Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de junio de 2013

El funeral



Qué tremendamente falsa es la gente. Ya lo me lo decía mi madre en vida. Pero yo, siempre tan decidido a pensar bien de todo el mundo, que eso fue mi perdición, nunca quise creer en sus palabras. “Cuidadito con ése, Miguel, que se le ve venir”. “No te fíes de fulanita que parece demasiado buena”. “Eres tan confiado que cualquier día tenemos un disgusto”. Y vaya si lo tuvimos.

Son las cinco de la tarde de un lluvioso sábado de noviembre en Las Cruces, un pueblo manchego apartado de cualquier sitio. Las campanas anuncian el funeral del Hortelano, el hijo de la Teresica la rubia, muerto tras una larga convalecencia por una misteriosa enfermedad que poco a poco se lo llevó de este mundo.

La iglesia se llena en unos minutos. Mujeres de negro, algunas con velo, en su mayoría de más de 40, se van sentando en los bancos delanteros. Los hombres se quedan detrás. Varios permanecen en la calle, echando un cigarro mientras repiten con los ojos perdidos frases del tipo “no somos nadie”.

Ellas lloran, unas de forma desconsolada, como la viuda, la madre y alguna otra paisana con más o menos relación con el muerto, que reposa sonriente a la vista de todos en su ataúd abierto.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué te lo has llevado Señor? Él era toda mi vida, sin él qué va a ser de mí, sin su compañía, sin sus abrazos, sin la posibilidad de que me colme de besos como antes. Ya no tendré ese incentivo para seguir, para ir a la peluquería, para ir a la capital a comprar ropa nueva, para echar sacarina en el café. Qué voy a hacer ahora, a quién voy a querer yo, quién me va a querer a mí.

La última pala de tierra húmeda cae sobre Miguel antes de que la pesada losa de mármol le oculte del mundo para siempre. La tumba está preciosa, llena de coronas de claveles, lirios, margaritas, unas pocas rosas. Sigue lloviendo. Las gentes de pueblo llenan el cementerio. Se apiñan unas con otras para compartir paraguas y un poco de calor. Los pensamientos de confusión, miedo y tristeza impregnan el ambiente. Nadie comprende lo que ha pasado.

A decir verdad, esto no es del todo cierto. Hay al menos una persona en Las Cruces que no se pregunta las causas de la muerte de Miguel. Una señora de aspecto cansado, los ojos hinchados de llanto, las manos temblorosas de remordimiento y culpa. Aunque pareciera otra cosa, desde que salió a la iglesia sólo ha pasado por su cabeza esta duda: “¿habré conseguido deshacerme de los botes del veneno y utensilios necesarios para ejecutar mi plan?”.

Mientras tanto, María la panadera, deshecha de dolor y de angustia, se acerca a darle el pésame a la viuda.  Ella levanta la vista y la mira en silencio mientras una frase le viene a la mente sin llegar a sus labios: “Soy idiota. Tenía que haberte matado a ti”.

(De nuevo rescato un relato escrito como ejercicio de clase, esta vez de un curso que hice en Fuentetaja Literaria, allá por 2006. Se trataba de incluir cuatro narradores en la historia.)