domingo, 14 de julio de 2013
Las trenzas. Reto 150 palabras (mano, trenzas, suelo)
Lo que más le gusta del mundo es que su mamá le llene la cabeza de trenzas sujetas con gomas de colores. Le encanta porque puede por fin mover su pelo de un lado a otro, como hacen sus amigas o su hermana. Ella tiene el cabello afro y no le gusta nada que se vea tan corto como el de un chico. Así que aguanta horas sin moverse hasta conseguir su peinado favorito.
A veces se imagina que tiene una melena hasta el suelo, rubia y preciosa como la de Rapunzel, y que baila como ella por todo la casa sin que se enrede ni moleste. Y aparece el príncipe y le pega un saternazo y después se arrepiente y le da la mano para que se levante. Y juntos viajan por todo el reino en busca de los farolillos luminosos.
viernes, 12 de julio de 2013
Town of runners: campeones etíopes
Esta es una historia de runners. No va sobre la tendencia actual que ha enganchado a millones de personas en el mundo, y que ahora vemos en todas las revistas de moda. No va de runners que visten de Nike o de Decathlon. Ni de los que lo hacen para desestresarse tras un largo día de curro. Va de personas que corren para cambiar de vida, que persiguen un sueño que va más allá de ganar una medalla olímpica, si es que eso no es ya de por sí un SUEÑO en toda regla.
Es un documental sobre Bekoji, una pequeña aldea etíope, de la que han salido varias medallas olímpicas de atletismo en los últimos tiempos. Como no podía ser de otra manera, me ha emocionado la historia. Me imagino la motivación de todos esos niños, me pongo en su piel y sueño con que muchos de ellos consigan llegar los primeros a la meta.
Esto es lo que dicen del documental, que ha ganado varios premios internacionales, en su web:
"En Bekoji correr es una forma de vida. En los Juegos Olímpicos de Pequín, los atletas de esta comunidad ganaron las cuatro medallas de oro de las carreras de larga distancia, dinamitando las marcas de cualquier de los países más industrializados. El éxito de estos corredores ha hecho que los niños y jóvenes nacidos en Bekoji vean más cerca el sueño de vivir una vida mejor. Cada mañana, Alemi, Hawii y Biruk, tres chicas adolescentes, se entrenan junto con más de 200 niños y jóvenes bajo las órdenes de Sentayehu, el preparador físico que hay detrás de la mayor parte de los oros olímpicos ganados. Su objetivo: diferenciarse del equipo y llegar a competir internacionalmente. Un retrato de Etiopía visto a través de las esperanzas y aspiraciones de una generación decidida a construir un futuro mejor para ellos y para su país".
Para ver las salas y fechas donde se proyecta, consultar aquí. Una pena que a Madrid no llegue...
¡Feliz fin de semana!
miércoles, 10 de julio de 2013
AZ de la maternidad. J de Jarana
Pasar la noche de jarana significa algo muy distinto antes de ser madre y después, a no ser que seas una de esas mujeres afortunadas, o quizá no tanto, que pueden permitirse vivir de jarana per secula seculorum. Esas divinas de la realeza, la farándula, la nobleza o la socialité. Esas féminas recién paridas que salen del hospital con los vaqueros ceñidos y el taconazo de doce centímetros y que al mes siguiente ya están en Ibiza o el Caribe luciendo bikini de tiras y si se puede con un maromo distinto al papá de la criatura. Viviendo la vida loca.
Confieso que a veces las envidié, sobre todo cuando el primer mes de mi maternidad me pasaba las horas con una beba que lloraba cada dos por tres, en un tercero sin ascensor, intentando sin éxito la lactancia, con un Marío que llegaba pasadas las ocho a casa y sin poder despegarme de ella ni para ir al excusado. Las envidiaba sí, sólo un poquito vamos, tampoco te creas. Ah, y se me olvidaba, con una tripa rara, como de piel destensada y blandiblú, que no me quité en años. Como para no pecar deseando la vida de las muy.
Pasar la noche de jarana tras dar a luz consistía en pasar la noche en blanco porque la nena berreaba y no eras capaz de calmarla o, simplemente, porque tenías que darle de comer cada poco y cambiarle el pañal (y el body y pijama y sábanas si tenías un pelín de mala suerte). Después, la jarana se debía a los terrores nocturnos y pesadillas varias que nos cortaron el sueño durante años. Cuando decidíamos colechar por puro cansancio, las patadas convertían nuestras noches en auténticos festivales llenos energía y buenrollismo fraternal. Asisto ojiplática al descubrimiento de personas que colechan por y con placer. No sabes cómo me hubiera gustado sentir ese estado de bienestar que dicen profesar. Otro motivo para sentir envidia, no sé ya si sana.
Tampoco es que yo estuviera todo el día de juerga en mi vida previa a la maternidad, vamos a ser sinceros. Cierto que en mi época universitaria cerré muchos locales y fui a trabajar de empalmada varias veces, vale. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo hacía porque no me molaba irme sola a casa y esperaba a que alguna de mis amigas me acompañara. Vamos, que a mí dormir me gusta mucho muchísimo y las noches de jarana no tanto.
Ahora, no te miento, donde se ponga un gin tonic en una terracita madrileña a la luz de la luna que se quiten las noches amenizadas con el llanto de un bebé. Lo siento, esto es así. No lo puedo evitar, por mucho que adore a mis hijas...me quedo con el concepto de jarana tal y como mi mente lo conocía en mi ya lejana, vida sin niñas.
Confieso que a veces las envidié, sobre todo cuando el primer mes de mi maternidad me pasaba las horas con una beba que lloraba cada dos por tres, en un tercero sin ascensor, intentando sin éxito la lactancia, con un Marío que llegaba pasadas las ocho a casa y sin poder despegarme de ella ni para ir al excusado. Las envidiaba sí, sólo un poquito vamos, tampoco te creas. Ah, y se me olvidaba, con una tripa rara, como de piel destensada y blandiblú, que no me quité en años. Como para no pecar deseando la vida de las muy.
Pasar la noche de jarana tras dar a luz consistía en pasar la noche en blanco porque la nena berreaba y no eras capaz de calmarla o, simplemente, porque tenías que darle de comer cada poco y cambiarle el pañal (y el body y pijama y sábanas si tenías un pelín de mala suerte). Después, la jarana se debía a los terrores nocturnos y pesadillas varias que nos cortaron el sueño durante años. Cuando decidíamos colechar por puro cansancio, las patadas convertían nuestras noches en auténticos festivales llenos energía y buenrollismo fraternal. Asisto ojiplática al descubrimiento de personas que colechan por y con placer. No sabes cómo me hubiera gustado sentir ese estado de bienestar que dicen profesar. Otro motivo para sentir envidia, no sé ya si sana.
Tampoco es que yo estuviera todo el día de juerga en mi vida previa a la maternidad, vamos a ser sinceros. Cierto que en mi época universitaria cerré muchos locales y fui a trabajar de empalmada varias veces, vale. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo hacía porque no me molaba irme sola a casa y esperaba a que alguna de mis amigas me acompañara. Vamos, que a mí dormir me gusta mucho muchísimo y las noches de jarana no tanto.
Ahora, no te miento, donde se ponga un gin tonic en una terracita madrileña a la luz de la luna que se quiten las noches amenizadas con el llanto de un bebé. Lo siento, esto es así. No lo puedo evitar, por mucho que adore a mis hijas...me quedo con el concepto de jarana tal y como mi mente lo conocía en mi ya lejana, vida sin niñas.
martes, 9 de julio de 2013
Sí y no: much more than I am
Soy una persona de sí pero no o de no pero sí. Esto no significa que no tenga personalidad o carácter. Es que es así como me ha hecho el mundo y mis padres, que digo yo que algo habrán influido.
Para mí no hay colores puros sino multitud de matices. Todo depende tanto ... de todo lo demás. Tampoco quiere esto decir que me guste quedarme en el punto medio y no mojarme. Sería lo fácil. A veces una se deja llevar por lo fácil, no te lo voy a negar, hasta que un día le da un calambrazo y se despierta. Me gusta esa sensación de la chispa que se enciende. A decir verdad me gusta más ese momento que ningún otro, el momento que precede a todo. Ya lo conté una vez por aquí.
Como decía, para mí nada es blanco ni negro, ni siquiera gris. Es más bien multicolor, de muchos tonos diferentes y de muchos grados de saturación en cada tono. Me gusta poner las cosas y las personas frente a su inverso de cara a quedarme con un punto intermedio. Como los personajes de moda de las series más exitosas. Ya no hay buenos y malos, sino héroes que a veces son villanos y malvados con su puntito de bondad. No es que tengamos un lado A y un lado B, es que tenemos tantos resquicios como letras tiene el abecedario. Ni siquiera nosotros conocemos muchos de ellos. Ni los conoceremos nunca.
Somos tan complejos como puede serlo un cerebro humano, lleno de misterios que la ciencia no logra descifrar. Sin embargo, vamos por la vida mostrando un abanico cerrado de esas caras nuestras, cada una con su nombre y apellidos, cada una con su etiqueta. Somos infinitos y nos creemos finitos. Nos han hecho creer que somos fulanito de tal, con equis años, de profesión no sé cuántos, de estado civil el que sea y madre o padre o ni madre ni padre de dos hijos, que vive en la calle pascual, le gusta hacer no se qué en su tiempo libre y no soporta ciertas cosas. En un momento nos hacen un retrato y nosotros nos lo creemos o elaboramos uno propio que poco o nada tiene que ver con ése.
Y así podemos pasarnos la vida. Pensando que somos alguien que no existe más que en la mente de unos pocos. O sabiendo que somos otro que no nos atrevemos a mostrar.
La suerte es que a veces nos llega el chispazo, el detonante, el rayito de luz. Y entonces empezamos a mirarnos a los ojos sin miedo, aguantando la mirada, elevando la barbilla como para salir guapos en la foto.
Así, metemos los temores en lo alto del armario, lo más a desmano posible, y empezamos a caminar libremente sin ocultar nada, convirtiéndonos en lo más parecido a nosotros mismos.
Somos mucho más de lo que somos. Soy mucho más de lo que soy. Much more than I am.
Para mí no hay colores puros sino multitud de matices. Todo depende tanto ... de todo lo demás. Tampoco quiere esto decir que me guste quedarme en el punto medio y no mojarme. Sería lo fácil. A veces una se deja llevar por lo fácil, no te lo voy a negar, hasta que un día le da un calambrazo y se despierta. Me gusta esa sensación de la chispa que se enciende. A decir verdad me gusta más ese momento que ningún otro, el momento que precede a todo. Ya lo conté una vez por aquí.
Como decía, para mí nada es blanco ni negro, ni siquiera gris. Es más bien multicolor, de muchos tonos diferentes y de muchos grados de saturación en cada tono. Me gusta poner las cosas y las personas frente a su inverso de cara a quedarme con un punto intermedio. Como los personajes de moda de las series más exitosas. Ya no hay buenos y malos, sino héroes que a veces son villanos y malvados con su puntito de bondad. No es que tengamos un lado A y un lado B, es que tenemos tantos resquicios como letras tiene el abecedario. Ni siquiera nosotros conocemos muchos de ellos. Ni los conoceremos nunca.
Somos tan complejos como puede serlo un cerebro humano, lleno de misterios que la ciencia no logra descifrar. Sin embargo, vamos por la vida mostrando un abanico cerrado de esas caras nuestras, cada una con su nombre y apellidos, cada una con su etiqueta. Somos infinitos y nos creemos finitos. Nos han hecho creer que somos fulanito de tal, con equis años, de profesión no sé cuántos, de estado civil el que sea y madre o padre o ni madre ni padre de dos hijos, que vive en la calle pascual, le gusta hacer no se qué en su tiempo libre y no soporta ciertas cosas. En un momento nos hacen un retrato y nosotros nos lo creemos o elaboramos uno propio que poco o nada tiene que ver con ése.
Y así podemos pasarnos la vida. Pensando que somos alguien que no existe más que en la mente de unos pocos. O sabiendo que somos otro que no nos atrevemos a mostrar.
La suerte es que a veces nos llega el chispazo, el detonante, el rayito de luz. Y entonces empezamos a mirarnos a los ojos sin miedo, aguantando la mirada, elevando la barbilla como para salir guapos en la foto.
Así, metemos los temores en lo alto del armario, lo más a desmano posible, y empezamos a caminar libremente sin ocultar nada, convirtiéndonos en lo más parecido a nosotros mismos.
Somos mucho más de lo que somos. Soy mucho más de lo que soy. Much more than I am.
lunes, 8 de julio de 2013
Madrid, mi otra tierra
Llegué de la mano de mis padres y en unas pocas horas me
encontré sola y vacía en una habitación con vistas a la Plaza de España. Aquel
lugar, un espacio con suelos que crujían, tres camas con sus armarios y baño en
la puerta contigua, iba a ser mi hogar a partir de ese momento. Una residencia
de estudiantes en pleno centro de Madrid.
Mis compañeras de cuarto no habían llegado todavía. Así que,
cuando mis padres se marcharon de vuelta a casa, me sentí tremendamente sola y
asustada. Escuchaba de fondo cómo iban llegando las veteranas a la residencia.
Se decían todo el rato “¿Qué tal?” y nadie respondía a la pregunta. Me chocó
mucho este dato. En mi pueblo, donde se pregunta “¿Cómo estás?”, estábamos
acostumbrados a contestar. Más tarde descubrí que era una pregunta retórica.
Me metí el miedo en el bolso y bajé a la calle a comprar
algo de cenar. Entré en el primer sitio que encontré, una pizzería muy conocida
de la zona que hoy día ya no existe. Pedí la comida para llevar. La pizza,
hecha en horno de leña y con una pinta estupenda, fue la peor pizza que probé
jamás. Porque lloraba entre trozo y trozo y el nudo del estómago no me dejaba
disfrutarla en paz.
En ese momento deseé con todas mis fuerzas coger el primer
autobús o tren con destino Murcia y olvidarme de mi sueño de ser periodista.
Aquella noche no tenía ni idea de que iba a vivir aquí durante veintidós largos
años. No imaginaba que esta ciudad iba a ser mi casa y mi tierra también, el
lugar donde conocería a mis mejores amigos, formaría mi propia familia y viviría tantos y tantos momentos de felicidad. En ese instante sólo quería volver
a casa.
(Continuará)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
