Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de noviembre de 2015

Una verdadera lástima

Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa.

¿Verdad, amor? Si le hubiera triturado en lugar de trocearle, nada de esto hubiera pasado. Tú no estarías a punto de ser abandonado. Yo no estaría tan jodida.

La poli viene hacia aquí, lo presiento. Cometí un error de principiante. Ese puñetero beso de despedida que no pude evitar. Como si le quisiera todavía.

¿Quién se creía que era? Tan soberbio cada mañana en el ascensor. Llevaba por el barrio casi un año y nunca dio señales de reconocerme. El más guapo de tercero A. El más imbécil.

“Eso no se hace”, le decía su mamaíta a la salida del cole cuando tiraba el papel del bocadillo al suelo. Si ella hubiera sabido todo lo que su niño “hacía”. Los insultos, los golpes, las risas.

Lo que hubiera dado por encargarme de todo de forma personal.


Lástima que muriera en cuanto te tiraste a su cuello, cariño. Una verdadera lástima.

Relato presentado al concurso de microrrelatos Getafe Negro, que el certamen de novela negra organizó junto a la Escuela de escritores. El concurso lo ganó un gran microrrelato de Fernando Alemán. 

Orgullosa de haber participado, todo un premio haberme presentado. 

jueves, 23 de julio de 2015

Miradas

Me ha mirado, estoy segura. Y no ha sido casualidad, sino a propósito. No han sido más de tres o cuatro segundos. Lo suficiente para que me haya percatado de ello. Por el rabillo del ojo le observaba, mientras intentaba continuar con El halcón maltés. Este Spade no me da buen espina, por cierto.

Ayer no me miró ni siquiera por equivocación. De esto que no quieres encontrarte con los ojos de alguien, pero a la vez se te va la vista hacia esa persona. ¿No te pasa? Como cuando de repente te encuentras mirando cosas que no debes, como el paquete, por ejemplo, de un tipo cualquiera.

En esta semana me ha mirado tres veces, una más que la semana anterior, y todavía queda el viernes. Así que estoy contenta. Aún tengo otra oportunidad. Y después ya hasta el lunes nada. Odio los fines de semana. Me suponen casi tres días sin verle y eso, a día de hoy, me cuesta muchísimo aguantarlo.

Ostras, me acaba de mirar otra vez. No puede ser. ¿Dos veces en el mismo día? Me va a dar algo.
                    
                                                     ---------------------------------

¡No me mires! Deja de hacerlo por favor. No soporto que lo hagas, sobre todo porque nunca me miras a los ojos. Para eso prefiero que mires a la pared. ¿Es que nunca te han explicado que no se debe mirar ahí a una chica? Y menos aún si eres mi jefe. Si yo pudiera decir todo esto en voz alta...pero no puedo. Necesito este trabajo.

                                                     ---------------------------------

Se ha dado cuenta de que la he mirado. Mierda. Sé que la conozco de algo, ¿de qué? Empiezo a preocuparme. Últimamente me paso tres pueblos con las copas y tengo lagunas mentales. ¿Ibamos a la misma clase? ¿Éramos vecinos en la playa? No me la habré tirado, ¿verdad? No es para nada mi tipo. Parece una monja con ese vestido por la rodilla.

                                                     ---------------------------------

"No pienso dejar de mirarte, cabrón". Podemos estar así todo el día, me da igual. Él mirandome a mí y yo a él, sin mover un músculo de la cara "¿Crees que te tengo miedo? Todo el mundo te tiene miedo aquí menos yo". Pensaba que nadie se enfrentaría a él...hasta que llegué yo. "Soy lo mejor que ha podido pasarte, aunque no lo creas".

                                                     ---------------------------------

-Mírate al espejo. ¿Es que no te ves? 

-Odio los espejos, no me gusto.

-Pero, ¿qué dices? Como no vas a gustarte. Le gustas a todo el mundo menos a ti. ¿Te das cuenta de lo absurdo que es eso?

-No digas gilipolleces. No le gusto a nadie.

-Mírate, en serio, mírate. Es el primer paso para aprender a quererte.

                                                     ---------------------------------

Hay miradas que matan o que traspasan. Hay miradas furtivas, gélidas y cálidas, descaradas y tímidas, nítidas y oscuras, de soslayo, de asco y de poker. Hay miradas que hablan, que valen más que mil palabras. Miradas veladas y francas. Embelasadas, profundas, falsas. Que no ven y que ven más allá. 

Hay miradas que lo dicen todo.

Hay miradas que no dicen nada.




sábado, 9 de mayo de 2015

El viaje acaba de comenzar

Aquel día despertó con una sensacion diferente. Algo así como una angustia y un peso asfixiantes. Con muchas ganas de moverse, pero sin poder hacerlo. Falta de espacio, necesidad de algo nuevo.

Cada cierto tiempo experimentaba una gran presión, como si alguien tratara de estrujarle, como si le estuvieran empujando a salir, a comenzar de nuevo lejos de allí, fuera de aquel lugar en el que llevaba viviendo toda su vida y donde tan a gusto se encontraba.

De repente notó que se movía, atraído por una gran fuerza que tiraba de él sin que pudiera evitarlo. Sintió un gran nudo en el estómago que le empezó a crecer y a llenar de miedo el cuerpo.

Cada vez la fuerza desconocida era más intensa, las sacudidas más fuertes. Se escuchaba su eco a lo lejos. Sintió que se tambaleaban sus entrañas. La garganta se le secaba y tenía mucho calor. La cabeza le iba a estallar de dolor. Se encogió todo lo que pudo en un intento por esquivar aquella cosa que intentaba arrancarle de allí y llevarlo con ella. Parecía que se ahogaba, no podía respirar, ¿qué estaba pasando? Era muy raro porque a la vez que lo temía, lo deseaba. 

Cuando ya parecía que no podía soportarlo más y que había llegado el fin, sucedió algo muy extraño, más aún que todo lo que acababa de pasar. Le empezaron a doler los ojos a causa de un gran resplandor. Escuchó un llanto desconocido que le salía de la garganta y acto seguido sintió una voz dulce y preciosa, como de sirena, que le dijo al oído: "bienvenido al mundo hijo mío".

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Navidades olvidables

Aquel año la Navidad iba a ser muy diferente. El Gobierno había decidido modificar un poco la tradición, siempre con la loable intención de velar por la salud de la economía. De esta manera, decían, se evitaba el despilfarro de días no productivos que abundaban al comienzo del invierno y de paso, se promovía el consumo en otra época del año distinta. La balanza se equilibraba.

Así, Nochebuena pasaba a ser el 24 de julio, decisión animada por la genial idea de hacer coincidir la Navidad con el Día de Santiago. No sólo se unían dos festivos en uno, sino que se conseguía que la fiesta del patrón de España fuera nacional, algo que no sucedía desde hacía muchos años.



La gente ni protestó. Al principio lo intentaron en Twitter. #Dejadlanavidadcomoestá fue trending topic unos días. Sin embargo, a la semana, cada uno volvió a sus cosas y se olvidó del asunto.

La Nochevieja no se atrevieron a tocarla, aunque hubo algún político que quiso intentarlo, modificando incluso el orden de los meses. Así evitarían que las presentadoras de las uvas se congelaran de frío con esos vestidos de noche. No le dejaron por considerar que su propuesta nos alejaba de Europa.

Hubo que tirar a la basura todas esas imágenes típicas navideñas, con su nieve y sus trineos y su Papá Noel embutido en barbas, e idear un nuevo concepto de la Navidad que tuviera sentido en pleno verano. Se convocó un concurso público y se presentaron 1.093 candidaturas. Como el Ministerio de Economía, que fue el encargado del proyecto, no disponía de personal suficiente para valorar cada una de las propuestas, llamaron a sus compañeros del Ministerio de Cultura, por entender que tendrían conocimientos adecuados para enjuiciar el valor artístico de cada candidato.

Durante dos meses estuvieron escuchando, tomando notas, preguntando, valorando y jugando con el móvil algunos, haciendo como que atendían asuntos de gran importancia. Tanto tardaron que, aunque escogieron finalmente el nuevo logo y el nuevo aspecto de Papá Noel, no les dio tiempo a imprimirlo en los Christmas, ni siquiera los chinos pudieron fabricar los disfraces ni los motivos veraniegos para el árbol. 

Decidieron dejar tal y como estaban a los personajes de los nacimientos y belenes, pues total, iban vestidos con ropas ligeras, propias del clima de la zona y de la pobreza de sus habitantes. También fue porque no consiguieron convencer al Papa para vestir a María de minifalda. No lograron siquiera reunirse con él, pues el Pontífice andaba muy ocupado en diferentes asuntos que le impedían, sintiéndolo sobremanera, recibir al presidente español.

Papá Noel hizo la operación bikini, se quitó la chaqueta y se quedó en camiseta de tirantes, previa depilación para no asustar a los niños. Se afeitó la barba y se dejó perilla, se puso un sombrero de paja en lugar de su particular gorro y cambió el pantalón por bermudas y las botas con chanclas. En lugar de trineo, venía en moto de agua. En fin, que no era ni la sombra de lo que fue. Los niños se hicieron un lío, sobre todo los que le habían conocido de su anterior época y le perdieron todo el respeto. Además, ¿cómo iba a traerles los regalos en una moto de agua? Todo el mundo sabía que el trineo de Santa podía volar pero a ver quién iba a creerse que también podía una moto de agua, ja.

Y llegó el mes de junio. La Nueva Navidad estaba a la vuelta de la esquina.

Pero... los recortes en el consumo de luz provocados por el tarifazo eléctrico impidieron que los comercios pudieran animar las compras. 

Muchos se olvidaron de la fecha y de preparar su despensa para la ocasión. 

Las empresas, las pocas que aún lo hacían, aprovecharon la coyuntura para suprimir las cestas entre sus empleados. 

Los niños, como no tenían cole, no pudieron preparar su festival de Navidad ni cantar villancicos para deleite de sus padres. 

A los centros comerciales no les dio tiempo de actualizar sus catálogos ni a las empresas jugueteras a preparar sus anuncios. Así que los niños no sabían qué regalos pedir. Muchos ni se enteraron de que era Navidad porque estaban de vacaciones en el extranjero.

La gente dejó de quejarse por la Navidad y dejó de estar triste y nostálgica. 

La gente olvidó desear lo mejor a la familia y amigos y reunirse en torno a la mesa por Nochebuena. Olvidó hacer fotomontajes con los niños, enviar chistes por whatsapp, criticar al rey por su discurso, y pedir el aguinaldo.

Fueron las Navidades más sosas, aburridas y ruinosas de todos los tiempos. Sin luces, sin regalos, sin cenas y sin buenos deseos. 

Unas Navidades "olvidables".




domingo, 17 de noviembre de 2013

El hada que regalaba vidas

"La vida dura unas pocas huellas de uña sobre la arena"
Wislawa Szymborska

Cuentan que últimamente está muy agobiada de trabajo. Se acumulan las vidas que necesitan una segunda oportunidad. Entre la gente desesperada que quiere lanzarse al vacío, la que va despistada por la carretera, o la que olvida hacerse chequeos médicos, el número de acciones diarias se ha incrementado un 200% en lo que va de año.

Ella es guardiana de almas desesperadas, ángela custodia de seres cualquiera que no merecen todavía dejar este mundo. Vela día y noche por todos y cada uno de ellos. Los humanos verdaderos. La gente auténtica que, siendo imperfecta, es lo suficientemente valiosa como para vivir un poco más de tiempo. Algunos días, otros meses y los que tienen más suerte, incluso años. En realidad, NADA, si lo miramos desde el punto de vista de la edad del Planeta Tierra. Y a la vez TANTO para los que están a su alrededor y para aquellos que no tienen la suerte de encontrársela en el momento oportuno.

Imposible llegar a todos.

Cuentan que ya no da abasto y que va a poner un anuncio en una ETT en busca de ayuda.

No lo hagas, le aconsejó interesadamente el hada de la noche eterna. "Te tomarán por loca o estúpida. ¿Quién va a creer que existe un hada que va por ahí evitando que la gente deje su vida a medias? Nadie entenderá que esas personas están todavía aquí porque tú las elegiste, ni siquiera ellas mismas, las que siguen aquí de puro milagro".

Puede que al principio sintieran como que habían vuelto a nacer. De hecho, la mayoría lo contaron así a sus amigos y familiares el día de los hechos o en días sucesivos. "Ayer estuvimos a punto de tener un accidente horrible" "El médico me ha detectado un bulto que de no haberlo cogido a tiempo no sé qué hubiera pasado" "Estuve a punto de mandarlo todo a la mierda cuando me llamaron para decirme que mi hijo me necesitaba". Y así sucesivamente.

Conforme se fueron olvidando, muchos volvieron a sus rutinas. A su aburrimiento, a sus problemas ridículos, a sus mezquindandes, a sus pérdidas de tiempo. 

Otros, en cambio, disfrutan la vida que les queda como si fuera la última. Hacen hoy todo lo que pueden hacer hoy. Sonríen. Saborean. Aman. Se divierten. Juegan. Dan. 

Y, por encima de todo SON.

Porque la vida dura poco sí. Y menos aún si la dejamos colarse por el agujero del lavabo.




domingo, 6 de octubre de 2013

Carta de una camiseta vieja

Querida Bego:

Hoy nos hemos vuelto a ver después de varios meses sin encontrarnos. Ha sido un instante fugaz, un visto y no visto, un encuentro apresurado, como una de esas citas rápidas de siete minutos a la que estuviste una vez tentada de apuntarte. Apenas me has mirado de reojo, me has tocado durante unos segundos, me has sacado de la caja y, después, tras titubear un pequeño lapso de tiempo, me has vuelto a dejar donde estaba.

Desde ya te lo digo. No puedo más. No soporto este desprecio absoluto que me profesas. La primera vez que decidiste no dejarme entrar en tu armario tras el verano de 2007 me sentí muy dolida. Lloré lo que no está escrito. Hasta el punto de que mis compis me dieron de lado y me pasé todo aquel invierno más sola que la una. Aburrida y despechada. Triste y enfadada. Sí, te guardé rencor durante mucho tiempo. Yo, que te quise tanto y te hice sentir como una diosa tantos días y noches de nuestra vida juntas. ¿Por qué me hacías eso? Me costó hacerme a la idea de tu carácter caprichoso y advenedizo, de tu gusto por la novedad y el estreno, algo que, como bien sabes, está muy mal visto en nuestros días.

Cuando llegó la crisis pensé que vendrías a rescatarme, de hecho, salvaste del ostracismo a algunas prendas que me juraste que jamás te volverías a poner. Pero nada. Hiciste como hoy, dejarme tirada.

Cuando adelgazaste pensé, ya está, ésta es la mía. Como ya no se te marcaban los michelines, creí, inocente de mí, que vendrías como loca a buscarme y que volveríamos a salir a la calle juntas a comernos el mundo. Pero nada chica, ni siquiera te dignaste a probarme.

Sé que no soy como la camisa de Chipie, que conservas desde la adolescencia por pura nostalgia. O como los vestiditos de bebé de tus hijas, a los que miras con ternura. Ni siquiera soy uno de esos vaqueros talla 36 que sigues guardando con la absurda esperanza de volver a lucirlos alguna vez. Que ya tienes una edad, hija mía. Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Así que, tras todos estos años pasados en la sombra, una vez superado el trauma de tus desprecios cada nueva temporada, quiero pedirte una última cosa. Creo que me lo debes maja, aunque sólo sea por esos ratos de diversión que compartimos cuando éramos jóvenes. Vale, MÁS jóvenes.

Quiero pedirte que me dejes marchar. Que me deposites en uno de esos contenedores de ropa de la calle. Me da igual que sea falso o no. Tan sólo quiero tener otra oportunidad, aquí o en cualquier otro sitio. Quiero volver a sentir que hago feliz a alguien. Quiero ver mundo, conocer otras gentes, revivir esa sensación de saberse querida. Y sexy.

Anda, qué te cuesta. Así, además, te dejo el hueco para que otra como yo dormite en el trastero y quede espacio en el armario para una prenda nueva. ¿A que ya empieza a gustarte la idea?

Deseando saber de ti.

Con cariño

Tu camiseta favorita de 2004

domingo, 15 de septiembre de 2013

Reto 150 palabras: El pasado (piedras, flores, palo

Era un domingo de octubre y llovía a mares. Pasaron la tarde mirando fotos antiguas de su padre. De recién nacido, después de bebé jugando en la arena, luego disfrazado de vaquero o soplando sus velas de cumpleaños.

"Las cosas eran muy diferentes antes", le dijo la abuela, "entonces tu papá jugaba con canicas y chapas o con cualquier palo que se encontraba en la calle". Ella respondió: "a mí no sólo me gusta jugar a la wii o el iPad, también me divierte mucho correr en el descampado, buscar piedras bonitas, sobre todo en la playa, y recoger flores de la calle para regalárselas a mamá".

 La yaya siguió a lo suyo sin prestarle mucha atención. "¿Ves ésta? Aquí tenía tu edad ahora y se parecía mucho a ti". Y entonces ella se dio cuenta de que nunca podría convencerla de lo contrario. Cualquier tiempo pasado sería siempre mejor.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La ladrona de secretos


La primera vez que robó un secreto sintió un cosquilleo en el estómago que interpretó como algo bueno. Una sensación de felicidad inmediata, como cuando compras esos zapatos que tienen tu nombre en el escaparate desde el inicio de temporada. O das cuenta de un bocadillo con pan caliente y nocilla. O tomas el primer sorbo de coca cola bien fría en una tarde calurosa de verano.

Así que pensó que sería buena idea seguir haciéndolo y decidió convertirse oficialmente en ladrona. Para poder llevar a cabo su plan de forma efectiva, tuvo que aprender a transmutarse. Robar sus tesoros sin levantar sospechas requería de la adopción de formas diversas. Unos días aparecía vestida de sinceridad, otros de amiga del alma, las más de las veces de botella de ginebra y hasta hubo una vez que tuvo que vestirse de sacerdote, disimulando su feminidad para no ser descubierta.

Pronto su casa se llenó de secretos que pesaban toneladas.

Como el de la niña que prefería ser niño.

Como el del chaval que había empezado a drogarse.

Como el de la amiga que odiaba profundamente a su mejor amigo.

Como el del hombre casado que fantaseaba con otras mujeres.

Como el de la niña que no se atrevía a contar lo que le hacía su tío en aquel cuarto.

Como el de la madre que añoraba ser no madre.

Como el de la adolescente que quedó embarazada.



Lo prohibido, lo vergonzoso, lo temible, lo inconfesable. Cosas que la gente guardaba muy escondidas. A salvo de los juicios. A salvo de los otros. Pero no a salvo de sí mismos.

Cuando la ladrona robaba un secreto, su dueño sentía como si flotara por el espacio como una astronauta o buceara desnudo en el mar.

Qué paz.

Qué libertad.





jueves, 18 de julio de 2013

La cita



Las 9 en punto. Bien, tengo tiempo de sobra para relajarme. Ahora entro, me acerco al maitre y le digo que tengo una reserva para dos. Hey, casi no me doy cuenta y abro la puerta con la izquierda. Menos mal que he rectificado a tiempo. Ya he tenido bastante con el gato negro de antes.

En cuanto pida algo para beber, me acercaré al baño a retocarme el pelo. La dependienta me dijo que esta gomina era la mejor, pero no me fío. Era muy barata.

-       Buenas noches.
-       Buenas noches, tengo una mesa reservada, la que hay junto a la cortina blanca.
-       Sí, señor. ¿Su nombre?
-       …

Qué bien huele este sitio, me recuerda a la cocina de mamá. Gracias señorita, muy amable. Me encantan las camareras de uniforme, con ese delantal a modo de falda de noche, el pelo limpio y alejado de la cara, tan elegantes y serviciales.

Fantástico, el papel de la carta es grueso y beige. Las letras son granate. La  combinación ideal.  Ya temía que me pasara como la vez anterior. Pero no, esta noche, todo está perfecto. La mejor ubicación, la iluminación en su punto justo, la temperatura agradable, el mantel impecable, la cristalería de lujo, las velas sin aroma y las flores alejadas de mí. Una de las cosas que más me gustan de este sitio es que no hacen preguntas. Cuando les recité mi lista de deseos al hacer la reserva, anotaron todo sin extrañeza y siguieron tratándome como si fuera una persona importante. Sí, señor, cómo no. Todo estará a su gusto la noche de su visita.

Las 9 y 10. Ojalá que no llegue antes de tiempo porque tengo que ir al baño y no quiero que piense que no estoy. Claro que digo yo que preguntará en la puerta. Sí, es lo más lógico, y le dirán que esta es la mesa y que puede esperar sentada a que regrese. Le ofrecerán algo de beber, con esa exquisita educación que caracteriza a este local, y ella pedirá seguramente agua mientras observa los detalles de la estancia. Los grandes cuadros del siglo XVIII, las lámparas de cristal tallado, las sillas estilo francés, la chimenea de mármol rosáceo, los altos techos con refinadas molduras. Es como la sala de baile del palacio de los cuentos. Quiero que se sienta como una princesa.

Una, dos y tres. Me levanto. Ay va, la hemos fastidiado, pero cómo puedo ser tan torpe,  ¡Dios mío!. No, ahora no, que está a punto de llegar.  Cuanto lo siento señor, ¿puedo ayudarle?, no se preocupe, ahora mismo lo limpio todo. El camarero se apresura nervioso a retirar los restos de la copa que acabo de tirar al suelo al enganchar mi chaqueta con la silla. Afortunadamente aún no había ningún líquido dentro.

Voy hacia el baño, o mejor dicho “les toilettes”, con mi frasco de gomina en el bolsillo interior de la chaqueta. Por el camino me fijo en la cocina, que se descubre nítidamente a través de un cristal. El chef dirige con sabiduría a su equipo, que trabaja con destreza y precisión cada uno de los platos. Es lo menos que esperaría de ellos teniendo en cuenta la cifra a la que ascenderá mi cuenta al final de la noche.

Los azulejos del baño relucen. Las toallas, perfectamente dobladas y colocadas sobre una cesta de mimbre, dejan en el aire restos de agua de lavanda. El jabón es fresco e hidratante. Mi pelo está en su sitio. No necesito utilizar el fijador. Ya son y cuarto. Falta poco para que aparezca.

De camino a la mesa se suceden en mi cabeza pensamientos horribles: ¿y si no aparece? ¿y si no le gusta el restaurante? . Me tomaré una de esas pastillas mágicas para tranquilizarme un poco. Es el peor momento para ponerme negativo.

Esa señora que acaba de entrar usa Chanel nº 5, un clásico, aunque quizá demasiado. Espero que ella lleve algo más discreto y moderno. La imagino vestida de traje de chaqueta de falda tubo hasta poco más de la rodilla, de un color oscuro, con camisa blanca y sin grandes joyas. Con el pelo recogido, como esa chica que acaba de entrar con su padre del brazo. Con poco maquillaje. Con tacones negros altos y bolso tipo cartera.

Me pregunto si el señor de la mesa del fondo esperará a alguien. Ya estaba aquí cuando yo llegué y sigue leyendo el periódico sin pedir ningún plato. Tampoco le han servido bebida alguna. Posiblemente haya quedado con un cliente. No sé por qué pero algo me dice que su intención es firmar esta noche un acuerdo importante. Lleva maletín y portátil. Y ese traje, a pesar de su corrección, no parece el más apropiado para una cita.

Y aquella mujer, parece que acaba de salir de la oficina y sin pasar por casa se ha presentado aquí. No deberían dejar pasar a las personas que no prestan un mínimo de atención a su imagen. Este sitio merece un poco más de respeto. Si no hubiera quedado con quien he quedado, iría a quejarme ahora mismo.

La pareja que tengo a lado lleva años casada, seguro. No se hablan. No se miran a los ojos. Él tendrá una amante probablemente. Ella dejó de trabajar para cuidar a los hijos y ahora no sabe como acabar con la farsa de su matrimonio, sin que peligre su cómoda y atareada vida de mantenida con tarjeta de crédito ilimitado.

Las 9 y media. A partir de ahora puede entrar en cualquier momento. Por fin. Llevo tanto tiempo esperando este encuentro. Podría ser el principio de una nueva vida, la que llevo tantos años persiguiendo.

La puerta suena. Unos tacones se oyen sobre la moqueta. Deber ser ella.

Es increíble. La miro y la remiro y cada vez me convenzo más de que he tenido una gran suerte. Así la había imaginado siempre. La madre de sus nietos, la esposa de su único hijo. A mí los niños no me van mucho pero es el deseo más grande de mamá desde que cumplí los treinta. Y no puedo negárselo. Sí, estoy seguro de que mamá la imaginaba así, tal cual es. Joven, discreta, bonita y dulce. Estoy deseando que se conozcan para confirmarlo. No puedo fallar de nuevo. Esta vez será la definitiva.

domingo, 14 de julio de 2013

Las trenzas. Reto 150 palabras (mano, trenzas, suelo)


Lo que más le gusta del mundo es que su mamá le llene la cabeza de trenzas sujetas con gomas de colores. Le encanta porque puede por fin mover su pelo de un lado a otro, como hacen sus amigas o su hermana. Ella tiene el cabello afro y no le gusta nada que se vea tan corto como el de un chico. Así que aguanta horas sin moverse hasta conseguir su peinado favorito.

A veces se imagina que tiene una melena hasta el suelo, rubia y preciosa como la de Rapunzel, y que baila como ella por todo la casa sin que se enrede ni moleste. Y aparece el príncipe y le pega un saternazo y después se arrepiente y le da la mano para que se levante. Y juntos viajan por todo el reino en busca de los farolillos luminosos.

martes, 2 de julio de 2013

El geniecillo de la velocidad

Esto érase que se era una especie de cosa amorfa y gaseosa que gustaba de habitar los interiores de los vehículos a motor.

Lo que le distinguía de las demás criaturas extrañas del universo, por encima de todo, era su tremendamente contagioso mal humor. Era una cosa horrorosa. 

No siempre fue así. Cuentan que hace cientos de años, el geniecillo de la velocidad vivía tranquilo en lo alto de los árboles, volando de acá para allá sin más preocupación que encontrar un hueco confortable donde pasar la noche. Eso sí, siempre le encantó viajar deprisa, ir rápido, volar más alto y más lejos, sólo por el gusto de sentir el aire en su cuerpecillo.

Al parecer, un día unos gigantes de hierro llegaron al bosque y arrasaron con todo, privando al geniecillo de su morada y su razón de existir. 

Poco a poco se fue volviendo huraño y desconfiado, cada vez más dispuesto a pegar un grito a aquel que osara a cruzarse en su camino.

Llegó un momento en que nadie le soportaba, y tuvo que hacerse invisible para poder vivir tranquilo, ajeno a las miradas y voces insidiosas del resto de seres fantásticos que poblaban la Tierra.

Un día se coló en un autobús y descubrió lo mucho que le gustaba ir subido al volante del conductor, dirigiendo a su antojo la dirección del motorizado invento. Otro día se metió en un taxi y probó a rebasar los límites de velocidad al tiempo que lanzaba improperios a todo aquel pobre conductor que se atrevió a cruzarse en su camino. Al siguiente se subió a un coche particular, uno de alta gama, y se lo pasó en grande adelantando por la derecha, incluso a otros coches parados en pasos de peatones.  Era subir a un vehículo y transformarse por completo la cara y los gestos de quien iba al volante. La gente levantaba los brazos, pegaba gritos, sacaba dedos por la ventanilla y decía palabrotas gordísimas que después los niños repetían en el cole.

Todas las mañanas, nada más levantarse, se lanzaba a los grandes atascos de la ciudad y se adentraba en todos los cacharros de cuatro ruedas que se encontraba. A veces hasta de dos ruedas. Y todo se convertía en un gran circo de insultos, energía negativa y carreras absurdas para llegar a quién sabe dónde y nadie sabe con qué fin.

lunes, 1 de julio de 2013

Yo no fui



Mujer, 27 años, estatura 1,65, peso 60 kilos. Traumatismo craneoencefálico severo y diversas heridas de cuchillo en el pecho y la espalda. En una mano lleva un cuchillo jamonero manchado de sangre. Va vestida, pero descalza. Lugar de los hechos, Calle Nueva número 7. Hora del hallazgo 1:45 de la madrugada. Hora aproximada de la muerte, 12:00 de la noche.

Aquella voz del policía describiendo el suceso con la boca pegada a su grabadora me retumbaba en las sienes. Era incapaz de escuchar nada más. Supongo que sonaban sirenas de coches oficiales y de ambulancias. Los vecinos gritarían, los curiosos armarían un gran revuelo agolpados tras la cinta amarilla que impedía avanzar para ver el espectáculo más de cerca, la sangre, la violencia, la muerte.

Al día siguiente el diario local publicaba la noticia, ocupando la mitad de una columna de Sociedad, junto a un gran anuncio de la semana fantástica, debajo de los muertos por accidente de tráfico del fin de semana

Nueva víctima de la violencia doméstica

María Gil de Juan, de 27 años y vecina de
Guadalajara, murió ayer desangrada en la
puerta de su casa, a causa de las heridas
que le causó su presunto agresor con un
cuchillo de cocina, según han confirmado
fuentes policiales

Su novio, Antonio L.V., de 30 años,
ha ingresado esta mañana en prisión
como principal sospechoso del crimen,
aunque él se declara inocente de los hechos
que se le imputan.

La mujer, que vivía sola y trabajaba
como funcionaria del Ministerio de
Agricultura, no tenía hijos.

Con esta muerte ya son 40 las producidas
por la violencia de género en lo que va de año.

Esta habitación huele a detergente barato y a otra persona que no conozco. Él duerme en una cama sobre mi cabeza. Sus movimientos chirriantes me desagradan, pero agradezco que su presencia disminuya la soledad. Nunca pensé que tendría un compañero de celda. Uno no suele imaginarse dentro de una cárcel de verdad cuando lleva una vida decente y no se mete con nadie. El mundo está lleno de cosas así, absurdas, inexplicables, que te suceden sin venir a cuento, sin merecerlo, sin escapatoria visible. Como el instante en que me detuvieron y me fue imposible abrir la boca para defenderme. Mi cabeza no podía articular las palabras necesarias. Sólo había espacio para su imagen. Su cuerpo teñido de rojo en el suelo ardiente de agosto. El vestido que acababa de estrenar aquella mañana. El tacto de su brazo desnudo cuando me rozó antes de despedirme en el ascensor. Le hice poco caso porque me preocupaba la visita de las 9:30 en el despacho. Apenas la miré. No recuerdo si le di un beso de despedida.

Éramos tan felices juntos… Teníamos por fin nuestra casita, después de dos años buscándola. Me costó convencerla para dejar Madrid. María prefería vivir en un piso más pequeño o con menos comodidades antes que marcharse de aquí, pero yo me resistía a renunciar al ático que me rondaba la cabeza. A la cerveza con los amigos en la terraza, a los partidos de pádel, al salón de 30 metros donde instalar el Home cinema. Todo eso era lo que quería. Y eso sólo fue posible en Guadalajara, a media hora en coche de Avenida de América. Anda, que no te vas a enterar de que vives en otra provincia, ya lo verás.

Ella tardó en acostumbrarse a la nueva ciudad. Decía que era como vivir en otro mundo. Los primeros meses, al volver de la oficina por la noche, la notaba distante, algo más melancólica que de costumbre. Me gustaba esa parte tristona de su carácter. Su vulnerabilidad me fortalecía. Conseguir hacerla reír en sus momentos bajos, que eran bastante frecuentes, no era difícil. No para mí que la conocía tan bien.

Me decía a menudo que le daba miedo quedarse sola en casa por las tardes, al volver del Ministerio, porque había demasiado silencio en la casa, en la calle, en los edificios de alrededor. Encendía la televisión y subía el volumen, pero a cada rato tenía que bajarlo porque sentía pasos en la entrada o golpes en la ventana. No te preocupes cariño, en cuanto tengamos hijos todo esto será diferente. Ya no te aburrirás ni estarás sola hasta las 22:00. Ella replicaba diciendo que no pensaba tener hijos para estar ocupada, que esa no era su idea de familia, que los niños implican mucha responsabilidad y bla, bla, bla. Por mucho que dijera, yo sabía que estaba deseando ser mamá. Más de una vez la descubría embobada mirando los bebés de los vecinos del barrio cuando salíamos a tomar el aperitivo los fines de semana. Nuestros amigos se estrenaban como padres y nosotros pronto lo haríamos. Tendríamos tres, cada uno con habitación propia, que para eso decidimos meternos en la de cuatro dormitorios.

 ¿De verdad la gente piensa que yo la maté? No me entra en la cabeza. Mi futura esposa, la futura madre de mis hijos. ¿Cómo iba a ser capaz de hacer algo semejante? Me oigo y me parezco falso. Pero es que es la pura verdad. Además así, con un cuchillo de cocina. Me parece una forma de matar tan cutre.

Jamás le puse la mano encima a María. No niego que más de una vez se me pasó por la cabeza. Soy un tío bastante tranquilo, no suelo alterarme en momentos de crisis. Sin embargo, no sé muy bien por qué, María era la única persona capaz de sacarme de mis casillas. Dicen que la confianza da asco, ¿no? Sucedía en momentos muy puntuales, fundamentalmente cuando se obcecaba en hablar mal de sí misma. Cuanto mayor era el esfuerzo que hacía para calmarla, más burradas soltaba. Empeñada en su mediocridad y su autocompasión, se convertía en alguien detestable. Si una bofetada hubiera servido de algo… Pero no creo que hubiese funcionado. La hebilla de mi padre hirviendo en mi cara no tuvo ningún efecto positivo en mí.

Admito que lo más lógico para todos es que sea yo el culpable. No sé el porcentaje exacto de asesinatos de mujeres en los que su pareja es el ejecutor, aunque me atrevería a decir que más del 80%. Sólo por estadística tengo muchas papeletas para ser el asesino. Lo que pasa es que no lo soy. No podría hacerlo. Y menos con un vulgar cuchillo para el jamón.


domingo, 30 de junio de 2013

La fiesta. 150 palabras: baile, sobre, maleficio

La fiesta del inicio del verano se celebraba cada año junto a la Gran Fontana. Las mujeres preparaban con ilusión sus vestidos para el baile, sus peinados y joyas. Los hombres se encargaban de engalanar el lugar con luces de todos los colores. Los niños ayudaban a hacer las tartas recolectando la materia prima. Encontrar un sobre de azúcar entero era todo un triunfo.

Pero este año sería distinto. La fuente estaba seca y a su alrededor se erigían grandes tubos de acero infranqueables. Los diminutos mayores del reino creían que su pueblo era víctima de un terrible maleficio. Y tenían razón.

Meses atrás, los humanos decidían el inicio de las obras que iban a cambiar por completo la fisonomía del edificio.


viernes, 28 de junio de 2013

El diminuto habitante del centro comercial



Como su propio nombre indica, el diminuto es un ser pequeño, muy pequeño, como garbancito, como un liliputiense o un gnomo del bosque. Diría que incluso más. Tan mínimo que nadie ha logrado verlo jamás. Es algo parecido a los gamusinos, a los que nunca se logra encontrar cuando se les busca. Pero, a diferencia de ellos, haberlos haylos.

Vive en los centros comerciales, en pequeños grupos familiares de unos cinco o seis individuos. Se alimenta de los restos de azúcar de los sobres de los cafés, de las migas de pan que caen bajo las mesas y, a veces, de las hojas de las plantas que adornan las terrazas. Cuentan que alguna vez ha hecho desaparecer trozos de los bocadillos de los niños que no son de Nocilla. Para hacerles un favor, más que nada. Los niños son su debilidad, al contrario que los adultos. 

Al caer noche y las persianas de las tiendas, las familias de diminutos salen de su rincón para visitar a otras familias de diminutos que viven en otras plantas del centro o en agujeros lejanos a los que les cuesta llegar caminando. Unas dos veces al año celebran una gran fiesta junto a la fuente central, el lugar más pintoresco del edificio.

Aunque nunca haya sido visto, sus andanzas han sido sentidas por un número considerable de personas que osan entrar en su territorio haciendo gala de la inconsciencia más absoluta. 

Es un ser perverso, maquiavélico si cabe. Siempre dispuesto a doblegar las voluntades humanas de la manera más ruin y despiadada.

Los humanos, cegados ante las luces de colores de los escaparates y sordos por las estridencias musicales de las marcas, ignoran por completo que sus mentes son abducidas por los diminutos en cuanto traspasan el umbral de las puertas automáticas.

Y así, se ha dado el caso reciente de una mujer  que iba buscando  una camiseta blanca sencilla con aspecto vintage a ser posible por cuatro duros y salió de allí con una bolsa que contenía una falda negra de lentejuelas rebajada, una camisa de “nueva colección” y por lo tanto no rebajada, un vestido playero y alguna otra prenda más que no tenía previsto tener en su armario. Y por supuesto, sin rastro de camiseta blanca. Mientras, un diminuto la miraba de reojillo y, sin querer, dejaba escapar un lágrima de risa.

Seguiremos informando de las aventuras y desventuras de estos aliados del mal, lugartenientes del capitalismo y enemigos acérrimos de los armarios empotrados de los minipisos.

Cualquier parecido con la película de Arrietty o con los libros de Terry Prattcher es pura inspiración.