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lunes, 7 de diciembre de 2015

Mi vida cada vez se parece más a la del conejo de Alicia en El País de las Maravillas

Llego tarde, ¡llego taaaarrrrrrdeeeee!


Excepto por mi aspecto humano, y porque no voy gritando mi falta de puntualidad a los cuatro vientos, cada vez me parezco más al animalito que Alicia veía correr en su onírica historia.

No es que me haya convertido en una maleducada que se dedica a hacer esperar a los demás en sus citas, o se levanta con el tiempo pegado al trasero antes de ir cada día a la oficina.

Lo que pasa es que vivo en un estado de ansiedad pre traumática permanente. Que me perdonen los médicos, psicólogos y demás por atreverme a inventarme nuevos sindromes.

Me paso el día en un sin vivir perpétuo, tratando de encajar las múltiples actividades que invaden mi rutina con la precisión de un cirujano, con tal de llegar no ya a todo, sino a los mínimos imprescindibles. Lo básico para que mi familia no muera de inanición, mis jefes me sigan sin incluir en una lista de reducción de costes y mis amigos no se olviden de mí al organizar la fiesta de Navidad de cada año. Aunque pensándolo bien...

Una vez que lo básico está cubierto, intento ir un poco más allá, como por ejemplo, visitando la peluquería una vez al mes para cubrir mis canas. También considero fundamental hacer ejercicio, a ser posible con un precalentamiento inicial y unos estiramientos finales. Si no pasa lo que pasa y al día siguiente te encuentras con una contractura del tamaño de un dragón, que te escupe fuego en el cuello mientras se ríe en tu cara de tu amor por el fitness.

En ocasiones también leo libros. Unas cosas rectangulares con páginas en papel y letras impresas que te hacen olvidar el mundanal ruido (y el ruido de las obras del vecino, que me tiene frita). Y muy de cuando en cuando, escribo, siempre que consigo robarle horas al descanso homologado y recomendado por la OMS y los fabricantes de colchones, que son muy cool y escriben contenidos en redes sociales para conseguir engueichment.

Y esto no es así por voluntad propia. Es más una cuestión de pura supervivencia e ingeniería logística. También de sentido común. Si quiero comer, tengo que ir al super y luego cocinar. O bien gastarme un pastizal en comer todos los días fuera de casa. Lo cual se aleja de ese poco común sentido y de mi realidad nominal.

Si quiero que mis hijas se labren un futuro (que curiosa expresion esa de labrarse el porvenir) las tengo que llevar al cole (obviando la parte legal del asunto) y luego apoyarlas en sus deberes y después acercarlas a sus actividades extraescolares para que hagan algo de deporte, lo mínimo recomendado por la Asociación de Pediatría. O de esparcimiento mental, tan necesario.

De jugar con ellas o contarles cuentos no hablamos. Este es un tema que me duele más que la contractura, pero que por pura salud mental he tenido que esconder en el cajón, al fondo a la derecha. Lo sacaré con el cambio de armario o cuando Rajoy implemente la jornada de 26 horas diarias. Porque dicen que va a volver a ganar el señor. "Mira mamá, el abuelo está en el iPad", no hija, es el Presidente del Gobierno. Ahhhhhh.

Cosas como hablar con mi pareja, ver una serie juntos, y hacer otras cosas, juntos o separados, son para nota. Y cada vez se van quedando más atrás en la carrera por llegar a la meta de las diez de la noche. Ese punto de inflexión en el que las ojeras llegan hasta la comisura de los labios, los dolorcillos varios empiezan a chillar que ya no te quieren aguantar más y la mente está tan frita como las salchichas de pavo que te han apañado la cena a pesar de que la carne procesada es el demonio.

¿Llego o no llego? Llego porque malo sería que no. ¿En qué estado? Ah amiga, eso mejor no te lo cuento, porque ya te lo imaginas.

Yo no concilio porque conciliar es una palabra que sugiere paz y equilibrio. Lo mío es más parecido a una guerra sin cuartel, a una carrera sin final donde la vida me arrastra de un lugar a otro sin dejarme tiempo para respirar.

¿Soluciones? No las veo a corto plazo. Pero sueño, porque eso también lo hago, en una cabaña en la montaña a la que retirarme a escribir, beber cerveza y consumir alimentos cultivados en el huerto. El del vecino, se entiende. A mí no me engañan más. Que con la supuesta liberación femenina, esa en la que la mujer ya ha conseguido casi todo lo que necesitaba en la vida, porque se parte los cuernos para currar y ganar dinero que gastarse en el Black Friday, he tenido suficiente.

Yo si me voy al campo es para la vida contemplativa. He dicho.







martes, 25 de junio de 2013

Cuidado, se me ha colado un niño en la agenda




Hay algo que no funciona en las cabezas pensantes de las altas esferas. Esos que deciden sobre calendarios laborales y escolares. Sobre horarios de entrada y salida, reuniones de padres de alumnos y reuniones de seguimiento de proyectos. Esos cerebros clarividentes que creyeron ser muy inteligentes cuando idearon este sistema en el que andamos inmersos.

Es muy normal que colegios y oficinas empiecen a la misma hora. Las nueve de la mañana. A quien se le ocurrió semejante cosa pensaba claramente con la cabeza (de ajos) cuando lo ideó. Según él, porque una mujer dudo que fuera, o los niños deberían ir solos al cole desde los 3 años o los padres y madres llegar tarde todos los días jugándose el pellejo por la carretera. O, menos mal que también alguien pensó en ello, llamamos a los abuelos, pagamos una persona que los acerque o les llevamos a ese invento llamado los Primeros de la mañana. Hordas de niños dormidos que toman su vaso de leche con nata asquerosa más galletas en el colegio y a las 8:15 de la mañana ya están pegando saltos en el patio. Todo muy normal.

Al igual que es muy lógico que los coles (públicos) acaben a las 16 horas y los horarios de oficina se extiendan hasta las 18 horas habitualmente. O eres funcionario, o ama/o de casa, o te escapas de la ofi antes y sigues currando desde el salón (si te dejan), o estás en el paro o de nuevo tiras de abuelos/vecinos/tíos/asistentas/au pairs o el sursum corda. Todo muy lógico.

Los padres y madres que tenemos la suerte de trabajar, temblamos cada vez que nos llega el menú del comedor mensual con unas letras que dicen: Bank holiday, en inglés por aquello del bilingüismo. Que menos mal que nosotros nos quedamos con esta palabra cuando estudiamos. Aun así, un viernes de Dolores (el que va antes de Semana Santa) mi hija de 3 años y yo aparecimos en la puerta del cole creyendo que habíamos despertado en uno de esos sueños en los que ha ocurrido algo terrible y la humanidad ha desaparecido.

También se nos cae el alma a los pies cuando vemos esa circular de Tutoría avisando de una inminente reunión a las 12:30 de la mañana, hora muy práctica y perfectamente comprensible para nuestros jefes. Pedirte tres mañanas mínimo por hijo al año para ir a la reu del cole es algo totalmente entendible, que no causa ningún tipo de estupor en la empresa. Tú lo pides y sanseacabó. Nadie te mira mal ni te obliga a recuperar esas horas después con intereses. Y si no vas, alegando que tienes mucho trabajo, no te preocupes. El profesor o profesora de tu hijo te entenderá perfectamente y hará todo lo posible porque la información te llegue a casa. JA. Y un cajón de pato.

Llega el verano y, tras haber hecho de funambulista en Navidades y Semana Santa más las fiestas de guardar… eso… que… ¡LLEGA EL VERANO! Este momento, junto al mes del cumpleaños de mis hijas, es el periodo del año que más cerca estoy de hacerme ermitaña y mudarme a Las Alpujarras.

Primero cuadra las vacaciones en el trabajo y encájalas como puedas con las de Marío. Después haz lo propio con las de tus hermanos y padres para coincidir unos diítas juntos en alguna parte. Cuando ya has conseguido tamaña proeza, rómpete los sesos o el bolsillo para “colocar” a las nenas de alguna manera. Que nadie piense que considero a las niñas un estorbo ni nada similar ni, por supuesto, que me gustaría que los colegios no cerraran en vacaciones (¿o sí?). Es que literalmente has de colocarlas, dejarlas en un sitio adecuado, donde las cuiden y las entretengan mientras tú te pasas el día de reunión en reunión, escribiendo mails, redactando informes, visitando clientes. Esas cosas importantes de mayores.

Una de dos. O tienes un pastón que te pasas y te pides una excedencia en verano o, en su defecto, te permites el lujo de llevarlas a chupendilerendis campamentos donde parece, por lo que cuestan, que les cocina el Bulli y les da clase Ara Malikian. O intentas por todos los medios encontrar una solución razonable a los casi dos meses de asueto en los que tú no tendrás vacaciones y ellos sí.

No voy a enumerar todas las opciones posibles porque ya lo hizo mi admirado Moi de Mis dos Monstruitos aquí. Tan sólo quiero dejar constancia de las dos mejores que he encontrado yo, por si a alguien le sirven de ayuda y le inspiran, aunque ya será para el año que viene dadas las fechas, lo siento, se me ha pegado el arroz de esta entrada:

1. Campamentos urbanos del Ayuntamiento de Madrid o también llamados Centros abiertos.
2. Contratar una au pair.

Sobre la primera opción, obviamente sólo apta para madrileños aunque creo que existen iniciativas similares en otros lugares, tengo mucho que decir. Desde que los descubrí hace cuatro años hasta hoy han cambiado mucho y no precisamente para bien. El príncipe se convirtió en rana por arte de crisis, recortes, caradura o llámalo equis. Aun así, sigue siendo una de las posibilidades menos mala.

Se trata de una iniciativa organizada por el Consistorio de la capital que tiene lugar en algunos colegios públicos en verano y vacaciones en general. Los niños disfrutan de varias actividades preparadas para su divertimento, muy bien organizadas, con monitores de tiempo libre que les cuidan y animan en sus juegos e iniciativas. Tienen comedor y servicio de desayuno. En horario de 7:30 a 15:30. A veces hacen excursiones y van a la piscina una vez por semana. Encima, el año pasado eran bilingües. Lo mejor de todo era el precio. Costaban una media de unos 50 euros la quincena, es decir, se pagaba la comida de comedor únicamente. 

Era un auténtico privilegio optar a una plaza. En años anteriores se hacía un sorteo de una letra y, a partir de la misma y hasta cubrir las plazas, entraban todos los niños cuyo apellido comenzara por dicha letra y siguientes. Durante tres años tuvimos la suerte de que admitieran a las niñas. Los dos primeros sólo a la mayor, porque la peque iba a la escuela infantil todavía.

Este año, algún gurú del Ayuntamiento tuvo la brillante idea de modificar el procedimiento. Primero, informatizó todo. Esto que, a priori parece una idea fabulosa, fue un auténtico infierno. Imposible para muchas familias solicitar plaza por Internet, había un error en el sistema que impedía avanzar llegados al último paso del formulario. Que digo yo que ya se podía haber fastidiado el invento al principio y nos ahorrábamos un tiempecito.
Por teléfono nosotros tampoco tuvimos suerte. Después de varias llamadas durante diferentes días, una chica muy maja del 010 me comentó que había un error de censo en mis datos. Al parecer mis hijas figuraban empadronadas en casa solas. Y nosotros también solos, por separado. Éramos un matrimonio sin hijas y ellas dos niñas que vivían por su cuenta, en la misma casa. Raro, raro, raro. 

Total que había que ir en persona a solucionar el entuerto y para ello pedir cita previa. El único sitio en el que me daban la cita antes de expirar el plazo de solicitud era atomarporichi de mi casa o mi trabajo y a una hora intempestiva. 

Allá que me fui para que la simpática funcionaria me contara que el error no era algo que ella pudiera solucionar, que lo llevaban desde informática, que es un departamento que sólo trabaja de mañanas y ya hasta el día siguiente, que era el último, no se podía hacer nada. 

Los eficientes técnicos informáticos finalmente solucionaron el despropósito de dos menores independizadas antes de tiempo y una teleoperadora del 010 me llamó para darme de alta a las niñas por fin, con tan mala memoria que olvidó darme el número de expediente, un número importantísimo que definía la diferencia entre obtener plaza y no.

Antes, el sistema para comunicarnos si nos aceptaban o no era la publicación de unas listas larguísimas con los nombres y apellidos de todos los niños admitidos. Fácil y transparente. Ahora, la novedad consiste en que te envían un SMS a tu móvil para decirte si sí o si no. En ningún sitio se publican listas ni nada similar. Y si el SMS no te llega, tienes que llamar a preguntar. 

Cuando llamas te piden el importantísimo número de expediente que la amable señora se olvidó de darte y vuelta al lío. “Tiene usted que ir en persona al Ayuntamiento”. Y allá que vuelvo a pisotear a Dukan comiendo un bocata delante del ordenador y me presento a la hora de la siesta en la Oficina Municipal. “Por favor, su número de expediente”. Perdóname bonita, me repito para mis adentros ... esto ... ¿qué acabo de decir? “Ah pues si no lo tiene, llame al 010 para pedirlo”. Salí de allí con ganas de cortarme las venas mientras buscaba la cámara oculta, y en esas estaba que me calló un chaparrón del quince y me quedé hecha una sopa. Esto no es relevante, lo cuento para añadir dramatismo a la historia.

Tras unas cuantas llamadas y cabreos más, me comunican que no ha habido suerte y este año no habrá centros abiertos. para mis churumbelas. Y yo me pregunto, ¿no reservan plazas para casos como el mío como premio a la paciencia y a la superación de obstáculos? Claro que, casi mejor que no. Este año, sin mediar explicación y sin que nadie se haya rasgado las vestiduras, el precio por una quincena de julio es de 124 euros por niña, un 150% más que el año pasado. A alguien se le ha ido la pinza más de la cuenta.

Así que, menos mal que tuve la brillante idea de buscar una au pair. Historia que también tiene su miga, pero que dejo para otro post porque este ya se me ha vuelto a ir de las manos.
¡Feliz verano!

miércoles, 5 de junio de 2013

Conciliar desde la mente

Conciliación Real Ya

Queda mucho por hacer para que la conciliación sea un hecho y no una quimera. Y no me refiero sólo a que se promuevan políticas de conciliación desde el Gobierno, como la ampliación de los permisos por maternidad y paternidad, la construcción de escuelas infantiles públicas para todos y la instauración por ley de la flexibilidad horaria (ya nos gustaría) o la adecuación de los horarios y calendarios escolares y laborales (¿cómo recoger a los niños del cole si salimos a las seis de la tarde? ¿qué hacemos los días festivos de los niños y los veranos si sólo contamos con 22 ó 23 días de vacaciones?).

Estaría genial que esas políticas vieran la luz, aunque sabemos que en tiempo de crisis no vamos a avanzar ni medio paso en esa dirección. Sin embargo, aún si se llevaran a cabo, no sería suficiente. Creo que el cambio de verdad empieza en la mentalidad de las personas. En las cabecitas de todos. Empezando por los que deciden y dirigen las empresas e instituciones públicas y siguiendo por todos los que trabajan en ellas, incluso de los que no trabajan. El cambio debe llegar a todos.

Lo verdaderamente importante, en mi opinión, es que a las mujeres se nos "vea" igual que a los hombres laboralmente hablando. Esto, que parece a priori algo superado, está muy lejos de alcanzarse. Y veamos por qué:

1. Quienes contratan siguen viendo a las mujeres madres o en edad fértil como un problema con ojos. Esto pasa independientemente del hecho de que quien mira sea hombre o mujer. Particularmente creo que es un deber de todas ayudarnos entre nosotras y no ponernos la zancadilla. Es algo que no logro entender.

2. Existe la creencia de que las personas, mayoría de mujeres, con una reducción de jornada, entre las que me incluyo desde hace tres meses, sólo estamos pensando en acabar corriendo la mañana para salir a abrazar a nuestros hijos y que todas (y todos) preferiríamos quedarnos con ellos en lugar de trabajar. Lo de correr es cierto, salimos pitando, porque la hora de recogida del cole no perdona. Lo otro será verdad en algunos casos, y en otros muchos no.

3. En hilo con el punto anterior, se considera que una madre que trabaja siete horas seguidas cometiendo el pecado de no estar por la tarde sentada en su cómoda silla de la oficina, es incapaz de asumir un puesto de responsabilidad. O incluso, que es incapaz de hacerlo trabajando también por la tarde, porque siempre va a preferir, está claro, estar con sus hijos. En definitiva, existe una tendencia acusada a pensar por nosotras y por nuestro bien. Pobres desvalidas.

4. Los papás que reducen su jornada son vistos como bichos raros o gente non grata. También los que piden salir media hora antes para llevar a sus hijos al médico o para acudir a la función de fin de curso.

5. Los compañeros de trabajo sin hijos dicen cosas tales como: "desde que ha tenido el niño no está en lo que está", "como sale a las tres yo me quedo con todo el trabajo y no es justo, también tengo vida personal". De este punto no tengo datos estadísticos fiables. Son cosas que he oído yo, y como tal las cuento. ¿Justicia? ¿Quién es injusto con quién?

6. Contratar a mujeres embarazadas se considera de un atrevimiento e inconsciencia tales que ralla en la locura, como pudimos comprobar cuando a Zapatero nombró a Carmen Chacón como Ministra de Defensa. Su caso, como el de Belén Frau, Directora de Ikea España, son rara avis y, por lo tanto, noticia.

Y aprovechando este último punto, retomo el tema que prometí contar cuando hablé sobre mi tendencia a los berenjenales, acerca de mi accidentado cambio de trabajo en medio del embarazo de L. Yo no fui noticia nacional porque soy una mindundi y la empresa que me contrató no era muy conocida tampoco. Fui noticia local, en el ámbito de las cuatro paredes de la oficina, se entiende. Fui el cotilleo y el escándalo. Fui la sinrazón y el cabreo de los jefes de mi jefes. Fui la que señalaban con el dedo y a la que más de uno quiso hacer vudú por las noches.

Notaba los cuchicheos a mi paso. Primero, intentando averiguar si estaba embarazada o simplemente gorda. Después, cuando lo confirmé con mis declaraciones a un garganta profunda, notaba los pensamientos entre indignados y asombrados de mis compañeros y compañeras. Sobre todo, apreciaba las tribulaciones del GRAN JEFE, quien por un lado quería cargarse a la persona que decidió contratarme y por otro maquinaba la mejor forma de deshacerse de mí sin dejar huellas discriminatorias que se le volvieran en su contra en un juicio.

Recuerdo mis paseos de kilómetros y medio con mi panza por delante, a las ocho de la tarde de un sol abrasador de agosto, porque GRAN JEFE no consintió en facilitarme una plaza de garaje para los últimos meses del bombo. Aparcar en este lugar era un aunténtico infierno y tenía que hacerlo en Sebastopol o volverme a casa a llorar.

Recuerdo quedarme todos los días hasta las tantas porque tenía que demostrar a todos que valía lo que me pagaban, cuando nadie daba un duro por mí (por el hecho de tener un bebé dentro), excepto pequeño jefe, a quien, aclaro, no conocía de nada antes de verle en la entrevista. Pasé un proceso de selección de 3 entrevistas hasta ser elegida y avisé de mi estado previamente.

Recuerdo que mi primera reunión allí estuvo llena de gritos entre unos y otros, no dirigidos a mí afortunadamente pues era mi primer día, y de mal rollo, y que en ese momento pensé ¿dónde me he metido my god?

Recuerdo que mi tío murió un día en el que yo estaba trabajando allí y que me lo pasé vomitando en el baño del disgusto y que no quise marcharme a casa ni decir nada para que nadie me lo echara en cara. Ni pude pedirme días para ir al entierro ni nada.

Recuerdo que trabajé mucho y duro, no sólo para ofrecer resultados, sino para ser querida en aquel entorno hostil.

Recuerdo que sólo vino a verme una persona al hospital, a la que yo quité su puesto al ser contratada, sin saberlo, que estaba bajo mi responsabilidad por entonces. Y recuerdo que, nada más llegar de mi baja, me pidieron dinero para un regalo para un reciente papá y me sentí mal.

A los dos meses de tener a mi niña, pequeño jefe me llamó y me dijo que quería venir a verme porque tenía que hablar conmigo. Bajamos a un bar y, muerto de vergüenza, me contó que se habían hecho cambios en la organización de la compañía y que iba a pasar a depender de una de mis compañeras, que mi puesto desaparecía, que me "degradaban" por decirlo de alguna manera. Decisión de GRAN JEFE.

No voy a contar cómo me sentí entonces, puedes imaginarlo. Máxime teniendo en cuenta que hacía dos días les había llevado a la niña a la oficina, todos lo sabían y nadie me dijo una palabra.

Por eso tomé la decisión de pedir la reducción de jornada cuando no era mi intención hacerlo y así se lo había hecho saber a pequeño jefe cuando me contrató. Si ya no tenía un puesto de responsabilidad y pasaba a ser del "montón", ya no necesitaban mi tiempo al completo. Además, a mí ya no me apetecía darlo todo, voy a ser sincera. Todas las ilusiones que puse en ese empleo, la alegría de que me contrataran embarazada por todo lo que eso conllevaba, se desvaneció en un instante. Se convirtió en decepción y rabia.

Cuando se lo dije a pequeño jefe mi decepción aumentó. Me dijo : "ya sabía yo que cometía un error al elegirte, ahora cómo explico esto a GRAN JEFE". Sólo le preocupaba salvar su imagen, nada más.

A partir de aquí todo fueron presiones para que volviera a mi jornada normal. Y, cuando lo hice, previa negociación de horario, intentaron que trabajara haciendo guardias los fines de semana. Mis antes compañeras y ahora jefas, con a de féminas.

Así que como ves, mi dos años de allí fueron una alfombra de rosas que pinchaban que daba gusto.

Una mañana recibí una llamada de un antiguo compañero de curro de otra empresa que me ofrecía marcharme a otro sitio, gracias a que una amiga mía que fue compañera de ambos, le recordó mi existencia para un puesto que necesitaba cubrir.

Así fue como dejé atrás esta etapa de mi vida laboral y comencé otra mucho más estimulante y enriquecedota.

Eso sí, me hice más fuerte y me llevé conmigo a mi amiga M. con la que compartí embarazo y casi parto en aquellos días. Apenas nos vemos o hablamos, sin embargo, ella fue una de las pocas cosas, por las que me mereció la pena aquel calvario. Hubo alguna persona más que me dejó huella y de las que poco más supe ya por esas cosas de la vida que te arrastran de un lugar a otro. Y te separan.







viernes, 12 de abril de 2013

Mi nueva vida de mujer conciliadora



No estoy segura de cómo me siento desde que empecé con mi nueva vida laboral. Llevo unas semanas con eso que se llama jornada reducida. Algunos creen que se te reduce también el cerebro. Desde ya puedo desmentirlo. Quitarle una hora a la jornada habitual y currarla del tirón hace decrecer cosas, es verdad. También es cierto que a algunas madres y padres en esta situación parece tener las neuronas atrofiadas. Lo he visto con mis propios ojos. No es el caso de la mayoría. Ni el mío, gracias a los dioses y a mis padres, de los que heredé mi sesera y este enooooooorme sentido de la responsabilidad que no me deja respiro (con un poquito menos me hubiera conformado la verdad).

(...)

Disculpa, he tenido que ir al baño a ver la enorme pompa de jabón que había hecho una de mis hijas. Ya estoy de vuelta.

Como decía, son muchas las cosas que se te reducen. La más obvia es el sueldo, un 12,5%. Menos mal que tenemos esta crisis que tenemos y llevo años haciendo un master en "vivir con menos". Cuando una ha pasado por cosas como vender su coche a gente un poco rara con pinta mafiosilla que te compra al contado, para poder pagar una cuota de la hipoteca, se te quitan las tonterías. Cuando una ha visto a gente muy cercana estar a punto de perderlo todo, hasta la dignidad, y ha visto perderla a otros, pues ya se te quita la gilipollez de cuajo (aprovecho para dar las gracias a ese ser misterioso que está arreglándolo todo últimamente, de las que nos hemos librado). Así que me he convertido en una experta del recicla, reutiliza, reduce (gastos) y esto me ha venido fenomenal para mi nueva vida de madre acogida a la mal llamada conciliación laboral-familiar.

Soy mamá desde hace nueve años y ya por aquel lejano 2004 hice uso de este derecho de los padres y madres con mi primera hija. Duré exactamente seis meses. Lo pasé mal. Al principio no entendía que me mirasen raro mis compañeras no madres por estar menos horas en la oficina, ni mucho menos que mi jefa me asignase trabajo como si mi jornada fuese de 10 horas y me soltara frases del tipo "no es mi problema". Luego ya lo fui pillando. Fueron días en los que no tenía tiempo de ir al baño, literalmente, así que no bebía agua no fuera a ser que reventase. Días en los que corría como loca a todas partes. Casi no comía o lo hacía tardísimo. Iba como una de esas zombies de The walking dead. Qué voy a contar sobre esto que no sepan ya todos los que viven o han vivido este trance. Nada nuevo. Así que en una de las muchas veces que me "pidieron" volver a mi jornada normal dije que sí. Siguieron mirándome mal. Creo que a algunos no les moló nada que me hubieran contratado embarazada de cinco meses para un puesto que otros querían. O vete a saber. Lo mismo era mi perfume.

Por todas estas cosas se me quitaron las ganas de tener ganas, como decían mis admirados Gomaespuma, y no volví a plantearme jamás salir del trabajo a las 3 de la tarde.

Hasta hace unos meses. Soy una persona muy inquieta, siempre de acá para allá, metida en mil fregaos, con la agenda a tope. Y como parecía que mi tiempo era un chicle, yo cada vez me metía más caña. Más madera. Más adrenalina. Menos horas de sueño. Menos energía. Hasta que he llegado a un momento de "no puedo más" en el que necesito simplificar mi vida e ir más despacio. Vaciarme la mochila que ya pesa una barbaridad. Este fue uno de los motivos que me llevaron a dónde estoy ahora. Me dije, al menos voy a probar un tiempo a ver qué tal. Con más tiempo para mí, mis hijas, mi marido, mi casa... Ja! Una ilusión óptica.

Debido a mi política de recortes tuve que despedirme de las cuatro horas a la semana en las que una diligente chica ucraniana venía a casa a ejercer la antigua profesión de nuestras madres, veáse S.L. Ahora me paso el día limpiando, planchando, comprando, cocinando, voy a esos lugares de perdición llamados parques y estoy más tiempo en casa para fijarme en el polvo que se acumula en las lámparas y en las huellas de los interruptores de la luz. Esto no es vida ni conciliación ni leches. Un engañabobos total. Que conste en acta que mimarío hace parte del trabajo y para nada es de esos que pasan de todo. Pero se supone que yo tengo más tiempo "libre" así que me toca la mayor tajada del pastel.

Como ahora soy una madre como la que más, empiezan a hablarme otras madres de tú a tú. Antes me miraban raro por no ser madre con reducción (sí, a mí me miran raro siempre, lo mismo es que soy yo) o no me miraban porque directamente no me veían en el cole, pues sólo iba a deshoras, a esas clases de extraescolares a las que sólo van los niños de madres y padres desnaturalizados.

Y en estas que me entero de trucos fantásticos para simplificar todo este lío de las tareas del hogar. Uno consiste directamente en no tener plancha. Que es como lo de no tener tele y además no tener ordenador para ver series de la tele. Quien evita la ocasión, evita el peligro. Mamá, antes de que te dé un soponcio imaginando a tus nietas zarrapastrosas y llenas de arrugas, te diré que te prometo plancharlo todo antes de ir a verte en vacaciones. No te vas a enterar de nada. Aunque tenga que pedirle prestada la plancha a mi suegra.

PD. La parte buena buenísima es que ahora puedo ir a recoger a mis zagalas (palabrica murciana) al cole a una hora decente y que me gusta, y además tengo más energía para contarles el cuento por las noches. Ellas tan felices de verme más.