólo la sonoridad del nombre invitaba a quedarse allí una temporada.

Tracé tres diferentes opciones de rutas en un excel, tomándome el viaje tan en serio como un plan de proyecto de ingeniería, y me puse a buscar alojamientos buenos, bonitos y baratos.

Tras investigar el tema como si estuviera en un capítulo de CSI, acabé reservando hoteles y apartamentos en cuatro plataformas diferentes: Booking, AirBNB, Hoteles.com y Venere.com. La simplicidad no es mi fuerte.

Cuando voy a viajar suelo reservar con mucho tiempo el alojamiento con política de cancelación gratis, y cuando se acerca la fecha vuelvo a mirar en busca de chollos de última hora que nunca aparecen.

El viaje definitivo quedó así:
Milán - La Spezia, visitando Pisa y Cinque Terre - Lucca - Florencia - Venecia - Verona - Milán

Otro tema fue la reserva del coche. Debido a que en Florencia no merece la pena,  y en Venecia directamente no se puede, decidí reservarlo por etapas. Los primeros cuatro días, dejándolo en Florencia al llegar, cogiéndolo de nuevo para ir a Venecia sólo por un día y de nuevo cogerlo en Venecia para volver a Milán.

Sí, suena a rollazo puro, pero te ahorras un dineral y no es para tanto. El único cambio fue que, al final, decidimos ir en tren a Venecia, pues sale mucho más barato teniendo en cuenta el precio del seguro del coche a todo riesgo, gasto no previsto inicialmente.

El último paso de la preparación fue reservar las entradas para los sitios que sí o sí visitaríamos: La Academia y la Galería Uffizi en Florencia y la Basílica de San Marcos en Venecia. Lo intentamos para La última Cena de Leonardo en Milán pero imposible. Hay que reservar con mucha antelación.

Una cosa que me arrepentí de no haber hecho es haber comprado la Firenze Card. Por 72 euros puedes ver todos los museos e iglesias de Florencia y los niños no pagan nada, hasta los 18 años. Teniendo en cuenta el precio de cada sitio allí, sale muy rentable.

Por último, sólo quedaba pasar por el súper para comprar provisiones. Viajando con niños lo mejor es hacerse con cosas para picar entre horas para aguantar, como frutos secos, chupa chups, jamón y chicles. Mis "imprescindibles".

Y hacer las maletas claro, a ser posible evitando tener que facturar. Nosotros llevamos 3 maletas de cabina y una mochila.


Sábado 24 de junio de 2016. La aventura comienza...
(Continuará)

miércoles, 20 de abril de 2016

¿De verdad hay necesidad de tantos deberes?


Mi hija ha tenido más de 30 exámenes desde que empezó el curso. Incluyendo valores éticos, educación física y arte.

Ha leído unos 8 libros obligatorios para clase, aparte de los libros de texto.

Ha hecho varios trabajos en diferentes asignaturas. Algunos en grupo.

Ha estudiado los romanos y las guerras púnicas, las ecuaciones de varias incógnitas, cientos de palabras nuevas en inglés, los ecosistemas, las células y varios procesos vitales. Le français aussi.

La miro y me veo a mi cuando estudiaba en el instituto, incluso me atrevería a decir que cuando iba a tercero de BUP.

Ella tiene doce años y estudia primero de la ESO.

A veces llora porque tiene mucho estrés. Otras veces se queja de que no puede leer los libros que en realidad le gustan por falta de tiempo. Ni hacer sus manualidades, que le encantan. O dibujar, lo que para ella es muy importante. O jugar, pues aún juega, le sigue gustando hacerlo, incluso con las cosas con las que jugaba hace varios años. 

No sé qué opinas, pero a mí me duele verla así. Creo que es un sinsentido. Que les están exigiendo un nivel de trabajo muy por encima de lo aconsejable para su edad. Que si siguen por ese camino, ¿que pasará en bachillerato? Los que lleguen y sigan queriendo estudiar, porque esa es otra. Querer seguir estudiando cuando llevas un ritmo descomunal durante cuatro años, sin tiempo más que para ir al instituto y volcarse en los libros... de texto. Creo que la nueva ley LOMCE no va a conseguir reducir el fracaso escolar, más al contrario, porque aumentará la desmotivación y las renuncias de muchos niños. Ojalá me equivoque. 

Y en esas andaba yo, que le comenté al jefe de estudios mi preocupación por mi hija y le comenté que quería que se quedara en casa la semana que sus compis se iban a esquiar, pues mi niña no fue por motivos que no vienen al caso. "Mire, que he pensado que mejor se queda en casa descansando (y dibujando, por ejemplo)". 

Pues mire usted - me dijo el amable jefe de estudios y profe de mates-, es que por ley no puede, aunque como madre, puede elegir lo que prefiera.

Como si una madre fuera realmente libre para decidir. Si a ti te dicen: su hija puede no venir a clase, no hay problema, pero sus notas pueden verse perjudicadas, ¿tú qué haces, como madre? Elijas lo que elijas, la decisión no es fácil, ni diría que libre, pues se ve condicionada por la NORMA.

Total que aproveché la ocasión para comunicarle mi opinión acerca del exceso de trabajo que llevaban los niños este curso. Que son 11 profesores, y cada uno de ellos manda multitud de tareas y que la niña estaba estresada y cansada, y todo eso que he comentado antes. Que por favor lo tuvieran en cuenta de cara al futuro.

Me pidió todo esto por escrito, para tratarlo en el consejo, con la firma de más padres y madres a ser posible. Para que no fuera una opinión personal mía, lo cual me parece muy lógico.

Allá que me fui al grupo de wasap del instituto a exponer los hechos y a pedir apoyo. Y me quedé bastante sorprendida de que muy pocos estuvieron de acuerdo conmigo. Algunos opinaban que no tenían tantos deberes, otros muchos no dijeron nada y también hubo quienes, estando de acuerdo en un principio, prefirieron no aparecer con su nombre en el escrito.

Mientras, leía en las noticias que los niños españoles se sienten presionados por los deberes según la OMS. Y que según la OCDE los niños de 15 años en España dedican una media de 6,5 horas semanales a los deberes frente a las 4,8 del resto de países industrializados. Mi hija dedica más de 10 horas por semana, si contamos como deberes también los trabajos de clase, los libros obligatorios y los ejercicios y estudios.

A pesar del escaso apoyo recibido por este grupo de padres y madres, sólo nueve personas de un total de más de 80 alumnos en tres grupos, envié la carta.

Fue antes de Semana Santa. Y justo hace una semana mi hija me comentó que todos los profes han empezado a preguntarles si sienten que tienen muchos deberes, a lo que la mayoría, siempre según la versión de mi hija, han respondido que sí. Además han empezado a escribir en la pizarra la lista de tareas del día, de manera que pueden ver qué carga de trabajo tienen y pueden equilibrar un poco las cosas. Esto fue una sugerencia incluída en mi carta, a propuesta de una madre del grupo de wasap.

Son pequeños pasos muy positivos que me hacen ser optimista ante el futuro por dos motivos: porque parece que los profesores se han dado cuenta de esta realidad y tratan de mejorarla y porque una vez más se demuestra que el decir las cosas, el expresar las opiniones de forma respetuosa, el alzar la voz, tiene resultados. Y todo ello, finalmente, va a repercutir de forma beneficiosa en los niños, que es lo que realmente todos queremos.

Sin embargo, más allá de todo esto, del tema deberes sí, deberes no, está el hecho de que el sistema educativo en sí mismo no es el mejor. El objetivo es conseguir niños con notas excelentes en ciertas materias, en perjuicio de otras, para alcanzar buenos resultados en los informes PISA. Intentando cumplir unos programas plagados de contenidos que obligan a ir a toda velocidad, dejando para casa tareas que no da tiempo a terminar en clase. Y dejando por el camino a muchos niños que no entran dentro de lo que el sistema considera "estandar", si es que un niño puede ser considerado "estandar".

Somos muchos los que creemos que las cosas pueden (y deben) hacerse mejor. Más allá del partido de turno, empeñado en salvar la educación con una nueva ley que acaba por ser peor que su predecesora.

Ayer llegó a mis ojos este vídeo de más abajo que circula por internet, en el que algunos famosos ponen voz a esa necesidad de cambio. Un cambio hecho en conjunto por profesores, padres, madres y alumnos. Un giro que tenga en cuenta todo lo que debería tenerse en cuenta para conseguir una educación de calidad, para ayudar a formar a las nuevas generaciones. Nuevas generaciones preparadas para hacer de este mundo un mundo mejor. ¿Utopía? Posiblemente. Nadie dijo que fuera fácil.

No dejéis de leer tampoco este post de mi amiga Noni Medina, donde expresa muy bien ese cambio posible y necesario.




Yo quiero ese cambio y creo en el cambio. ¿Y tú?