El titular impactó directo al estómago tras una noche de inquietud. Grandes letras negras sobre fondo blanco que hablaban de muertes, de muchas vidas cortadas. Hablaban de muertos que ayer eran vivos y de heridos que ayer estaban sanos. La mente se fue de inmediato a las historias. Las biografías, las familias, los amigos, los compañeros de trabajo, los compañeros de colegio, los vecinos del barrio. Las despedidas que no pudieron ser, las fiestas que no se podrán celebrar, los viajes que no se podrán hacer, los sueños que no se soñarán. El dolor, el daño, la tristeza infinita. El nudo se quedó ahí todo el día, cobijado en el vientre junto a los nudos pasados. Otros accidentes, otros sin sentido, otras desgracias de otros veranos y otros inviernos. ¿Por qué? ¿Quién ha sido? Se preguntan todos. ¿Encontrarán un culpable? ¿Servirá de algo? La rabia y el vacío infinito no se marcharán con un nombre a quien acusar, si es que existe, aunque sea del más allá.
Ojalá que jamás ocurrieran cosas así, ojalá el mundo fuera perfecto, ojalá no fuéramos humanos sino inmortales, ojalá pudiéramos volver atrás en el tiempo y que ese tren no saliera de la estación ayer, o saliera sin gente a bordo. Como el metro de Valencia, o el tren hacia Murcia de 2003, o el autobús de Ávila o...
Ojalá la vida fuera eterna.
Sí, sé que si lo fuera, la vida no sería posible, no tendría sentido.
Pero hoy sólo me apetece imaginar un mundo sin muerte.
(Este texto fue escrito el 25 de julio de 2013, día en el que despertamos con la noticia del accidente de tren en Santiago de Compostela. Necesitaba sacar lo que sentía en ese momento. Mi más sentido pésame a todos)