Llegué de la mano de mis padres y en unas pocas horas me
encontré sola y vacía en una habitación con vistas a la Plaza de España. Aquel
lugar, un espacio con suelos que crujían, tres camas con sus armarios y baño en
la puerta contigua, iba a ser mi hogar a partir de ese momento. Una residencia
de estudiantes en pleno centro de Madrid.
Mis compañeras de cuarto no habían llegado todavía. Así que,
cuando mis padres se marcharon de vuelta a casa, me sentí tremendamente sola y
asustada. Escuchaba de fondo cómo iban llegando las veteranas a la residencia.
Se decían todo el rato “¿Qué tal?” y nadie respondía a la pregunta. Me chocó
mucho este dato. En mi pueblo, donde se pregunta “¿Cómo estás?”, estábamos
acostumbrados a contestar. Más tarde descubrí que era una pregunta retórica.
Me metí el miedo en el bolso y bajé a la calle a comprar
algo de cenar. Entré en el primer sitio que encontré, una pizzería muy conocida
de la zona que hoy día ya no existe. Pedí la comida para llevar. La pizza,
hecha en horno de leña y con una pinta estupenda, fue la peor pizza que probé
jamás. Porque lloraba entre trozo y trozo y el nudo del estómago no me dejaba
disfrutarla en paz.
En ese momento deseé con todas mis fuerzas coger el primer
autobús o tren con destino Murcia y olvidarme de mi sueño de ser periodista.
Aquella noche no tenía ni idea de que iba a vivir aquí durante veintidós largos
años. No imaginaba que esta ciudad iba a ser mi casa y mi tierra también, el
lugar donde conocería a mis mejores amigos, formaría mi propia familia y viviría tantos y tantos momentos de felicidad. En ese instante sólo quería volver
a casa.
(Continuará)
